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HOMILÍA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Ciudad de México, Martes, 8 de Marzo de 2005

1ª Lectura: Sir 24, 17-22
2ª Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio: Lc 1, 39-48

Señor Cardenal, Excelentísimo Nuncio Apostólico, Hermanos en el Episcopado, querido Director Nacional y Directores Diocesanos de las Obras Misionales Pontificias, hermanos y hermanas,
“Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.” (Lc 1, 41).
Estas son las palabras que acabamos de escuchar en el Evangelio, en boca de Isabel, cuando María, su prima, va a visitarla en las montañas de Judea. El gozo que envuelve el encuentro de estas dos mujeres, es el mismo que siento yo al presidir esta Eucaristía en el Santuario de la Virgen de Guadalupe, “corazón mariano de México y de América”, como lo ha definido el Santo Padre Juan Pablo II (Homilía de canonización de Juan Diego, 31 de Julio de 2002).
¿De dónde nace el gozo de Juan el Bautista? ¿De dónde procede la alegría de Isabel? Nacen de la cercanía con Jesucristo que María lleva ya en su seno. Toda la escena de la “visitación” está ambientada en un clima de júbilo, por eso María exclama: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador” (Lc 1,47). Dios, mediante su Hijo Jesucristo y el don del Espíritu Santo, es el único capaz de satisfacer el deseo de felicidad que todo hombre lleva en el corazón. Aunque nuestras palabras queden pequeñas al tratar de explicar la alegría de nuestro encuentro con el Señor, “¡nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído!” (Hch 4, 20). Evangelizar significa transmitir dicha alegría, anunciar la Buena Noticia de la salvación a quien vive en el sufrimiento y en la tristeza. Ella es, ante todo, “liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a El” (Evangelium nuntiandi, 9).
En nuestras sociedades secularizadas, dominadas por el relativismo moral y por la alegría superficial de un fútil hedonismo, el anunciar a Cristo, - y a éste crucificado -, encuentra muchas veces el rechazo, la indiferencia (cf. 1 Cor 1, 23; 2, 2). Ante esta situación, no raramente se siente la tentación de rebajar el mensaje de Jesús y de acomodarlo “a la mentalidad de nuestro siglo” (Rm 12, 2). Obrar así significa impedir al hombre que experimente el “gozo pleno” que Jesús prometió a sus discípulos: “Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15,11). María está llena de júbilo porque está llena de Dios, ella es la “llena de Gracia”, la Evangelizadora de la alegría. Cuando en 1531, en este lugar, se apareció a Juan Diego le dijo: “¿No soy yo la fuente de tu alegría? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe” (Nican Mopohua, 51).
El Santo Padre escribe que “la aparición de María en la colina del Tepeyac, tuvo una repercusión decisiva para la Evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando a todo el Continente” (Ecclesia in America, 11). Este impulso misionero ha tenido su origen aquí, en Guadalupe. Y desde aquí ha llegado a todo el mundo, ya desde la incipiente historia de la Iglesia en este amado País, mediante la vocación misionera de numerosos sacerdotes, religiosas y religiosos mexicanos. A todos ellos, enviados por el Espíritu a los cinco continentes, deseo expresarles la gratitud y el reconocimiento de la Iglesia universal por su generoso empeño en la obra de la evangelización.
Queridos hermanos y hermanas, desde este Santuario Mariano, a los pies de la Virgen de Guadalupe, quiero lanzar hoy un llamado para la Misión ad gentes. La humanidad atiende con ansia la luz y la Verdad del Amor de Cristo. Muchas personas lo conocen, pero viven en la tristeza, en el pesimismo o en la desesperación. Millones de personas, ni tan siquiera han oído hablar de Él. ¿Dónde están los evangelizadores?, ¿dónde los testimonios de su resurrección?, ¿los que sienten el fuego de la Palabra divina en su interior? (cf. Jer 23, 29). No hay labor más apremiante que dicha misión, no hay vocación más alta que - al igual que María - cooperar en la misión apostólica de la Iglesia en la regeneración de los hombres. “¡Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, ... , yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo!” (Mt 28, 19-20).
Todos nosotros estamos al servicio del mandato misionero de nuestro Señor. Y de nosotros depende, - en modo particular de ustedes Directores Diocesanos de las Obras Misionales Pontificias -, que este impulso misionero que nace en Guadalupe, impregne todas las parroquias y las diócesis de México.
Soy consciente que esta tarea supera nuestras fuerzas, pero no estamos solos, Jesucristo está con nosotros. Está hoy presente, sobre todo, en esta Santa Eucaristía, dándonos su Cuerpo y su Sangre. Participemos con exultante “acción de gracias” en el misterio de su muerte y resurrección, para poder saborear, ya desde ahora, la alegría pascual de su victoria.
Que la Santísima Virgen de Guadalupe, cuya dulce imagen veneramos en este Santuario en la tilma de San Juan Diego, nos acompañe en nuestro camino hasta el Padre, y nos haga participar un día de la plena alegría y de la gloria de la Resurrección. A todos transmito el saludo, la oración y la Bendición del Santo Padre.
¡Alabado sea Jesucristo!

El Cardenal Sepe

 
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