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Al Excelentísimo Pastor en Querétaro y a los Participantes al
VIII CONGRESO NACIONAL DE LA JUVENTUD MISIONERA

Queridos jóvenes misioneros,

Con inmensa alegría me dirijo a todos y a cada uno de vosotros, queridos jóvenes mexicanos, que habéis sido convocados por la Comisión Episcopal de Misiones y la Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificias, al VIII Congreso Nacional de la Juventud Misionera, en Querétaro, donde os acoge fraternamente el Exc.mo Obispo de esa Diócesis, Mons. Mario de Gasperín Gasperín.
Vuestra cita en Querétaro, amadísimos jóvenes, constituye un momento de gracia especial para la Iglesia en México, que, consciente del llamado profético que Juan Pablo II ha dirigido a las Iglesias particulares del continente a “extender su impulso evangelizador más allá de sus propias fronteras continentales” (Ecclesia in America 74), desea “navegar mar adentro”, con esperanza, (cf. Novo Millennio Ineunte, 58), mediante la realización de un intenso programa de animación misionera, para llevar el Evangelio a todos los hombres, especialmente a aquellos que lo desconocen.
Centro de vuestro trabajo congresual, será la reflexión y el estudio sobre el aporte misionero que la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte ofrece, especialmente en relación a vuestra vida espiritual, - individual y comunitaria -, a vuestra sensibilidad juvenil y a la intrínseca dimensión misionera de vuestra fe. En este mismo ámbito, desearía yo también, ofreceros mi humilde contribución, con la seguridad que sabréis acoger mis palabras como las de un hermano mayor en la fe.
En la mencionada Carta Apostólica, el Santo Padre ha señalado “como punto de referencia y orientación común”, algunas prioridades pastorales, que, atañen directamente, no sólo a la programación de las Diócesis y de las Parroquias, o a todos aquellos que colaboran, - en alguna medida -, en su realización, sino también a la vida de cada uno de los fieles, miembros de la única Iglesia de Cristo, partícipes de su gracia y de su misión. Queridos jóvenes, el Santo Padre, no ha dudado en proponeros, también a vosotros, con fuerza y convicción, aquel que define “el alto grado de la vida cristiana ordinaria”, que es la santidad.
Con estremecimiento y, a veces, no sin un cierto temor escuchamos y pronunciamos dicha palabra. Sin duda porque somos bien conscientes que ella se ha encarnado, en grado heroico, en numerosos hijos e hijas de la Iglesia y, a la vez, porque sentimos que nuestra vida queda bien lejos de alcanzar dicho ideal.
¡Cuántas veces cunde el desánimo en nosotros! Nuestro deseo de seguir de manera fiel y generosa a Jesucristo y a su Iglesia, se ve entorpecido por tantos obstáculos, de orden externo algunos, pero, a menudo, - siendo los más difíciles de superar -, por motivos de tipo interior. Descubrir nuestras debilidades y nuestros propios límites, o, tal vez, nuestra falta de compromiso o de coherencia al mensaje evangélico nos puede desmoralizar, y puede llevar incluso, a algunos, a un alejamiento progresivo de la fe.
Este ideal de perfección, que es la santidad, declara el Santo Padre, “no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria practicable sólo por algunos genios” (cf. NMI 31). La llamada a la santidad, “a no contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y a una religiosidad superficial”, se dirige a hombres y mujeres de carne y hueso, como vosotros, queridos jóvenes, que, siendo quienes sois y por gracia de Dios, habéis sido llamados a la fe y deseáis transmitirla como el don más grande que podéis ofrecer a los demás.
Por tanto, ¡No tengáis miedo a ser santos!, ¡Sed fieles centinelas de la mañana, que nos introduce en la vida verdadera que es Jesucristo!, ¡Dios es fiel a su llamada!, Él nos ha prometido que estará siempre con nosotros, sosteniendo nuestro deseo de encontrarle en la oración y en los sacramentos, en nuestra generosa entrega a los demás, en nuestra disponibilidad para cooperar, - según la medida de nuestras posibilidades -, en la misión ad gentes. Igualmente, Él está a nuestro lado en el momento de la prueba y del dolor, y, también cuando, desgraciadamente a causa de nuestro pecado, sentimos su lejanía. El siempre nos invita a volver a Él, a no dudar de su misericordia, a dejarnos guiar por su Providencia, a acoger, sin miedo, su llamada a seguirlo más de cerca, radicalmente, totalmente.

Queridos jóvenes mexicanos, el camino de la santidad es el camino de la misión, pues “la llamada a la misión deriva por sí de la llamada a la santidad” (Redemptoris missio 90). En la medida, en que os dejéis guiar por el Espíritu Santo, y modelar por, Jesucristo, “el que inicia y consuma la fe” (Hb 12, 2), viviréis el Misterio de su Amor, y, al igual que Él, enviado del Padre, amaréis a la Iglesia y a los hombres, con un Amor universal, cooperando personalmente en su Misión, hasta los últimos confines de la tierra. Responded a su llamada con un corazón dispuesto, abierto y generoso, ¡sed testigos gozosos y apóstoles entusiastas del Evangelio!
Que interceda por vosotros San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y que Nuestra Señora de Guadalupe, os acompañe y os guíe en la celebración de vuestro Congreso y os enseñe, - también mediante el rezo del Santo Rosario -, “a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su Amor”.

Roma, 15 de Julio de 2003

CRESCENZIO CARD. SEPE
Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

 
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