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HOMILÍA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE
S.E. MONS. RAFAEL SANDOVAL SANDOVAL, MNM

Guachochi, Miércoles, 9 de Marzo de 2005

1ª Lectura: Is, 61, 1-3
2ª Lectura: 1 P 5, 1-4
Evangelio: Jn, 10, 11-16

“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10, 1)

Queridos hermanos y hermanas, en estas breves palabras se halla el contenido central del evento extraordinario que hoy nos convoca en la Catedral de Guachochi: la ordenación episcopal de Su Excelencia Monseñor Rafael Sandoval Sandoval, a quien el Santo Padre ha nombrado Obispo de Tarahumara.
Quien recibirá la unción del Espíritu Santo es un Pastor destinado a consagrar su vida a la evangelización de los hombres y mujeres que viven en la Tarahumara, a conocerles y a amarles, a dar su vida por ellos. Por ello me siento feliz de presidir esta concelebración y de conferir en ella, junto con los Obispos con-consagrantes, la plenitud del orden sacerdotal a Monseñor Rafael Sandoval Sandoval, hijo de esta amada tierra mexicana y miembro de los Misioneros de la Natividad de María.
Deseo saludar, con especial afecto, al Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de México, al Excelentísimo Nuncio Apostólico, Mons. Giuseppe Bertello, y a todos Ustedes, queridos hermanos en el Episcopado. Saludo también, con deferencia, a las autoridades civiles, políticas y militares aquí presentes.
A los familiares, parientes y amigos de Mons. Rafael Sandoval, llegados de diferentes partes de México, a los miembros de su familia religiosa, y a todos ustedes, amados sacerdotes, religiosos y religiosas de la Diócesis de la Tarahumara, dirijo también, junto a mi felicitación, mi cordial y fraterno saludo.
Deseo, sobre todo, transmitir el afecto y la bendición del Santo Padre a nuestros hermanos Rarámuris, los de pié ligero, que saben tejer la vida en armonía con la naturaleza; a los Mestizos, que con todas sus esperanzas construyen familias con anhelos de paz; a los Tepehuanes (u Ódame), que son firmes como la roca y la montaña, que de pié esperan la evangelización; a los Guarojíos, que con libertad caminan por los cañones y las montañas del Río Mayo y se hacen llamar “makuraúe” (los que agarran la tierra); a los Pimas, amantes de la paz que, desde su pobreza, enriquecen la Tarahumara.
Queridísimos hermanos, el buen Pastor guía a su grey a prados de hierba fresca, se prodiga para que sus ovejas tengan comida y bebida, las protege en los lugares peligrosos y las defiende del enemigo. Pero, por encima de su acento poético, este texto del Evangelio es teología del Sacrificio redentor de Cristo. El buen pastor, - el siervo de Yahveh profetizado por Isaías en la primera lectura -, redime a su pueblo sirviéndole hasta el sacrificio de la propia vida. Él, al contrario del asalariado, apacienta a sus ovejas porque las conoce y las ama, y las ama hasta dar su vida por ellas.
Jesucristo es el único Buen Pastor, el único Salvador. Él se ha entregado por nuestra Salvación, en infinita generosidad de amor hacia nosotros y en amorosa obediencia al Padre. El Buen Pastor nos ha liberado de la esclavitud del pecado, ha aniquilado el mal, toda injusticia, desamor, sufrimiento y violencia, asumiéndolo en sí mismo; en cambio, nos ha ofrecido su misma Vida: Él, “para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió sus brazos en la cruz”. Esta es la profunda, indestructible, comunión que se establece entre el buen Pastor y su grey. Él nos conoce así, amadísimos hermanos y hermanas, y así quiere ser conocido.
Esta es la misión que el Señor Jesús confía a los “apóstoles” y a sus sucesores, “enviados para perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno” (cf. Christus Dominus, 2). Bien podemos comprender que ésta no es tarea ni fácil ni tranquila, requiere humildad, perseverancia, fidelidad. Requiere sacrificio, renuncia, valentía. No es fácil, pero no es, ni mucho menos, imposible. Ella exige, sobre todo, una radical respuesta de amor al amor de Cristo, para seguirle en el camino de la Cruz, el único que conduce a la Resurrección.
Querido hermano Rafael, por la imposición de las manos y la plegaria de quien es indigno Prefecto del Dicasterio Misional, entrarás en la misteriosa cadena de la “sucesión apostólica”, cuyo origen es Jesucristo. Serás constituido miembro del Colegio de los obispos (cf. Lumen gentium, 22). Un Colegio al cual, bajo la guía de Pedro, ha sido confiada la misión de anunciar la Buena Nueva de la salvación a todas las gentes.
“Anuncia la Palabra de Dios con franqueza de ánimo y de doctrina”, dirá dentro de poco el Obispo consagrante al nuevo Obispo. Dicho anuncio, del cual nace la fe y la comunidad de los creyentes, representa la dimensión esencial del ministerio episcopal y de la misma Iglesia.
Ella prolonga en los siglos la misión de su Señor, anunciando su muerte y proclamando su resurrección. También hoy, no obstante la difusión de nuevas, tal vez dudosas, concepciones teológicas, este anuncio tiene la prioridad permanente en la misión, pues la Iglesia “no puede privar a los hombres de la Buena Nueva de que son amados y salvados por Dios” (Redemptoris missio, 44). Fundada por Cristo, la Iglesia es misionera por su propia naturaleza, y para realizar dicha misión, el divino Maestro envió al mundo a los Apóstoles. Con el mismo Espíritu te envía hoy a ti, uno de sus sucesores.
La Iglesia, querido hermano, te confía la responsabilidad y el cuidado de una porción del Pueblo de Dios: la Iglesia particular que se encuentra en la Tarahumara, lugar de la Sierra Madre Occidental, donde resplandece la belleza de la creación. Una Iglesia que, desde la riqueza de su fe y el testimonio de comunión entre sus diferentes pueblos, está llamada a ofrecer una gran contribución a toda la Iglesia en América, y por ende, a la Iglesia universal. ¡Ama a tu esposa! Sírvela “de buena gana, como Dios quiere” (1 P 5, 2). Recuerda que tu autoridad sobre ella es de servicio, y tu servicio es de amor. ¡Anuncia el Evangelio! ¡Busca a la oveja perdida! Se para tus fieles, Padre y Maestro de la Fe, modelo del rebaño. El Señor, con su Gracia, te sostendrá y te consolará.
Queridos fieles de la Diócesis de Tarahumara, queridos hermanos rarámuris, rarómaris, taramuris, ódames, guarojíos, y mestizos de la sierra y de los barrancos, amadísimos sacerdotes, catequistas, religiosos y religiosas, seminaristas, acojan con agradecimiento el don que el Señor, por medio de su Iglesia, les ofrece: un Padre y un Servidor de su fe en Jesucristo. Él necesitará sus oraciones y su filial cercanía. Acompáñenle en su Ministerio, ayúdenle, desde los dones de la gracia recibidos, a ser testigo fiel y veraz del Amor de Dios.
Parafraseando las palabras del Santo Padre podemos decir que “La Iglesia necesita a los indígenas y los indígenas necesitan a la Iglesia”. Sí, la Santísima Virgen María gusta caminar y visitar a sus hijos indígenas, por eso escogió al indio Juan Diego, y con él estableció un diálogo de predilección. San Juan Diego es el indio que reconoce a la Virgen y que, encomendándose a Ella filialmente, se convierte en su mensajero. Se cumplen así las palabras de Jesús, cuando nos revela que el Evangelio es acogido por los sencillos y humildes de corazón, y permanece oculto para los “sabios e inteligentes” (cf. Mt 11, 25).
Quiera Dios que esta ordenación episcopal, signo también del amor que el Santo Padre nutre por esta amada región mexicana, sea un evento de abundante gracia y motivo de aliento para esta Diócesis y para toda la Iglesia en México, especialmente para los más pobres y para quien sufre en el cuerpo y en el espíritu.
Ánimo, pues, querido Hermano. A María, la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América, pedagoga y Misionera del Evangelio, Reina de los Apóstoles, encomiendo tu persona, tus intenciones y tu ministerio.
¡Alabado sea Jesucristo!

El Cardenal Sepe

 
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