| 1. INTRODUCCIÓN
En esta breve “introducción” quisiera que
tuviéramos presente el contexto de la sorprendente paradoja
en que nos encontramos desde el punto de vista misionero. Juan
Pablo II hacia el final de su encíclica misionera, la “Redemptoris
Missio”, escribía: “Veo amanecer una nueva
época misionera que llegará a ser un día,
radiante y rica en frutos, si todos los cristianos, y en particular,
los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad
y santidad a las solicitudes y desafíos de nuestro tiempo”
(n. 92).
Son palabras proféticas que anuncian un “Kairós”,
un tiempo de gracia y un momento privilegiado de la misión.
Sin embargo el Santo Padre presenta “condiciones”
para que su profecía pueda realizarse, cuando dice: “
si las Iglesias jóvenes responden con generosidad y santidad
a los desafíos de nuestro tiempo”. Él se dirige
especialmente a nosotros, misioneros e Iglesias jóvenes,
para “responsabilizarnos” del momento actual de la
misión, y de la “hora misionera de América”
(SD 295 ).
Es verdad, nuestras Iglesias ya han producido abundantes frutos
misioneros, y especialmente a partir de los Documentos de Puebla
(cfr. su n. 368) se ha ido profundizando y difundiendo la conciencia
de que toda Iglesia particular, desde su constituirse, es por
su naturaleza misionera y que debe proyectarse más allá
de las propias fronteras: “toda Iglesia y cada Iglesia es
enviada “ad gentes”, afirma Juan Pablo II (RMi 62).
Sin embargo en esta “nueva primavera” del Cristianismo
hay también confusión e incomprensiones que contrastan
fuertemente con lo que acabamos de afirmar. “La misión
específica” ad gentes parece que se va difiriendo
–nos dice la misma RMi en el n. 2- no ciertamente en sintonía
con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior.
Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero
de la Iglesia hacia los no-cristianos, lo cual es un hecho que
nos debe preocupar a todos los creyentes. Se tiene la impresión
que las “Misiones” o “Misión ad gentes”
tenga el constante riesgo de diluirse en la Misión genérica
de la Iglesia, que equivale a la actividad pastoral de la Iglesia
local. Es por eso que el Santo Padre usa adjetivos de un fuerte
sentido negativo: “hoy en día la misión ad
gentes corre el riesgo de ser raquítica, olvidada y abandonada”
(RMi 34). Encontraba yo reflejada la misma preocupación
en un misionero que me comentaba recientemente: “tengo la
impresión que ya se ha dicho y escrito más que lo
suficiente acerca de las misiones, pero no acabamos de decidirnos;
los que se atreven a salir son demasiado pocos”.
Para iluminar mejor esta situación de sorprendente paradoja
es útil tener presente cuanto se afirma en el decreto “Ad
Gentes” del Concilio Vaticano II. Por primera vez en la
historia de los 21 Concilios Ecuménicos que han marcado
el caminar de la Iglesia, se nos ha insistido que si ha sido posible
“conocer” la densidad amorosa de Dios en la profundidad
misteriosa de la Santísima Trinidad (“su naturaleza”)
gracias a su manifestación histórica, es decir,
a su éxodo o salida por medio de las Misiones o Envíos
de la Segunda y Tercera personas divinas con su término
en el tiempo (Encarnación y Pentecostés), así
es posible conocer realmente a la Iglesia, si ésta se proyecta,
en fidelidad a su Fundador y al Espíritu que la anima,
más allá de sus fronteras, “ad gentes”.
De allí que la misma Redemptoris Missio afirma que la Misión
ad gentes, “es la actividad primaria de la Iglesia, esencial,
y nunca concluida... la responsabilidad más específicamente
misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a
confiar a su Iglesia (n. 31) “Sin ella, la misma dimensión
misionera de la Iglesia estaría privada de su significado
fundamental, de su actuación fundamental y de su actuación
ejemplar” (n. 34). Sin embargo nuestra realidad, hoy en
día, se nos manifiesta en abierto contraste con estas afirmaciones,
precisamente a partir del Concilio Vaticano II la salida de misioneros
y misioneras han ido disminuyendo en la Iglesia. Y por cuanto
se refiere a América, asumimos el análisis de Santo
Domingo: “la conciencia misionera “ad gentes”
es todavía insuficiente o débil” (SD 126);
“Descargamos sobre unos pocos “delegados” lo
que es tarea irrenunciable de cada cristiano” (cfr. 80,
127).
Todo nos urge volver a la experiencia que hace casi 2000 años
tocó profundamente el corazón y la vida de Pedro,
de Juan, de Santiago, de María, de Pablo y de muchos más.
Pocos han expresado esta experiencia fundante tan bien como Pedro,
el pescador de Galilea al que conocían desde la infancia
como Simón: “Ustedes conocen lo sucedido en toda
Judea, comenzando por Galilea (...) Como Dios ungió a Jesús
de Nazareth con Espíritu Santo y poder y como Él
pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por
el Diablo, porque Dios estaba con Él; y nosotros somos
testigos de todo lo que hizo (...) y nos mandó que predicásemos
al Pueblo y que diésemos testimonio de que Él está
constituido por Dios juez de vivos y muertos” (Hch 2,36-42).
La experiencia de Pedro es la misma que han reflejado, una vez
más, los más de 2000 obispos reunidos en Roma, veinte
siglos después, en el Concilio Vaticano II: “La Iglesia
ha recibido el Evangelio (!la más maravillosa noticia que
jamás la humanidad haya escuchado!) como anuncio y fuente
de salvación. Lo ha recibido como un don de Jesús,
enviado por el Padre “para anunciar a los pobres el mensaje
de alegría” (Lc 4,18), lo ha recibido por medio de
los Apóstoles, mandados por Él a todo el mundo (cfr.
Mc 16,15; Mt 28,19-20) Nacida de esta acción evangelizadora,
la Iglesia siente dentro de sí misma cada día la
palabra del Apóstol: ¡Ay de mi si no evangelizare!
(1 Cor 9,16). Y entonces sigue incesantemente enviando evangelizadores
y misioneros a donde el Espíritu Santo abra las puertas
al anuncio de la Palabra” (cfr. LG 16 y 17).
Hay que reconocerlo: son todavía muy pocos los que nuestras
Iglesias locales pueden enviar. Nos viene a la memoria la afirmación
del profeta Isaías: “los niños piden pan,
pero no hay quien se los reparta”.
Es en este contexto que se comprende la preocupación de
Juan Pablo II al entregarnos su encíclica misionera Redemptoris
Missio: “En nombre de toda la Iglesia -escribe- siento imperioso
el deber de repetir el grito de San Pablo: ¡Ay de mi si
no predicara el Evangelio!”. Desde el comienzo de mi pontificado
he tomado la decisión de viajar hasta los últimos
confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera”
(RMi 1). Dejemos que resuene fuerte dentro de nosotros el grito
de Pablo, Apóstol de las gentes y de Juan Pablo II, misionero
del mundo.
2 ACLARANDO NOCIONES
Antes de proseguir conviene que recordemos lo que se entiende
por “ misión ad gentes ”, y que tengamos al
respecto, pleno acuerdo, lo digo porque la experiencia de participación
en no pocos encuentros de misionólogos y en muchos congresos
misioneros, me confirma que es constante el riesgo de diluir la
“misión ad gentes” en la común -y por
cierto necesaria- actividad pastoral de nuestras iglesias particulares.
La evangelización del mundo se realiza dentro de un panorama
muy diversificado y cambiante, que da lugar a situaciones diversas
para que las propuestas apostólicas sean bien diferenciadas.
Es verdad, como único es Dios, único el Salvador,
única es la Iglesia, y única es la humanidad a que
ella está destinada como servidora, una y única
es la Misión, como ha quedado reflejado en nuestro lema:
“Iglesia, tu vida es Misión”. Sin embargo esta
única Misión queda diversificada por las características
de sus destinatarios. Tenemos así la misión ad gentes
, como respuesta a la situación de aquellos pueblos (o
si queremos, “espacios humanos”), grupos, contextos
socio-culturales en donde Cristo y su Evangelio no son conocidos
y en donde faltan comunidades cristianas constituidas (cfr. RMi
33; AG 6). No debemos, ni podemos olvidar que el mandato misionero
de Cristo a sus Apóstoles, los destinaba precisamente a
tales grupos humanos y por lo tanto –digámoslo otra
vez- tal actividad debe ser siempre prioritaria en el conjunto
de las tareas que forman parte de la misión global de la
Iglesia. Es su principio unificador, como el amor es su fundamento.
El uno y el otro han quedado cifrados en el doble mandamiento:
“Ámense como yo los amé” (Jn 15,12)
y “ vayan por todo el mundo” (Mt 28,19). La “
misión ad gentes ” se caracteriza por realizar el
primer anuncio de Cristo y de su Evangelio, por la edificación
de la Iglesia local y por la promoción de los valores del
Reino. Como pone de relieve con innegable énfasis el decreto
“Ad Gentes” en su n. 6, la “ misión ad
gentes ” arranca de dos “nondum”, es decir,
de dos aún no , de dos ausencias: la del mensaje de Cristo
y la de Iglesia. Volvamos a destacarlo; entre los rasgos que caracterizan
a esta acción prioritaria en la Iglesia, evidenciamos:
• El anuncio directo y gratuito de Jesucristo y del Reino
de Dios que va más allá de la sola comunicación
de los valores evangélicos.
• La audacia misionera para ofrecer la Buena Noticia y
hacer presentes las exigencias del Reino de Dios.
• La edificación de la Iglesia en los lugares y
ámbitos donde se inicia el acceso a Jesucristo, y el nacimiento
de una comunidad que celebra su fe cristiana.
Actualmente se está difundiendo, entre los misionólogos
y los que trabajan en la animación misionera, el uso de
cuatro ad , es decir, de cuatro hacia , para expresar de un modo
sintético lo esencial de la actividad misionera específica:
“ Ad gentes ”, expresión que subraya la urgencia
del anuncio hacia cuantos no conocen a Cristo y su Evangelio.
Apunta a su vez, a la escucha y al diálogo con las grandes
religiones, las religiones tradicionales o “cósmicas”
y los nuevos “areópagos” que el mundo actual
abre cada día más amplios y que pareciera que no
se dejan alcanzar por el anuncio de la “Buena Noticia”.
“ Ad extra ”, expresión que indica ante todo
el movimiento de Cristo mismo “salido del Padre y venido
al mundo” (Jn 16), y como consecuencia la disponibilidad
a salir del propio País, acentuando así la universalidad
de la misión que implica tener constantemente presente
las palabras de Cristo Resucitado: “vayan por todo el mundo”
(Mc 16) y la urgencia de compartir el don de la fe y el servicio
entre las Iglesias, aunque sea desde la “pequeñez
y la pobreza”, o precisamente por eso. Todo esto no excluye
que haya situaciones de “primer anuncio” dentro del
propio País o grupo humano, como es el caso de muchas regiones
de África, de casi todos los de Asia, en donde el cristianismo
está todavía “en ciernes”, de algunos
de nuestra América y entre los “nuevos Areópagos”
especialmente de América del Norte y de Europa. En tal
caso hablemos de “ misión ad gentes ad intra ”,
pero con todas las características y la necesidad de heroísmo
cristiano propios de la labor específica del primer anuncio.
“ Ad vitam ”, con ella se quiere resaltar la dedicación
total a la misión que nace y se nutre de una experiencia
de amor con Dios, origen y fuente de la consagración a
la misión. Conscientes, por otra parte, que es la misión
misma que posee una extraordinaria fuerza consagratoria como lo
manifiestan las biografías de los misioneros de todos los
tiempos, de Pablo a Francisco Javier, de San Toribio de Mogrovejo
a San Daniel Comboni, de Teresa de Lisieux a Teresa de Calcuta.
No se excluye sin embargo, que en conformidad con la propia vocación
y carismas, sea auténticamente misionero el servicio de
quien pueda entregarse al anuncio del Evangelio durante unos años.
“ Ad pauperes ”. Con esta expresión se quiere
subrayar el servicio de la Iglesia y su entrega en favor de los
más pobres, a ejemplo de Jesús. En el ámbito
social son pobres los que sufren la injusticia, las víctimas
de las guerras, los que padecen la escasez de los medios económicos,
los hambrientos, los privados de derechos humanos, los refugiados,
etc. Desde el punto de vista espiritual, pobres son los que no
conocen a Jesús, siendo ésta la forma más
radical de pobreza. Afirma la RMi al respecto: “la aportación
de la Iglesia y de su obra evangelizadora al desarrollo de los
pueblos abarca no sólo el Sur del mundo, para combatir
la miseria y el subdesarrollo, sino también el Norte, que
está expuesto a la miseria moral y espiritual causada por
el superdesarrollo” (n. 59). El exceso de opulencia es nocivo
para el hombre tanto y más a veces, que el exceso de pobreza.
3. FUNDAMENTO MÍSTICO-ESPIRITUAL DE LA MISIÓN
“AD GENTES”
Juan Pablo II en su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte
en el n. 30, escribe: “En primer lugar, no dudo en afirmar
que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral
(y entonces misionero , añadimos nosotros) es el de la
santidad”. Ya lo había afirmado en la RMi: “El
verdadero misionero es el Santo. La llamada a la misión
deriva de por sí de la llamada a la santidad (...) la santidad
es un presupuesto fundamental y una condición insustituible
para realizar la misión salvífica de la Iglesia”
(RMi 90 y CHL 17). La vocación universal a la santidad
está pues estrechamente unida a la vocación universal
a la misión.
En la misma Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte ,
el Santo Padre nos explica como hay que entender la santidad.
Esta es ante todo “pertenencia” a Aquel que es por
excelencia el Santo. Por el bautismo ya “somos del Señor”,
le pertenecemos: se trata de pertenecerle en totalidad, a través
de un compromiso que ha de seguir toda la vida cristiana y pues
entonces nos hace rechazar casi por instinto un estilo de vida
mediocre, llevada adelante según una ética minimalista
, al margen del estilo de Jesús que “habiendo amado
a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn 13,1) hasta
la “exageración”.
Estas afirmaciones del Santo Padre me hacen recordar dos “iconos”
bíblicos, y los dos de claro significado misionero “ad
gentes”. El primero es el de Jn 12,10-33: “Entre los
que habían llegado a Jerusalén para dar culto a
Dios con ocasión de la fiesta, habían algunos griegos
. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de
Galilea y le dijeron: Señor queremos ver a Jesús”.
Felipe se lo dijo a Andrés , y los dos juntos se lo hicieron
saber a Jesús. Jesús contestó: “ha
llegado la hora en que Dios va a glorificar al Hijo del hombre.
Yo les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no
muere, queda infecundo, pero si muere dará fruto abundante”.
“Quien ofrece su vida la perderá, quien sepa desprenderse
de ella la conservará para la vida eterna. Si alguien quiere
servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo (...)
me encuentro profundamente angustiado. ¿Qué es lo
que lo puedo decir?. ¿Padre líbrame de esta hora?;
¡de ningún modo! porque he venido precisamente para
aceptar esta hora (...) una vez que yo haya sido levantado sobre
la tierra atraeré a todos hacia mi . Con esta afirmación,
Jesús quiso dar a entender la forma en que iba a morir“.
El contexto es claramente de “misión ad gentes”
, en efecto Jesús no está dialogando con los judíos,
sino con los griegos. ¡Ellos quieren ver a Jesús!.
En su profundo deseo, preciso y concreto, podemos ver el de toda
la humanidad aún no cristiana. Todo hombre que busque,
escuchando su conciencia, la verdad, el sentido para la propia
vida, busca en definitiva a Jesús, “Camino, Verdad
y Vida”, aunque no esté consciente de ello.
Lo interesante, lo asombroso -diría- es que Jesús
responde a su deseo, apuntando al misterio de su pasión
y muerte, nada menos que 4 veces en tan breve texto: a través
de la parábola del grano de trigo (Jn 12,26), por medio
de la invitación a seguirle para correr la misma suerte,
la descripción de un dramático combate interior
(12, 27) y por fin la afirmación alusiva a su muerte en
la cruz (12,32).
Con esta insistencia Jesús nos hace comprender que para
conocerle realmente en su identidad debemos verle, contemplarle
en su misterio pascual, pero a la vez nos invita a no separar
en lo absoluto la cruz de la salvación del mundo y finalmente
nos lanza la pregunta si estamos dispuestos a compartir su destino
que es de plena disponibilidad a amar sin medida, encontrando
en la cruz la medida de nuestra entrega.
Si la santidad es pertenecer al Señor , esto implica asumir
su misión y su modo de llevarla a cabo. Nuestro Santo Padre
lo ha dicho en varias ocasiones en sus mensajes a los jóvenes:
es dejarse seducir por Cristo , como ha sido para Pablo que exclama:
“Hasta cuándo yo viva, viviré de la fe del
Hijo de Dios que me amó y se entregó por mi”
(Ga 2,19) y de allí que “todo lo considero pérdida,
basura y daño con tal de lograr el sublime conocimiento
de Cristo mi Señor” (Flp 3,8).
Son consideraciones que nos llevan a los pies de la Cruz para
poner en práctica la profecía referida por San Juan:
“mirarán al que han traspasado” (Jn 19,37).
Es la contemplación del corazón de Cristo, de su
Rostro desfigurado en la Cruz y glorioso en Pascua, que nos fascina
y nos vincula a Él y a su misión. Si ser misionero
“ad gentes” en el siglo XXI, es ante todo ser “testigos”
de Cristo, nuestro testimonio, nos recuerda Juan Pablo II, “sería
enormemente deficiente si no fuésemos los primeros contempladores
de su Rostro” (...) nuestra mirada debe quedarse más
que nunca en el Rostro del Señor (NMI 16). El misionero
es un cristiano que vive el asombro de la contemplación
de la belleza (¡trágica en la Cruz!) del Rostro de
Cristo.
Me ha impresionado fuertemente que la palabra Rostro aparezca
38 veces en los 59 números de su Carta Apostólica
Novo Millennio Ineunte , y sólo en el capítulo 2do.,
que tiene como título “ Un Rostro para contemplar
”, aparezca 23 veces.
El contemplar su Rostro se vuelve experiencia transformadora
que hace exclamar con Pablo: “para mi la vida es Cristo
y la muerte una ganancia” (Flp 1,21). En Cristo, el misionero
encuentra su tesoro y su alegría y retoma el camino para
anunciar a Cristo al mundo, el que es “el mismo ayer, hoy
y siempre” (Heb 13,8). Solo así Cristo “Luz
del mundo” (Jn 8,12), posibilita que el misionero sea a
su vez, como Él mismo lo ha pedido para sus discípulos,
“luz del mundo y sal de la tierra”(Mt 5,14).
“Es una tarea -continúa diciéndonos Juan
Pablo II- que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad
que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es
una tarea posible, si expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos
a su gracia que nos hace hombres nuevos” (NMI 54).
Se trata de una experiencia tan íntima e implicadora,
que uno “no puede callar lo que ha visto y oído”,
como lo afirmaban los Apóstoles cuyo rostro había
sido iluminado por la luz que irradiaba el de Cristo Resucitado.
No sólo iban “gritando” la Buena Noticia, sino
que ellos mismos se volvían “Buena Noticia”
con su heroísmo y entrega incondicional, realizando una
misteriosa identificación entre “mensaje y mensajero”
(cfr. Hch 4,20).
Estas consideraciones me traen a la memoria una experiencia de
mi infancia. Soy italiano, y cuando se terminó la segunda
guerra mundial en 1945, yo acababa de cumplir 7 años. La
palabra traída por alguien que llegaría de la ciudad
vecina o que oiría en la radio local era Armisticio , es
decir, se terminó la guerra . Y esa palabra, armisticio,
fue corriendo de boca en boca, de casa en casa, de barrio en barrio,
como chispa en el cañaveral , diría el Autor Sagrado
(Sab 3,7), y la gente lloraba, se abrazaba, se besaba mientras
se volcaba en las calles del pueblo: los años tremendos
de la guerra habían terminado, habían quedado definitivamente
atrás. Y lo que aquí nos interesa, es notar como
nadie de aquella gente se preguntaba por qué , debía
gritar, correr, salir a la calle. La grande noticia del fin de
la guerra embargaba todos esos corazones, y se volvía en
ellos, impulso irresistible a comunicar y “gritando”,
esa bella noticia.
Cuando un cristiano se siente “preso” por Cristo,
fascinado por la belleza de su Rostro, no pide argumentos para
salir, sino que se le haría violencia detenerle de su éxodo
misionero, como les hacía violencia el Sanedrín
a los Apóstoles cuando intentaba, con todos los medios,
acallarlos.
4. LOS RETOS DE LA MISIÓN “AD GENTES”
AL INICIO DEL TERCER MILENIO
Son múltiples y realmente desafiantes. Apunto aquí,
los que me parecen de mayor importancia para el misionero que
se atreve a salir .
1- Misión-anuncio como derecho de los Pueblos
Si la Iglesia tiene la tarea y la obligación de evangelizar,
de enviar heraldos del Evangelio a todo el mundo, si ella sólo
“existe para evangelizar, y evangelizar constituye la dicha
y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda” (EN 14), dentro de la normal lógica que
a todo deber corresponde un derecho , podemos afirmar que a los
pueblos les corresponde el derecho a recibir de parte nuestra,
el anuncio de Cristo “Camino, Verdad, y Vida”. “Toda
persona- declara enfáticamente Juan Pablo II.- tiene el
derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da
en Cristo, para realizar en plenitud la propia vacación”
(RMi 46). En la Redemptoris Missio, se repite al menos otras 3
veces la misma idea (en los números 11, 40 y 44), retomada,
por otra parte de la Evangelii Nuntiandi (1975) de Pablo VI. “Estas
multitudes tienen derecho –escribía Pablo VI- a conocer
la riqueza del misterio de Cristo” (cfr. Ef 3,8) (n. 53).
“La Iglesia tiene ante sí una inmensa muchedumbre
humana que necesita del evangelio y tiene derecho al mismo”
(EN 57).
Al final de su Evangelii Nuntiandi Pablo VI vuelve sobre la misma
convicción, pero desde otra perspectiva: “los hombres
podrán salvarse -escribe- por otros caminos, gracias a
la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio,
pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, miedo,
vergüenza –lo que San Pablo llamaba avergonzarse del
Evangelio- o por ideas falsas omitimos anunciarlo? porque eso
significaría ser infieles a la llamada de Dios” (n.
80).
Esta convicción debe acompañar siempre al misionero
y a la misionera, de tal modo que va considerando su labor con
tono de humildad, viendo en los destinatarios de su apostolado,
no sólo a hermanos que él o ella benefician, sino
como auténticos “bienhechores” que le dan el
gozo de poder anunciar y comunicar lo que da sentido a su vida.
Lo indico con el ejemplo de los santos: ¡Cuánto debió
San Juan Bosco a los niños de la calle de Turín!,
les debía la alegría de su entrega, de su paternidad
y ¡cuánto debía San Daniel Comboni a los africanos!,
les debía su heroísmo y su morir en la brecha, ¡ya
que Cristo es también negro!.
2- La posibilidad de la salvación en las otras religiones.
La Iglesia y los misionólgos en ella, cuando se trata
de acercarse al misterio de la salvación para los que profesan
otras religiones, parten al menos de dos verdades fundamentales
que dominan toda su complejidad. En primer lugar, la afirmación
de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo: “Dios quiere
que todos los hombres se salven” (2,4). Se trata del dogma
de la voluntad salvífica universal de Dios. Y si ésta
es la voluntad de Dios, sin duda que Él da a todos sus
hijos los medio necesarios y suficientes para su salvación,
y se nos da en la situación histórica y cultural
en donde cada uno se encuentra. En segundo lugar, a nadie Dios
juzga por algo de que no es responsable, y no es “culpable”
pues el haber nacido en una religión tradicional de África
o Asia, así como no lo es el haber nacido en el Shintoísmo,
en el Hinduísmo o en el Budismo, como es ningún
“mérito”, el haber nacido en una familia católica.
Es por eso que ya no cabe hablar de infieles , término
con que hasta hace pocos decenios se les designaba a todos los
no-cristianos.
De la condena y del “anatema” de las tradiciones
no cristianas, la Iglesia, y todo misionero en ella, han adoptado
la disponibilidad al diálogo inter-religioso que (cfr,
RMi 55-57) considera parte integrante de la “misión
ad gentes”. El diálogo no nace –por otra parte-
de una táctica o de un interés, sino que es una
actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es
exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre
ha obrado el Espíritu “que sopla donde quiere”
(Jn 3,8). Con ello la Iglesia trata de descubrir las “Semillas
de la Palabra” (AG 11 y 15), el “desafío de
aquella verdad que ilumina a todos los hombres” (NAe 2),
semillas y desafío que se encuentran en las personas y
en las tradiciones religiosas de la humanidad. El diálogo
se funda en la esperanza y en la caridad y dan “fruto en
el Espíritu” (RMi 56).
Como lo ha afirmado Juan Pablo II, Dios abrazaba con su amor
a todos los Amerindios aún antes que llegara a América
la gran noticia de Cristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por
nuestra salvación, y entonces debían darse signos
de este amor entre los Amerindios y en las culturas que ellos
desarrollaron.
Esto comporta que el misionero se acerca hoy en día a
los pueblos que pretende evangelizar con un enorme respeto, con
actitud de búsqueda humilde y paciente de todos los valores
“cristianos” presentes entre los destinatarios de
su labor misionera. Pero a la vez debe estar animado de auténtica
“parresía” o audacia evangélica para
proclamar –allí donde el Espíritu haya hecho
madurar los tiempos y los momentos (cfr. Hch 1,7)- sin titubeos,
a Jesucristo. “El hecho de que los seguidores de otras religiones
puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente
de los medios ordinarios que Él ha establecido, no quita
la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los
pueblos” (RMi 55).
Por otra parte, como ya hacía notar Henri de Lubac en
los tiempos del Concilio Vaticano II, el hecho de que Dios intervenga
misericordiosamente en las manifestaciones religiosas no cristianas,
no nos debe hacer pensar que su origen sea sobrenatural , es decir,
debido a una intervención histórica de Dios, como
son su Revelación y sus “mirabilia” o milagros.
Y esto no implica en absoluto una actitud de menosprecio de todo
lo “no-cristiano” sino que es expresión y consecuencia
de ver en Jesús al mediador único entre Dios y los
hombres, y su único Redentor. En la primer Carta de Pablo
a Timoteo se presenta una breve fórmula de fe cristiana
afirmando: “hay un sólo Dios y también un
sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también. El que se entregó a sí mismo
como rescate por todos “ (2 Tim 4, 5-6).
Ser cristianos y ser misioneros de Cristo no significa entonces
situarse en competencia o en contraste con las otras religiones,
sino en “convergencia”, ya que hacia Él y a
partir de Él, “Verbo que ilumina a todo hombre que
viene a este mundo” (Jn 1,9) convergen todos los esfuerzos
humanos, sostenidos por la gracia de Dios que a todos quiere salvos,
y orientados a dar un sentido a la vida humana y a buscar plenitud
o salvación.
3- Prueba de fidelidad
La Redemptoris Missio ha introducido como parte de la “misión
ad gentes” no sólo el diálogo inter-religioso
sino también el trabajo por el desarrollo integral de los
grupos humanos a los que los misioneros pretenden servir. A este
respecto, no sólo tiene el tono de una verdadera inspiración
poética, sino el de una auténtica mística
franciscana, la siguiente página de la Novo Millennio Ineunte
: “El siglo y el milenio que comienzan tendrán que
ver todavía, y es deseable que lo vean de modo palpable,
a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los
más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación
de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro
de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse:
“he tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido
sed y me habéis dado de beber... (Mt 25,35-36).
Esta página no es una simple invitación a la caridad:
es una página de cristología, que ilumina el misterio
de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad
como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de
la ortodoxia.” (NMI 49).
La consecuencia es muy clara, si el misionero pretende presentar
a Cristo sólo con la Palabra, no sirve. En un contexto
de necesario testimonio, en la “misión ad gentes”
hay que acentuar el “poder de los hechos”, más
que el de las palabras. Un misionólogo ha escrito: “en
el mundo del diálogo, que se presenta indudablemente como
el camino de la “misión ad gentes”, el “testimonio
misionero” se coloca en el primer lugar de la actividad
evangelizadora y se convierte en el criterio de credibilidad de
la proclamación del Evangelio” (Barreda J.A. Euntes
D. , 2, 2002, p. 74). El amor de Dios por el mundo como de hecho
se ha concretizado en el misterio del Hijo que “amó
hasta el extremo”, lleva al misionero de hoy en día
a un proceso de identificación amorosa con el pueblo que
quiere servir. Como Cristo, el misionero no está llamado
a dar una teoría sobre el dolor, el hambre, la enfermedad,
sino que sana, da de comer, ayuda... Cristo vino a liberar del
pecado, pero se introduce a esta acción profunda, haciendo
simplemente el bien a cuantos lo necesitaban (cfr. Jn 2,1-11).
Hoy el misionero es la encarnación del Buen Samaritano,
siente compasión, se solidariza sinceramente con los pobres
. En nuestro mundo, víctima de la lógica del ganar,
del provecho propio, la gratuidad suscita la maravilla, la sorpresa
y hace surgir la pregunta ¿Quién es este? ¡Cuántos
caminos a Cristo ha abierto y sigue abriendo aquella extraordinaria
“misionera” de la caridad que ha sido Teresa de Calcuta!.
4- La propuesta de la conversión ¿irrespetuosa
de la conciencia?
“La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio
del Reino. Lo está ante todo mediante el anuncio con el
que llama a la conversión . Al anunciar el Reino, la Iglesia
invita a acogerlo, cooperando al don de Dios, para que acogido
crezca entre los hombres” (RMi 26).
Esta es la doctrina de la Iglesia, pero hoy en día el
“misionero ad gentes” debe estar dispuesto, precisamente
por la actual sensibilidad hacia todo lo que podría sonar
a imposición y a falta de respeto de las convicciones ajenas,
a enfrentar duras críticas. Según no pocos teóricos
de la cultura, pareciera que la propuesta de conversión
debería quedar excluida por el respeto debido a la conciencia
y a la libertad de los demás.
Si la Iglesia, en fidelidad al mandato de Cristo, envía
a los Heraldos del Evangelio hasta los últimos confines
del mundo, lo hace no sólo por obediencia a Cristo, sino
también en la plena aceptación y defensa del derecho
a la libertad religiosa.
Recordemos que “derecho a la libertad religiosa, no significa
en absoluto indiferencia religiosa en el sentido de que todas
las religiones sean iguales, válidas o falsas, no significa
relativismo doctrinal que niega la existencia de una verdad objetiva;
no significa escepticismo frente a la posibilidad de conocer lo
verdadero y lo bueno en el orden religioso o moral; no significa
autonomía de la conciencia que quedaría exonerada
de toda obligación a la verdad y de adhesión al
bien; no significa individualismo religioso por lo cual estaría
permitido decir y hacer todo lo que agrada. Significa sólo
guardar celosamente la propia fe y reconocer que también
todos los demás tienen este mismo derecho” (Rossano,
p. 200).
En este contexto encaja lógicamente el estilo de la actividad
misionera “ad gentes” que no debe hacer pensar mínimamente
en posturas proselitistas de “conquistas de adeptos”.
El misionero debe dejarse guiar por un doble respeto: “respeto
por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas
más profundas de la vida y respeto por la acción
del Espíritu en el hombre” (RMi 24). Reconocemos
que no siempre los misioneros han actuado de este modo: es fácil
encontrar en las historias de las misiones, numerosos ejemplos
de proselitismos irrespetuosos y de verdadero atropello al derecho
ajeno por la imposición del propio “Credo”.
Hoy en día el misionero debe asumir una actitud de total
y delicado respeto de la persona, profese éste la religión
que sea, consciente de que el hombre, todo ser humano es, “el
camino de la Iglesia”. Esta es su servidora y servir al
hombre es su único privilegio. “!Nadie tema a la
Iglesia! –afirma Juan Pablo II en Nueva Delhi en 1999- porque
su única finalidad es continuar la misión de servicio
y de amor de Cristo (...) la libertad religiosa es inviolable
hasta el punto de exigir que se reconozca a la persona incluso
la libertad de cambiar su religión si así se lo”pide
su conciencia”.
El misionero de hoy en día ofrece con “audacia”
y respeto lo que él mismo ha recibido, consciente que lo
que él ofrece constituye una respetuosa apelación
a la libre conciencia de los oyentes. Si la propuesta y la apelación
llevan a la “conversión” y hasta el cambio
de religión, esto se debe ante todo a la gracia de Dios
(Es Dios quien da el incremento, diría San Pablo) y a la
respuesta libre de cada persona. Si esto no acontece y no hay
conversión, eso no es motivo para que el misionero renuncie
a su presencia entre “su pueblo” y a su servicio por
amor, esperando la “hora de Dios”. A él no
le debe motivar, en última instancia, el éxito,
sino la fidelidad al mandato de Cristo.
5- Firme en medio del conflicto
La historia de las misiones casi siempre ha sido historia de
cristianos que se han mantenido “tercamente” firmes
en el conflicto. Han sido “casa construida sobre roca”.
Hoy en día, se les exige no pocas veces, auténtico
heroísmo: no conozco ningún lugar en el que ser
misionero sea fácil; la posibilidad de morir víctima
de la violencia, se da en África como en Asia y hasta hace
poco en no pocos países de América. No pasan meses
sin que los medios de comunicación nos informen del asesinato
de algún misionero o misionera. Jesús ya desde la
primera misión cuando envió a los 72, les dijo que
los enviaba como “corderos en medio de lobos”, y al
final de su vida, antes de entrar en el Cenáculo les dice
a los Apóstoles que “vendan su manto -si fuera necesario-
para comprar una espada“ (cfr. Lc 22,35). Quiere decirles
que la fidelidad a la misión implica estar preparados para
el combate: así ha sido para Jesús y sus discípulos;
a los misioneros no necesariamente les irá mejor. El misionero
de Cristo, que debe llevar y ofrecer paz, se sabe discípulo
de Quien afirmó: “No piensen que he venido a traer
paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espada” (cfr.
Lc 2,35-38). La misión hoy (al menos como ayer, si no más)
pasa por la fatiga, el contraste, el dolor, la cruz y no sólo
por las dificultades del lugar, sino porque la propuesta del Reino
siempre es profética, y el profeta no tiene patria, es
siempre un expatriado o exhiliado. Contempla, como Moisés,
una patria en que todavía no habita: lo sostiene la esperanza.
6- El misionero, “movido a compasión”,
pero como el Samaritano
Lo hemos escuchado muchas veces y por eso yo no le he dedicado
un apartado específico, la “misión ad gentes”
tiene hoy en día, como un criterio fundamental la inculturación
. La Evangelización debe ser inculturada, fermentando –digámoslo
así- las diversas culturas para que ellas mismas tomen
forma en expresiones litúrgicas, teológicas, artísticas,
ministeriales propias, aún sin romper la comunión
eclesial.
Este “modo” de ser misionero, le exige al que se
atreva “a salir geográficamente”, ser capaz
ante todo de “salir” de sí mismo, para ir al
encuentro de los otros, aun sin pretender olvidar o abandonar
la propia cultura. Hace falta entonces, que el misionero haga
lo posible para mostrar un interés respetuoso hacia todas
las manifestaciones culturales de los destinatarios de su servicio,
que a su vez implica, ante todo, el aprendizaje lo más
perfecto posible del idioma de “su pueblo”... El encuentro
se debe producir en toda sencillez, en la mayor espontaneidad
y la sinceridad profunda de todo nuestro ser; no se trata de una
táctica, ni de una estrategia pastoral, sino que se trata
de un modo muy concreto de amar. El Buen Samaritano, hombre de
otra cultura, no ayudó al que fue dejado medio muerto en
la cuneta del camino, para hacerlo de los “suyos”,
sino simplemente porque aquel hombre necesitaba una mano amiga.
Hoy en día se está hablando y escribiendo mucho
de este modo de ser misioneros, pero las críticas que nos
vienen de nuestros destinatarios nos avisan -dolorosamente- que
esto no significa que de hecho se logre “dar el paso, dejando
posturas de superioridad, de orgullo, de etnocentrismo... que
impiden abrirse a la amistad y a la riqueza de los otros”.
CONCLUSIÓN
Nos hemos atrevido a trazar un camino para la “misión
ad gentes” al inicio del tercer milenio, una misión
que la “Iglesia vive” en situación de paradoja,
entre la “nueva primavera” que Juan Pablo II vislumbra
y el hecho doloroso de la escasez de misioneros; una misión
que exige enraizarse en una profunda motivación místico-espiritual,
para no “diluir” su realidad, y que debe ser llevada
a cabo, estimulada a veces, criticada otras, por no pocos retos
de nuestro hoy.
En cualquier caso nos sostiene la voz de Aquel que caminando
sobre las aguas, nos grita, como a Pedro y a sus compañeros:
“No tengan miedo, soy yo”, y nos invita a caminar
, aunque tengamos la impresión de hacerlo sobre “las
aguas”. Nos sostiene la fe en quien nos invita, y con Él
“cruzamos nuestro umbral” que siempre es de esperanza,
precedidos por aquella que es la estrella de la “primera”
y de la “nueva” evangelización, María,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Anexo : El misionero que he soñado ser.
En el mes de febrero del 2001, estuve en México para una
semana de espiritualidad comboniana. En la Eucaristía de
conclusión tuvimos la oportunidad de describir la imagen
del misionero que un día habíamos querido ser: ¡Había
sido nuestro sueño!, como lo había sido el de poder
trabajar un día en las misiones más difíciles
del Sudán del Sur, del Zaire (R.D. del Congo) o del Brasil
Norte.
Lo que se había realizado de ese “sueño”
pertenecía a la historia sagrada de cada uno, pero sentimos
que nos hacía recordar y narrar nuestro sueño, para
que no quedara sólo en el mundo de los sueños...
• Soñé con ser un misionero dotado de una
extraordinaria capacidad para desarrollar una actitud de constante
acogida y de diálogo para con todos, haciendo memoria de
que Jesús comía con los pecadores; con un esfuerzo
sincero para superar todo etnocentrismo, aunque consciente de
mi alteridad y entonces abierto a la aceptación y superación
de inevitables conflictos.
• Me proponía ser un misionero constante y tenaz
en el estudio de los idiomas necesarios para mi apostolado, para
entrar así con respeto y a la vez con tesón en el
proceso de inculturación que nunca terminaría...
Quería aprender bien el idioma (¡resultaron ser varios!)
para entrar en el mundo en que el “otro” me acogía,
para escucharle, para un encuentro efectivo y afectivo, para evangelizar.
• Soñé con poder lograr una paciencia “infinita”,
también por la insistencia de otros misioneros que me habían
precedido, para esperar un crecimiento cristiano personal y social,
que de hecho es lento y lleno de desilusiones, a veces hasta la
exasperación. Quería afianzarme en la convicción
tan comboniana, que el misionero trabaja para el porvenir, para
la eternidad, y que no debe esperar gratificaciones, aunque deba
agradecerlas cuando lleguen.
• Desde los años primeros de formación, pero
especialmente desde el tiempo de noviciado en que sentía
a Dios tan cerca, me propuse lograr un profundo, sincero, ilimitado
espíritu de perdón hacia quien hace sufrir y puede
abusar de la bondad de los demás, bien sabiendo que su
supuesto egoísmo, sus defectos, le hace sufrir a él,
antes que a los demás... Sabía que perdonar es “re-crear”,
es hacer nuevos a los demás, a las relaciones, a la comunidad,
consciente de que el perdón es la una invención
que Cristo trajo al mundo: no se conocía como la que él
nos predicó y vivió.
• Soñé con ser un misionero “bueno”,
simplemente bueno y hasta me descubrí con el deseo de que
un día pudieran ponerme, mi gente en la misión,
el apodo de “el misionero bueno”... Había escuchado,
en efecto, que la gente acostumbraba dar un apodo a nuestros misioneros,
especialmente en África. Los cristianos habían puesto
ese apodo a Juan XXIII, el “Papa bueno”, precisamente,
yo lo hubiese querido para mi también. Esto me hubiese
exigido ser amable con todos, sin exclusiones, atento, “hecho
a todos”, con la mirada fija en Cristo buen pastor, “humilde
de corazón”. Bien sabía que los destinatarios
de mi trabajo, no me querían arrogante, autoritario, distante,
orgulloso, resentido, irónico...
• Ha sido mi “utopía”, mi sueño,
ser un misionero sereno, contento, en paz, hasta alegre y de buen
humor... pero todo esto no tanto como fruto de un “buen
carácter” (¡bien sabía que no lo tenía!),
sino como consecuencia del sentirme seguro en las manos de Dios
mi Padre porque enriquecido extraordinariamente de la experiencia
de su amor incondicional, de su perdón y con la certeza
de haber sido llamado a pertenecer al grupo de los que Cristo
escogió como “amigos”.
• Mi sueño se iba aún más arriba.
Quería lograr la firme disposición para compartir
gozos y sufrimientos, hambre y pobreza de “mi pueblo”,
arriesgando hasta la vida por él, como la arriesgaron,
después de Comboni, no pocos de sus hijos e hijas. Quería
yo también ser fiel hasta la muerte, como con tanta frecuencia
lo repetía Comboni, ya con una fidelidad cronológica
ya con una fidelidad “intensiva” con el martirio.
Soñaba con gastarlo todo por la misión, para volver
un día a mi Patria, si así Dios lo disponía,
pobre, con la salud quebrantada, muy ligero de equipaje, dejándolo
todo en la misión.
• Le había pedido al Señor, y no sólo
una vez, un corazón agradecido hacia todos, abierto a la
amistad, sin pretensiones, sin ceder a la codicia o tentación
de querer posesionarme de alguien (cooperadores, cooperadoras,
alumnos, monaguillos, bienhechores...)
• De una manera muy especial e insistente, había
soñado con ser un misionero de “rodillas robustas”,
para decirlo con Comboni. Lo que se decía, “un hombre
de Dios”, o como lo dicen ahora, “que viéndolo
haga pensar en Dios, lo irradie”, por su espíritu
de oración y por la fiel práctica de la misma.
• Y finalmente, soñaba con ser un obediente rebelde,
como los santos, como Comboni precisamente, es decir, un cristiano
y misionero que acepta y obedece a los ritmos de crecimiento propio
y de los demás, que lee la voluntad de Dios en las “mediaciones”,
pero que no se conforma con la mediocridad, que se rebela frente
a los abusos y a los atropellos de lo más sagrado que es
la persona, toda persona... y que entra con osadía en la
lógica de Aquel que nos amó hasta el extremo.
Monseñor Victorino Girardi Stellin, m.c.c.j.
Obispo de Tilarán, Costa Rica
Fuente: Sala de Prensa CAM2
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