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ENCUENTRO CON LOS ANCIANOS Y CON LOS ENFERMOS MISIONEROS
Viernes, 28 de Noviembre de 2003 - Santuario Eucarístico

Amadísimos hermanos y hermanas en Cristo,
Con gran alegría y esperanza he querido venir a visitarles, porque de este modo puedo transmitirles personalmente el saludo, la Bendición particular y las palabras de aliento del Santo Padre, y decirles que están en su corazón, pues él comparte todas sus preocupaciones y angustias.
Vengo también en cuanto misionero, porque estoy seguro que recogeré de ustedes un tesoro precioso, una gran esperanza para la evangelización del mundo. Vengo como testigo de Jesús resucitado: él conoce lo que es el sufrimiento y la soledad. Él acoge nuestras enfermedades y debilidades, asumiéndolas sobre sí en el misterio de la cruz, y desde nuestra cruz, nos invita a unirnos íntimamente a Él. Quien sabe acogerla, queridos hermanos y hermanas, experimenta como el dolor iluminado por la fe, se transforma en fuente de vida, de esperanza y de salvación para toda la humanidad.

1. Cuántas veces nos habremos preguntado: ¿por qué se sufre?, ¿por qué sufrimos?
Jesucristo no respondió con frases ni con reflexiones teóricas, sino con su propia vida. Jesús no se nos ha revelado como un “superhombre”: Él, “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres [ ... ] y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2, 6-8).
Jesús manifestó su conmoción ante el sufrimiento humano y curó a muchos enfermos. Lloró y tembló de miedo en Getsemaní; no corrió tras el sufrimiento, pidió incluso al Padre que “si fuera posible, pasara de él ése caliz”, y buscó el alivio humano, “mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Él, sin embargo, no dudó en ningún momento del amor del Padre y aceptó libremente y por Amor su voluntad, “pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 37-42). Él, nuestro Redentor crucificado y resucitado, “llevó, por amor, nuestras dolencias y soportó nuestros dolores” (cf. Is 53, 4).
El sufrimiento, - lo dice el Papa en su Encíclica Salvifici doloris -, “ha sido ligado al amor [ ... ] a aquel amor que crea el bien, sacándolo también del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido extraído de la Cruz de Cristo y de ella constantemente toma inicio. La Cruz se ha convertido en un manantial, del que brotan ríos de agua viva. Es en la Cruz que debemos colocar nuestra pregunta sobre el sentido del sufrimiento y leer en ella, hasta el final, la respuesta a esta pregunta” (n. 18).
Ciertamente es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios, pero también es necesario, - diría yo indispensable -, saber leer el sentido sobrenatural y a la vez humano del sufrimiento, que Cristo nos ha revelado.

2. Les decía, queridos hermanos y hermanas, que tengo una gran esperanza al estar entre ustedes, pues estoy seguro de encontrar aquí, en este conmovedor encuentro, un gran tesoro espiritual para el bien de las misiones. Ustedes ofrecen su sufrimiento a las misiones,¡qué maravillosa riqueza!, ¡qué proyecto de santidad! ¡qué gran ideal!
Ustedes saben bien cómo la Iglesia ha designado a dos santos como patronos de las misiones. Uno de ellos fue un gran misionero, San Francisco Javier, que recorrió el mundo para llevar la fe al gran continente asiático. La otra es Santa Teresita del Niño Jesús, que nunca fue misionera en el sentido específico de la palabra. También Teresita quería ser misionera en Asia y vivir allí como Carmelita de clausura, pero su salud, - su mala salud -, le impidió realizar su deseo. Y así, permaneciendo en su convento en Francia, oró por las misiones, practicó con abnegación sus deberes y ofreció todos sus sufrimientos y su enfermedad por el bien de las misiones.
Algunos tienen el privilegio de seguir los pasos de San Francisco Javier, pero otros muchos pueden tener el privilegio de seguir los de Santa Teresita, pues, por numerosas razones, no pueden llevar el Evangelio físicamente a otros pueblos y culturas. Santa Teresita comprendió bien que por el hecho de haber recibido el bautismo debía ser de algún modo misionera. Y supo cómo serlo: con la oración y con el sacrificio de su vida.
El Señor les invita, como a Santa Teresita, a ofrecerse completamente a Él por las misiones, a ofrecerse para que la Buena Nueva de la salvación llegue a todos los hombres y mujeres que aún no conocen a Cristo. La Iglesia espera de ustedes, hermanos y hermanas que sufrís, el gran testimonio de la fe.

3. Nuestro querido Santo Padre, testigo viviente del sufrimiento ofrecido por la Iglesia y por las misiones, siervo sufriente de los siervos de Dios, nos recordaba en su Encíclica misionera que “el valor salvífico de todo sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo, que llama a los miembros de su Cuerpo místico a unirse a sus padecimientos y completarlos en la propia carne (cf. Col 1, 24)”. Es por ello, nos dice, que “el sacrificio del misionero debe ser compartido y sostenido por el de todos los fieles” y mediante el ofrecimiento del sufrimiento a Dios por los misioneros “los enfermos se hacen también misioneros” (Redemptoris missio 78).
En ustedes la Iglesia misionera encuentra la fuerza para difundir y realizar la salvación que Cristo, con su muerte y su resurrección, ha obtenido para todos los hombres y mujeres del mundo.
¡Ánimo!, ¡tengan confianza!, abandónense en las manos providentes de nuestro Padre, como hicieron San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, ellos les dicen que no están sólos. Estén orgullosos de ser misioneros y sostener a la Iglesia misionera mediante el sufrimiento. Ustedes, en su debilidad, son un manantial de vigor y de vida para la Iglesia y para la humanidad.
Que el Señor que tanto les ama, les bendiga siempre y abundantemente y que María Santísima, la Madre de Cristo que estaba junto a la Cruz, se incline sobre cada uno de ustedes, les sostenga y les consuele cada día.

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