Muy queridos jóvenes,
Este acontecimiento que estamos viviendo es, sin duda, una gracia,
un don del Espíritu que acompaña y guía siempre
la acción misionera de la Iglesia, un momento importante
para toda la Iglesia en América.
La misión os ha convocado y habéis venido hasta
aquí, numerosos y alegres, con el mismo espíritu
de los Apóstoles, que acogieron la llamada de Jesús,
le siguieron y llevaron al mundo el anuncio de la Resurrección.
Vuestra presencia me trae a la memoria a miles de misioneros,
que durante los siglos pasados se desplazaron a los cinco continentes,
jóvenes iluminados por la Palabra, empujados por la certeza
que el Reino de Dios había llegado con Jesús. Hoy
la Iglesia en América se prepara a renovar el milagro de
la Misión con el nuevo vigor de vuestra santidad.
El Papa, que ama a los jóvenes, ama a los misioneros porque
él mismo es joven de espíritu y es el primer misionero
de la Iglesia. Él me ha encargado de abrazaros a todos
y de bendeciros en su nombre.
1. La Misión, lo sabemos todos, no es el fruto de un sentimiento
o de un entusiasmo pasajero; nadie se convierte en misionero de
repente, sino que aquél que recibe la llamada para anunciar
el Evangelio debe haber sido preparado por el Espíritu
Santo. Si el Sacramento del bautismo nos hace misioneros, cada
cristiano necesita aprender el arte del Anuncio. El saber dar
a los demás la Buena Noticia, es algo que podemos aprender
solamente siguiendo a Jesús y estando siempre con Él,
si lo amamos y sentimos el deseo de darlo a conocer a los demás.
Para los doce Apóstoles el encuentro con Jesús,
ha sido una experiencia esencial que ha marcado definitivamente
sus vidas. Gracias a esta vivencia tan cercana, han podido ser
testigos del Hijo de Dios en todo el mundo. Jesús ha formado
con sus discípulos, una especie de “laboratorio de
la fe”, una “escuela para la misión”.
Jesús “subió al monte y llamó a los
que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó
Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar
con poder de expulsar los demonios” (Mc 3, 13-19)
Sobre aquel monte, el pequeño grupo comienza el discipulado,
y desde aquel momento se establece una relación especial
con la vida y con las palabras del Maestro que transforma a los
Doce, poco a poco, en una comunidad de creyentes.
He aquí la primera característica esencial de los
fieles de Cristo: estar con Jesús. Descubrir el modo de
vivir del Maestro, interrogarse sobre las palabras que pronuncia,
entender el porqué de sus decisiones. Estar unido a Jesucristo
es la primera exigencia de la Misión, la escuela en la
cual cada uno aprende a orientar su vida sobre los senderos de
la humildad, del perdón y del anuncio.
2. Durante tres años, los Doce siguen a Jesús,
lo escuchan, lo observan, aprenden de Él. Jesús
tiene un método sensacional para iniciarles a la fe y a
la misión: la escucha de su Palabra y la experiencia directa
de la misión.
Jesús instruye a los Doce y, en seguida, los envía
sobre el terreno, para que hagan una primera experiencia de evangelización:
“Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de
dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.
Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un
bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino:
«Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas»”
(Mc 6, 7-11). Esta primera experiencia les llena de alegría
y cuando vuelven cuentan al Maestro todas las maravillas que han
visto durante este tiempo de misión.
El camino de preparación, sin embargo, no ha terminado,
en el “laboratorio de la fe” todavía quedan
muchas cosas que aprender: en un mundo que exalta la fuerza, Jesús
enseña a escoger la debilidad, en un mundo que persigue
el éxito, Jesús les invita a aceptar el fracaso,
en un mundo que pone en primer lugar la venganza, Jesús
predica el perdón. Para los discípulos no es fácil
entender que el fracaso es una victoria, que la pobreza es una
riqueza, que la debilidad es una fuerza. Si quieren seguir a Jesús
entienden que es necesario cambiar de mentalidad, invertir la
escala de valores, morir a uno mismo, abandonar los propios intereses.
Jesús colocó a sus discípulos ante la dramática
prueba de su pasión y de su muerte, y al mismo tiempo,
ante el hecho sorprendente de su resurrección. Verdaderamente
no era fácil creer que estuviera nuevamente vivo aquel
que tres días antes había sido sepultado.
“La experiencia de su muerte había sido tan fuerte
que todos, también nosotros, tenían y tenemos necesidad
de un encuentro directo con él para creer en su resurrección”.
Este encuentro, sellado más tarde por el don del Espíritu
Santo, convertirá a los discípulos en testigos de
su resurrección, capaces de ser anunciadores del amor de
Dios, revelado en Jesucristo, a todo el mundo.
3. Queridos jóvenes, la misión es vuestra vocación;
la Iglesia necesita vuestro entusiasmo para estar presente en
la sociedad y expandirse en el mundo entero.
Os digo que no es fácil cumplir esta misión en el
mundo en que vivís. Las luces cautivadoras que provienen
de una cultura materialista y hedonista, intentan deslumbrar vuestras
mentes y ensombrecen el ideal cristiano, hasta el punto de debilitar
su fuerza, convirtiéndolo en un mensaje “inofensivo”.
A menudo, escucháis voces, “cantos de sirena”,
que os llaman para haceros vivir ilusiones efímeras, vacías,
que muchas veces llevan consigo la “muerte” de la
psique y de vuestra vida moral.
Parafraseando las palabras del Santo Padre, en su saludo a los
jóvenes reunidos en Roma durante el Jubileo, quiero preguntaros
¿qué habéis venido a buscar en la Ciudad
de Guatemala?, o mejor, ¿a quién habéis venido
a buscar?, “la respuesta no puede se más que una:
¡habéis venido a buscar a Jesucristo! Sin embargo,
es Jesucristo quien primero os busca a vosotros”. Él,
amadísimos hermanos y hermanas, os invita a seguirle.
“Quien sigue a Cristo, dice el Santo Padre, rechaza estar
replegado sobre sí mismo y no valora las cosas según
su interés personal. Considera la vida vivida como un don,
como algo gratuito, no como una posesión”. ¡Qué
mejor manera de vivir vuestra existencia, ofreciéndola
a los demás, siendo testimonios del amor de Dios, en vuestras
vidas! ¡Ojalá, sintáis la llamada del Señor,
a seguirle y a amarle en modo radical, a ser “centinelas
de la mañana”, en esta aurora del nuevo milenio!
Estad seguros de seguirle, pues Él os hará felices
y no os defraudará nunca.
3. La vocación misionera es la invitación de Cristo
a participar en su misión redentora, en la misma misión
que después de su muerte y resurrección Él
ha confiado a la Iglesia naciente para que la continúe
y la difunda en toda la tierra: “¡Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!”
(Mt 28, 20).
Queridos jóvenes, ¿estáis dispuestos a vivir
esta “aventura” en el nombre de Jesucristo y con la
fuerza del Espíritu Santo?
Sabed, pues, que el camino de la misión es el camino de
la santidad. No se puede ser misionero si no se es santo.
Con un cierto temor escuchamos y pronunciamos, a veces, dicha
palabra. Este ideal de perfección, que es la santidad,
declara el Santo Padre, “no ha de ser malentendido, como
si implicase una especie de vida extraordinaria practicable sólo
por algunos genios” (Novo millennio ineunte 31). La llamada
a la santidad, “a no contentarse con una vida mediocre,
vivida según una ética minimalista y a una religiosidad
superficial”, se dirige a hombres y mujeres de carne y hueso,
como vosotros, queridos jóvenes, que, siendo quienes sois
y por gracia de Dios, habéis sido llamados a la fe y deseáis
transmitirla como el don más grande que podéis ofrecer
a los demás.
Por tanto, ¡No tengáis miedo a ser santos!, ¡Sed
fieles centinelas de la evangelización del tercer milenio!,
¡Dios es fiel a su llamada!
Él nos ha prometido que estará siempre con nosotros,
sosteniendo nuestra debilidad, nuestro deseo de encontrarle en
la oración y en los sacramentos, en nuestra generosa entrega
a los demás, en nuestra disponibilidad para cooperar, -
según la medida de nuestras posibilidades -, en la misión
ad gentes.
Que Santa María de Guadalupe, Primera Misionera de América,
os acompañe siempre y os alcance del cielo la abundancia
de las Bendiciones de Dios y una grande y creciente disponibilidad
misionera.
¡Jóvenes de América, vuestra vida es misión!
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