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Statio orbis. Homilía de clausura.
Card. Jozef Tomko
Señores cardenales y distinguidas Autoridades,
Venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Hermanos y hermanas en el Señor
La sagrada peregrinación de nuestro Congreso se acerca a
la conclusión. Partimos de Zapopan guiados por María,
Mujer Eucarística. De ella sola Jesucristo tomó su
Cuerpo, el
Cuerpo que nos dejó como pan de vida en la última
Cena. En el Cenáculo Jesús anticipó su sacrificio
del Gólgota e instituyó y ofreció el primer
sacrificio eucarístico «para la vida del mundo»
(Jn 6, 51). Después de su muerte y resurrección, envió
a los Apóstoles en misión al mundo entero para hacer
discípulos y bautizar a todos los pueblos. Los Apóstoles
reunían a los primeros fieles en torno a la mesa eucarística
en la «fractio panis». La Iglesia entró en la
historia por medio de la misión. Comenzaba a realizarse la
profecía de Isaías: «Caminarán los pueblos
a tu luz...» (Is 60, 3). Nosotros hemos realizado idealmente
esa misma peregrinación: cada día la Iglesia de otro
Continente se presentaba ante nuestros ojos y anunciaba «la
inescrutable riqueza de Cristo» (Ef 3, 8), de la que habla
san Pablo en la segunda lectura.
Hoy, hacemos una especie de parada, una estación en nuestra
peregrinación. Venimos del Orbe, de todo el mundo; representamos
al Pueblo de Dios que vive en todos los Continentes. Somos la Iglesia
reunida para adorar a su Señor que está presente con
nosotros en la Eucaristía. Hoy es el día de la «Statio
orbis». Es el momento solemne, en el que se unirá a
nosotros con su imagen y con su mensaje el Vicario de Cristo, nuestro
amadísimo Papa Juan Pablo II, a quien tengo la alegría
de representar aquí.
Partimos de este Congreso eucaristico para portar el Cristo al mundo,
al nuestro mundo del inicio del terzero milenio. Debemos tomar conciencia
de que la evangelización del mundo está aún
en los inicios y de que dos tercios de la humanidad no conocen todavía
a Jesucristo, al Cristo que murió por todos y que nosotros
en el Congreso hemos celebrado como «luz y vida del nuevo
milenio».
Es él quien nos manda en misión; es la Eucaristía,
en la que da la vida para nuestro mundo, la que nos inspira, nos
alimenta y nos impulsa a llevar este inmenso don de Dios a la humanidad
entera.
Por eso, esta parada nuestra ante la Eucaristía, esta «statio
Orbis» nos hace reflexionar sobre si en verdad «anunciamos
tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, hasta
que vuelvas».
Eucaristía y evangelización
La Evangelización o misión está
íntimamente vinculada a la Eucaristía. San Juan no
recoge el relato de la institución de la Eucaristía,
como hacen los otros evangelistas, pero hace muchas alusiones a
esas horas benditas pasadas en el Cenáculo. Comienza con
una conmovedora descripción: «Antes de la fiesta de
la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora
de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn
13, 1). Después de lavar los pies a los Apóstoles,
les dirigió un largo discurso, que termina con la maravillosa
oración al Padre, llamada también «sacerdotal».
En este contexto conmovedor, pronunció las palabras del Evangelio
de hoy, que es como un envío a la misión: «Como
tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado
al mundo... No ruego sólo por estos, sino también
por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,
para que todos sean uno..., para que el mundo crea que tú
me has enviado» (Jn 17, 18-21). En efecto, Jesús resucitado
dirá a los Apóstoles: «Como el Padre me envió,
también yo os envío» (Jn 20, 21). Encarga a
su Iglesia que continúe su misma misión.
La Eucaristía es un signo de que «tanto amó
Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que
crea en él no perezca» (Jn 3, 16). En la Eucaristía
Jesús «amó a los suyos hasta el extremo».
Cada hombre puede decir: «Me amó y se entregó
a sí mismo por mí» (Ga 2, 20). Es necesario
anunciar este gran amor: «Anunciamos tu muerte; proclamamos
tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».
En la Cruz, Jesús murió por todos, dio su vida por
la humanidad entera. En la Eucaristía ofrece hoy su salvación
para la vida del mundo, para la salvación de quien cree y
de quien aún no cree. La Eucaristía hace presente
sacramentalmente este don de la
salvación en el decurso de la historia. Es preciso llevar
esta «buena nueva» a todas las naciones.
En la Iglesia primitiva, los creyentes «acudían asiduamente
a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión,
a la fracción del pan y a las oraciones... El Señor
agregaba cada día a la comunidad a los que se habían
de salvar... La multitud de los creyentes tenía un solo
corazón y una sola alma» (Hch 2, 42.47; 4, 32).
La Eucaristía congrega la Iglesia en torno a Cristo, crea
la Iglesia. En torno a Cristo Eucaristía la Iglesia crece
como pueblo, templo y familia de Dios. Ciertamente, «no se
construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como
raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía»
(Ecclesia de Eucharistia, 33; cf. Presbyterorum ordinis, 6).
En la Eucaristía los misioneros encuentran fuerza, valentía
y apoyo para sus trabajos. En la comunión con Cristo Eucaristía
todo cristiano recibe la tranquila audacia para dar en su entorno
testimonio de su fe. ¿Podría cumplir la Iglesia su
vocación misionera y apostólica sin este apoyo? Para
evangelizar al mundo necesitamos apóstoles y misioneros enamorados
de la Eucaristía, que sepan adorar, contemplar, celebrar
y vivir a Cristo Eucaristía, para llevarlo luego a las «gentes».
Porque la Eucaristía, como enseña el Concilio Vaticano
II, es «fuente y cima de toda la vida cristiana» (Lumen
gentium, 11), pero también «fuente y cumbre de toda
la evangelización» (Presbyterorum ordinis, 5).
Partir de la Eucaristía para la nueva
evangelización
La Iglesia nos invita a partir todos de la Eucaristía
para la primera y para la nueva evangelización de nuestro
mundo. Al dejar esta tierra al final de su morada terrena, Jesucristo
reunió a su pequeña Iglesia y la envió en misión.
Su mandato es válido y urgente también hoy: «Me
ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Todos somos enviados
en misión, para evangelizar al mundo y anunciar las maravillas
del amor divino que nos ha manifestado en la Eucaristía.
Dar testimonio de Cristo Eucaristía con nuestra vida. Renovar
también nuestra evangelización, para que sea «nueva
en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones». Juan
Pablo II renueva hoy su llamamiento para que, «después
de este Congreso eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida
para la nueva evangelización que el mundo entero necesita:
nueva también por la referencia explícita y profunda
a la Eucaristía, como centro y raíz de la vida cristiana,
como siembra y exigencia de fraternidad, de justicia, de servicio
a todos los hombres, empezando por los más necesitados en
su cuerpo y en su espíritu. Evangelización para la
Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía»
(Sevilla, 12.6.1993).
Hermanos y hermanas, partamos de este Congreso prometiendo a Cristo
Señor honrar fielmente Su sacrificio eucarístico con
la presencia activa en la Misa dominical y festiva, renovar nuestras
devociones litúrgicas y populares a Jesús presente
en el Santísimo Sacramento: la adoración, las procesiones,
sobre todo del Corpus Christi, las frecuentes visitas al Santísimo,
la comunión los viernes primeros, las cuarenta horas, la
exposición continua en nuestros santuarios, la bendición
con el Santísimo Sacramento, la adoración nocturna,
los congresos eucarísticos, etc. Son expresiones sencillas
de nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
Llevemos esta fe a nuestra vida y a nuestras actividades.
«La fe se fortalece dándola» (Redemptoris missio,
2). Al final de esta celebración eucarística escucharemos
el anuncio del diácono: «Ite, missa est», «Podéis
ir en paz, la misa ha terminado». Pero para nosotros es sólo
el inicio de nuestra misión en el mundo: «Ite, missio
est». El Congreso eucarístico termina como celebración,
pero continúa como Año Eucarístico, que inicia
con nuestro Congreso.
Cristo Eucaristía permanece con nosotros: «He aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 20). Él, que en la Eucaristía
es luz y vida del nuevo
milenio. Amén.
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