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1ª
Lectura: Sir 24, 17-22
2ª Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio: Lc 1, 39-48
Señor
Cardenal, Excelentísimo Nuncio Apostólico, Hermanos
en el Episcopado, querido Director Nacional y Directores Diocesanos
de las Obras Misionales Pontificias, hermanos y hermanas,
“Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño
saltó de gozo en mi seno.” (Lc 1, 41).
Estas son las palabras que acabamos de escuchar en el Evangelio,
en boca de Isabel, cuando María, su prima, va a visitarla
en las montañas de Judea. El gozo que envuelve el encuentro
de estas dos mujeres, es el mismo que siento yo al presidir esta
Eucaristía en el Santuario de la Virgen de Guadalupe, “corazón
mariano de México y de América”, como lo ha
definido el Santo Padre Juan Pablo II (Homilía de canonización
de Juan Diego, 31 de Julio de 2002).
¿De dónde nace el gozo de Juan el Bautista? ¿De
dónde procede la alegría de Isabel? Nacen de la cercanía
con Jesucristo que María lleva ya en su seno. Toda la escena
de la “visitación” está ambientada en
un clima de júbilo, por eso María exclama: “Mi
alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de
júbilo en Dios mi Salvador” (Lc 1,47). Dios, mediante
su Hijo Jesucristo y el don del Espíritu Santo, es el único
capaz de satisfacer el deseo de felicidad que todo hombre lleva
en el corazón. Aunque nuestras palabras queden pequeñas
al tratar de explicar la alegría de nuestro encuentro con
el Señor, “¡nosotros no podemos dejar de hablar
de lo que hemos visto y oído!” (Hch 4, 20). Evangelizar
significa transmitir dicha alegría, anunciar la Buena Noticia
de la salvación a quien vive en el sufrimiento y en la tristeza.
Ella es, ante todo, “liberación del pecado y del maligno,
dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido
por El, de verlo, de entregarse a El” (Evangelium nuntiandi,
9).
En nuestras sociedades secularizadas, dominadas por el relativismo
moral y por la alegría superficial de un fútil hedonismo,
el anunciar a Cristo, - y a éste crucificado -, encuentra
muchas veces el rechazo, la indiferencia (cf. 1 Cor 1, 23; 2, 2).
Ante esta situación, no raramente se siente la tentación
de rebajar el mensaje de Jesús y de acomodarlo “a la
mentalidad de nuestro siglo” (Rm 12, 2). Obrar así
significa impedir al hombre que experimente el “gozo pleno”
que Jesús prometió a sus discípulos: “Os
he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro
gozo sea colmado” (Jn 15,11). María está llena
de júbilo porque está llena de Dios, ella es la “llena
de Gracia”, la Evangelizadora de la alegría. Cuando
en 1531, en este lugar, se apareció a Juan Diego le dijo:
“¿No soy yo la fuente de tu alegría? Que ninguna
otra cosa te aflija, ni te perturbe” (Nican Mopohua, 51).
El Santo Padre escribe que “la aparición de María
en la colina del Tepeyac, tuvo una repercusión decisiva para
la Evangelización. Este influjo va más allá
de los confines de la nación mexicana, alcanzando a todo
el Continente” (Ecclesia in America, 11). Este impulso misionero
ha tenido su origen aquí, en Guadalupe. Y desde aquí
ha llegado a todo el mundo, ya desde la incipiente historia de la
Iglesia en este amado País, mediante la vocación misionera
de numerosos sacerdotes, religiosas y religiosos mexicanos. A todos
ellos, enviados por el Espíritu a los cinco continentes,
deseo expresarles la gratitud y el reconocimiento de la Iglesia
universal por su generoso empeño en la obra de la evangelización.
Queridos hermanos y hermanas, desde este Santuario Mariano, a los
pies de la Virgen de Guadalupe, quiero lanzar hoy un llamado para
la Misión ad gentes. La humanidad atiende con ansia la luz
y la Verdad del Amor de Cristo. Muchas personas lo conocen, pero
viven en la tristeza, en el pesimismo o en la desesperación.
Millones de personas, ni tan siquiera han oído hablar de
Él. ¿Dónde están los evangelizadores?,
¿dónde los testimonios de su resurrección?,
¿los que sienten el fuego de la Palabra divina en su interior?
(cf. Jer 23, 29). No hay labor más apremiante que dicha misión,
no hay vocación más alta que - al igual que María
- cooperar en la misión apostólica de la Iglesia en
la regeneración de los hombres. “¡Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes, ... , yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo!” (Mt 28, 19-20).
Todos nosotros estamos al servicio del mandato misionero de nuestro
Señor. Y de nosotros depende, - en modo particular de ustedes
Directores Diocesanos de las Obras Misionales Pontificias -, que
este impulso misionero que nace en Guadalupe, impregne todas las
parroquias y las diócesis de México.
Soy consciente que esta tarea supera nuestras fuerzas, pero no estamos
solos, Jesucristo está con nosotros. Está hoy presente,
sobre todo, en esta Santa Eucaristía, dándonos su
Cuerpo y su Sangre. Participemos con exultante “acción
de gracias” en el misterio de su muerte y resurrección,
para poder saborear, ya desde ahora, la alegría pascual de
su victoria.
Que la Santísima Virgen de Guadalupe, cuya dulce imagen veneramos
en este Santuario en la tilma de San Juan Diego, nos acompañe
en nuestro camino hasta el Padre, y nos haga participar un día
de la plena alegría y de la gloria de la Resurrección.
A todos transmito el saludo, la oración y la Bendición
del Santo Padre.
¡Alabado sea Jesucristo!
El Cardenal
Sepe
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