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Casa General Misioneros de Guadalupe -Ciudad de México, 10
de Marzo de 2005
Queridos Superiores Mayores
de los Institutos Religiosos, Misioneros y Misioneras que, en comunión
con los Pastores, cumplen con generosidad la obra evangelizadora
que la Iglesia os ha confiado, gracias por la fraterna acogida que
ofrecen hoy a este peregrino, viajero fugaz en esta querida tierra
mexicana.
Permítanme, ante todo, que les salude en nombre del Santo
Padre y les transmita su bendición. A él, a su persona
y a su magisterio, va nuestro afecto sincero y nuestra adhesión
filial. Damos gracias al Señor por la fecundidad misionera
de su Pontificado y a Él elevamos nuestras súplicas
para que le guarde en su salud y le fortifique en su misión
de Pastor de la Iglesia universal.
Es motivo de profunda alegría estar hoy con Ustedes, y, por
su medio, poder encontrar también a los misioneros que han
sido enviados ad gentes para ser testigos y anunciadores de Jesús.
Nuestro encuentro refuerza la comunión y nos sostiene en
la misión que el Señor nos ha encomendado, misión
que nace de la fe en Jesucristo, desde la cual se conoce y se acepta
el proyecto de salvación de Dios en favor del hombre.
Es muy significativo, además, que nuestro encuentro tenga
lugar aquí, en la sede de los “Misioneros de Santa
María de Guadalupe”, Instituto que en 1999 ha celebrado
su cincuenta aniversario de fundación.
Del ardiente celo pastoral de Monseñor Alonso Manuel Escalante,
y de todo el Episcopado mexicano, nació esta Sociedad de
Misioneros ad vitam, un carisma específico en la Iglesia,
que el Santo Padre en la Encíclica Redemptoris missio, define
como el “paradigma del compromiso misionero de la Iglesia”
(n. 66). Una vocación especial, particular, que, al mismo
tiempo, - paradójicamente -, constituye el “modelo”
de toda la obra evangelizadora de la Iglesia. Sí, queridos
misioneros de Guadalupe, Ustedes son, en los Países donde
se encuentran, y también en México, “ejemplo,
modelo, paradigma”, de la actividad misionera de la Iglesia.
¿Lo son realmente?
Por otra parte, queridos hermanos y hermanas, la fecundidad misionera
- no sólo de los Institutos ad gentes - sino de toda consagración,
ha sido expuesta también por Juan Pablo II con términos
muy vinculantes: “En la inagotable y multiforme riqueza del
Espíritu se sitúan las vocaciones de los Institutos
de vida consagrada, cuyos miembros, dado que por su misma consagración
se dedican al servicio de la Iglesia están obligados a contribuir
de modo especial a la tarea misional, según el modo propio
de su Instituto” (Redemptoris missio, 69).
Rindamos homenaje a la valiente labor evangelizadora desarrollada
en estas tierras por quien nos ha precedido, pues la historia atestigua
su generosidad y su capacidad misionera sin igual. Demos gracias,
asimismo, por la intensa promoción de la dimensión
misionera de la vida consagrada que Ustedes llevan a cabo en México,
y, también, por los frutos concretos de cooperación
misionera ya obtenidos, tanto en medios espirituales, materiales,
y, sobre todo, de personal.
Reconozcamos, sin embargo, que ante el “ilimitado” horizonte
de la misión universal, ¡nos queda mucho por hacer!,
que “la misión del Redentor confiada a la Iglesia,
está aún lejos de cumplirse” (Redemptoris missio,
1).
Sí, amadísimos hermanos, estoy convencido que Ustedes,
religiosas y religiosos mexicanos pueden y deben ofrecer mucho más
de cuanto, con gran generosidad, han realizado hasta ahora por la
misión ad gentes. Hoy más que nunca, el mundo necesita
hombres y mujeres que sientan en sus corazones, como un fuego, la
apremiante invitación del Apóstol, ¡ay de mi
si no predicara el Evangelio! (1 Cor 9, 16).
No puedo, por tanto, no servirme de esta ocasión para alentaros
a reafirmar con vigor la primacía del anuncio de Jesucristo
(cf. Redemptoris missio, 44), en América y desde América,
a los no creyentes y a los pueblos que todavía no conocen
su Persona. Esta debería constituir, en la multiforme riqueza
y variedad de vuestros carismas, vuestra tarea pastoral prioritaria
y hacia ella deberíais dirigir vuestros recursos.
Los Superiores y Superioras que sabrán apostar por la misión
ad gentes, expresión dinámica de la caridad que “a
partir de la comunión intraeclesial se abre por su naturaleza
al servicio universal” (Novo millennio ineunte, 49), obtendrán
una profunda renovación de sus Institutos: Un aumento del
fervor de la vida consagrada en la castidad, pobreza y obediencia;
el desvanecimiento de tensiones internas que debilitan y desgarran
algunas comunidades, y, en fin, un crecimiento de las vocaciones,
pues ¡la fe se renueva dándola!
Queridos hermanos y hermanas, hoy como ayer, estáis llamados
a evangelizar en la vanguardia de la misión, en las zonas
más difíciles del mundo, anunciando gratuitamente
el Evangelio y los dones de Dios, con un amor que no es de parte
y que no excluye a nadie. ¡Tened fe en Jesucristo, sed fieles
a la Iglesia!
Avivad la gracia de vuestra vocación e intensificad, fieles
al carisma originario, vuestro camino hacia la misión ad
gentes. Preferid con espíritu de fe y en comunión
con los propios Pastores - los lugares más humildes y arduos,
¡hasta los últimos confines de la tierra! No os faltará
aquella consolación y aquella alegría que sólo
el Señor sabe dar.
Que en vuestro camino os siga siendo de inspiración y de
sostén la Madre de Jesús: Madre y Misionera de América.
En ella contemplamos la Virgen perfectamente consagrada a Dios,
constantemente unida a su Hijo en su misión redentora y “modelo
de aquel amor materno, del cual deben ser animados todos los que,
en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a
la regeneración de los hombres” (Lumen gentium, 65).
Gracias. Gracias a vosotros y a vuestros hermanos y hermanas, que
a la misión han consagrado toda su vida; ellos constituyen
nuestro gozo, nuestra esperanza, el ejemplo de una donación
radical sobre la cual debemos medir nuestros esfuerzos por la misión
ad gentes.
¡Que Dios os bendiga! ¡Muchas gracias!
El Cardenal
Sepe
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