| Guachochi,
Miércoles, 9 de Marzo de 2005
Queridos hermanos
en el sacerdocio,
Me dirijo a vosotros, en primer lugar, para daros las gracias por
lo que sois: sacerdotes de Cristo, ministros de la Iglesia, testimonios
y anunciadores del Evangelio. Gracias por vuestro generoso ministerio,
ejercido a menudo en situaciones difíciles, gracias por todo
cuanto hacéis por el bien de la grey que os ha sido confiada.
Mientras os expreso mi reconocimiento, deseo, asimismo, ofreceros
una palabra de aliento: confiad en Jesucristo que os ha llamado
y en la Iglesia, nuestra Madre; ofreced también vuestra confianza
al nuevo Pastor, fundamento de vuestro propio ministerio. Sí,
amadísimos hermanos, tened ánimo, afrontad igualmente
con esperanza los desafíos pastorales, nuevos y antiguos,
que tenéis ante vosotros. Ellos constituyen, como nos enseña
el Magisterio, oportunidades inéditas y maravillosas de evangelización.
Vosotros, queridos hermanos, desarrolláis vuestra actividad
pastoral entre poblaciones que poseen una específica y rica
identidad cultural, comunidades que requieren la atención
solícita y materna de la Iglesia. Ejerciendo vuestro ministerio
sacerdotal en la realidad indígena de Tarahumara, os ayuda
también la cercanía del Santo Padre, el cual, en diferentes
ocasiones, ha mostrado su concreto interés por las comunidades
indígenas.
Ya en su primera visita a México, en el encuentro con los
indígenas en Cuilapán, Juan Pablo II mostró
su afecto preferencial hacia ellos: “El Papa y la Iglesia
están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra
cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado,
os alientan en el presente y esperan tanto en el porvenir”
(Saludo a los indígenas en Cuilapán, Enero 1979).
También yo os digo: ¡servidlos, amadlos!, sabiendo
que “la evangelización misionera es el primer servicio
que la Iglesia puede prestar a cada hombre” (Redemptoris missio,
2). El primer anuncio del Evangelio y la catequesis, en efecto,
“tiene una función central e insustituible, porque
introduce en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar
una comunicación personal con él en Cristo”
(ibid., 44).
El Evangelio es capaz de impregnar toda cultura y transformarla
íntimamente mediante su integración en la fe cristiana.
En realidad, toda cultura que tienda a encerrarse en sí misma
se empobrece. El progreso, en cambio, es fruto de una interrelación,
de un encuentro, no exento a veces de dificultades. El encuentro
con la divina Persona de Cristo “no se llevará a cabo
si la Buena Nueva no es proclamada” (Evangelii nuntiandi,
20). Toda evangelización que tienda a simplificar este proceso,
sin el desarrollo de una adecuada Iniciación cristiana, quedará
a un nivel superficial, no podrá enraizarse con solidez (cf.
Evangelii nuntiandi, 18-20).
Al dirigirse a los representantes de varias comunidades indígenas
reunidos en Santo Domingo, el Santo Padre afirmaba también:
“Exhorto a todos a fomentar aquellas iniciativas pastorales
que favorezcan una mayor integración y participación
de las comunidades indígenas en la vida eclesial. Para ello
habrá que hacer un renovado esfuerzo en lo que se refiere
a la inculturación del Evangelio”.
Amadísimos hermanos, que Dios bendiga vuestros pasos y los
de todos los sacerdotes del mundo, y que la intercesión de
la Virgen María os conceda crecer y avanzar cada día
más por la vía de la santidad y de la plena realización
de vuestra vocación, en la consagración incondicionada
al Padre, en el Hijo, y a su Misión.
A todos vosotros y a vuestras comunidades, transmito el saludo y
la bendición del Santo Padre.
¡Muchas gracias!
El Cardenal
Sepe
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