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Año
de la Eucaristía
Octubre 2004 - Octubre 2005
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SÍNODO DE LOS OBISPOS
XIª ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA EUCARISTÍA: FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM LABORIS
Ciudad del Vaticano 2005
ÍNDICE
Prefacio
INTRODUCCIÓN
Asamblea sinodal en el Año de la Eucaristía
Instrumentum laboris y su uso
Parte I:
EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL
Capítulo I: HAMBRE DEL PAN DE DIOS
Pan para el hombre en el mundo
Algunos datos estadísticos esenciales
Eucaristía en diferentes contextos de la Iglesia
Eucaristía y sentido cristiano de la vida
Capítulo II: EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL
Misterio eucarístico, expresión de unidad eclesial
Relación entre Eucaristía e Iglesia, "Esposa de Cristo"
Relación entre Eucaristía y otros sacramentos
Estrecha relación entre Eucaristía y Penitencia
Relación entre Eucaristía y fieles
Sombras en la celebración de la Eucaristía
Parte II:
FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA
Capítulo I: EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO
Eucaristía, misterio de la fe
Eucaristía, nueva y eterna alianza
Fe y celebración de la Eucaristía
Fe personal y eclesial
Percepción del misterio eucarístico entre los fieles
Sentido de lo sagrado en la Eucaristía
Capítulo II: MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA
Centralidad del misterio pascual
Nombres de la Eucaristía
Sacrificio, memorial y convivio
Consagración
Presencia real
Parte III:
LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Capítulo I: CELEBRAR LA EUCARISTÍA DEL SEÑOR
"Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia"
Ritos de introducción
Liturgia de la Palabra
Liturgia Eucarística
Comunión
Ritos de conclusión
Ars celebrandi
Palabra y Pan de vida
Significado de las normas
Urgencias pastorales
Canto litúrgico
Decoro del lugar sagrado
Capítulo II: ADORAR EL MISTERIO DEL SEÑOR
De la celebración a la adoración
Actitudes de adoración
En la espera del Señor
Eucaristía dominical
Parte IV:
LA EUCARISTÍA EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Capítulo I: ESPIRITUALIDAD EUCARÍSTICA
Eucaristía, fuente de la moral cristiana
Personas y comunidades eucarísticas
María, mujer eucarística
Capítulo II: EUCARISTÍA Y MISIÓN DE EVANGELIZACIÓN
Actitud eucarística
Implicaciones sociales de la Eucaristía
Eucaristía e inculturación
Eucaristía y Paz
Eucaristía y unidad
Eucaristía y ecumenismo
Eucaristía e intercomunión
Ite missa est
CONCLUSIÓN
Prefacio
La Iglesia vive de la Eucaristía desde sus orígenes. En
ella encuentra la razón de su existencia, la fuente inagotable
de su santidad, la fuerza de la unidad y el vínculo de la comunión,
el impulso de su vitalidad evangélica, el principio de su acción
evangelizadora, el manantial de la caridad y la pujanza de la promoción
humana, la anticipación de su gloria en el banquete eterno de las
Bodas del Cordero (cf. Ap 19,7-9).
Entre las presencias de diverso grado del Señor resucitado en la
Iglesia, un puesto absolutamente particular ocupa el sacramento de la
Eucaristía, en el cual, por la gracia del Espíritu Santo
y las palabras de la consagración, el pan y el vino se transforman
en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo para la gloria y la alabanza de
Dios Padre. Este inestimable don y gran misterio tuvo lugar en la Última
Cena y, por explícito mandato del Señor Jesús: "haced
esto en recuerdo mío" (Lc 22,19), ha sido trasmitido a nosotros
por medio de los apóstoles y de sus sucesores. A este respecto,
san Pablo en el relato del pan y del cáliz de la nueva Alianza,
escribió: "Porque yo recibí del Señor lo que
os he trasmitido" (1 Co 11,23). Se trata de una sagrada Tradición
fielmente transferida de generación en generación hasta
nuestros días.
El depósito de la fe eucarística, no obstante las diversas
controversias doctrinales y disciplinares, ha llegado hasta nosotros,
por la gracia de la divina Providencia, en su pureza original, en virtud
sobre todo, de la doctrina de dos Concilios ecuménicos, el de Trento
(1545-1563) y el Vaticano II (1962-1965). Una mejor comprensión
del misterio eucarístico ha sido posible gracias a la notable contribución
de varios Sumos Pontífices, entre los cuales deben ser recordados
Pablo VI y Juan Pablo II, de feliz memoria, ambos empeñados en
la aplicación, a nivel de la Iglesia universal, de las decisiones
del Concilio Vaticano II. Durante el Pontificado de Juan Pablo II la Iglesia
Católica se ha enriquecido con grandes documentos sobre el sacramento
de la Eucaristía. Basta recordar el Catecismo de la Iglesia Católica,
la encíclica Ecclesia de Eucharistia, la carta apostólica
Mane nobiscum Domine. En esta perspectiva de actuación del Concilio
Vaticano II y en fiel continuidad con la bimilenaria tradición
de la Iglesia, desea mantener su Pontificado también el actual
Santo Padre, Benedicto XVI, el cual ha anunciado ya en su primera alocución,
dirigida a través del Colegio Cardenalicio a toda la Iglesia, que
la Eucaristía constituye el centro permanente y la fuente del servicio
petrino que le ha sido confiado.
Los mencionados documentos contienen una densa reflexión sobre
el sacramento de la Eucaristía con significativas implicancias
espirituales y pastorales. Verificar al alba del Tercer milenio del cristianismo
en qué modo este rico patrimonio de la fe se aplica a la realidad
de la Iglesia Católica, extendida en los cinco continentes, es
una cuestión de sensibilidad pastoral, de responsabilidad episcopal
y de visión profética.
Por lo tanto, no ha sido motivo de sorpresa la propuesta de las Conferencias
Episcopales de todo el mundo y de otros organismos eclesiales consultados
por la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con
el consenso del Consejo Ordinario, de someter a la aprobación del
Santo Padre el tema de la Eucaristía para la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Considerando la importancia
del argumento, Su Santidad ha acogido con gusto esta sugerencia, definiendo
el tema: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión
de la Iglesia, así como también, el tiempo de la asamblea:
desde el 2 al 23 de octubre de 2005. En la elección del tema, resulta
evidente una alusión explícita a la enseñanza del
Concilio Vaticano II sobre la Eucaristía, sobre todo a la Constitución
dogmática Lumen Gentium (n. 11), retomada también por Ecclesia
de Eucharistia (nn. 1 y 13). No se trata de una alusión casual,
sino programática en vista de una renovación del entusiasmo
del Concilio Vaticano II por verificar la aplicación de la enseñanza
sobre el sacramento de la Eucaristía a la luz del ulterior Magisterio
de la Iglesia.
Ayudada por los Miembros del Consejo Ordinario, la Secretaría General
del Sínodo de los Obispos ha comenzado la preparación de
la XI Asamblea General Ordinaria, con la redacción de los Lineamenta,
documento publicado al comienzo del año 2004 con la intención
de suscitar una vasta reflexión eclesial sobre el misterio de la
Eucaristía, celebrado y adorado en las diócesis y en las
comunidades de la Iglesia Católica y anunciado al mundo entero.
En efecto, el documento ha sido enviado a las Conferencias Episcopales,
a las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, a los Dicasterios
de la Curia Romana y a la Unión de los Superiores Generales, con
el explícito pedido de responder, después de haber reflexionado
y rezado, a un Cuestionario sobre diversos argumentos relacionados con
la Eucaristía. Además, el mismo documento ha sido ampliamente
difundido en la Iglesia y en el mundo a través de los medios de
comunicación social. El Pueblo de Dios, guiado por sus Pastores,
ha respondido bien a esta consulta, ofreciendo válidas contribuciones
sobre el tema, en vista de la preparación de la asamblea sinodal.
En varios países fueron promovidas discusiones a nivel de las diócesis,
de las parroquias y de otras comunidades eclesiales. Se ha tratado, por
lo tanto, de una profunda reflexión sobre la fe y sobre la praxis
eucarística a nivel de la Iglesia universal.
Las reacciones llegaron a la Secretaría General bajo forma de "respuestas",
de parte de los organismos antes mencionados, con una notable dimensión
colegial, y bajo la forma de "observaciones" de parte aquellos
que, espontáneamente, han querido contribuir al proceso sinodal.
Los frutos han sido recogidos en el presente Instrumentum laboris, que
es una síntesis fiel de las contribuciones recibidas. Al reflejar
el tenor de las respuestas en el documento, no se ha querido presentar
nuevamente una síntesis teológica, sistemática y
completa sobre el sacramento de la Eucaristía, que por otra parte,
ya existe en la Iglesia, sino más bien, recordar algunas verdades
doctrinales que tienen una notable influencia sobre la celebración
del sublime misterio de nuestra fe, poniendo de relieve su gran riqueza
pastoral. Por lo tanto, el documento se ha concentrado principalmente
en los aspectos positivos de la celebración eucarística,
que reúne a los fieles y hace de ellos una comunidad, no obstante
las diferencias de raza, lengua, nación y cultura. En el documento
son además mencionadas algunas omisiones o negligencias en la celebración
de la Eucaristía que, gracias a Dios, son bastante marginales.
Ellas, sin embargo, permiten tomar conciencia del respeto y de la piedad
con que los miembros del clero y todos los fieles deberían acercarse
a la Eucaristía para celebrar el sagrado misterio. No faltan, finalmente,
algunas propuestas, provenientes de numerosas respuestas, fruto de profundas
reflexiones pastorales de las Iglesias particulares y de otros organismos
consultados.
Obviamente, la celebración del sacramento de la Eucaristía
se manifiesta en cada país y continente con notable variedad, que
resulta evidente si se considera la variedad de Tradiciones espirituales
o ritos en la Iglesia Católica. La diversidad, lejos de debilitar
la unidad, revela la riqueza de la Iglesia en la comunión católica,
caracterizada por el intercambio de dones y experiencias. Los católicos
de Tradición latina perciben tal riqueza en la insigne espiritualidad
de las Iglesias Orientales Católicas, come resulta de los Lineamenta
y del Instrumentum laboris. Análogamente, los cristianos de las
Tradiciones orientales descubren constantemente el notable patrimonio
teológico y espiritual de la Tradición latina. Esta actitud
tiene también una finalidad ecuménica. En efecto, si la
Iglesia Católica respira con dos pulmones, y por ello agradece
a la Divina Providencia, también espera el santo día, en
el cual esa riqueza espiritual podrá ser ampliada y vivificada
por una plena y visible unidad con aquellas Iglesias Orientales que, aún
careciendo de una plena comunión, en buena parte profesan la misma
fe en el misterio de Jesucristo Eucaristía.
El Instrumentum laboris está destinado a los Padres sinodales como
documento de trabajo y de ulterior reflexión sobre la Eucaristía,
la cual, como corazón de la Iglesia, la congrega en la comunión
y la orienta hacia la misión. No cabe ninguna duda que la reflexión
será beneficiosa porque el espíritu de colegialidad, propio
de las reuniones sinodales, favorecerá el consenso sobre las propuestas
destinadas al Santo Padre. Además, podrán recogerse los
abundantes frutos de la reforma litúrgica, de las investigaciones
exegéticas y de las reflexiones teológicas que han caracterizado
el período sucesivo al Concilio Vaticano II.
En las respuestas sintetizadas en el Instrumentum laboris se percibe la
esperanza del Pueblo de Dios en el buen resultado de las discusiones de
los Padres sinodales, reunidos en torno al Obispo de Roma, Cabeza del
Colegio Episcopal y Presidente del Sínodo, junto a los otros representantes
de la comunidad de la Iglesia. Se espera, en efecto, que el debate sinodal
contribuya a descubrir nuevamente la belleza de la Eucaristía,
sacrificio, memorial y banquete de Jesucristo, Salvador y Redentor del
mundo. Los fieles esperan orientaciones apropiadas para que sea celebrado
más dignamente el sacramento de la Eucaristía, Pan bajado
del cielo (cf. Jn 6,58) y ofrecido por Dios Padre en su Hijo Unigénito,
para que con más devoción sea adorado el Señor bajo
las especies del pan y del vino, para que sean reforzados los vínculos
de unidad y de comunión entre aquellos que se nutren del Cuerpo
y Sangre del Señor. Esta esperanza no sorprende, pues los cristianos
que participan en la Mesa del Señor, iluminados por la gracia del
Espíritu Santo, son parte viva de la Iglesia, Cuerpo místico
de Jesucristo. Ellos son testigos en el ambiente de la vida y del trabajo,
permaneciendo atentos a las necesidades espirituales y materiales del
hombre contemporáneo, activos en la construcción de un mundo
más justo, en el cual a ninguno falte el pan nuestro de cada día.
Los Padres sinodales desarrollarán sus tareas sinodales siguiendo
el ejemplo de la Beata Virgen María, Mujer eucarística,
en la disponibilidad a cumplir la voluntad de Dios Padre y con una actitud
de apertura a las inspiraciones del Espíritu Santo. En esta importante
actividad serán sostenidos por los vínculos de la comunión
con el clero y con los fieles, que en este Año de la Eucaristía,
con renovado celo, no cesan de orar, de celebrar, de adorar, de testimoniar
con la vida cristiana y con la caridad fraterna la fecundidad del misterio
eucarístico, anunciando con nuevo ardor apostólico a los
cercanos y a los lejanos la belleza del gran misterio de la fe encerrado
en el sacramento de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y
de la misión de la Iglesia para el Tercer Milenio del cristianismo.
Nikola Eterovic
Arzobispo titular de Sisak
Secretario General
Introducción
Asamblea sinodal en el Año de la Eucaristía
1. La próxima XI0 Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos, que tendrá lugar del 2 al 23 de octubre de 2005
sobre el tema La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la
misión de la Iglesia, es precedida por una fase preparatoria que
compromete a la Iglesia Católica extendida en todo el mundo, gracias
también al magisterio del Papa Juan Pablo II, que ha promulgado
la Encíclica Ecclesia de Eucharistia y la Carta apostólica
Mane nobiscum Domine, y de los obispos y teólogos del 481 Congreso
Eucarístico Internacional de Guadalajara, México.[1] En
relación al tema sinodal debe considerarse también la Instrucción
Redemptionis Sacramentum y el documento Año de la Eucaristía.
Sugerencias y Propuestas de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos, difundido éste último
en ocasión de la apertura del Año de la Eucaristía
que, habiendo comenzado el 17 de octubre de 2004, se concluirá
precisamente con el Sínodo.
Para orientar la preparación específica fueron publicados
los Lineamenta, no para ofrecer un tratado completo sobre la Eucaristía,
ni para proponer nuevamente las enseñanzas doctrinales ya contenidas
en los mencionados documentos, sino para delinear las cuestiones emergentes
en el contexto de los puntos esenciales de la doctrina eucarística
de la Iglesia, a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición.
Las respuestas a los Lineamenta y al relativo Cuestionario fueron enviadas
por las Conferencias Episcopales, las Iglesias Orientales Católicas
sui iuris, los Dicasterios de la Curia Romana y la Unión de los
Superiores Generales. Además, sobre el mismo argumento fueron recibidas
varias observaciones de parte de obispos, sacerdotes, religiosos, teólogos
y fieles laicos, las cuales después fueron recogidas en el Instrumentum
laboris. Este documento de trabajo de la futura asamblea sirve para informar
sobre la realidad de la fe, del culto y de la vida eucarística
en las Iglesias particulares en todo el mundo y para comparar esa realidad
con la de la Iglesia universal.
Instrumentum laboris y su uso
2. Para favorecer la reflexión y la discusión preparatoria,
así como también las intervenciones y el debate en el aula,
el Instrumentum laboris enuncia el dato doctrinal y el pastoral. En estos
dos campos, en efecto, se empeñan continuamente los Obispos en
el ejercicio del triple ministerio episcopal de enseñar, santificar
y gobernar el Pueblo de Dios. Por ello, la praxis de la Iglesia en el
mundo debe confrontarse continuamente con la doctrina perenne alimentada
por la Sagrada Escritura y la Tradición.
Aplicando el método al tema del Sínodo, es necesario verificar
si la ley de la oración corresponde a la ley de la fe, es decir,
preguntarse en qué cree y cómo vive el Pueblo de Dios para
que la Eucaristía pueda ser cada vez más la fuente y la
cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada uno de
los fieles, mediante la liturgia, la espiritualidad y la catequesis en
los ámbitos culturales, sociales y políticos.
De las respuestas a los Lineamenta emerge la necesidad de comprender la
Eucaristía a la luz de la doble dimensión de fons et culmen
en la Iglesia. El sacrificio sacramental es fuente porque en virtud de
las palabras del Señor y por obra del Espíritu Santo, contiene
la eficacia de la pasión de Jesucristo y la potencia de su resurrección.
La Eucaristía es, además, cumbre de la vida de la Iglesia
en cuanto conduce a la comunión con el Señor por medio de
la santificación y la divinización del hombre, miembro de
una comunidad reunida en torno a la mesa del Señor. De esta verdad,
fons et culmen, nace el empeño para la transformación de
las realidades temporales. Éste es el tema general del Sínodo.
Puede decirse que en la Eucaristía se encuentra el sentido del
sacrificio de Jesús: Dios se da total y gratuitamente y el hombre
se abandona completamente al Padre que lo ama. Se trata de una doble expresión
de amor, que corresponde, de algún modo, a la Eucaristía
como sacrificio y banquete.
Ha sido generalmente apreciado por las respuestas el hecho que los Lineamenta
hayan propuesto no solamente una visión de la Eucaristía
en la liturgia de tradición latina sino también en las liturgias
de las tradiciones orientales: la ósmosis es considerada enriquecedora
y benéfica, especialmente para exaltar las luces y atenuar las
sombras que se registran en no pocos lugares. El texto del Instrumentum
laboris intenta hacer lo mismo al abarcar toda la tradición de
la Iglesia, no limitándose al rito latino, aunque no puede negarse
que algunos fenómenos son propios de éste último
ámbito.
El presente Instrumentum laboris es ofrecido a la reflexión de
los Pastores de las Iglesias particulares para que con el pueblo de Dios
se preparen al Sínodo, en el cual los Padres sinodales ofrecerán
al Obispo de Roma propuestas útiles para una renovación
eucarística de la vida eclesial.
PARTE I
EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL
Capítulo I
HAMBRE DEL PAN DE DIOS
«"El pan de Dios es el que baja del cielo y da la
vida al mundo".
Entonces le dijeron:
"Señor, danos siempre de ese pan"» (Jn 6, 33-34)
Pan para el hombre en el mundo
3. En respuesta al pedido de un signo para poder creer, Jesucristo se
propone Él mismo a la multitud, como Pan verdadero que sacia al
hombre (cf. Jn 6,35), el Pan que desciende del cielo para dar vida al
mundo. También el mundo actual tiene necesidad de ese Pan para
tener la vida. En la conversación con Jesús, que se presentaba
a sí mismo como el Pan para la vida del mundo, la gente espontáneamente
le pidió: «Señor danos siempre de ese pan».
Se trata de una súplica significativa, expresión del deseo
profundo grabado en el corazón no solo de los fieles sino también
de todo hombre que anhela la felicidad simbolizada en el Pan de la vida
eterna. También el mundo en este año del Señor 2005,
no obstante las dificultades y contradicciones de diversa índole,
aspira a la felicidad y desea el Pan de la vida, del alma y del cuerpo.
Para dar una respuesta a este anhelo humano el Papa ha realizado un conmovedor
llamado a toda la Iglesia para que el Año de la Eucaristía
sea también ocasión de empeño, serio y profundo,
en la lucha contra el drama del hambre, del flagelo de las enfermedades,
de la soledad de los ancianos, de las desventuras de los desocupados y
de las travesías de los inmigrantes. Los frutos de este empeño
serán una prueba de la autenticidad de las celebraciones eucarísticas.[2]
No solo el hombre sino también la entera creación espera
los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3,13) y la recapitulación
de todas las cosas, también las de la tierra, en Cristo (cf. Ef
1,10). Por ello, la Eucaristía, siendo la cumbre a la cual tiende
toda la creación, es también la respuesta a la preocupación
del mundo contemporáneo por el equilibrio ecológico. En
efecto, a través del pan y del vino, materia que Jesucristo ha
elegido para cada Santa Misa, la celebración eucarística
entra en relación con la realidad del mundo creado y confiado al
dominio del hombre (cf. Gn 1,28), en el respeto de las leyes que el Creador
ha puesto en las obras de sus manos. El pan, que se transforma en Cuerpo
de Cristo, sea el fruto de una tierra fértil, pura e incontaminada.
El vino, que pasa a ser la Sangre del Señor Jesús, sea el
signo de un trabajo de transformación de la creación según
las necesidades de los hombres, siempre preocupados por salvaguardar los
recursos indispensables para las generaciones futuras. El agua, que unida
al vino simboliza la unión de la naturaleza humana con la divina,
en el Señor Jesús, conserve sus propiedades saludables para
los hombres sedientos de Dios «fuente de agua que brota para vida
eterna» (Jn 4,14).
Algunos datos estadísticos esenciales
4. El tema del Sínodo, La Eucaristía: fuente y cumbre de
la vida y de la misión de la Iglesia, exige también una
mirada sobre algunos datos significativos del mundo, en el cual Iglesia
vive y actúa. Ante la imposibilidad de ofrecer un cuadro completo
y exhaustivo, es siempre posible hacer observaciones y consideraciones
de índole general.
Algunos datos ponen de manifiesto la relación estadística
entre la población en general y los fieles que profesan la fe católica.
En este sentido se debe observar que el número de los católicos
en el 2003 era igual a 1.086.000.000, con un aumento de 15.000.000 de
personas respecto del año anterior, así repartido en los
diversos continentes: África + 4,5 %; América +1,2 %; Asia
+2,2 %; Oceanía + 1,3 %. Una situación de estabilidad se
registra en Europa. La lectura de los datos sobre la distribución
de los católicos en las diversas áreas geográficas
demuestra que América cuenta con el 49,8 % de los católicos
del mundo entero, mientras Europa tiene el 25,8 %, África el 13,2%,
Asia el 10,4 % y Oceanía el 0,8 %.[3] En lo que se refiere, al
número de habitantes, el porcentaje de fieles católicos
en cada uno de los continentes es el siguiente: 62,46 % en América,
39,59 % en Europa, 26,39 % en Oceanía, 16,89 % en África
y 2,93 % en Asia.[4]
Desde el punto de vista de la distribución geográfica de
la Iglesia, debe observarse que en el 2003 las circunscripciones eclesiásticas
eran 2.893, es decir 10 más respecto al 2002, con un aumento en
todos los continentes.[5] Aumentó un 27,68 % el número de
los obispos en todo el mundo, pasando de 3.714 en 1978 a 4.742 en 2003,
mientras el número total de los sacerdotes en 2003 (405.450: 268.041
diocesanos y 137.409 religiosos) respecto al de 1978 (420.971: 262.485
diocesanos y 158.486 religiosos) ha sufrido una flexión del 3,69
%, debida a una disminución del 13,30 % de los sacerdotes religiosos
y a un aumento del 2,12 % de los sacerdotes diocesanos. Además,
ha disminuido de un 27,94 % el número de los religiosos profesos
no sacerdotes (de 75.802 en 1978 a 54.620 en 2003). Se verifica también
una flexión del 21,65 % en el número de las religiosas profesas
(de 990.768 en 1978 a 776.269 en 2003).[6]
Dado que la celebración del sacramento de la Eucaristía
se relaciona estrechamente con el sacramento del Orden, vale la pena recordar
que, en el período 1978-2003, se ha registrado un aumento del número
de católicos por sacerdote. Éste, en efecto, ha pasado de
1.797 católicos por sacerdote al comienzo del período a
2.677 al final del mismo. Tal proporción varía de continente
a continente. Por ejemplo, mientras en Europa hay 1.386 católicos
por sacerdote, en África se cuentan alrededor de 4.723, en América
4.453, en Asia 2.407 y en Oceanía 1.746.[7] Además, debe
tenerse presente que en este período los diáconos permanentes
constituyen un grupo en fuerte aumento: el número total en todos
los continentes se ha más que quintuplicado, con un incremento
relativo del 466,7 %. No carece de interés recordar que esta figura
religiosa es muy difundida en América (especialmente en el norte
del continente) con el 65,7 % de todos los diáconos del mundo,
y también en Europa con el 32 %. Igualmente importante es la actividad
desarrollada en la evangelización en todo el mundo por los misioneros
laicos (172.331) y por los catequistas (2.847.673).[8]
5. El Sínodo tiene lugar en un período caracterizado por
fuertes contrastes en la familia humana. La globalización permite
una percepción de la unidad del género humano, gracias a
los mass-media que informan sobre la realidad en todos los ángulos
de la tierra. Se trata de un importante aspecto del progreso técnico,
que se ha desarrollado en modo excepcional en los últimos decenios.
Lamentablemente, la globalización y el progreso técnico
no han favorecido la paz y una mayor justicia entre las naciones ricas
y las pobres del 31 y 41 mundo. Todo hace pensar que, lastimosamente,
mientras los padres sinodales estarán reunidos, en varias partes
del mundo continuarán los actos de violencia, el terrorismo y las
guerras. Al mismo tiempo hermanos y hermanas serán víctimas
de enfermedades, como por ejemplo el Sida, que producen desolación
en vastos estratos de la población, sobre todo en los países
pobres.
Permanecerá, tristemente, el escándalo del hambre, fenómeno
que se ha agravado en los últimos años, dado que más
de mil millones de hombres viven en la miseria. En este sentido, es necesario
prestar atención a algunos fenómenos referidos a la situación
social, en particular el hambre, que no pueden ser descuidados cuando
se piensa en la relación entre la Iglesia y el mundo en términos
de evangelización. En efecto, la Iglesia desde siempre ha acompañado
el anuncio del Evangelio y la transmisión de la salvación
a través de los sacramentos con las obras de la promoción
humana, en tantos campos de la vida social, como la salud, la asistencia
humanitaria y la educación. Por ello, no debe olvidarse, entre
otras cosas, que en el período 1999-2001, hubo 842 millones de
personas desnutridas en todo el mundo y 798 millones de ellas vivían
en países en vía de desarrollo, especialmente en África
Sub-Sahariana, en Asia y en el Pacífico.[9] Esta dramática
realidad no puede permanecer ausente en la reflexión de los padres
sinodales, los cuales, con todos los cristianos, varias veces al día
suplican al Señor: «danos hoy nuestro pan cotidiano».
Eucaristía en diferentes contextos de la Iglesia
6. De las respuestas a los Lineamenta se deduce que la frecuencia a la
Santa Misa en el domingo es más bien alta en diversas Iglesias
particulares de naciones africanas y en algunas asiáticas. Se verifica,
en cambio, el fenómeno contrario en la mayor parte de los países
europeos y americanos y en algunos de Oceanía, llegando a extremos
negativos del 5%. Los fieles que descuidan el precepto dominical, en la
mayor parte de los casos, no dan particular importancia a la participación
en la Misa. En el fondo, ellos no saben en qué consiste el Sacrificio
y el banquete eucarístico, que reúne a los fieles entorno
al altar del Señor.
La Misa pre-festiva permite a muchos cumplir el precepto, aún cuando
en algunos casos se aprovecha de la ocasión para desarrollar actividades
laborales durante el domingo. En muchos lugares la Misa durante los días
feriales es frecuentada por pocas personas, que asisten a la misma, algunas
en modo habitual, otras ocasionalmente y otras a causa de compromisos
en la vida eclesial.
Debería ser promovida una catequesis más continua e intensa
en relación a la importancia y a la obligación de participar
en la Santa Misa del domingo y de los días de precepto. A veces
se desvaloriza la importancia del precepto sosteniendo que es suficiente
cumplirlo cuando el estado de ánimo lo sugiere.
7. Entre las Iglesias particulares se pueden detectar algunos fenómenos
principales. Se asiste a un declino de la práctica de la fe, de
la participación en la Misa, principalmente entre los jóvenes.
Esto debe hacer reflexionar acerca de cuánto tiempo se dedica de
parte de los Pastores y catequistas a la educación en la fe de
los jóvenes y niños y cuánto tiempo, en cambio, de
destina a otras actividades, como las de carácter social.
Se percibe un debilitamiento del sentido del misterio en las sociedades
secularizadas. Ello puede atribuirse, entre otras cosas, a interpretaciones
y acciones que deforman el sentido de la reforma litúrgica del
Concilio y que terminan en ritos banales y pobres de sentido espiritual.
En otras partes las comunidades cristianas han conservado un profundo
sentido del misterio, de modo que la liturgia mantiene en ellas un intenso
significado.
Se manifiesta satisfacción por una liturgia inculturada que permite
una mayor participación activa. Esto conduce a un aumento de la
participación en la Misa. Muchos jóvenes y adultos participan
así en la vida y en la misión de la Iglesia. Si a causa
de la escasez de clero se celebra la Misa en las áreas rurales
solo algunas veces al mes o incluso al año, es inevitable que el
servicio dominical sea confiado a los laicos.
8. Debe aclararse que el acceso al misterio depende de una celebración
de la liturgia hecha con dignidad, así como también de una
preparación adecuada, pero sobre todo depende de la fe en el misterio
en sí mismo. A este respecto, es de gran ayuda la encíclica
Redemptoris missio, que ha puesto en evidencia los dos aspectos de la
falta de fe que están incidiendo negativamente en el impulso misionero:
la secularización de la salvación y el relativismo religioso.
La primera lleva a comprometerse en favor del hombre, pero se trata de
un hombre reducido unilateralmente a la dimensión horizontal.[10]
A veces parecería que algunos vinculan la vocación de ministro
de los misterios de Dios a la de organizador de la justicia social. El
segundo aspecto lleva a abolir la verdad del cristianismo, pues se retiene
que una religión vale cuanto otra.[11] Lejos de dejarnos llevar
por el pesimismo, el Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica
Novo Millennio ineunte exhorta a reforzar la actividad misionera de la
Iglesia.[12]
El tema del Sínodo se puede desarrollar correctamente teniendo
en cuenta este contexto, sin olvidar que para los Apóstoles y para
los Padres ?basta pensar en S. Justino[13]? la Eucaristía es la
acción más santa de la Iglesia, la cual cree firmemente
que en Ella se encuentra verdaderamente presente el Señor Jesús
Resucitado. Esta presencia constituye el fundamento del sacramento.
Este mismo evento, que nace de la transformación de las especies
del pan y del vino, hace che la Iglesia se acerque siempre con temor y
temblor, pero al mismo tiempo con confianza, al misterio que constituye
la esencia de la liturgia. Hoy es necesario reafirmar el respeto hacia
el misterio de la Eucaristía y la conciencia de su intangibilidad.
Por esta razón, es necesario también llevar adelante un
programa articulado de formación. Pero mucho dependerá de
la existencia de ambientes ejemplares, en los cuales la Eucaristía
sea verdaderamente aceptada con fe y celebrada correctamente, lugares
en los cuales pueda vivirse personalmente lo que la Eucaristía
es: la única respuesta verdadera a la búsqueda del sentido
de la vida, que caracteriza al hombre de todas las latitudes.
Eucaristía y sentido cristiano de la vida
9. El ser humano se interroga sobre el sentido de la vida: ¿qué
será de mi vida? ¿qué es la libertad? ¿porqué
existen el sufrimiento y la muerte? ¿existe algo más allá
de la muerte? En un palabra: la vida del hombre, ¿tiene o no un
sentido?[14] La pregunta subsiste, no obstante el hombre se ilusione,
pensando que ha alcanzado la autosuficiencia, o bien caiga prisionero
del miedo y de la inseguridad. La religión es la respuesta definitiva
a la pregunta sobre el sentido de la vida, porque conduce al hombre a
la verdad acerca de sí mismo en relación con el Dios verdadero.
La Eucaristía, que «revela el sentido cristiano de la vida»,[15]
responde a esa pregunta anunciando la resurrección y la presencia
verdadera, plena y duradera del Señor, como prenda de la gloria
futura. Esto supone que el hombre establezca su relación con Dios
como la base de todo, porque tal relación es fuente de libertad
que lo habilita a entrar en lo más profundo de su ser para entregarse
gratuitamente. Esto se realiza en el misterio pascual, en el cual la verdad
y el amor se encuentran mostrándose como las características
de la verdadera religión. Así, la Eucaristía manifiesta
la verdad de la Palabra de Dios: nihil hoc verbo veritatis verius, como
canta el himno Adoro Te devote.
El sentido de la Eucaristía es integralmente explicado por las
palabras de Jesús: «Haced esto en recuerdo mío»
(Lc 22,19). Esta expresión anuncia en primer lugar, que Jesucristo
ha introducido la eternidad en el tiempo, dando a éste una orientación
definitiva y eliminando su poder de aniquilamiento. En segundo lugar,
a través de esas palabras se pone en evidencia que en Jesús
se encuentran la libertad de Dios y la del hombre, dando origen a la comunión
que permite vencer al Maligno. Finalmente, estas palabras significan que
Jesucristo es fuente inagotable de renovación del hombre y del
mundo, no obstante los límites y el pecado de los hombres.
10. Las respuestas a los Lineamenta denuncian un cierto alejamiento de
la vida pastoral respecto a la Eucaristía; por lo tanto se espera
que el Sínodo estimule y refuerce la relación entre la vida
y la misión. La Eucaristía es la respuesta a los signos
de los tiempos de la cultura contemporánea. A la cultura de la
muerte, la Eucaristía responde con la cultura de la vida. Contra
el egoísmo individual y social la Eucaristía afirma la entrega
total. Al odio y al terrorismo, la Eucaristía contrapone el amor.
Ante el positivismo científico, la Eucaristía proclama el
misterio. Oponiéndose a la desesperación, la Eucaristía
enseña la esperanza cierta en la eternidad beata.
La Eucaristía indica que la Iglesia y el porvenir del género
humano está vinculados a Jesucristo, la única roca que verdaderamente
permanece para siempre, y no a cualquier otra realidad. Por ello, la victoria
de Cristo es el pueblo cristiano que cree, celebra y vive el misterio
eucarístico.
Capítulo II
EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL
«Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos,
pues todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17)
Misterio eucarístico, expresión de unidad eclesial
11. Al exhortar a los fieles a huir de la idolatría, evitando comer
carne inmolada a los ídolos, San Pablo demuestra el estrecho vínculo
existente entre la comunión de los cristianos y la Sangre y el
Cuerpo de Cristo, que tienen la capacidad de formar, de la multitud de
los fieles, una sola comunidad, una sola Iglesia (cf. 1 Co 8, 1-10).
El tema de la comunión eclesial ha merecido una atención
particular de parte del Concilio Ecuménico Vaticano II.[16] Tanto
es así, que el argumento ha sido especialmente puesto en evidencia
en la relación final de la II Asamblea General Extraordinaria del
Sínodo de los Obispos, celebrada en conmemoración del XXV
aniversario del mencionado Concilio,[17] así como también
en un documento de la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigido
a los Obispos de la Iglesia Católica.[18] Además, el tema
ha sido ampliamente tratado en el capítulo VI de la Exhortación
Apostólica postsinodal Pastores gregis, promulgada por el Papa
Juan Pablo II luego de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos. En este documento pontificio, que recoge la reflexión
sinodal sobre el argumento, se explica cómo la comunión
de los Obispos con el Sucesor de Pedro, signo de la unidad entre la Iglesia
universal y las Iglesias particulares, tiene un punto culminante en la
celebración eucarística de los Obispos con el Papa durante
las visitas ad limina.
La Eucaristía presidida por el Santo Padre y concelebrada por los
Pastores de las Iglesias particulares expresa en modo excelso la unidad
de la Iglesia. Tal concelebración permite ver más claramente
que A... cada Eucaristía se celebra en comunión con el propio
Obispo, con el Romano Pontífice y con el Colegio Episcopal y, a
través de ellos, con los fieles de cada Iglesia particular y de
toda la Iglesia, de modo que la Iglesia universal está presente
en la particular y ésta se inserta, junto con las demás
Iglesias particulares, en la comunión de la Iglesia universal».[19]
En relación a la temática de la Eucaristía como expresión
de la comunión eclesial, aparecen, en varias respuestas a los Lineamenta,
los siguientes temas, que merecen una atención particular: relación
entre Eucaristía e Iglesia; relación entre Eucaristía
y otros sacramentos, especialmente la Penitencia; relación entre
Eucaristía y fieles; sombras en la celebración de la Eucaristía.
Relación entre Eucaristía e Iglesia, «Esposa de Cristo»
12. La Eucaristía es el corazón de la comunión eclesial.
El Concilio ha preferido, entre las diversas imágenes de la Iglesia,
una que expresa toda su realidad: misterio. Antes que nada, la Iglesia
es misterio de encuentro entre Dios y la humanidad; por este motivo ella
es Esposa y Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Madre. La mutua relación
entre la Eucaristía y la Iglesia permite aplicar a ambas las notas
del Credo: una, santa, católica y apostólica, que la encíclica
Ecclesia de Eucharistia ha ulteriormente ilustrado.[20]
La Eucaristía construye la Iglesia y la Iglesia es el lugar donde
se realiza la comunión con Dios y entre los hombres. La Iglesia
es consciente que la Eucaristía es el sacramento de la unidad y
de la santidad, de la apostolicidad y de la catolicidad, sacramento esencial
para la Iglesia, Esposa de Cristo y su Cuerpo. Las notas de la Iglesia
son al mismo tiempo los vínculos de la comunión católica
que permiten la legítima celebración de la Eucaristía.
El Papa Juan Pablo II recordaba que «la Iglesia es el cuerpo de
Cristo: se camina "con Cristo" en la medida en que se está
en relación "con su cuerpo"».[21] Es aquí
que encuentra su verdadero sentido la observancia de las normas y el decoro
de la celebración: se trata de la obediencia a Cristo de parte
de la Iglesia, su Esposa.
13. La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la
Iglesia. Si bien ambas han sido instituidas por Cristo, una en vista de
la otra, los dos términos del conocido aforismo no son equivalentes.
Si la Eucaristía hace crecer la Iglesia porque en el sacramento
está Jesucristo vivo, aún antes, Él ha querido que
exista la Iglesia para que ella celebre la Eucaristía. Los cristianos
de Oriente subrayan especialmente que, desde la creación, la Iglesia
preexiste a su realización terrena. La pertenencia a la Iglesia
es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder
a la Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede
retornar a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que
es el «bautismo laborioso» para los pecados graves. Desde
los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica,
instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación
y el itinerario penitencial para la reconciliación. Además,
no existe Eucaristía válida y legítima sin el sacramento
del Orden.
Por estas razones la encíclica Ecclesia de Eucharistia habla de
Aun influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos
de la Iglesia»,[22] y de estrecha conexión entre una y otra.[23]
Con estas premisas se comprende mejor la afirmación que Ala celebración
de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida
de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla
y llevarla a perfección. El Sacramento expresa este vínculo
de comunión, sea en la dimensión invisible ... sea en la
dimensión visible ... La íntima relación entre los
elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva
de la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este
contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía
y la verdadera participación en la misma ...».[24] Hablar
de eclesiología eucarística no significa que en la Iglesia
todo pueda ser deducido de la Eucaristía, la cual, sin embargo,
es siempre fuente y cumbre de la vida eclesial. En efecto, como afirma
el Concilio Vaticano II: «La sagrada liturgia no agota toda la actividad
de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia es
necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión».[25]
Ahora bien, el espacio donde naturalmente se desarrolla la vida eclesial
es la parroquia. Ella, debidamente renovada y animada, debería
ser el lugar idóneo para la formación y para el culto eucarístico,
dado que, como enseñaba el Papa Juan Pablo II, la parroquia es
«una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad
principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico».[26]
La parroquia debería aprovechar la experiencia y la cooperación
de los movimientos y de las nuevas comunidades que, bajo el impulso del
Espíritu Santo han sabido valorizar, según los propios carismas,
los elementos de la iniciación cristiana. Así podrán
ayudar a muchos fieles a volver a descubrir la belleza de la vocación
cristiana, cuyo centro es el sacramento de la Eucaristía para todos
en la comunidad parroquial.
14. La expresión litúrgica de la eclesiología católica
se encuentra en la anáfora mediante los llamados dípticos,
que recuerdan la dimensión eucarística del primado del Papa,
Obispo de Roma, como elemento interno de la Iglesia universal, análogamente
a la del Obispo en la Iglesia particular.[27] Es la única Eucaristía
que convoca en la unidad la Iglesia contra cualquier fragmentación.
La única Iglesia querida por Cristo remite siempre a una Eucaristía
que se realiza en comunión con el colegio apostólico, del
cual, el Sucesor de Pedro es la Cabeza. Es éste el vínculo
que hace legítima la Eucaristía. No es conforme a la unidad
eucarística querida por Cristo solo una comunión transversal
entre las llamadas iglesias hermanas. Es un elemento interior al sacramento
la comunión con el Sucesor de Pedro, principio de unidad en la
Iglesia, depositario del carisma de unidad y universalidad, que es el
carisma petrino. Por lo tanto, la unidad eclesial se manifiesta en la
unidad sacramental y eucarística de los cristianos.
Relación entre Eucaristía y otros sacramentos
15. Existe una relación específica entre la Eucaristía
y todos los otros sacramentos. En este sentido, es necesario tener presente,
por una parte, que según el Concilio de Trento los sacramentos
«contienen la gracia que significan» y la confieren en virtud
de su misma celebración.[28] Por otra parte, todos los sacramentos,
como también todos los ministerios eclesiásticos y las obras
de apostolado, están estrechamente unidos a la sagrada Eucaristía
y a ella se ordenan.[29] Por lo tanto, el sacramento de la Eucaristía
es Ala perfección de las perfecciones».[30]
La relación con la Eucaristía no se refiere solo a la celebración
litúrgica, sino más bien a la esencia de cada sacramento.
El sacramento del Bautismo es indispensable para entrar en la comunión
eclesial, que es reforzada por los otros sacramentos, ofreciendo al creyente
Agracia sobre gracia» (Jn 1,16). Es conocida la relación
fundamental que existe entre el Bautismo y la Eucaristía en cuanto
fuente de la vida cristiana. En las Iglesias de Tradición oriental
con el Bautismo se recibe también la Santa Comunión, mientras
en las Iglesias de Tradición latina se accede a la Eucaristía
en edad de razón y sólo después de haber recibido
el Bautismo.
Las respuestas a los Lineamenta recomiendan hacer explícita la
relación teológica entre Bautismo y Eucaristía como
cumbre de la iniciación, aún cuando esto no debe llevar
necesariamente a celebrar siempre el Bautismo en la Misa. A este respecto
se manifiesta preocupación acerca de la calidad de una catequesis
apropiada.
16. Existe un nexo teológico entre la Confirmación y la
Eucaristía, porque el Espíritu Santo conduce al hombre a
creer en Jesucristo Señor. Con la finalidad de hacer más
evidente esta relación, en algunas Iglesias particulares ha sido
restablecida la praxis de administrar la Confirmación antes de
la Comunión.
La Eucaristía es la cumbre de un auténtico itinerario de
iniciación cristiana. Vivir como cristiano significa hacer actual
el don del Bautismo, revivido por la Confirmación, alimentándolo
con la participación frecuente en la Santa Misa los domingos y
días de precepto.
Se observa que la administración de la Confirmación es a
menudo delegada a sacerdotes, con el consiguiente riesgo de poner en segundo
plano el hecho que el Obispo es el ministro originario de ese sacramento.
Así, se pierde una ocasión para que los nuevos confirmados
puedan encontrar al padre y cabeza visible de la Iglesia particular.
17. Algunas respuestas suscitan la cuestión acerca de la edad más
oportuna para admitir al sacramento en la Iglesia de Tradición
latina, vistos los buenos resultados espirituales y pastorales obtenidos
con la administración de la Santa Comunión en la primera
infancia. Vale la pena tener presente la constatación del Papa
Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos![31], el cual
más recientemente recordaba que Alos niños son el presente
y el futuro de la Iglesia. Desempeñan un papel activo en la evangelización
del mundo, y con sus oraciones contribuyen a salvarlo y a mejorarlo».[32]
En el pasado, en relación con este mismo argumento, el Decreto
Quam singulari admitía los niños a la Eucaristía
desde los siete años, edad considerada del uso de la razón,
cuando ellos pueden distinguir el pan eucarístico del pan común,
previa confesión sacramental.[33] Esta orientación aparece
hoy más que nunca necesaria, puesto que el uso de razón,
como también los peligros y las tentaciones, llegan más
precozmente. Se profesa con esta praxis el primado de la gracia, que ha
dado a la Iglesia grandes beneficios, favoreciendo también las
vocaciones sacerdotales.
18. La relación entre el Orden sagrado y la Eucaristía
se percibe claramente en la Misa, presidida por el obispo o por el sacerdote
en la persona de Cristo cabeza. La doctrina de la Iglesia hace del Orden
la condición imprescindible para la celebración válida
de la Eucaristía.
Por este motivo ha sido vivamente recomendado que se ponga en evidencia
«la función del sacerdocio ministerial en la celebración
eucarística, el cual difiere en la esencia y no sólo en
el grado del sacerdocio común de los fieles».[34] También
por la misma razón es justo sugerir que los presbíteros
intervengan en la Eucaristía como celebrantes, cumpliendo la función
que a ellos compete según el sacramento del orden.[35]
19. Es sabido que el Matrimonio se celebra frecuentemente durante la celebración
de la Eucaristía en las Iglesias de Tradición latina, a
diferencia de lo que ocurre en las Iglesias orientales.
Es conveniente que, cuando el Matrimonio es celebrado en la Misa, este
sacramento sirva para indicar, como paradigma del amor cristiano, el amor
de Jesucristo, que en la Eucaristía ama a la Iglesia come su esposa
hasta dar la vida por ella. Este amor matrimonial debe ser señalado
aun en los casos en que el sacramento del matrimonio se celebre fuera
de la Misa.[36] La Eucaristía, por lo tanto, sigue siendo la fuente
inagotable de la unidad y del amor indisoluble del matrimonio y constituye
el alimento de toda la familia en la edificación de un hogar cristiano.
20. La relación entre la Eucaristía y la Unción de
los enfermos tiene su origen institucional, como todos los sacramentos,
en la persona de Cristo: él demostraba en su solicitud por todos
los enfermos el sentido de su misión de curar y salvar al ser humano.
Además, en las respuestas a los Lineamenta se sugiere que la relación
entre la Unción y la Eucaristía sea presentada como consolación
y esperanza en la enfermedad, antes que como último Viático.
Se invita a los ministros extraordinarios de la Comunión a ser
solícitos con respecto a los enfermos graves y a las personas ancianas
que no pueden participar físicamente en la celebración eucarística
en la iglesia. En favor de ellos sería muy oportuno, como lo sugieren
algunas respuestas, potenciar el uso de los medios de comunicación
social en la transmisión de la Santa Misa y otras celebraciones
litúrgicas. Al usar esta moderna tecnología, conviene que
aquellos que en ella están empeñados posean una adecuada
formación teológica, pedagógica y cultural.
21. En lo que ser refiere a la inserción de los sacramentos en
la Misa, las normas litúrgicas de las Iglesias orientales no la
contemplan, aun cuando existen algunas excepciones para el Bautismo y
el Matrimonio. Con respecto a esta praxis corresponde a cada una de las
iglesias emanar las normas oportunas. Para las Iglesias particulares de
rito latino, las respuestas demuestran que la inserción tiene lugar
en modo diversificado, según costumbres que varían de país
en país. En algunas diócesis existen normas para reglamentar
la celebración de los sacramentos y de los sacramentales durante
la Misa, especialmente para matrimonios mixtos y funerales de personas
no practicantes.
Los rituales distinguen normalmente, como en el Bautismo y la Penitencia,
el rito individual del comunitario. Si bien pastoralmente se prefiere
éste último, no debe caerse en una especie de comunitarismo,
ya sea porque el sacramento es siempre un don que se refiere individualmente
a cada persona, ya sea porque todo fiel tiene derecho, en determinadas
condiciones, a la administración individual del sacramento.
Estrecha relación entre Eucaristía y Penitencia
22. El sacramento de la Reconciliación restablece los vínculos
de comunión interrumpidos por el pecado mortal.[37] Por lo tanto,
merece una particular atención la relación entre la Eucaristía
y el sacramento de la Reconciliación. Las respuestas indican la
necesidad de proponer nuevamente esa relación en el contexto de
la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición
para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en
espíritu de santidad y con corazón puro. Él ha lavado
los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del misterio.
El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga
a la prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo
(cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas
las veces que entramos en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así
como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar
una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del
pecado».[38]
La relación entre Eucaristía y Penitencia en la sociedad
actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La distinción
entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción
subjetiva. El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio
de la propia conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado.
23. Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre
Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se
ha perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes
de recibir la Eucaristía. El vínculo con la Penitencia no
siempre es percibido como una necesidad de estar en estado de gracia antes
de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación
de confesar los pecados mortales.[39]
También la idea de comunión como «alimento para el
viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del estado de gracia.
Al contrario, así como el nutrimento presupone un organismo vivo
y sano, así también la Eucaristía exige el estado
de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en
estado de pecado para recibir a Aquel que es «remedio» de
inmortalidad y «antídoto» para no morir.[40]
Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado
mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros
no se interrogan sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo
vicioso: Ano comulgo porque no me confesé, no me confieso porque
no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero
una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este
tema.
Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos
horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos
países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor
de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria,
creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto
por el Ritual.
Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre
los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente
que los fieles reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado
grave en que pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a
la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno
no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios
o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía,
justificándose en la difundida convicción que la Misa no
es válida sin la Comunión.
24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen
un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas
a ser conscientes de las condiciones para recibir la Comunión y
de la necesidad de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia,
prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad
se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también
en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos.
Ha sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares al ayuno
eucarístico aquella rigurosa atención que todavía
está en uso en las iglesias orientales.[41] En efecto, el ayuno,
como dominio de sí, exige el concurso de la voluntad y lleva a
purificar la mente y el corazón. San Atanasio dice: «¿Quieres
saber cuáles son los efectos del ayuno?... expulsa los demonios
y libra de los malos pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón».[42]
En la liturgia cuaresmal se invita a menudo a la purificación del
corazón mediante el ayuno y el silencio, como recomienda San Basilio.[43]
En alguna respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la oportunidad
de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico.
Se invita a esforzarse para aumentar las oportunidades de la reconciliación
individual recurriendo a la colaboración interparroquial durante
el sábado y el domingo y más intensamente en Adviento y
Cuaresma. Mucho se podría hacer todavía en la predicación
y en la catequesis para explicar el sentido del pecado y la práctica
penitencial, superando las dificultades debidas a la mentalidad secularizada.
Se retiene necesario ofrecer la posibilidad de confesarse antes de la
Misa, adecuando los horarios a la situación real de los penitentes,
y también durante la celebración eucarística, como
recomienda la Carta Apostólica Misericordia Dei.[44]
Es necesario estimular a los sacerdotes a la administración del
sacramento de la Penitencia, como una ocasión privilegiada para
ser signos e instrumentos de la misericordia de Dios. De todos modos,
la Iglesia agradece profundamente a los sacerdotes que con celo escuchan
las confesiones para preparar a los fieles a encontrar y recibir a Cristo
en la Eucaristía. Los fieles se sienten atraídos a confesarse,
especialmente cuando ven al sacerdote en el ejercicio de su ministerio
en el confesionario, como lo han testimoniado hasta nuestros días
San Leopoldo Mandic, San Pío de Pietrelcina y tantos otros santos
pastores.
Relación entre Eucaristía y fieles
25. Los fieles laicos, parte esencial de la Iglesia comunión, jerárquicamente
estructurada, como enseñan el Concilio Vaticano II y otros documentos
del Magisterio,[45] son convocados a la santa asamblea para participar
en la celebración eucarística.
La encarnación del Verbo, en el cual Dios Padre se ha hecho visible,
ha inaugurado el culto espiritual, conforme a la razón, que se
cumple en el Espíritu Santo; el culto ya no puede ser una serie
de «preceptos enseñados por los hombres» (Is 29,13).
El culto cristiano tiene una implicancia cristológica y antropológica:
por ello, la participación de los fieles en la liturgia, sobre
todo en la celebración eucarística, consiste esencialmente
en entrar en este culto, en el cual Dios desciende hacia el hombre y éste
asciende hacia Dios. La Eucaristía misma, memorial del Hijo, es
el culto de adoración que en el Espíritu se eleva al Padre:
este es el fundamento de la renovación litúrgica propiciada
por el Concilio Vaticano II.
Muchos observan que la participación ha sido reducida frecuentemente
a aspectos exteriores. No todos comprenden su verdadero sentido, que nace
de la fe en Jesús, Hijo de Dios. La participación en la
Eucaristía es justamente vista como el acto principal de la vida
de la Iglesia, comunión con la vida trinitaria, con el Padre que
es fuente de todo don, con el Hijo encarnado y resucitado, con el Espíritu
Santo que realiza la transformación y divinización de la
vida humana.
Las respuestas a los Lineamenta convergen en constatar la necesidad de
ayudar a los fieles a comprender la naturaleza de la Eucaristía
y el nexo con la encarnación del Verbo, para participar en el misterio
eucarístico con el corazón y la mente, antes que con actos
externos, sobre todo ofreciéndose a sí mismos. Al respecto,
se sugiere explicitar la relación esponsal de la Eucaristía
y de la Nueva Alianza, como modelo de las vocaciones del cristiano: matrimonio,
virginidad, sacerdocio. Todo esto tiene como objetivo formar personas
y comunidades eucarísticas, que aman y sirven, como Jesús
en la Eucaristía.
26. Además, sería oportuno potenciar los medios de comunicación
ya existentes, especialmente para facilitar la participación de
los fieles que, por diversos motivos, se encuentran impedidos de asistir
personalmente a la iglesia en las celebraciones eucarísticas, como
recomienda el Concilio Vaticano II.[46] Hay propuestas relacionadas con
los mass-media de la Santa Sede, los cuales, con la mejor sinergia posible
pueden ofrecer con rapidez y profesionalidad adecuados servicios a la
Iglesia universal, reaccionando también inmediatamente contra la
difusión de principios anticristianos. En esta obra deberían
ocupar un lugar importante todos los medios de comunicación de
inspiración católica. El aumento de la capacidad de acción
de los mismos se hace urgente para proponer en modo equilibrado y positivo
el mensaje cristiano, para iluminar las conciencias de los hombres de
buena voluntad sobre temas éticos y morales de gran importancia
para la vida de la Iglesia y de la sociedad.
Sombras en la celebración de la Eucaristía
27. La comunión eclesial es gravemente turbada y herida por las
sombras en la celebración eucarística, que son señaladas
también por la respuestas a los Lineamenta. El tema, ya tratado
por el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia,[47]
y más particularmente abordado en la instrucción de la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis
Sacramentum,[48] es una invitación a dirigir una mirada atenta
y serena, pero no menos crítica, al modo en el cual la Iglesia
celebra este Sacramento, que es la fuente y cumbre de su vida y su misión.
Precisamente el hecho que tal llamado de atención haya sido hecho
en este momento histórico, mientras la Iglesia se encuentra cada
vez más empeñada en el diálogo con las religiones
y con el mundo, es una providencial inspiración del Sucesor de
Pedro, que da a entender cómo la Iglesia tiene siempre necesidad
de mirarse a sí misma para relacionarse mejor con sus interlocutores,
sin perder la propia identidad de sacramento universal de salvación.
En el presente texto se señalan diversas sombras que emergen del
análisis de las respuestas a los Lineamenta. Dichas observaciones
no deberían ser consideradas solamente como meras trasgresiones
a las rúbricas y a la praxis litúrgicas, sino más
bien como expresiones de actitudes más profundas.
Se nota una disminución de la participación en la celebración
del Dies Domini, en los domingos y en los días de precepto, a raíz
de una falta de conciencia del contenido y del significado del misterio
eucarístico, y también a causa del indiferentismo, en particular
en los países con relevante proceso de secularización, donde
a menudo el domingo se transforma también en un día de trabajo.
Se difunde la idea que es la comunidad quien produce la presencia de Cristo,
en vez de ser Cristo la fuente y el centro de nuestra comunión,
y la Cabeza de su cuerpo que es la Iglesia.
Se está alterando el sentido de lo sagrado en relación a
este grande Sacramento, como efecto de un debilitamiento de la oración,
de la contemplación y de la adoración del Misterio eucarístico.
Se corre el riesgo de comprometer la verdad del dogma católico
de la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de
Jesucristo, tradicionalmente denominada transubstanciación y, consiguientemente,
de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en un contexto
de ideas que tratan de explicar el misterio eucarístico no tanto
en sí mismo, sino más bien desde el punto de vista del sujeto
con el cual dicho misterio entra en relación, por ejemplo, con
términos como transfinalización y transignificación.
Se releva una incoherencia entre la fe profesada en el Sacramento y la
dimensión moral, ya sea en la esfera personal, ya sea en aquella
más amplia de la cultura y de la vida social.
Son escasamente conocidos los documentos de la Iglesia y, en particular,
del Concilio Vaticano II, las grandes encíclicas sobre la Eucaristía,
inclusa la Ecclesia de Eucharistia, la Carta Apostólica Mane nobiscum
Domine, y otros. Falta un justo equilibrio en la celebración: se
va desde un ritualismo pasivo a una creatividad excesiva, que algunas
veces alcanza expresiones de protagonismo del celebrante de la Eucaristía,
caracterizado frecuentemente de locuacidad, de muchos y largos comentarios,
sin permitir que hable el misterio a través del rito y de las fórmulas
de la liturgia.
PARTE II
FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA
Capítulo I
EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO
«Misterio de la fe»
Eucaristía, misterio de la fe
28. Con esta expresión el sacerdote que preside la Eucaristía
proclama con admiración la fe de la Iglesia en el Señor
resucitado, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, transformados
por la gracia del Espíritu Santo en el Cuerpo y en la Sangre del
Señor Jesús.
Es conocida la insistencia del Magisterio conciliar sobre la Eucaristía
como centro y corazón de la vida de la Iglesia y sobre todo como
misterio de la fe, designio de Dios revelado en Jesucristo. Dios que se
ofrece a nosotros, Dios que está con nosotros, es misterio de inefable
riqueza, don y misterio que debe ser continuamente redescubierto. El Mysterium
fidei es Dios que se entrega a nosotros, el Primero, el Último
y el Viviente entrado en el tiempo. El Señor Jesús es verdaderamente
hombre y verdaderamente Dios en medio a nosotros. Él es el Hijo
de Dios y el Hijo del hombre.
Un conocido texto del Concilio Vaticano II responde a la pregunta sobre
la fe en el misterio: «En realidad, el misterio del hombre sólo
se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. [...] Cristo, el nuevo
Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de
su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
la sublimidad de su vocación».[49] El término misterio
aparece tres veces, condensando la verdad sobre Cristo y sobre el hombre.
El misterio del Verbo, el misterio del Padre y el misterio del hombre
no son un enigma insoluble, sino que encuentran la respuesta en Jesucristo,
que es verdadero Dios y verdadero hombre. Él, haciéndose
«verdaderamente uno de los nuestros» y permaneciendo «unido
en cierto modo con todo hombre»,[50] ha permitido a quienquiera
que lo desee encontrar el camino que conduce al sentido pleno de la existencia.
Él no ha permanecido ajeno a lo humano, sino que ha dado cumplimiento
a la verdad de la creación porque: «Trabajó con manos
de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón
de hombre».[51] El Papa Juan Pablo II había citado este texto
en su primera encíclica Redemptor hominis,[52] como proponiendo
un programa para la Iglesia, llamada a deducir de la verdad sobre Cristo
la verdad sobre el hombre, que se encuentra en el mismo Evangelio.
29. El hecho y el misterio de la encarnación y de la muerte y resurrección
de Jesucristo el Señor, que permite al hombre participar en la
vida divina, está presente en la Eucaristía, pan de vida
eterna, porque contiene en sí misma la fuerza para vencer la muerte.
«El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo
lo resucitaré el último día» (Jn 6,54). Es
la resurrección, por lo tanto, la fuente perenne de sentido, que
se ofrece a la humanidad.
La Eucaristía, en efecto, es el centro del anuncio que los cristianos
en el mundo hacen desde hace dos mil años: Jesús, el crucificado,
ha retornado de la muerte a la vida y nosotros somos los testigos (cf.
1 Co 15,3-5).
La Eucaristía anuncia la muerte de Cristo que, en su carácter
dramático, todos pueden entender. Pero proclama también
su resurrección, que requiere la fe y la apertura a aceptar a Dios
en nuestra existencia. La fe es el nuevo estilo de vida que nace de la
Eucaristía, y lleva en sí misma el sentido último
y definitivo de la espera del retorno del Señor.
Sin la fe la Eucaristía no puede ser celebrada ni vivida, como
recuerda el trinomio: fe, liturgia, vida, tan difundido en los programas
pastorales. Sin la fe no se puede ni siquiera pensar en el tema de la
participación activa en la liturgia.
Eucaristía, nueva y eterna alianza
30. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, citando
San Ireneo, «La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra
fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía,
y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar"».[53]
¿Cómo no ver aquí en acto aquella alianza con Dios,
de la cual el hombre tiene necesidad para vivir, la alianza de la fe?
«Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes»
(Is 7,9b), dice el Señor. La Eucaristía es la Alianza nueva
y eterna, pacto y testamento que Jesús ha dejado en el sacramento
de su Cuerpo y de su Sangre.
En efecto, en este Sacramento la Iglesia entera expresa su fe: después
de haber escuchado la Palabra se profesa la fe en el misterio eucarístico,
revelación y don de Dios mismo en Jesús, que impulsa a los
cristianos a la donación plena y perfecta de sí mismos.
Sobre todo en la Eucaristía la fe significa reconocer y aceptar
a Jesucristo como en un encuentro en el cual la persona del fiel se compromete
totalmente, a ejemplo de María, modelo de fe plenamente realizada.
Fe y celebración de la Eucaristía
31. Las respuestas a los Lineamenta no dejan de señalar las características
de la fe como condiciones necesarias para celebrar la Eucaristía.
En ella se manifiesta el primado de la gracia de Dios, que se encuentra
siempre en el origen de todo, y que con el don del Espíritu Santo
nos ayuda a recibir su acción misteriosa en el Sacramento para
la transformación del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Jesús
y para nuestra santificación. Si se asiste a la liturgia eucarística
sin creer en la gracia y sin al menos el deseo de estar en estado de gracia,
no hay participación adorante en espíritu y verdad.
En la Eucaristía se proclama la verdad de la Palabra de Dios que
se ha revelado en Jesús, Verbo hecho carne que contiene ya en sí
mismo la realización última de la historia humana. Si se
asiste a la liturgia de la Eucaristía con las dudas en vez de con
el asentimiento a la verdad, no hay verdadera participación. El
don de la libertad que el Creador ha dado a la creatura hace que la fe
sea un acto libre de adhesión a la persona de Jesús, camino,
verdad y vida (cf. Jn 14,6). En la liturgia de la Eucaristía Él
se deja reconocer, pero al mismo tiempo permanece escondido para estimular
la razón y la inteligencia del creyente a buscarlo constantemente,
para encontrarlo presente en la vida. Esta es la acción del misterio
al cual la liturgia conduce siempre más profundamente. Los Padres
de la Iglesia la llaman mistagogia.
El amor actúa y completa la fe, como dicen los apóstoles
Santiago y Pablo (cf. St 2,14 ss; Rm 13,10; Ga 5,6). La fe cambia el corazón
del creyente, lo convierte y lo abre al amor. La fe y el amor unidos a
la esperanza constituyen el fundamento del ser cristiano. La Eucaristía
es el sacramento del amor que abre el hombre al amor y le hace descubrir
su origen y su razón de ser. Sin ágape no hay vida en el
Espíritu.
Todas estas características hacen que la participación se
exprese principalmente en el hacer la voluntad de Dios, como se pide en
la oración del Padre nuestro, en vista de la plenitud de la Comunión.
Ciertamente, es posible participar en la Misa aún sin encontrarse
en las condiciones requeridas para acercarse a la Comunión, pero
es necesario alimentar siempre el deseo y la voluntad de cumplir tales
condiciones cuanto antes.
Fe personal y eclesial
32. La comunión con Cristo y con la Iglesia manifiesta que la dimensión
personal de la fe tiende continuamente a la dimensión eclesial,
precisamente como hace la liturgia desde la profesión de fe bautismal.
Por este motivo, sin el Bautismo no es posible el acceso a la Eucaristía,
que presupone la fe. De este modo, si con el pecado se pierde la gracia
bautismal, entonces se hace necesario el «bautismo laborioso»,
la Penitencia, para volver a la Eucaristía.
Antes de la Eucaristía se renueva la profesión de fe, vínculo
imprescindible que demuestra la comunión de cada iglesia particular
con todas las iglesias locales esparcidas en el mundo y en primer lugar
con la Iglesia de Roma y con su Obispo, principio necesario de la unidad.
Lo mismo se hace en la anáfora, cuando se proclaman los dípticos.
En la Eucaristía manifestamos la fe personal y eclesial.
La participación en la Eucaristía agudiza la inteligencia
del misterio, que involucra al hombre y a su vida y permite al cristiano
defender la propia fe frente a interpretaciones parciales o erróneas.
No es una casualidad que la liturgia sea parte integrante del camino de
fe que dura toda la vida.
El sentido global de la fe se percibe sobre todo en el testimonio de
los mártires, che han aceptado libremente la muerte a ellos infligida
en odio a la fe, frecuentemente durante o inmediatamente después
de la celebración eucarística. Ellos estaban seguros de
poseer la verdad y la vida, siguiendo a Cristo, que se ofreció
libremente mientras dejaba en la Eucaristía el memorial de su sacrificio.
Verdaderamente, en el martirio la Eucaristía se manifiesta en sumo
grado como fons et culmen de la vida y de la misión de la Iglesia,
como sucede en tantas Iglesias que sufren, abierta o implícitamente,
persecuciones.
Percepción del misterio eucarístico entre los fieles
33. De las respuestas a los Lineamenta se releva, en general, una cierta
disminución de la percepción de misterio celebrado. No siempre
se percibe plenamente el don y el misterio de la Eucaristía. De
todos modos, se verifican algunos matices según los diversos contextos
culturales. Por ejemplo, en los países donde reina un clima general
de paz y prosperidad, en gran parte occidentales, el misterio eucarístico
es considerado por muchos como un modo de cumplir con el precepto festivo
y es vivido como un convivio fraterno. En cambio, en los países
torturados por la guerra y por diversas dificultades existenciales, se
nota una más profunda comprensión del misterio eucarístico
en su totalidad, es decir, también en la dimensión sacrificial.
El misterio pascual celebrado incruentamente sobre el altar da un profundo
sentido espiritual a los sufrimientos de los cristianos católicos
en aquellas tierras, ayudándolos a aceptar tales dificultades a
través de la participación en el misterio de la muerte y
resurrección del Jesucristo, el Señor.
En algunas respuestas provenientes de la Iglesia que vive en África
se alude al hecho que la idea de sacrificio forma parte de las culturas
de ese continente y por lo tanto, esa concepción, adecuadamente
elevada, después de haber sido purificada de elementos extraños
al Evangelio, es a menudo utilizada pastoralmente en la catequesis para
hacer comprender la dimensión sacrificial de la Eucaristía.
En la catequesis se manifiesta una dificultad en mantener juntos el carácter
de sacrificio y de convivio, cayendo muy frecuentemente el acento sobre
este último aspecto.
Para enfrentar estas situaciones pastorales, muchas respuestas a los Lineamenta
expresan el deseo de una eficaz y fiel aplicación de la reforma
litúrgica que restablezca el equilibrio entre las diversas dimensiones
de la Eucaristía. Si fuera necesario se podría pensar en
algún retoque de las normas litúrgicas. Paralelamente se
sugiere promover una adecuada catequesis a todos los niveles, para hacer
comprender mejor que en la Eucaristía se renueva el misterio pascual
y que ella es sacrificio de adoración y de comunión que
hace crecer la comunidad.
Sentido de lo sagrado en la Eucaristía
34. No se duda acerca de los grandes efectos de la reforma litúrgica,
llevada adelante según el espíritu del Concilio Vaticano
II. En efecto, la liturgia post-conciliar ha favorecido mucho la participación
activa, consciente y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del
altar.[54]
Sin embargo, según las respuestas recibidas de no pocas naciones
se notan, tanto de parte del clero como de parte de los fieles, errores
y sombras en la praxis de la celebración eucarística, que
parecen tener su origen en un debilitamiento del sentido de lo sagrado
en relación al Sacramento. La salvaguardia de este sentido depende
fundamentalmente de la comprensión que la Eucaristía es
un misterio y un don, cuyo memorial exige signos y palabras que correspondan
a la naturaleza sacramental.
Muy a menudo son indicados en las respuestas a los Lineamenta ciertos
actos que atentan contra el sentido de lo sagrado. Por ejemplo: la falta
de cuidado en el uso de los ornamentos litúrgicos propios de parte
del celebrante y de los ministros, así como también la falta
de decencia en el modo de vestir de los que participan en la Misa; la
semejanza de ciertos cantos usados en la iglesia con respecto a los cantos
profanos; el tácito consenso de eliminar algunos gestos litúrgicos
porque son considerados demasiado tradicionales, como la genuflexión
delante del Santísimo Sacramento; una distribución impropia
de la Comunión en la mano, sin una adecuada catequesis; las actitudes
poco reverentes antes, durante y después de la celebración
de la Santa Misa, no solo de parte de los laicos, sino también
de parte del mismo celebrante; la decadente calidad arquitectónica
y artística de los edificios sagrados y de los objetos destinados
al servicio litúrgico; los casos de sincretismo debidos a una inculturación
desconsiderada de las formas litúrgicas, mezcladas con elementos
de otras religiones.
Todas estas realidades negativas, más frecuentes en la liturgia
latina que en aquellas orientales, no deben causar falsos alarmismos,
porque están circunscriptas. No obstante, deben provocar una sincera
y profunda reflexión con el objetivo de eliminarlas y hacer que
las liturgias eucarísticas sean verdaderos momentos de alabanza,
de oración, de comunión, de escucha, de silencio y de adoración,
en el respeto del misterio de Dios que se revela en Cristo, bajo el pan
y el vino, y en la respetuosa alegría de sentirse miembros de una
comunidad de fieles reconciliados con Dios Padre en la gracia del Espíritu
Santo. La Eucaristía es el punto más sagrado y alto de la
oración. Es la gran oración.
Capítulo II
MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA
«Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1
Co 11,26)
Centralidad del misterio pascual
35. En cada celebración eucarística se renueva el misterio
pascual de la muerte y resurrección del Jesucristo, el Señor,
pan partido Para la vida del mundo y Sangre derramada para la redención
de los hombres y la liberación del cosmos (cf. Rm 8,19-23).
El tema sinodal debe ayudar a descubrir nuevamente el misterio pascual
de Jesús como misterio de la salvación, del cual nace la
vida y la misión de la Iglesia. La Eucaristía se revela
como el Don: el Señor se ofrece a sí mismo, es el Dios con
nosotros. La Eucaristía es su Persona y su vida para nosotros.
Con la Eucaristía el Señor ejercita la misión sacerdotal,
profética y real.
«¡Es verdad! (El Señor ha resucitado y se ha aparecido
a Simón!» (Lc 24,34) decían los apóstoles y
los discípulos. San Pablo exhorta a Timoteo: «Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» (2 Tm 2,8). Precisamente,
respecto al testimonio apostólico, San Juan Crisóstomo observa:
«Por lo tanto, es evidente que si no lo hubieran visto resucitado
y no hubieran tenido una prueba innegable de su poder, no se habrían
expuesto a tan alto riesgo».[55]
En cierto sentido el hombre tiene la capacidad de desear todo, pero en
su poder tiene sólo aquello que logra realizar en concreto. La
muerte y sus anticipaciones, como la enfermedad y el sufrimiento, indican
el límite intrínseco de la libertad de elección del
hombre. Con la resurrección Jesús introduce en la historia
de la humanidad el germen de la esperanza definitiva: la victoria sobre
la muerte. Esto, finalmente, es la cumbre de la revelación que
Él cumple. La muerte ha sido vencida, ya sea porque el pecado ha
sido destruido y el hombre ha sido reconciliado con Dios, ya sea porque
la vida ha sido restaurada y es ofrecida eternamente a quien cree en Cristo.
El signo concreto de esta esperanza lo ofrece el Señor Jesús
al querer la Iglesia como su Cuerpo místico. Los creyentes, en
efecto, han muerto y resucitado con Cristo (cf. Rm 6,1-11).
Nombres de la Eucaristía
36. Es necesario explicar el nombre de la Eucaristía y profundizar
su contenido para comprender el culto cristiano. El Catecismo de la Iglesia
Católica cita los nombres con los cuales ha sido llamado este Sacramento:
en primer lugar, Eucaristía;[56] después Cena del Señor,
ya sea como conmemoración de la Cena pascual por Él celebrada
ya sea como anticipación de la Cena de las Bodas del Cordero en
la Jerusalén celestial; Fracción del Pan, rito que subraya
el compartir de la comunión en un solo Cuerpo y que fundamenta
la sinaxis o asamblea eucarística, expresión visible de
la Iglesia; Memorial de la pasión y resurrección; Santo
Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Redentor;
Santa y Divina Liturgia, Santos Misterios, Santísimo Sacramento,
Comunión, Cosas Santas, Remedio de inmortalidad, Santa Misa, que
subraya la dimensión misionera.
Hacer comprender el significado de estos términos, sin excluir
ninguno de ellos, es importante para una catequesis completa, condición
de una participación verdaderamente consciente en la liturgia.
Sacrificio, memorial y convivio
37. Se descubre en las respuestas y observaciones a los Lineamenta una
exigencia general de conocer más profundamente la naturaleza sacrificial
de la Eucaristía y se pide que esta verdad de nuestra fe sea expuesta
siempre con mayor claridad, siguiendo el reciente Magisterio de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II promovía la reflexión teológica
sobre el sentido del sacrificio de Jesús, como ofrenda plena, libre
y gratuita a Dios Padre por la salvación del mundo. Entre tantos
textos que se refieren a este aspecto merece una especial atención
el que alude al ejercicio del sacerdocio ministerial en la Constitución
dogmática Lumen Gentium: «Los presbíteros ... su oficio
sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística,
donde obrando en nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las
oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican
en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co
11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento: a saber: el de
Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como
hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28)».[57]
Sobre este mismo argumento el Catecismo de la Iglesia Católica[58]
presenta un título: El Sacrificio Sacramental: acción de
gracias, memorial, presencia, del cual se deduce que el nombre que prevale
y que incluye a los otros, es sacrificio sacramental: es decir, el hecho
de la muerte de Cristo para salvarnos de los pecados con su sacrificio,
cuya eficacia se encuentra a disposición de todos los hombres en
el Sacramento. Por lo tanto, la acción de gracias es ofrecida por
su sacrificio, el memorial de su sacrificio, la presencia de su sacrificio
en el cuerpo ofrecido y en la sangre derramada. La acción de gracias
se dirige a Dios por la creación y por la salvación del
mundo.
Considerar en este modo la Eucaristía ayuda a superar la dialéctica
entre sacrificio y convivio. En efecto, si se entiende este segundo término
como sinónimo de cena, el convivio incluye el sacrificio, en cuanto
se trata de la cena del Cordero inmolado; si se lo entiende como sinónimo
de comunión, el convivio expresa la finalidad o la cumbre de la
Eucaristía.
La encíclica Ecclesia de Eucharistia, tratando del sacrificio eucarístico,[59]
enseña que la Iglesia presenta continuamente el sacrificio de Cristo
también en forma de intercesión, en cuanto el mismo Hijo
se ha ofrecido en su carne y en ese sentido es mediador entre el hombre
y el Padre. La Iglesia de Cristo se une a ese ofrecimiento en la anáfora
o plegaria eucarística. Dicha ofrenda, si bien en forma incruenta,
no es nueva, sino que se trata de la misma que ha tenido lugar en la Cruz.
En este sentido deben interpretarse las palabras de la encíclica:
«La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade
y no lo multiplica».[60] El hecho de afirmar que esto sucede a causa
del amor sacrificial del Señor sirve para repetir cuanto ha sido
dicho en la encíclica.
Consagración
38. La Encarnación, la Muerte y la Resurrección, la Ascensión
y Pentecostés son eventos que han tenido lugar realmente y llevan
a comprender que la presencia permanente y substancial del Señor
en el Sacramento no es tipológica o metafórica. Por el contrario,
si el Sacramento es presentado solo como un símbolo de la presencia
de Cristo, es porque se duda que Dios pueda intervenir sobre realidades
materiales. Ahora bien, poniéndose en el contexto de los otros
modos de presencia, el misterio pascual ayuda a comprender la naturaleza
de aquella Eucaristía que es dada por la transformación
de las especies, es decir por la transubstanciación. El pan se
transforma en Cuerpo ofrecido, partido para nuestra salvación:
Corpus Christi, salva me; el vino se transforma en Sangre derramada, sobreabundante
de la delicia divina: Sanguis Christi, inebria me.[61] La superación
de la distancia entre la pobreza de las especies sacramentales y Jesucristo
que se da real y substancialmente, permite a la Eucaristía poner
en el mundo el germen de la nueva historia.[62] El misterio pascual confirma
la condescendencia de Dios y la kénosis del Hijo, permaneciendo
la trascendencia absoluta de la Trinidad.
Por ello, las palabras de Jesús «Tomad y comed» sobre
todo indican el don de sí mismo a nosotros. En segundo lugar, aluden
a la fraternidad de la mesa, a la unidad de la comunidad de la Iglesia
y al compromiso de compartir el pan con quien padece hambre. De todo esto
nace la adoración, es decir el reconocimiento permanente del Señor
que acompaña el camino del Pueblo de Dios.
La transubstanciación tiene lugar en la consagración del
pan y del vino. A este respecto, en las respuestas se recomienda una explicación
de la teología de la consagración a la luz de las tradiciones
eclesiales de oriente y de occidente, que se refieren, en particular,
a la consagración, como imitación del Señor en lo
que Él ha hecho y ordenado en la Cena, y a la invocación
del Espíritu Santo en la epíclesis. Una mayor claridad en
la teología de la consagración podría ser de gran
utilidad, no sólo para el diálogo ecuménico con las
Iglesias Orientales con las cuales no existe todavía una plena
comunión, sino también para la eliminación de algunas
sombras señaladas por las mismas respuestas a los Lineamenta, como
por ejemplo: el uso de hostias confeccionadas con levadura y otros ingredientes;
la celebración con pan común; la improvisación de
la plegaria eucarística; la recitación de ésta o
de una parte de la misma por el pueblo a insistencia del celebrante; la
fractio panis en el momento de la consagración.
Presencia real
39. La presencia del Señor en el Sacramento ha sido querida por
Él mismo para permanecer junto al hombre y alimentarlo con su Cuerpo
y Sangre, para quedarse dentro de la comunidad eclesial. La respuesta
del hombre es la fe en la presencia real y substancial, como se insinúa
en algunas respuestas en base a las encíclicas Ecclesia de Eucharistia
y Mysterium fidei. Junto con la fe en la presencia de Cristo en el Sacramento
deben recordarse otros aspectos: el sentido del misterio y las actitudes
que lo demuestran, la posición del tabernáculo, la dignidad
de la celebración, la dimensión escatológica, es
decir, el Sacramento como prenda de la gloria futura. La Eucaristía,
en efecto, es también anticipación de la realidad última
y eterna durante la peregrinación hacia la Casa del Padre Celestial,
como lo manifiesta, por ejemplo, la actitud de espera esponsal propia
de las personas consagradas.
Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine para
el Año de la Eucaristía proponía esta síntesis
de la doctrina de la presencia de Cristo viviente en su Iglesia: «Todos
los aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone
a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia "real". Junto
con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo
las especies eucarísticas está realmente presente Jesús.
Una presencia ?como explicó muy claramente el Papa Pablo VI? que
se llama "real" no por exclusión, como si las otras formas
de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio
de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su Cuerpo
y de su Sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía
seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia
da a los diversos aspectos ?banquete, memorial de la Pascua, anticipación
escatológica? un alcance que va mucho más allá del
puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través
del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar
con nosotros hasta el final del mundo».[63]
Esta citación afirma el dato doctrinal referido por diversas respuestas
a los Lineamenta: Aquel que está oculto en el Sacramento es el
Mediador pleno de majestad entre Dios y el hombre, es el eterno y sumo
Sacerdote, el Maestro divino, el Juez de vivos y muertos, el Dios-Hombre,
la Palabra hecha carne, es Aquel que abraza en modo misterioso a todos
los fieles en la gran comunidad de la Iglesia. Así Él se
presenta en la Misa.
40. De algunas respuestas a los Lineamenta, sin embargo, se deduce que
a veces se difunden declaraciones contrarias a la transubstanciación
y a la presencia real, la cual se entiende en un sentido sólo simbólico,
y se observan comportamientos que manifiestan implícitamente tal
convicción. Como muchos indican en sus respuestas, algunas veces
parece que en la liturgia hay quienes obran como animadores que deben
atraer la atención del público sobre la propia persona,
en vez de actuar como servidores de Cristo llamados a conducir a los fieles
a la unión con Él.[64] Todo esto, obviamente, repercute
negativamente sobre el pueblo, que corre el riesgo de caer en la confusión
en lo que se refiere a la comprensión y a la fe en la presencia
real de Cristo en el Sacramento.
En la tradición de la Iglesia se ha creado un verdadero lenguaje
de gestos litúrgicos orientados a expresar la recta fe en la presencia
real de Cristo en la Eucaristía, como por ejemplo, la cuidadosa
purificación de cálices y copones después de la comunión
y también cuando accidentalmente caen las especies eucarísticas
en el piso, la genuflexión delante del tabernáculo, el uso
de la bandeja para la comunión, la renovación periódica
de las Hostias conservadas en el sagrario, la custodia de la llave del
tabernáculo en un lugar seguro, la compostura y el recogimiento
del celebrante en sintonía con el carácter trascendental
y divino del Sacramento. Omitir o descuidar estos signos sagrados, que
encierran un significado más profundo y amplio que su aspecto externo,
ciertamente no contribuye a consolidar la fe en la presencia real de Cristo
en el Sacramento. Por ello, en las respuestas se recomienda que los signos
y símbolos que expresan la fe en la presencia real sean objeto
de una adecuada mistagogia y catequesis litúrgica.
41. Además, no debe olvidarse que la expresión de la fe
en la presencia real del Señor muerto y resucitado en el Santísimo
Sacramento tiene un punto culminante en la adoración eucarística,
tradición que en la Iglesia latina tiene profundas raíces.
Esta práctica, como justamente subrayan muchas respuestas a los
Lineamenta, no debería ser presentada en discontinuidad con la
celebración eucarística, sino como su natural prolongación.
Las mismas respuestas indican que en algunas iglesias particulares se
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