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Segundo Congreso Americano Misionero
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ENCUENTRO CON LOS “JÓVENES MISIONEROS”
Sábado, 29 de Noviembre de 2003

Muy queridos jóvenes,

Este acontecimiento que estamos viviendo es, sin duda, una gracia, un don del Espíritu que acompaña y guía siempre la acción misionera de la Iglesia, un momento importante para toda la Iglesia en América.
La misión os ha convocado y habéis venido hasta aquí, numerosos y alegres, con el mismo espíritu de los Apóstoles, que acogieron la llamada de Jesús, le siguieron y llevaron al mundo el anuncio de la Resurrección.
Vuestra presencia me trae a la memoria a miles de misioneros, que durante los siglos pasados se desplazaron a los cinco continentes, jóvenes iluminados por la Palabra, empujados por la certeza que el Reino de Dios había llegado con Jesús. Hoy la Iglesia en América se prepara a renovar el milagro de la Misión con el nuevo vigor de vuestra santidad.
El Papa, que ama a los jóvenes, ama a los misioneros porque él mismo es joven de espíritu y es el primer misionero de la Iglesia. Él me ha encargado de abrazaros a todos y de bendeciros en su nombre.

1. La Misión, lo sabemos todos, no es el fruto de un sentimiento o de un entusiasmo pasajero; nadie se convierte en misionero de repente, sino que aquél que recibe la llamada para anunciar el Evangelio debe haber sido preparado por el Espíritu Santo. Si el Sacramento del bautismo nos hace misioneros, cada cristiano necesita aprender el arte del Anuncio. El saber dar a los demás la Buena Noticia, es algo que podemos aprender solamente siguiendo a Jesús y estando siempre con Él, si lo amamos y sentimos el deseo de darlo a conocer a los demás.
Para los doce Apóstoles el encuentro con Jesús, ha sido una experiencia esencial que ha marcado definitivamente sus vidas. Gracias a esta vivencia tan cercana, han podido ser testigos del Hijo de Dios en todo el mundo. Jesús ha formado con sus discípulos, una especie de “laboratorio de la fe”, una “escuela para la misión”. Jesús “subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios” (Mc 3, 13-19)
Sobre aquel monte, el pequeño grupo comienza el discipulado, y desde aquel momento se establece una relación especial con la vida y con las palabras del Maestro que transforma a los Doce, poco a poco, en una comunidad de creyentes.
He aquí la primera característica esencial de los fieles de Cristo: estar con Jesús. Descubrir el modo de vivir del Maestro, interrogarse sobre las palabras que pronuncia, entender el porqué de sus decisiones. Estar unido a Jesucristo es la primera exigencia de la Misión, la escuela en la cual cada uno aprende a orientar su vida sobre los senderos de la humildad, del perdón y del anuncio.

2. Durante tres años, los Doce siguen a Jesús, lo escuchan, lo observan, aprenden de Él. Jesús tiene un método sensacional para iniciarles a la fe y a la misión: la escucha de su Palabra y la experiencia directa de la misión.
Jesús instruye a los Doce y, en seguida, los envía sobre el terreno, para que hagan una primera experiencia de evangelización: “Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas»” (Mc 6, 7-11). Esta primera experiencia les llena de alegría y cuando vuelven cuentan al Maestro todas las maravillas que han visto durante este tiempo de misión.
El camino de preparación, sin embargo, no ha terminado, en el “laboratorio de la fe” todavía quedan muchas cosas que aprender: en un mundo que exalta la fuerza, Jesús enseña a escoger la debilidad, en un mundo que persigue el éxito, Jesús les invita a aceptar el fracaso, en un mundo que pone en primer lugar la venganza, Jesús predica el perdón. Para los discípulos no es fácil entender que el fracaso es una victoria, que la pobreza es una riqueza, que la debilidad es una fuerza. Si quieren seguir a Jesús entienden que es necesario cambiar de mentalidad, invertir la escala de valores, morir a uno mismo, abandonar los propios intereses.
Jesús colocó a sus discípulos ante la dramática prueba de su pasión y de su muerte, y al mismo tiempo, ante el hecho sorprendente de su resurrección. Verdaderamente no era fácil creer que estuviera nuevamente vivo aquel que tres días antes había sido sepultado.
“La experiencia de su muerte había sido tan fuerte que todos, también nosotros, tenían y tenemos necesidad de un encuentro directo con él para creer en su resurrección”. Este encuentro, sellado más tarde por el don del Espíritu Santo, convertirá a los discípulos en testigos de su resurrección, capaces de ser anunciadores del amor de Dios, revelado en Jesucristo, a todo el mundo.

3. Queridos jóvenes, la misión es vuestra vocación; la Iglesia necesita vuestro entusiasmo para estar presente en la sociedad y expandirse en el mundo entero.
Os digo que no es fácil cumplir esta misión en el mundo en que vivís. Las luces cautivadoras que provienen de una cultura materialista y hedonista, intentan deslumbrar vuestras mentes y ensombrecen el ideal cristiano, hasta el punto de debilitar su fuerza, convirtiéndolo en un mensaje “inofensivo”. A menudo, escucháis voces, “cantos de sirena”, que os llaman para haceros vivir ilusiones efímeras, vacías, que muchas veces llevan consigo la “muerte” de la psique y de vuestra vida moral.
Parafraseando las palabras del Santo Padre, en su saludo a los jóvenes reunidos en Roma durante el Jubileo, quiero preguntaros ¿qué habéis venido a buscar en la Ciudad de Guatemala?, o mejor, ¿a quién habéis venido a buscar?, “la respuesta no puede se más que una: ¡habéis venido a buscar a Jesucristo! Sin embargo, es Jesucristo quien primero os busca a vosotros”. Él, amadísimos hermanos y hermanas, os invita a seguirle.
“Quien sigue a Cristo, dice el Santo Padre, rechaza estar replegado sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una posesión”. ¡Qué mejor manera de vivir vuestra existencia, ofreciéndola a los demás, siendo testimonios del amor de Dios, en vuestras vidas! ¡Ojalá, sintáis la llamada del Señor, a seguirle y a amarle en modo radical, a ser “centinelas de la mañana”, en esta aurora del nuevo milenio! Estad seguros de seguirle, pues Él os hará felices y no os defraudará nunca.

3. La vocación misionera es la invitación de Cristo a participar en su misión redentora, en la misma misión que después de su muerte y resurrección Él ha confiado a la Iglesia naciente para que la continúe y la difunda en toda la tierra: “¡Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!” (Mt 28, 20).
Queridos jóvenes, ¿estáis dispuestos a vivir esta “aventura” en el nombre de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo?
Sabed, pues, que el camino de la misión es el camino de la santidad. No se puede ser misionero si no se es santo.
Con un cierto temor escuchamos y pronunciamos, a veces, dicha palabra. Este ideal de perfección, que es la santidad, declara el Santo Padre, “no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria practicable sólo por algunos genios” (Novo millennio ineunte 31). La llamada a la santidad, “a no contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y a una religiosidad superficial”, se dirige a hombres y mujeres de carne y hueso, como vosotros, queridos jóvenes, que, siendo quienes sois y por gracia de Dios, habéis sido llamados a la fe y deseáis transmitirla como el don más grande que podéis ofrecer a los demás.
Por tanto, ¡No tengáis miedo a ser santos!, ¡Sed fieles centinelas de la evangelización del tercer milenio!, ¡Dios es fiel a su llamada!
Él nos ha prometido que estará siempre con nosotros, sosteniendo nuestra debilidad, nuestro deseo de encontrarle en la oración y en los sacramentos, en nuestra generosa entrega a los demás, en nuestra disponibilidad para cooperar, - según la medida de nuestras posibilidades -, en la misión ad gentes.
Que Santa María de Guadalupe, Primera Misionera de América, os acompañe siempre y os alcance del cielo la abundancia de las Bendiciones de Dios y una grande y creciente disponibilidad misionera.
¡Jóvenes de América, vuestra vida es misión!

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