Queridos muchachos y muchachas,
Bienvenidos a este encuentro misionero, que es para ustedes un
llamado y para la Iglesia un motivo de agradecimiento al Señor.
Gracias por su alegría, gracias por su presencia, y sobre
todo gracias por su empeño misionero en la Iglesia en Guatemala
y en toda América.
Qué lindo es encontrarnos juntos en esta gran fiesta. Este
momento es tan importante, créanme, que puede cambiar el
rostro de la Iglesia en América. Deseo, en primer lugar,
decirles que el Papa les quiere y que me ha encargado que les
traiga su Bendición. ¿Quieren ustedes también
al Papa?
1. Ustedes son afortunados porque están viviendo, como
protagonistas, un acontecimiento importante que permanecerá
en el tiempo como una página maravillosa de la historia
de la Iglesia en América. Hay experiencias significativas,
que la Iglesia no las celebra sin ustedes.
Lo hemos aprendido leyendo el Evangelio, donde se narra que los
niños eran los preferidos de Jesús: lo seguían
en sus viajes apostólicos, escuchaban sus palabras, jugaban
con él mientras hablaba a los adultos, los bendecía,
los acariciaba y los curaba. Como nos cuenta el apóstol
San Juan, fue un chiquillo, quien entregando a Jesús dos
peces y cinco panes, permitió que el Maestro hiciera un
gran milagro, dando de comer a más de cinco mil personas.
Ustedes son siempre generosos y disponibles, capaces de hacer
cosas grandes: por este motivo la Iglesia cuenta con ustedes y
les asocia, como centinelas de la misión, a su obra evangelizadora.
2. En los primeros siglos del cristianismo, los niños
ayudaron a la Iglesia en las catacumbas a difundir el Evangelio
de Jesús. El primero entre todos fue S. Tarsicio, un muchacho
que se ofreció para llevar la comunión a los cristianos
que estaban en la cárcel y al cual mataron sus coetáneos
porque, llevando a Jesús en el corazón, no quiso
entretenerse a jugar con ellos. En Japón, fueron los niños
los que enseñaron la lengua japonesa al gran misionero
S. Francisco Javier, ayudándolo a traducir el Credo y el
Padre Nuestro. Lo acompañaron en su misión y algunos
de ellos murieron mártires por testimoniar la fe en Jesús.
Fueron tres chicos mejicanos: Cristóbal, Antonio y Juan
los que acogieron el Anuncio del Evangelio en América Latina
y dieron su propia vida para que la luz del Evangelio pudiese
iluminar todo el continente.
Cuando el amor de Jesús entra en sus corazones, ustedes
chicos y chicas, se convierten en “cristianos de primera”.
Su fe resiste a cualquier contrariedad, su alegría es contagiosa
y enriquece a la Iglesia de fantasía y de júbilo
creativo. Queridos muchachos, la Iglesia les necesita, necesita
su genio infantil, su ansia de crecer y de conquistar el mundo,
necesita su deseo de transmitir el Anuncio de Jesús a todo
el mundo.
3. Han pasado 160 años, desde cuando la Iglesia ha dado
a los niños la misión de salvar a los niños
del mundo. En un primer momento, el fundador de la Infancia Misionera,
Mons. Carlos Augusto de Forbin-Janson, pidió ayuda a los
niños de Francia para salvar, con el bautismo, a los niños
del mundo, y hoy, en 110 países existen millones de niños
y adolescentes misioneros como ustedes, que rezan, cantan, aman
la Iglesia, y hacen sacrificios para que todos los chicos y chicas
del mundo puedan conocer y amar a Jesús.
4. Hoy, más que nunca, el mundo tiene necesidad de ustedes
ya que el sufrimiento de los niños sobre la tierra aumenta
cada vez más: niños que no conocen a Cristo, analfabetos,
obligados a trabajar, hambrientos, enfermos de SIDA, huérfanos,
víctimas de las minas, vagabundos, piden nuestra ayuda,
y la Iglesia confía a los niños la salvación
de los niños. Ciertamente ustedes no pueden eliminar todo
el sufrimiento de los más pequeños, ni tampoco los
suyos propios, pero la Iglesia les encomienda a sus oraciones,
a sus sacrificios y a su capacidad de acoger y transformar el
dolor en un abrazo de solidaridad cristiana.
La Iglesia cree que en el profundo de su corazón, Dios
ha puesto la raíz de una vocación misionera y espera,
por tanto, su generosa respuesta.
La Iglesia les confía a millones de niños que no
conocen a Jesús, que no saben lo grande que es el Amor
de Dios, el perdón, la fraternidad, la paz, la alegría
de sentirse hijos amados y salvados por el Hijo de Dios.
5. Hoy la Iglesia tiene una misión muy importante para
ustedes, muchachos de esta generación: muchos adultos han
perdido la fe, ustedes pueden con el sufrimiento ofrecido por
amor a Jesús, con su entusiasmo e inocencia, abrir para
ellos un sendero hacia la luz.
A ustedes la Iglesia les confía la humanidad entera, ustedes
son los jóvenes misioneros de la Iglesia Joven, ustedes
pueden ayudar a difundir el Evangelio en esta tierra americana
y en todo el mundo. No hace falta esperar a mañana, hoy
mismo ustedes pueden difundir la luz del Evangelio siendo misioneros
en sus casas, con sus amigos, en sus escuelas, en su ciudad, siempre
dispuestos a abrir horizontes lejanos en el mundo: en Africa,
Europa, Australia y Asia.
Cuando Jesús ha dicho a sus apóstoles “Id
por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las gentes”,
estoy seguro, que a su lado se encontraban muchos niños.
Estaban siempre escuchándole, curiosos y afectuosos como
están ustedes en este encuentro, en las fiestas, y en las
celebraciones importantes de la Iglesia.
Conociendo los deseos de Jesús, puedo decirles que el llamado
no estaba reservado solo a los discípulos, porque delante
de sus ojos estaban los muchachos de Palestina y en sus ojos estaban
también ustedes, estaban los niños de todos los
tiempos, primavera de la Iglesia, abiertos a la Palabra de Jesús
y dispuestos a acoger y llevar el Mensaje del Maestro a todo el
mundo.
6. Durante 160 años ustedes han cumplido milagros de solidaridad
en los países más pobres, han salvado a miles de
niños, han sido la mano tierna y disponible de la Madre
Iglesia. ¡Niños y adolescentes misioneros de toda
América!, la Iglesia les renueva su invitación a
poner en marcha su fuerza misionera: la gracia de Jesús,
que han recibido en el bautismo, es un gran don para ustedes,
y al mismo tiempo un llamado a la santidad, para anunciar el Evangelio
a todos los niños del mundo.
Renueven su disponibilidad, sigan el ejemplo de Santa Teresa de
Lisieux que, cuando tenía nueve años, ya se inscribió,
como ustedes, en la Infancia Misionera, y a los 14 años
consagró su vida a Dios y, no obstante su joven edad, se
ha convertido en Doctora de la Iglesia y patrona de las Misiones.
Ustedes son un tesoro de la Iglesia de América, ámenla,
acompáñenla en su difícil camino, sugiéranle
el camino de la generosidad jubilosa, dénle confianza,
ábranle caminos para la Nueva Evangelización y para
la misión ad gentes, a aquellos que todavía no conocen
a Jesucristo, para que pueda ser signo de salvación para
todo el universo.
Ustedes son los nuevos misioneros de un mundo renovado por la
Fe en Jesucristo.
El Papa está con ustedes, les renueva su confianza, les
abraza con agradecimiento y yo, junto con él, les doy las
gracias y les bendigo. Reciban mi afecto y mi reconocimiento.
Niños y niños, chicos y chicas de América,
¡vuestra vida es misión! |