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Saludo, también, a los numerosos representantes
de las Comisiones Nacionales y Diocesanas de Centro América,
Vicarios de Pastoral, Misionólogos y teólogos, Superiores
y Superioras Mayores, Delegados de los Movimientos Eclesiales
y de las nuevas Comunidades, así como a los Delegados Nacionales
de la Pastoral Indígena y afroamericana.
Junto con todos Ustedes, deseo bendecir al Señor de la
mies, por la encomiable iniciativa pastoral del Año Santo
Misionero (28 Noviembre 2002 - 30 Noviembre 2003), mediante el
cual los Obispos de América Central han convocado a todos
los fieles para prepararse al II Congreso Americano Misionero.
Será este, ciertamente, un tiempo de gracia durante el
cual se realizará, con renovado entusiasmo, una amplia
e intensa misión evangelizadora en las Iglesias particulares
de América Central, con la finalidad de impulsar la misión
ad gentes, dentro y más allá de sus fronteras.
En toda América, ya desde ahora, numerosas
convocaciones a nivel parroquial, diocesano y nacional, están
permitiendo a un copioso número de fieles y comunidades
una participación activa, directa y responsable al Congreso
Misionero. Deseo destacar, entre ellas, el estudio y reflexión
sobre el Instrumento de Trabajo del CAM II, así como los
diferentes Congresos Misioneros Nacionales que se han celebrado,
o que se celebrarán en los próximos meses, en varios
países americanos.
Todas estas acertadas iniciativas pastorales nos llenan de esperanza
y nos hacen entrever que la fase celebrativa del CAM II, constituirá,
sin duda, un precioso don de Dios para toda la Iglesia en América.
2. Entre tantas y fecundas iniciativas, un acontecimiento
entre todos, ha marcado en modo providencial este estupendo camino
de preparación al CAM II. Me refiero al Viaje Apostólico
que Su Santidad Juan Pablo II ha realizado a Guatemala y México,
del 29 de Julio al 1º de Agosto, para canonizar al Hermano
Pedro de San José Betancur y a Juan Diego Cuauhtlatoatzin
y para beatificar a los mártires Juan Bautista y Jacinto
de los Ángeles.
Amadísimos hermanos y hermanas, mediante la canonización
y la beatificación de los nuevos santos y beatos americanos,
el Santo Padre, nos ha mostrado que el itinerario más apropiado
en el que debe situarse la acción pastoral, evangelizadora
y misionera de vuestras Iglesias particulares, hasta los últimos
confines de la tierra, es el de la santidad (cf. Novo millennio
ineunte, 30).
"Suscitar un nuevo anhelo de santidad", he aquí
el gran desafío pastoral que tenemos ante nosotros, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también
a los anhelos y esperanzas de los pueblos de América y
de todos los pueblos de la tierra. Por otra parte, ¿no
es éste también el objetivo central que se propone
el Año Santo Misionero?
El Santo Padre nos enseña que para emprender los "caminos
de la santidad" no es suficiente renovar los métodos
pastorales, "ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales,
ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos
y teológicos de la fe" (Redemptoris missio, 90). La
vía de la santidad exige, tanto en
su dimensión personal como comunitaria, una paciente pedagogía
pastoral centrada en la persona de Jesucristo, una catequesis
de iniciación y una sólida formación cristiana,
capaz de plasmar la personalidad de cada creyente y de cada una
de las Iglesias particulares, para constituirlas, ante el mundo,
signo creíble de un Pueblo congregado en la Unidad y en
el Amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Los frutos de una semejante pastoral de evangelización
no podrán quedar circunscritos a los ámbitos eclesiales
ya existentes, sino que alcanzarán también, dinámicamente,
a todos aquellos que "debido a la ausencia o insuficiencia
del anuncio evangélico y de la presencia eclesial",
desconocen a Cristo Redentor. Es esta la misión ad gentes,
la "actividad primaria", "esencial y nunca concluida"
(Redemptoris missio, 31), a la cual la Iglesia hoy en América,
en obediencia al mandato de su Fundador, debe consagrar sus mejores
energías.
3. Sí, queridos hermanos y hermanas, después
de la promulgación de la Exhortación Apostólica
Ecclesia in America y la celebración del Gran Jubileo del
año 2000, la Iglesia en América, - desde Alaska
hasta la Tierra del Fuego -, se sitúa, hoy más que
nunca, ante la responsabilidad de acoger con decisión la
nueva evangelización y la misión ad gentes.
El Congreso Misionero hacia el cual caminamos, será, por
tanto, el momento privilegiado en el que las Iglesias particulares
en América, asumirán dicho desafío y darán
una respuesta concreta al ardiente llamado del Santo Padre, "a
extender su impulso evangelizador más allá de sus
fronteras continentales" (Ecclesia in America, 74). Cada
uno de nosotros está invitado, por tanto, a prepararse
responsablemente a dicho evento, que constituirá una intensa
experiencia de comunión eclesial y una feliz ocasión
para impulsar la vida y el testimonio apostólico de la
Iglesia en América.
Este Año Santo Misionero coincide en gran parte con el
Año del Rosario, proclamado por el Santo Padre. Vivamos
intensamente este tiempo de gracia, en unión con la Virgen
María, Madre y Evangelizadora de América, en la
contemplación de los misterios de la vida de Jesús,
siguiendo también la práctica popular del Rosario
Misionero.
Estas palabras que les hago llegar por medio del
Padre Massimo Cenci, P.I.M.E., Subsecretario de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos, a quien he nombrado
Delegado mío y del Dicasterio para el encuentro actual,
me hacen pregustar el gozo de acompañarles personalmente
en el Congreso Americano Misionero, dentro de un año, en
la ciudad de Guatemala.
Queridos hermanos y hermanas, encomendemos confiadamente el próximo
Congreso Americano Misionero en las manos del Santo Cristo de
Esquipulas, y a la intercesión del Santo Hermano Pedro
de Betancur, de los Santos y las Santas del continente americano.
¡Iglesia en América, tu Vida es Misión!
Roma, 21 de Noviembre de 2002
CRESCENZIO CARDENAL SEPE
Prefecto de la Congregación para la Evangelización
de los Pueblos.
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