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En esta Eucaristía
con la que inauguramos este primer Congreso Misionero de Asia nos
congregamos en el Nombre de Jesús que prometió estar
presente donde dos o tres estén reunidos en su nombre. Recordando
el gozo que siente Asia al recibir la Buena Nueva de Jesucristo,
pidamos a Dios humildemente que bendiga nuestras deliberaciones
sobre los muchos retos a los que tenemos que hacer frente en nuestra
Misión para extender el Evangelio a lo largo y ancho del
vasto Continente asiático y que nos inspire para que tomemos
decisiones significativas mientras nos invita de nuevo a “echar
las redes”.
Notamos con legítimo orgullo que el continente
asiático ocupó desde siempre un lugar privilegiado
en la mente de Dios; en el jardín del Edén, después
de la caída de Adán y Eva, prometió enviar
al género humano un Redentor único y universal. Adaptando
las palabras de Jesús a Nicodemo, podemos decir con verdad
que Dios amó tanto a Asia que le mandó su único
Hijo para que naciese y llevase allí a cabo su misión
redentora para que todos los que crean en Él no perezcan
sino que tengan la vida eterna. Sí, podemos estar orgullosos
de que la “Historia de Jesús” que comenzó
en Asia hace unos dos mil años, se haya convertido en la
“historia”, en Su historia para toda la humanidad y
para todos los tiempos y edades.
Quisiéramos presentar varias intenciones
a Dios nuestro Padre del cielo durante esta Eucaristía, a
través de Cristo, con Él y en Él, en la unidad
del Espíritu Santo. Mirando hacia el pasado, son muchas las
personas que debemos recordar, porque el agradecimiento es verdaderamente
la memoria del corazón. Recordamos a todos aquellos que desde
los primeros siglos de la era cristiana, comenzando con los Apóstoles,
extendieron la suave fragancia de Jesucristo por todo el continente
asiático. El mensaje del Evangelio se propagó en realidad
a través de los siglos -incluso en medio de pruebas y sufrimientos-
desde el cenáculo de Jerusalén hasta los países
y reinos del centro y sur de Asia, desde el Oriente Medio hasta
el Extremo Oriente. No podemos olvidar el gran impulso misionero
que, desde el siglo dieciséis en adelante, dieron algunos
hombres valientes como San Francisco Javier, Mateo Ricci, Roberto
de Nobili, el bienaventurado laico José Vaz, que llevó
el cristianismo a la península de Corea, y muchos otros.
Y recordamos a los que sufrieron o están sufriendo bajo regímenes
adversos o que fueron víctimas de persecuciones en todo el
continente asiático: en Armenia, Japón, Vietnam, Corea,
India, China, e incluso aquí en Tailandia y en otros lugares.
Son nuestros intercesores en el cielo y ojalá que la sangre
que derramaron por Cristo sea semilla de nuevos cristianos (Tertuliano).
Mirando hacia el futuro, recordaremos durante este
Congreso el mandato misionero que hemos recibido de Nuestro Señor
Jesucristo de predicar la Buena Nueva a toda criatura, y los retos
que presenta esta proclamación en un marco de diálogo
interreligioso ecuménico. Los retos modernos son muchos y
variados: desde llevar la sagrada Persona de Jesús a los
hombres que adoran a un dios desconocido hasta la urgencia de inculturar
el Evangelio y evangelizar nuestras culturas, sin olvidar que somos
hijos de nuestras respectivas culturas y padres de las culturas
que vendrán después de nosotros. Por una parte, no
podemos ignorar la mentalidad centrada en el New Age que prevalece
hoy en Asia, donde se considera a Dios como irrelevante. Por otra
parte, debemos fijarnos en los retos que nos presenta el Papa Juan
Pablo II en Redemptoris Missio (n. 37), que llama “areópagos
modernos”, donde menciona nuevas áreas de evangelización
que trascienden todas las fronteras geográficas, culturales
y sociales, por ejemplo, el mundo de la cultura y la investigación,
de los emigrantes y de la pobreza, de las comunicaciones sociales
y de las relaciones internacionales -que incluye, por supuesto,
la información tecnológica y los medios de comunicación
en todas sus formas-, el compromiso con la paz, el desarrollo y
la liberación de los pueblos, los derechos de las personas
y de los pueblos, especialmente de las minorías, la promoción
de la mujer y la educación de los hijos, la salvaguarda ecológica
de la creación. Todos los sectores de los modernos areópagos,
dice el Papa, deben ser iluminados con la luz del Evangelio, y de
ahí que entren en el mandato misionero de la Iglesia. Presentemos
todas estas intenciones al Señor durante esta sagrada Eucaristía.
Finalmente, recordemos a los muchos pueblos y personas
del continente asiático que no recibieron aún la Buena
Nueva de Jesucristo, o más bien la Buena Nueva que es Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre. La evangelización, lo
sabemos, es primariamente la acción del Espíritu Santo,
que estuvo activo en todas las culturas desde el comienzo del mundo.
Fue Él quien preparó la Encarnación del Hijo
de Dios y su sacrificio redentor hace dos mil años en el
suelo asiático y quien dejó sus rastros en todas las
culturas del mundo: son las “semillas de la Palabra”
que llevarán a los que buscan sinceramente hacia la plenitud
de la verdad en Cristo Jesús. El Espíritu Santo comenzó
la obra de la evangelización con la proclamación directa
e indirecta en el mismo momento del nacimiento de Jesucristo en
Belén (Lc 2,8-20; Mt 2,1-12). Proclamación directa:
cuando los ángeles anunciaron la alegre noticia del nacimiento
de Jesús a los pastores que estaban custodiando esa noche
su rebaño. Proclamación indirecta: cuando una estrella
surgió en Oriente y condujo a algunos hombres sabios, portadores
de dones preciosos, hasta Jesús, el Rey recién nacido
y Salvador del mundo. Aplicando esto a los pueblos de Asia, debemos
reconocer y respetar los preciosos tesoros de la herencia religiosa
y cultural que, como los Reyes Magos, tienen en su seno, así
como los esfuerzos que hacen para descubrir la Verdad siguiendo
sus respectivas escrituras y sus santos como estrellas guiadoras.
Así como los magos no descansaron hasta haber encontrado
a Jesús y haber puesto ante Él sus tesoros y haberlo
adorado, así tampoco descansarán los pueblos de Asia,
con sus variadas y ricas culturas y tradiciones religiosas, hasta
que encuentren y adoren al que es el Camino, La Verdad y la Vida.
“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón
no encontrará reposo hasta que descanse en Ti” (San
Agustín).
Que la Bienaventurada Virgen María, estrella
de la nueva evangelización, bendiga este Congreso Misionero
asiático, a sus participantes y a todos los que se dedican
a contar la “Historia de Jesús” en todo nuestro
amado continente asiático.
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