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Entrevista de la Agencia FIDES a Su Eminencia el Card. Crescenzio SEPE
Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con motivo de la Jornada Misionera mundial 2002
La Jornada Misionera Mundial 2002 se celebra coincidiendo con dos importantes acontecimientos: el Cuadragésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre) y el comienzo del año veinticinco del Pontificado de JuanPablo II. ¿Qué significado tienen estos dos grandes eventos para el Anuncio Misionero?

Ante todo querría subrayar que los dos acontecimientos están estrechamente relacionados. En efecto, el entonces Obispo Karol Wojtyla, participó activamente en los trabajos del Concilio Vaticano II, con una aportación que, no obstante su juventud, los testigos de la época definieron como cualificada y sustancial.
Un Papa, por tanto, "hijo del Concilio": todo su ministerio ha estado marcado por esta fuerte experiencia eclesial. Podemos decir que la vida de Juan Pablo II, tanto en Polonia, como en la Cátedra de Pedro, no es otra cosa que una continua, cotidiana realización del Concilio.
La importancia que el Pontífice atribuye al Concilio está testimoniada por las innumerables citas en discursos, audiencias, visitas pastorales. ¿Cómo olvidar el Sínodo extraordinario de los Obispos, convocado en 1985, a los veinte años de la terminación del Concilio, para reflexionar sobre este "don de Dios a la Iglesia y al mundo"? Toda la preparación al Gran Jubileo del año 2000, acontecimiento que ha orientado el Pontificado, fue, por así decir, iluminada por el Concilio. Ya en la Tertio Millennio Adveniente el Papa invitaba a que nos examinásemos sobre esto: "El examen de conciencia no puede dejar de mirar también a la recepción del Concilio, este gran don del Espíritu a la Iglesia, al final del segundo milenio" (TMA 36).
Durante el Convenio internacional sobre su puesta en práctica, en febrero de 2000, afirmó que el Concilio "ha dado ya muchos frutos en estos treinta y cinco años de vida, y dará muchos todavía en los años venideros. Una nueva estación se abre ante nuestros ojos: es el tiempo de la profundización de las enseñanzas conciliares, el tiempo de la cosecha de cuanto los Padres Conciliares sembraron y la generación de estos años ha cuidado y esperado" (Discurso a los participantes al Convenio).
También el nuevo milenio apenas comenzado fue puesto por el Papa a la luz de este gran acontecimiento. En la carta pastoral Novo Millennio Ineunte, el Papa afirma: "Después de concluir el Jubileo, siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza" (NMI 57).
Es difícil sintetizar cómo el Concilio ha modificado profundamente el concepto de Misión, porque serían innumerables las citas que habría que hacer. A partir de la Constitución Lumen Gentium, que subrayó el carácter misionero de toda la Iglesia: "A todo discípulo de Cristo incumbe el deber de sembrar la fe, en cuanto le es posible" (LG 17). El Decreto expresamente dedicado a la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes, ha llevado de nuevo la misión, considerada por algunos ya en fase de agotamiento, al corazón de la actividad de la Iglesia y del compromiso de todo bautizado: toda la Iglesia es misionera y la obra evangelizadora es deber fundamental del pueblo de Dios. Conceptos a los que hoy estamos quizás habituados, pero que en la época se escucharon por primera vez y en un contexto tan solemne. La nueva página que el Concilio abrió para la historia de la Misión, ve en primer lugar el anuncio de la palabra de Dios: "Fin específico dela actividad misionera es la evangelización y la fundación de la Iglesia en aquellos pueblos y grupos humanos en los que aún no está arraigada… El medio principal para esta fundación es la predicación del Evangelio de Jesucristo, para cuyo anuncio el Señor envió al mundo entero a sus discípulos" (cfr AG 6).
Es este anuncio de salvación el que Juan Pablo II ha llevado, en persona, durante veinticuatro años de Pontificado, en noventa y ocho viajes apostólicos, haciéndose misionero y testigo del Evangelio ante los pueblos y naciones de todo el mundo. Su Pontificado ha sido un continuo ir hacia las gentes, como primer responsable de la misión universal de la Iglesia. Una responsabilidad que el Papa siente como deber que compromete a todos, como una necesidad que interpela también hoy a toda la comunidad eclesial. Pero Juan Pablo II es un Papa misionero, no sólo porque realiza en primera persona el anuncio del Evangelio y estimula a todos a hacer lo mismo, en cualquier contexto humano y social, sino también porque ha dedicado a los temas de la misión páginas significativas de su Magisterio. Viene en seguida a la mente su encíclica "Redemptoris Missio" de 1990, justamente definida la carta magna de la misión. La exigencia de inculturar el Evangelio, de hacerse comprender de las categorías más dispares de personas, el diálogo en la verdad y en la caridad sin impedimentos por religiones o culturas, el anuncio gozoso de que Dios nos ama y quiere la salvación de todo hombre, son otros tantos aspectos de la actividad misionera del Papa que nos presentan un modelo nuevo de evangelizador para la Iglesia del tercer milenio, construido en base a las indicaciones del Concilio.

En el Mensaje para la Jornada Misionera de este año, Juan Pablo II pone en particular relieve la relación entre Anuncio y Perdón. ¿En qué modo la Evangelización puede contribuir a establecer relaciones de fraternidad entre los hombres, a construir una cultura de la Paz?

El Mensaje del Papa para la Jornada Mundial continúa idealmente el discurso comenzado con motivo de la Jornada de la Paz, el 1 de enero. El mundo parece avanzar más cada día hacia el terrorismo, el odio fratricida, la autodestrucción. Pero no debemos dejarnos instrumentalizar por los miedos y las venganzas, al contrario, debemos estar aún más vigilantes y activos en la construcción de una cultura de convivencia, incluso contra todas las apariencias. "El perdón no se contrapone a la justicia" escribía el papa en el Mensaje de la Jornada de la Paz, y ahora afirma que "La misión evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor, de la misericordia y del perdón de Dios, revelados a los hombres mediante la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor" (Mensaje para la Jornada Misionera Mundial 2002, n. 1).
El don de Cristo resucitado es la paz, su mandato aún actual para todos nosotros es difundirla. "Mediante la evangelización - escribe el Papa - Los creyentes ayudan a los hombres a reconocerse como hermanos y como peregrinos en la tierra, aunque por diversos caminos, todos encaminados hacia la Patria común que Dios, a través de vías sólo conocidas por El, no cesa de indicarnos" (ib. 5). Sólo el Amor de Dios, dirigido indistintamente a todo hombre, puede hacer desaparecer las divisiones, los contrastes, las diferencias y reunir así a la familia humana in un solo vínculo de hermandad y de paz. Este es el Amor que la Iglesia está llamada a proclamar, este es el Amor que el misionero anuncia y testimonia con su vida, sólo este Amor es el que podrá construir una sociedad basada sobre la Paz y el respeto recíproco.

Con frecuencia se insiste mucho sobre el papel social desarrollado por los misioneros, confundiendo su actividad, con la de Organizaciones no gubernativas (Ong). Aunque los misioneros son los primeros centinelas de las necesidades, incluso materiales de los pueblos, ¿qué perfil debe tener hoy el misionero que anuncia la Palabra de Cristo en el Tercer Milenio?

La primera característica del misionero para el Tercer Milenio es la santidad de vida. No en vano el Papa, en la Novo Millennio ineunte, dice sin titubeos que la santidad es la "perspectiva en que debe ponerse todo el camino pastoral". La santidad de vida consiste, para todos - y con mayor razón para el misionero -, en conocer a Jesucristo, amarlo, contemplar su rostro, seguir sus pasos, imitarlo, para vivir - como enseña el Apóstol de las gentes - una intensa "vida escondida con Cristo en Dios", para insertarse en la intimidad de la Beatísima Trinidad, que es comunión perfecta de amor. Esta vida de santidad es la que dará eficacia a las palabras y a los signos que el misionero ofrecerá en el desarrollo de su función de anunciar el Reino. Jesús predicaba incansablemente la Palabra. De él se decía: "¡Jamás un hombre ha hablado como este hombre!"… "He aquí una doctrina nueva enseñada con autoridad". Y su predicación brotaba de su constante intimidad con el Padre: constantemente se repite en los Evangelios que El se retiraba en oración o incluso que pasaba la noche en oración.
Pero la misión, sobre todo la misión ad gentes, se hace con palabras y signos. Con una predicación que surge de la contemplación (contemplata aliis tradere), con palabras que sean reflejo de la vida escondida con Cristo en Dios. Una predicación -como la de Jesús - realizada a través de innumerables signos, que engendran el estupor de las muchedumbres y, al mismo tiempo, las arrastran hacia El, para verlo, escucharlo, dejarse transformar por El: los enfermos curados, el agua cambiada en vino, el pan multiplicado, los muertos que vuelven a la vida. Y, entre todos, el signo al que Jesús da gran importancia: los pequeños, los pobres son evangelizados, se convierten en sus discípulos, se reúnen en su nombre en la comunidad de los creyentes.
En este contexto se pueden comprender los compromisos de los misioneros a favor de la salud, de la educación, de la promoción humana, de la transformación de la realidad a la que han sido enviados en nombre de Cristo. En esta perspectiva, las obras sociales de los misioneros en modo alguno deben descuidarse: es más, son los signos del amor de Dios por los hombres, que acompañan el anuncio del Reino.
La gran tentación de los últimos decenios, gracias también a ciertos influjos ideológicos de diverso tipo, ha sido la de descuidar el anuncio explícito de Cristo y la dimensión espiritual de la misión ad gentes. Tal descuido ha llevado a algunos misioneros a reducir su propia tarea a una especie de filantropía vacía de espíritu, a una actividad social que, si bien, útil a la gente, queda privada de aquel espesor apostólico que los Hechos de los Apóstoles hacen resonar en la Iglesia de todos los tiempos: "No es justo que nosotros dejemos de lado la palabra de Dios, para servir a las mesas (Hch 6, 2). Se pueden aplicar aquí las palabras de nuestro Redentor: "Esto es lo que había que practicar, aunque sin omitir aquello" (Lc 11, 42).

Sus numerosos viajes pastorales, le han consentido palpar las necesidades, los sufrimientos y las esperanzas de numerosas comunidades católicas que viven su fe en condiciones, con frecuencia, difíciles. De su experiencia directa, ¿qué compromiso deben asumir cada uno de los fieles, para que, a las dificultades, los misioneros no tengan que añadir también el sentir la soledad en su testimonio cotidiano?

Ante todo hay que recordar que en el plano de la fe y de la caridad no existe soledad. En efecto, profesamos en el Símbolo de los Apóstoles la fe en la "comunión de los Santos". Este artículo de fe tiene una profunda incidencia en la vida de la Iglesia. Santa Teresa del Niño Jesús es Patrona de las Misiones, precisamente sobre el fundamento de esta realidad espiritual, que le permitía ser el Amor en el corazón de la Iglesia, para enviar amor a los misioneros perdidos en los ángulos más distantes de la tierra. El primer don que cada fiel puede hacer a la misión es su constante oración - por ejemplo, siguiendo la intención misionera asignada por el Papa al Apostolado de la Oración -, después está, el fruto de sus sacrificios personales, aunque le parezcan pequeños e insignificantes: se trata del tesoro de la fidelidad en las cosas pequeñas que podemos y debemos poner en comunión. A este propósito, ¡cuántos enfermos ofrecen por las misiones los sufrimientos de la propia enfermedad o incluso de la agonía! También las ayudas materiales serán expresión de esta comunión de los Santos, si son fruto, entre otras cosas, de ayunos o de los tradicionales "sacrificios" - tan queridos por los fieles de nuestras parroquias - hechos con amor y en la fe, para este fin.
Además de esta unión delicadamente espiritual, hay que confortar a los misioneros con el afecto de una amistad leal y auténtica. Esta amistad se expresará en la solidaridad con las tareas propias de la vocación misionera, se traducirá en contacto epistolar, intercambio de experiencias…
No se deben descuidar también las ayudas materiales, ya sean espontáneas, al misionero de paso, como a las organizadas en las parroquias a favor de una misión de "hermanamiento" o las de más amplio radio, organizadas por las Obras Misioneras Pontificias en los diversos países. En este sentido, en la Jornada Misionera Mundial, todas las comunidades católicas del Orbe recogen la colecta misionera que se redistribuirá en favor de los proyectos misioneros de las diversas regiones del mundo.
Estos son sólo algunos pequeños ejemplos de actos concretos que expresan una verdad que el Papa no cesa de afirmar en su supremo Magisterio: la vocación misionera de todos los bautizados.

El Santo Padre, en su modernidad, exhorta de continuo a la Iglesia a que utilice con intrepidez y con sabiduría los nuevos instrumentos de la comunicación, para el Anuncio del Evangelio. Ud. mismo ha exhortado siempre a la Iglesia a no perder esta ocasión y ha sido protagonista, fiel intérprete del Magisterio. ¿Cómo ayudar a promover aún más el esfuerzo que el mundo misionero está haciendo en esta dirección?

Con la llegada del mundo de la informática, sobre todo de los ordenadores, la Iglesia se ha encontrado de improviso ante un nuevo reto: evangelizar al hombre contemporáneo, sirviéndose también de las nuevas tecnologías, transmitiendo el mensaje evangélico, sin deformarlo, pero utilizando el lenguaje propio de este nuevo medio de comunicación social.
El Santo Padre, Juan Pablo II, en la Redemptoris Missio, nos hacía reflexionar sobre la relación entre la cultura y la comunicación moderna, invitando a la Iglesia a no quedarse como espectadora en la utilización de los modernos sistemas de comunicación social.

"Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que, para muchos, son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. Quizá se ha descuidado un poco este areópago… La evangelización misma de la cultura moderna dependen en gran parte de su influjo… No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura" creada por la comunicación moderna" (Redemptoris Missio, n. 37).

La Iglesia, hay que decirlo, comenzando por el mismo Santo Padre, no se ha echado atrás ante este nuevo reto, sino que lo ha aceptado; sin miedo se ha puesto humildemente en camino, un camino quizás a veces un poco lento, pero que ya nadie podrá detener.

El Papa Juan Pablo II nos ha dado la exacta direción a seguir: "integrar el mensaje cristiano" en la "nueva cultura creada por la comunicación moderna" porque "las nuevas generaciones sobre todo, crecen de modo condicionado por los mass-media" (Redemptoris Missio, n. 37).
También nuestro Dicasterio Vaticano para las misiones ha aceptado este reto y no duda en "entrar" en estos mecanismos modernos, en la nueva cultura creada por los modernos medios de comunicación. Para comprender a fondo su potencialidad, debemos estudiar el lenguaje, seguir el desarrollo y por último utilizarlos para el Evangelio.

Creo, por ejemplo, que nuestra Agencia "Fides" se coloca en esta línea de operatividad y tenga en cartera proyectos aptos para salir cada vez más al encuentro del deseo de Su Santidad que, ya en 1984, había deseado: "una mayor circulación de ideas y de información en la comunidad eclesial, entre la Sede Apostólica y las Iglesias locales, entre una y otra Iglesia local, podrá sin duda favorecer, no sólo una profundización del espíritu y de la colegialidad y un refuerzo de los vínculos de comunión, sino también un crecimiento y una maduración de la conciencia personal y colectiva de los miembros del Pueblo de Dios. "Se reconoce a cada fiel la facultad y el derecho de ser informados de todo lo que es necesario, para tomar parte activa en la vida de la Iglesia", se dice en la Instrucción Pastoral "Communio et progressio" (n. 119)". (Audiencia Jubilar con los periodistas del 27/01/1984).

Aquí diría que la experiencia del Gran Jubileo del Año Santo 2000, nos ha servido mucho.
En aquel inolvidable Acontecimiento, como nunca antes en la historia de la Iglesia, estuvieron comprometidos todos los medios de comunicación social; incluso se preparó una Oficina Internet, completamente dedicada a esta "circulación de ideas y de información en la comunidad eclesial", consiguiendo transmitir a todo el mundo los múltiples programas y los contenidos jubilares, tanto en Roma, como en las Iglesias locales esparcidas por el mundo, traducidos en once lenguas. Todo esto nos anima también para los tiempos venideros en los que otros proyectos se lanzarán, a fin de ayudar a los misioneros y a las Iglesias locales más necesitadas, a beneficiarse de esta "circulación de ideas y de informaciones en la comunidad eclesial". La Congregación de "Propaganda Fide" en efecto, se siente como una gran familia, y en una verdadera familia se necesita la comunicación, para llegar a la comunión.

Si pienso en la Agencia "Fides", en perspectiva de servicio a la misión, me gusta precisamente imaginarla como un gran laboratorio de pensamiento y de creación de proyectos para la evangelización a través de los mass-media.
No podemos arriesgar - y lo digo en referencia específica a la misionariedad - el perder el tren de la moderna comunicación social. Desgraciadamente está a la vista de todos el fenómeno cada vez más prepotente de la afirmación de escuelas de pensamiento ligadas a lógicas meramente secularizadas, que elaboran en sus laboratorios, culturas consumísticas, laxistas, liberacionistas y todo lo demás, y las lanzan a través de los modernos medios de comunicación, llevando al hombre fuera de sí mismo y despojándolo de la dignidad de hijo de Dios.

Tales culturas secularizadas influyen, en poco tiempo, en la mentalidad y costumbres, porque se las etiqueta a grandísima velocidad, de una parte a otra de la tierra, mediante las altas tecnologías de comunicación, de las que los modernos laboratorios de poder se sirven de forma amplia.
En los primeros tiempos de la Iglesia, los caminos del gran Imperio romano, que no habían sido construidos ciertamente para la Iglesia, fueron vistos por Ella, como don providencial para hacer marchar la primera evangelización

Los Apóstoles que habían recibido del Señor el divino mandato, "id a todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura" (Mc 16, 15), no dudaron en servirse de aquellas vías de comunicación imperiales para difundir el Verbo de Dios.

Hoy, las modernas tecnologías son los nuevos caminos que debemos recorrer todos. Ellos nos consienten un lanzamiento de redes verdaderamente sin precedentes: "Cuantos han predicado el Evangelio antes que nosotros no habrían podido imaginar un público tan amplio. En nuestra época es necesaria la utilización activa y creativa de los medios de comunicación social por parte de la Iglesia. Los católicos no deberían tener miedo de dejar abiertas las puertas de las comunicaciones sociales a Cristo, a fin de que Su Buena Noticia pueda ser oída en los tejados del mundo!". Lo recordó Juan Pablo II en el mensaje de la XXXV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

El Dicasterio de la Evangelización de los Pueblos mira con particular atención a este "océano" de posibilidades que nos ofrece la moderna comuniación social; debemos proseguir con audacia - como el Papa nos pide con la invitación a "bogar mar adentro" (Lc 5, 4) - para pedir al Señor la fuerza y el valor de iniciativas pastorales y espirituales, adaptadas a los tiempos modernos, que nos hagan utilizar al máximo también todos los instrumentos que la cultura informática nos ofrece, fuertes con la confianza en la palabra infalible de Jesús.

 
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