Un Papa, por tanto, "hijo
del Concilio": todo su ministerio ha estado marcado por esta
fuerte experiencia eclesial. Podemos decir que la vida de Juan Pablo
II, tanto en Polonia, como en la Cátedra de Pedro, no es
otra cosa que una continua, cotidiana realización del Concilio.
La importancia que el Pontífice atribuye al Concilio está
testimoniada por las innumerables citas en discursos, audiencias,
visitas pastorales. ¿Cómo olvidar el Sínodo
extraordinario de los Obispos, convocado en 1985, a los veinte años
de la terminación del Concilio, para reflexionar sobre este
"don de Dios a la Iglesia y al mundo"? Toda la preparación
al Gran Jubileo del año 2000, acontecimiento que ha orientado
el Pontificado, fue, por así decir, iluminada por el Concilio.
Ya en la Tertio Millennio Adveniente el Papa invitaba a que nos
examinásemos sobre esto: "El examen de conciencia no
puede dejar de mirar también a la recepción del Concilio,
este gran don del Espíritu a la Iglesia, al final del segundo
milenio" (TMA 36).
Durante el Convenio internacional sobre su puesta en práctica,
en febrero de 2000, afirmó que el Concilio "ha dado
ya muchos frutos en estos treinta y cinco años de vida, y
dará muchos todavía en los años venideros.
Una nueva estación se abre ante nuestros ojos: es el tiempo
de la profundización de las enseñanzas conciliares,
el tiempo de la cosecha de cuanto los Padres Conciliares sembraron
y la generación de estos años ha cuidado y esperado"
(Discurso a los participantes al Convenio).
También el nuevo milenio apenas comenzado fue puesto por
el Papa a la luz de este gran acontecimiento. En la carta pastoral
Novo Millennio Ineunte, el Papa afirma: "Después de
concluir el Jubileo, siento más que nunca el deber de indicar
el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado
en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula
segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza"
(NMI 57).
Es difícil sintetizar cómo el Concilio ha modificado
profundamente el concepto de Misión, porque serían
innumerables las citas que habría que hacer. A partir de
la Constitución Lumen Gentium, que subrayó el carácter
misionero de toda la Iglesia: "A todo discípulo de Cristo
incumbe el deber de sembrar la fe, en cuanto le es posible"
(LG 17). El Decreto expresamente dedicado a la actividad misionera
de la Iglesia, Ad gentes, ha llevado de nuevo la misión,
considerada por algunos ya en fase de agotamiento, al corazón
de la actividad de la Iglesia y del compromiso de todo bautizado:
toda la Iglesia es misionera y la obra evangelizadora es deber fundamental
del pueblo de Dios. Conceptos a los que hoy estamos quizás
habituados, pero que en la época se escucharon por primera
vez y en un contexto tan solemne. La nueva página que el
Concilio abrió para la historia de la Misión, ve en
primer lugar el anuncio de la palabra de Dios: "Fin específico
dela actividad misionera es la evangelización y la fundación
de la Iglesia en aquellos pueblos y grupos humanos en los que aún
no está arraigada
El medio principal para esta fundación
es la predicación del Evangelio de Jesucristo, para cuyo
anuncio el Señor envió al mundo entero a sus discípulos"
(cfr AG 6).
Es este anuncio de salvación el que Juan Pablo II ha llevado,
en persona, durante veinticuatro años de Pontificado, en
noventa y ocho viajes apostólicos, haciéndose misionero
y testigo del Evangelio ante los pueblos y naciones de todo el mundo.
Su Pontificado ha sido un continuo ir hacia las gentes, como primer
responsable de la misión universal de la Iglesia. Una responsabilidad
que el Papa siente como deber que compromete a todos, como una necesidad
que interpela también hoy a toda la comunidad eclesial. Pero
Juan Pablo II es un Papa misionero, no sólo porque realiza
en primera persona el anuncio del Evangelio y estimula a todos a
hacer lo mismo, en cualquier contexto humano y social, sino también
porque ha dedicado a los temas de la misión páginas
significativas de su Magisterio. Viene en seguida a la mente su
encíclica "Redemptoris Missio" de 1990, justamente
definida la carta magna de la misión. La exigencia de inculturar
el Evangelio, de hacerse comprender de las categorías más
dispares de personas, el diálogo en la verdad y en la caridad
sin impedimentos por religiones o culturas, el anuncio gozoso de
que Dios nos ama y quiere la salvación de todo hombre, son
otros tantos aspectos de la actividad misionera del Papa que nos
presentan un modelo nuevo de evangelizador para la Iglesia del tercer
milenio, construido en base a las indicaciones del Concilio.
En el Mensaje para la Jornada Misionera de
este año, Juan Pablo II pone en particular relieve la relación
entre Anuncio y Perdón. ¿En qué modo la Evangelización
puede contribuir a establecer relaciones de fraternidad entre
los hombres, a construir una cultura de la Paz?
El Mensaje del Papa para la Jornada Mundial continúa
idealmente el discurso comenzado con motivo de la Jornada de la
Paz, el 1 de enero. El mundo parece avanzar más cada día
hacia el terrorismo, el odio fratricida, la autodestrucción.
Pero no debemos dejarnos instrumentalizar por los miedos y las
venganzas, al contrario, debemos estar aún más vigilantes
y activos en la construcción de una cultura de convivencia,
incluso contra todas las apariencias. "El perdón no
se contrapone a la justicia" escribía el papa en el
Mensaje de la Jornada de la Paz, y ahora afirma que "La misión
evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor,
de la misericordia y del perdón de Dios, revelados a los
hombres mediante la vida, la muerte y la resurrección de
Jesucristo, nuestro Señor" (Mensaje para la Jornada
Misionera Mundial 2002, n. 1).
El don de Cristo resucitado es la paz, su mandato aún actual
para todos nosotros es difundirla. "Mediante la evangelización
- escribe el Papa - Los creyentes ayudan a los hombres a reconocerse
como hermanos y como peregrinos en la tierra, aunque por diversos
caminos, todos encaminados hacia la Patria común que Dios,
a través de vías sólo conocidas por El, no
cesa de indicarnos" (ib. 5). Sólo el Amor de Dios,
dirigido indistintamente a todo hombre, puede hacer desaparecer
las divisiones, los contrastes, las diferencias y reunir así
a la familia humana in un solo vínculo de hermandad y de
paz. Este es el Amor que la Iglesia está llamada a proclamar,
este es el Amor que el misionero anuncia y testimonia con su vida,
sólo este Amor es el que podrá construir una sociedad
basada sobre la Paz y el respeto recíproco.
Con frecuencia se insiste mucho sobre el papel
social desarrollado por los misioneros, confundiendo su actividad,
con la de Organizaciones no gubernativas (Ong). Aunque los misioneros
son los primeros centinelas de las necesidades, incluso materiales
de los pueblos, ¿qué perfil debe tener hoy el misionero
que anuncia la Palabra de Cristo en el Tercer Milenio?
La primera característica del misionero
para el Tercer Milenio es la santidad de vida. No en vano el Papa,
en la Novo Millennio ineunte, dice sin titubeos que la santidad
es la "perspectiva en que debe ponerse todo el camino pastoral".
La santidad de vida consiste, para todos - y con mayor razón
para el misionero -, en conocer a Jesucristo, amarlo, contemplar
su rostro, seguir sus pasos, imitarlo, para vivir - como enseña
el Apóstol de las gentes - una intensa "vida escondida
con Cristo en Dios", para insertarse en la intimidad de la
Beatísima Trinidad, que es comunión perfecta de
amor. Esta vida de santidad es la que dará eficacia a las
palabras y a los signos que el misionero ofrecerá en el
desarrollo de su función de anunciar el Reino. Jesús
predicaba incansablemente la Palabra. De él se decía:
"¡Jamás un hombre ha hablado como este hombre!"
"He aquí una doctrina nueva enseñada con autoridad".
Y su predicación brotaba de su constante intimidad con
el Padre: constantemente se repite en los Evangelios que El se
retiraba en oración o incluso que pasaba la noche en oración.
Pero la misión, sobre todo la misión ad gentes,
se hace con palabras y signos. Con una predicación que
surge de la contemplación (contemplata aliis tradere),
con palabras que sean reflejo de la vida escondida con Cristo
en Dios. Una predicación -como la de Jesús - realizada
a través de innumerables signos, que engendran el estupor
de las muchedumbres y, al mismo tiempo, las arrastran hacia El,
para verlo, escucharlo, dejarse transformar por El: los enfermos
curados, el agua cambiada en vino, el pan multiplicado, los muertos
que vuelven a la vida. Y, entre todos, el signo al que Jesús
da gran importancia: los pequeños, los pobres son evangelizados,
se convierten en sus discípulos, se reúnen en su
nombre en la comunidad de los creyentes.
En este contexto se pueden comprender los compromisos de los misioneros
a favor de la salud, de la educación, de la promoción
humana, de la transformación de la realidad a la que han
sido enviados en nombre de Cristo. En esta perspectiva, las obras
sociales de los misioneros en modo alguno deben descuidarse: es
más, son los signos del amor de Dios por los hombres, que
acompañan el anuncio del Reino.
La gran tentación de los últimos decenios, gracias
también a ciertos influjos ideológicos de diverso
tipo, ha sido la de descuidar el anuncio explícito de Cristo
y la dimensión espiritual de la misión ad gentes.
Tal descuido ha llevado a algunos misioneros a reducir su propia
tarea a una especie de filantropía vacía de espíritu,
a una actividad social que, si bien, útil a la gente, queda
privada de aquel espesor apostólico que los Hechos de los
Apóstoles hacen resonar en la Iglesia de todos los tiempos:
"No es justo que nosotros dejemos de lado la palabra de Dios,
para servir a las mesas (Hch 6, 2). Se pueden aplicar aquí
las palabras de nuestro Redentor: "Esto es lo que había
que practicar, aunque sin omitir aquello" (Lc 11, 42).
Sus numerosos viajes pastorales, le han consentido
palpar las necesidades, los sufrimientos y las esperanzas de numerosas
comunidades católicas que viven su fe en condiciones, con
frecuencia, difíciles. De su experiencia directa, ¿qué
compromiso deben asumir cada uno de los fieles, para que, a las
dificultades, los misioneros no tengan que añadir también
el sentir la soledad en su testimonio cotidiano?
Ante todo hay que recordar que en el plano de
la fe y de la caridad no existe soledad. En efecto, profesamos
en el Símbolo de los Apóstoles la fe en la "comunión
de los Santos". Este artículo de fe tiene una profunda
incidencia en la vida de la Iglesia. Santa Teresa del Niño
Jesús es Patrona de las Misiones, precisamente sobre el
fundamento de esta realidad espiritual, que le permitía
ser el Amor en el corazón de la Iglesia, para enviar amor
a los misioneros perdidos en los ángulos más distantes
de la tierra. El primer don que cada fiel puede hacer a la misión
es su constante oración - por ejemplo, siguiendo la intención
misionera asignada por el Papa al Apostolado de la Oración
-, después está, el fruto de sus sacrificios personales,
aunque le parezcan pequeños e insignificantes: se trata
del tesoro de la fidelidad en las cosas pequeñas que podemos
y debemos poner en comunión. A este propósito, ¡cuántos
enfermos ofrecen por las misiones los sufrimientos de la propia
enfermedad o incluso de la agonía! También las ayudas
materiales serán expresión de esta comunión
de los Santos, si son fruto, entre otras cosas, de ayunos o de
los tradicionales "sacrificios" - tan queridos por los
fieles de nuestras parroquias - hechos con amor y en la fe, para
este fin.
Además de esta unión delicadamente espiritual, hay
que confortar a los misioneros con el afecto de una amistad leal
y auténtica. Esta amistad se expresará en la solidaridad
con las tareas propias de la vocación misionera, se traducirá
en contacto epistolar, intercambio de experiencias
No se deben descuidar también las ayudas materiales, ya
sean espontáneas, al misionero de paso, como a las organizadas
en las parroquias a favor de una misión de "hermanamiento"
o las de más amplio radio, organizadas por las Obras Misioneras
Pontificias en los diversos países. En este sentido, en
la Jornada Misionera Mundial, todas las comunidades católicas
del Orbe recogen la colecta misionera que se redistribuirá
en favor de los proyectos misioneros de las diversas regiones
del mundo.
Estos son sólo algunos pequeños ejemplos de actos
concretos que expresan una verdad que el Papa no cesa de afirmar
en su supremo Magisterio: la vocación misionera de todos
los bautizados.
El Santo Padre, en su modernidad, exhorta de
continuo a la Iglesia a que utilice con intrepidez y con sabiduría
los nuevos instrumentos de la comunicación, para el Anuncio
del Evangelio. Ud. mismo ha exhortado siempre a la Iglesia a no
perder esta ocasión y ha sido protagonista, fiel intérprete
del Magisterio. ¿Cómo ayudar a promover aún
más el esfuerzo que el mundo misionero está haciendo
en esta dirección?
Con la llegada del mundo de la informática, sobre todo
de los ordenadores, la Iglesia se ha encontrado de improviso ante
un nuevo reto: evangelizar al hombre contemporáneo, sirviéndose
también de las nuevas tecnologías, transmitiendo
el mensaje evangélico, sin deformarlo, pero utilizando
el lenguaje propio de este nuevo medio de comunicación
social.
El Santo Padre, Juan Pablo II, en la Redemptoris Missio, nos hacía
reflexionar sobre la relación entre la cultura y la comunicación
moderna, invitando a la Iglesia a no quedarse como espectadora
en la utilización de los modernos sistemas de comunicación
social.
"Los medios de comunicación social
han alcanzado tal importancia que, para muchos, son el principal
instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración
para los comportamientos individuales, familiares y sociales.
Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado
por estos medios. Quizá se ha descuidado un poco este areópago
La evangelización misma de la cultura moderna dependen
en gran parte de su influjo
No basta, pues, usarlos para
difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino
que conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura"
creada por la comunicación moderna" (Redemptoris Missio,
n. 37).
La Iglesia, hay que decirlo, comenzando por el
mismo Santo Padre, no se ha echado atrás ante este nuevo
reto, sino que lo ha aceptado; sin miedo se ha puesto humildemente
en camino, un camino quizás a veces un poco lento, pero
que ya nadie podrá detener.
El Papa Juan Pablo II nos ha dado la exacta direción a
seguir: "integrar el mensaje cristiano" en la "nueva
cultura creada por la comunicación moderna" porque
"las nuevas generaciones sobre todo, crecen de modo condicionado
por los mass-media" (Redemptoris Missio, n. 37).
También nuestro Dicasterio Vaticano para las misiones ha
aceptado este reto y no duda en "entrar" en estos mecanismos
modernos, en la nueva cultura creada por los modernos medios de
comunicación. Para comprender a fondo su potencialidad,
debemos estudiar el lenguaje, seguir el desarrollo y por último
utilizarlos para el Evangelio.
Creo, por ejemplo, que nuestra Agencia "Fides"
se coloca en esta línea de operatividad y tenga en cartera
proyectos aptos para salir cada vez más al encuentro del
deseo de Su Santidad que, ya en 1984, había deseado: "una
mayor circulación de ideas y de información en la
comunidad eclesial, entre la Sede Apostólica y las Iglesias
locales, entre una y otra Iglesia local, podrá sin duda
favorecer, no sólo una profundización del espíritu
y de la colegialidad y un refuerzo de los vínculos de comunión,
sino también un crecimiento y una maduración de
la conciencia personal y colectiva de los miembros del Pueblo
de Dios. "Se reconoce a cada fiel la facultad y el derecho
de ser informados de todo lo que es necesario, para tomar parte
activa en la vida de la Iglesia", se dice en la Instrucción
Pastoral "Communio et progressio" (n. 119)". (Audiencia
Jubilar con los periodistas del 27/01/1984).
Aquí diría que la experiencia del
Gran Jubileo del Año Santo 2000, nos ha servido mucho.
En aquel inolvidable Acontecimiento, como nunca antes en la historia
de la Iglesia, estuvieron comprometidos todos los medios de comunicación
social; incluso se preparó una Oficina Internet, completamente
dedicada a esta "circulación de ideas y de información
en la comunidad eclesial", consiguiendo transmitir a todo
el mundo los múltiples programas y los contenidos jubilares,
tanto en Roma, como en las Iglesias locales esparcidas por el
mundo, traducidos en once lenguas. Todo esto nos anima también
para los tiempos venideros en los que otros proyectos se lanzarán,
a fin de ayudar a los misioneros y a las Iglesias locales más
necesitadas, a beneficiarse de esta "circulación de
ideas y de informaciones en la comunidad eclesial". La Congregación
de "Propaganda Fide" en efecto, se siente como una gran
familia, y en una verdadera familia se necesita la comunicación,
para llegar a la comunión.
Si pienso en la Agencia "Fides", en
perspectiva de servicio a la misión, me gusta precisamente
imaginarla como un gran laboratorio de pensamiento y de creación
de proyectos para la evangelización a través de
los mass-media.
No podemos arriesgar - y lo digo en referencia específica
a la misionariedad - el perder el tren de la moderna comunicación
social. Desgraciadamente está a la vista de todos el fenómeno
cada vez más prepotente de la afirmación de escuelas
de pensamiento ligadas a lógicas meramente secularizadas,
que elaboran en sus laboratorios, culturas consumísticas,
laxistas, liberacionistas y todo lo demás, y las lanzan
a través de los modernos medios de comunicación,
llevando al hombre fuera de sí mismo y despojándolo
de la dignidad de hijo de Dios.
Tales culturas secularizadas influyen, en poco
tiempo, en la mentalidad y costumbres, porque se las etiqueta
a grandísima velocidad, de una parte a otra de la tierra,
mediante las altas tecnologías de comunicación,
de las que los modernos laboratorios de poder se sirven de forma
amplia.
En los primeros tiempos de la Iglesia, los caminos del gran Imperio
romano, que no habían sido construidos ciertamente para
la Iglesia, fueron vistos por Ella, como don providencial para
hacer marchar la primera evangelización
Los Apóstoles que habían recibido
del Señor el divino mandato, "id a todo el mundo y
predicad el evangelio a toda creatura" (Mc 16, 15), no dudaron
en servirse de aquellas vías de comunicación imperiales
para difundir el Verbo de Dios.
Hoy, las modernas tecnologías son los nuevos
caminos que debemos recorrer todos. Ellos nos consienten un lanzamiento
de redes verdaderamente sin precedentes: "Cuantos han predicado
el Evangelio antes que nosotros no habrían podido imaginar
un público tan amplio. En nuestra época es necesaria
la utilización activa y creativa de los medios de comunicación
social por parte de la Iglesia. Los católicos no deberían
tener miedo de dejar abiertas las puertas de las comunicaciones
sociales a Cristo, a fin de que Su Buena Noticia pueda ser oída
en los tejados del mundo!". Lo recordó Juan Pablo
II en el mensaje de la XXXV Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales.
El Dicasterio de la Evangelización de los
Pueblos mira con particular atención a este "océano"
de posibilidades que nos ofrece la moderna comuniación
social; debemos proseguir con audacia - como el Papa nos pide
con la invitación a "bogar mar adentro" (Lc 5,
4) - para pedir al Señor la fuerza y el valor de iniciativas
pastorales y espirituales, adaptadas a los tiempos modernos, que
nos hagan utilizar al máximo también todos los instrumentos
que la cultura informática nos ofrece, fuertes con la confianza
en la palabra infalible de Jesús.
|