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Homilía Cardenal Tomko
Señores Cardenales y distinguidas Autoridades,
Venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Hermanos y hermanas en el Señor!
Introducción: saludos y acción de gracias
En este inicio del tercer milenio, los creyentes en Jesucristo venimos
de todo el mundo, representando a las Iglesias de todos los Continentes,
aquí a Guadalajara, en este hermosísimo País,
México, para manifestar y corroborar nuestra fe en Jesucristo
Eucaristía. Este es ya el 48º (cuadragésimo octavo)
Congreso Eucarístico internacional y el primero del tercer
milenio.
En nombre de todos y con todos vosotros enviamos ante todo un afectuoso
saludo a nuestro amado Santo Padre, Juan Pablo II, Sucesor de Pedro
y Jefe de la Iglesia Católica. Personalmente, le doy las
gracias por haberme enviado como Legado suyo para el Congreso. Él
está con nosotros, nos sigue con sus oraciones y al final
del Congreso nos dirigirá Su Mensaje acompañado por
la Bendición Apostólica.
Saludo cordialmente al Eminentísimo Cardenal Juan Sandoval
Íñiguez, Pastor de esta Iglesia de Guadalajara, que
no ha escatimado esfuerzos y recursos para organizar, juntamente
con muchos colaboradores y con el apoyo del Pontificio Comité
Romano, esta fiesta eucarística.
Asimismo, saludo fraternamente a los Señores Cardenales y
a los venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio.
Mi respetuoso saludo va también a las ilustres Autoridades
nacionales, regionales y locales, así como a las militares.
Con afecto saludo a los diáconos, los religiosos y las religiosas,
los seminaristas, los miembros de los movimientos y de las asociaciones,
especialmente a las de adoración eucarística.
Mi corazón se ensancha para saludar a los jóvenes,
las familias, los ancianos, los pobres, los que sufren, así
como a las delegaciones de todos los continentes, naciones y lenguas.
A todos vosotros, aquí presentes, os digo: ¡La paz
y la alegría en Cristo Eucaristía estén con
todos vosotros!.
1. Del Cenáculo a Guadalajara.
1.1 Venimos de nuestro mundo
Venimos de un mundo lleno de luz pero también de pesadas
sombras. Por un lado, se nota la búsqueda de algo que una
a la humanidad, como se ha visto en las últimas olimpíadas,
el anhelo de paz, el redescubrimiento de la belleza de la creación,
la defensa de los derechos humanos, la sensibilidad por la justicia
social, etc. En la Iglesia misma vemos el despertar de los jóvenes,
a los que el Santo Padre ha encomendado la estupenda tarea de ser
"centinelas de la mañana"; están aumentando
y madurando las Iglesias jóvenes; después de un siglo
de grandes Papas, Juan Pablo II es cada vez más ampliamente
reconocido como la más alta autoridad moral no sólo
de los católicos sino también de la humanidad entera,
el cual ahora sigue enseñando con su ejemplo, además
de con su palabra; está constantemente presente ante los
ojos de todos el compromiso de la Iglesia por la paz, por la dignidad
humana, por la justicia y por los pobres y los más débiles,
por la cultura de la vida contra la cultura de la muerte, por el
inestimable valor de cada persona, pero también por el ecumenismo
y el diálogo interreligioso..., para mencionar solamente
algunas luces.
Sin embargo, venimos de un mundo que también se ve turbado
por sombras tenebrosas: guerras conocidas y olvidadas, declaradas
o solapadas; violencias y conflictos de diversa índole; el
ataque ideológico al matrimonio y a la familia, y a la misma
vida humana desde su concepción hasta la muerte natural,
ahora amenazada también con la eutanasia de los ancianos,
de los enfermos e incluso de los niños recién nacidos
con un homicidio legalizado; el oscurecimiento de la conciencia
moral; la pérdida de la capacidad de amar fiel y constantemente;
el terror que se transforma en horror; la pérdida del sentido
del pecado, que denota la pérdida del sentido de Dios; la
"apostasía silenciosa" de Cristo de algunas regiones
cristianas; un laicismo que excluye a Dios de la vida social e incluso
de la conciencia privada; un agnosticismo que no deja espacio a
la religión y resulta peor que el ateísmo, mientras
proliferan manifestaciones de una religiosidad sectaria y fanática,
con frecuencia fundamentalista.
Venimos de este mundo a buscar la luz para nuestra vida, la certeza
para nuestras dudas, la valentía para dar testimonio de nuestra
fe a nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en dificultades,
el alimento para nuestra vida y la de nuestros semejantes. "Queremos
ver tu rostro, Señor". Con Pedro, también nosotros
queremos manifestar y profesar nuestra fe en Jesucristo: "Señor,
¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna" (Jn 6, 68). Jesús mismo declaró: "Yo
soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en la oscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Y también:
"Yo soy el pan de la vida" (Jn 6, 48). Luz y vida, he
aquí lo que nuestro mundo necesita.
1.2 Eucaristía - Cristo en quien creemos
Hemos venido a este Congreso desde diversas partes de nuestro mundo
para celebrar la Eucaristía. Pero, ¿qué es
la Eucaristía? Después de la consagración,
lo decimos: Es misterio de la fe. Es un don inestimable. Más
aún, "la Iglesia ha recibido la Eucaristía de
Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros
muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia,
porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad,
así como de su obra de salvación" (Ecclesia de
Eucharistia, 11). Por eso, sería más exacto preguntarse:
"¿Quién es la Eucaristía?", no: "¿Qué
es la Eucaristía?".
Para confirmar nuestra fe, debemos remontarnos al origen de la Eucaristía,
es decir, a Cafarnaúm, donde fue prometida, y al Cenáculo,
donde fue instituida. Con el Evangelio en las manos y con el corazón
abierto, releer el capítulo sexto de Juan, especialmente
las palabras que acabamos de escuchar: "Yo soy el pan vivo,
que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para
siempre; y el pan que yo le daré es mi carne para la vida
del mundo... El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré el último día" (Jn
6, 51. 54). Sí, la Eucaristía es Jesucristo mismo,
vivo, real, aunque esté presente bajo el velo sacramental
del pan y del vino. ¿Acaso nos parecen "duras"
sus palabras, difíciles de entender para nuestra mentalidad
acostumbrada a comprobarlo todo con los sentidos, con los aparatos,
con la tecnología, como les parecían difíciles
a algunos discípulos en los tiempos de Jesús? Y, sin
embargo, Jesús no cambia ni una coma; antes bien, refuerza
sus afirmaciones. Pero nosotros estamos con Pedro y con su fe: "Señor,
¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo
de Dios" (Jn 6, 68). Por eso, para nosotros la Eucaristía
es Él mismo, es "misterio de la fe", pero es una
realidad verdadera. Hoy nos encontramos ante Cristo Eucaristía
con el asombro de la fe, de la alegría, de la admiración,
del amor.
Es el mismo asombro que invadió a los Apóstoles en
el Cenáculo. En aquel clima solemne, pero también
triste en previsión de la pasión, Jesús manifestó
su amor infinito a la humanidad y realizó lo que había
prometido. Como nos relata san Juan, "antes de la fiesta de
la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora
de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,
1), es decir, hasta el límite. Y entonces dejó a los
suyos no un recuerdito, no una imagen, no un don aunque fuera memorable,
no un objeto querido, sino a sí mismo. Y además escogió
la forma de pan y de vino para significar que quería convertirse
en nuestro alimento, en apoyo de nuestra vida y fuente de nuestra
existencia eterna. Se dio a sí mismo en alimento por nosotros
para poder quedarse con nosotros en una unión totalmente
singular e íntima, en analogía con el alimento que
entra en el circuito vital de nuestro cuerpo y a través del
metabolismo vital se transforma en vida nuestra y energía.
De manera semejante Jesús mismo quiso entrar en una comunión
muy íntima con nosotros: "El que come mi carne y bebe
mi sangre, habita en mí y yo en él. Lo mismo que el
Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también
el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57).
Esta estupenda realidad debe inspirar y transformar nuestra vida
y nuestras comuniones eucarísticas en encuentros vitales
que inspiren nuestras actividades.
Pero la riqueza de la Eucaristía, de esta invención
maravillosa del amor divino, no se agota aquí.
2. "Pro mundi vita" - "Para la vida del mundo"
Jesucristo instituyó la Eucaristía también
con otra finalidad. No por casualidad dijo desde que prometió
el pan de la vida: "El pan que yo daré es mi carne para
la vida del mundo" (Jn 6, 51). Luego, cuando en el Cenáculo
instituyó la Eucaristía, tomó el pan y declaró
solemnemente: "Esto es mi cuerpo, que será entregado
por vosotros" . Y sobre el vino declaró: "Éste
es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros".
Así realizó Jesús, en la misma noche en que
fue traicionado, con unas horas de anticipación y de modo
incruento, sacramental, el sacrificio que poco después ofreció
de modo cruento en la Cruz. Por tanto, instituyó la Eucaristía
como su sacrificio redentor. Y, además, quiso que se perpetuara
a lo largo de los siglos, y por ello dio a los presentes en el Cenáculo
una orden que es también un poder especial: "Haced esto
en conmemoración mía". Desde entonces, los sacerdotes
de la Iglesia cumplen fielmente este sublime deber, como lo describe
san Pablo en la carta a los fieles de Corinto: "Pues cada vez
que coméis de este pan y bebéis de este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva"
(1 Co 11, 26).
Como en tiempos de san Pablo en la Iglesia primitiva, también
hoy aquí, en Guadalajara, hacemos lo que nos mandó
el Señor: el celebrante repite fielmente las palabras del
Señor sobre el pan y sobre el vino, los convierte en el cuerpo
y en la sangre de Cristo en memoria de él y proclama: "Es
misterio de la fe". Seguidamente el pueblo profesa su fe en
el sacrificio de Cristo que se renueva en el altar: "¡Anunciamos
tu muerte, Señor!". Y no es sólo la evocación
de la pasión y muerte del Señor, una pura conmemoración
como en una representación teatral sagrada, sino que es la
representación sacramental de este acontecimiento salvífico.
Este acontecimiento central de salvación se hace realmente
presente y "se realiza la obra de nuestra redención"
(Lumen gentium, 3). "Este sacrificio -afirma el Santo Padre-
es tan decisivo para la salvación del género humano,
que Jesucristo lo realizó y volvió al Padre sólo
después de habernos dejado el medio para participar de él
como si hubiéramos estado presentes". La Eucaristía
es precisamente este medio. El mismo Papa exclama a continuación:
"¿Qué más podía hacer Jesús
por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra
un amor que llega "hasta el extremo" (Jn 13, 1), un amor
que no conoce medida" (Ecclesia de Eucharistia, 11). ¡Amor
que da la propia vida para la vida del mundo, también de
nuestro mundo, de nuestro milenio, de cada uno de nosotros!
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, inauguramos solemnemente este Congreso
para venerar, adorar, alabar, agradecer y orar a Jesucristo presente
en medio de nosotros en la Eucaristía, sacramento de Su amor.
La mirada materna y la poderosa intercesión de María,
Mujer eucarística, nos acompañe en el camino de estos
días, "a fin de que, fortificados con el banquete eucarístico,
seamos en Cristo luz en las tinieblas y vivamos íntimamente
unidos a él, nuestra vida" (Oración por el Congreso).
Amén.
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