Amadísimos hermanos y hermanas
en Cristo,
Con gran alegría y esperanza he querido venir a visitarles,
porque de este modo puedo transmitirles personalmente el saludo,
la Bendición particular y las palabras de aliento del Santo
Padre, y decirles que están en su corazón, pues
él comparte todas sus preocupaciones y angustias.
Vengo también en cuanto misionero, porque estoy seguro
que recogeré de ustedes un tesoro precioso, una gran esperanza
para la evangelización del mundo. Vengo como testigo de
Jesús resucitado: él conoce lo que es el sufrimiento
y la soledad. Él acoge nuestras enfermedades y debilidades,
asumiéndolas sobre sí en el misterio de la cruz,
y desde nuestra cruz, nos invita a unirnos íntimamente
a Él. Quien sabe acogerla, queridos hermanos y hermanas,
experimenta como el dolor iluminado por la fe, se transforma en
fuente de vida, de esperanza y de salvación para toda la
humanidad.
1. Cuántas veces nos habremos preguntado: ¿por
qué se sufre?, ¿por qué sufrimos?
Jesucristo no respondió con frases ni con reflexiones teóricas,
sino con su propia vida. Jesús no se nos ha revelado como
un “superhombre”: Él, “siendo de condición
divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que
se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo haciéndose semejante a los hombres [ ... ] y
se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte
y muerte de cruz” (Fil 2, 6-8).
Jesús manifestó su conmoción ante el sufrimiento
humano y curó a muchos enfermos. Lloró y tembló
de miedo en Getsemaní; no corrió tras el sufrimiento,
pidió incluso al Padre que “si fuera posible, pasara
de él ése caliz”, y buscó el alivio
humano, “mi alma está triste hasta el punto de morir;
quedaos aquí y velad conmigo”. Él, sin embargo,
no dudó en ningún momento del amor del Padre y aceptó
libremente y por Amor su voluntad, “pero no sea como yo
quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 37-42). Él,
nuestro Redentor crucificado y resucitado, “llevó,
por amor, nuestras dolencias y soportó nuestros dolores”
(cf. Is 53, 4).
El sufrimiento, - lo dice el Papa en su Encíclica Salvifici
doloris -, “ha sido ligado al amor [ ... ] a aquel amor
que crea el bien, sacándolo también del mal, sacándolo
por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de
la redención del mundo ha sido extraído de la Cruz
de Cristo y de ella constantemente toma inicio. La Cruz se ha
convertido en un manantial, del que brotan ríos de agua
viva. Es en la Cruz que debemos colocar nuestra pregunta sobre
el sentido del sufrimiento y leer en ella, hasta el final, la
respuesta a esta pregunta” (n. 18).
Ciertamente es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud
es un don de Dios, pero también es necesario, - diría
yo indispensable -, saber leer el sentido sobrenatural y a la
vez humano del sufrimiento, que Cristo nos ha revelado.
2. Les decía, queridos hermanos y hermanas, que tengo
una gran esperanza al estar entre ustedes, pues estoy seguro de
encontrar aquí, en este conmovedor encuentro, un gran tesoro
espiritual para el bien de las misiones. Ustedes ofrecen su sufrimiento
a las misiones,¡qué maravillosa riqueza!, ¡qué
proyecto de santidad! ¡qué gran ideal!
Ustedes saben bien cómo la Iglesia ha designado a dos santos
como patronos de las misiones. Uno de ellos fue un gran misionero,
San Francisco Javier, que recorrió el mundo para llevar
la fe al gran continente asiático. La otra es Santa Teresita
del Niño Jesús, que nunca fue misionera en el sentido
específico de la palabra. También Teresita quería
ser misionera en Asia y vivir allí como Carmelita de clausura,
pero su salud, - su mala salud -, le impidió realizar su
deseo. Y así, permaneciendo en su convento en Francia,
oró por las misiones, practicó con abnegación
sus deberes y ofreció todos sus sufrimientos y su enfermedad
por el bien de las misiones.
Algunos tienen el privilegio de seguir los pasos de San Francisco
Javier, pero otros muchos pueden tener el privilegio de seguir
los de Santa Teresita, pues, por numerosas razones, no pueden
llevar el Evangelio físicamente a otros pueblos y culturas.
Santa Teresita comprendió bien que por el hecho de haber
recibido el bautismo debía ser de algún modo misionera.
Y supo cómo serlo: con la oración y con el sacrificio
de su vida.
El Señor les invita, como a Santa Teresita, a ofrecerse
completamente a Él por las misiones, a ofrecerse para que
la Buena Nueva de la salvación llegue a todos los hombres
y mujeres que aún no conocen a Cristo. La Iglesia espera
de ustedes, hermanos y hermanas que sufrís, el gran testimonio
de la fe.
3. Nuestro querido Santo Padre, testigo viviente del sufrimiento
ofrecido por la Iglesia y por las misiones, siervo sufriente de
los siervos de Dios, nos recordaba en su Encíclica misionera
que “el valor salvífico de todo sufrimiento, aceptado
y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo, que
llama a los miembros de su Cuerpo místico a unirse a sus
padecimientos y completarlos en la propia carne (cf. Col 1, 24)”.
Es por ello, nos dice, que “el sacrificio del misionero
debe ser compartido y sostenido por el de todos los fieles”
y mediante el ofrecimiento del sufrimiento a Dios por los misioneros
“los enfermos se hacen también misioneros”
(Redemptoris missio 78).
En ustedes la Iglesia misionera encuentra la fuerza para difundir
y realizar la salvación que Cristo, con su muerte y su
resurrección, ha obtenido para todos los hombres y mujeres
del mundo.
¡Ánimo!, ¡tengan confianza!, abandónense
en las manos providentes de nuestro Padre, como hicieron San Francisco
Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, ellos les
dicen que no están sólos. Estén orgullosos
de ser misioneros y sostener a la Iglesia misionera mediante el
sufrimiento. Ustedes, en su debilidad, son un manantial de vigor
y de vida para la Iglesia y para la humanidad.
Que el Señor que tanto les ama, les bendiga siempre y abundantemente
y que María Santísima, la Madre de Cristo que estaba
junto a la Cruz, se incline sobre cada uno de ustedes, les sostenga
y les consuele cada día. |