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LA EUCARISTÍA, FUENTE DE LA EVANGELIZACIÓN
Homilia: Marc Cardenal Ouellet
Arzobispo de Québec y Primado de Canadá
Guadalajara, México, 16 de octubre de 2004
LECTURAS: Isaías 60, 1-6; 1Timoteo 2,
1-8; Mateo 28, 16-20
“Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo.”
Dos fechas memorables. El 16 de octubre de 1978: elección
del Papa Juan Pablo II en la sede de San Pedro. El 16 de octubre
de 2004: inauguración del Año Eucarístico Internacional
decretado por el Santo Padre en vistas de la evangelización
del nuevo milenio. Entre estas dos fechas, veintiséis años
de luminoso ministerio del sucesor de Pedro. Bendigamos a Dios por
haber dado a la Iglesia un pastor como él, que conduce su
rebaño a las fuentes de agua viva. Que esta Eucaristía
exprese la acción de gracias de nuestros corazones llenos
de gratitud y alegría. Que de la misma manera, en esta jornada
memorable, ella confirme el afecto y la admiración de toda
la Iglesia por su amado pastor.
La Eucaristía fuente de Evangelización es el tema
que profundiza hoy la dimensión misionera de la Eucaristía.
La Iglesia continuamente recibe su misión de la Eucaristía.
En ella, su Maestro y Señor la engendra, la purifica, la
alimenta y la envía en misión. Ite Missa est: “Vayan,
pues, y hagan discípulos de todas las naciones bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”
Esta palabra de envío, al final del Evangelio de Mateo, rige
todas las actividades evangelizadoras de la Iglesia y las ordena
a la Eucaristía, “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”
(LG 11). El Concilio Vaticano II afirmó y confirmó
con fuerza esta doctrina tradicional que Juan Pablo II no deja de
recordar.
La Eucaristía es la fuente de la evangelización porque
ella realiza plenamente la comunión de los fieles con Cristo
Pascual, el cual es el contenido esencial de la evangelización.
En efecto, el fin de la evangelización consiste en la difusión
de la fe en el Dios de la Alianza que invita a su mesa y se da como
alimento. La Iglesia vive y se alimenta de esta Alianza, sellada
con la sangre de Cristo, es más, tiene la misión de
ofrecer esa Alianza a toda la humanidad. Éste es su mensaje
esencial. Por esto la Eucaristía es el misterio de la fe
por excelencia, es la síntesis de la evangelización,
porque “ella contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia,
es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua.” (PO 5). Aquí
se encuentran, como en resumen y en plenitud, todos los elementos
de la evangelización: el anuncio del Reino, la buena noticia
de la misericordia, la proclamación de las bienaventuranzas,
el fundamento del mandamiento nuevo, la fuente de la unidad de la
Iglesia y la cumbre de su vida sacramental. La Eucaristía
es así el punto culminante de la evangelización, su
fin último y, por lo tanto, su fuente misma.
La Eucaristía es la fuente de la evangelización porque
ella sumerge sin cesar a la comunidad de los bautizados en el manantial
del Amor Trinitario. La Eucaristía es el regalo del Amor
que desciende del Padre de las luces por la cruz gloriosa de Jesús,
quien asciende de retorno al cielo por su Corazón eucarístico
que abraza a toda la humanidad. Al entrar en comunión con
este amor, nosotros tomamos parte de su movimiento ascendente por
nuestras plegarias, nuestras alabanzas y nuestras acciones de gracias,
a favor de toda la humanidad que Dios quiere salvar. Nosotros también
participamos de su movimiento descendente por medio de nuestra caridad
fraterna, de nuestra unidad y de nuestro compromiso apostólico
en el mundo. La fuente existe para manar y para restaurar. De esta
manera, la fuente eucarística por el Corazón de Jesús,
surge de la tierra hacia el cielo, desde donde su agua viva vuelve
a descender para calmar toda sed de amor, de paz y de esperanza.
La Iglesia es depositaria de esta fuente de amor universal que el
mundo espera con dolor. “¡Ay de mí si no evangelizo!”,
clama el apóstol de las gentes. Este mismo grito resuena
de mil maneras a través de los siglos en las almas eucarísticas
que saben que la fuente de nuestro gozo es para todos. Porque “Dios
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad” (1Tim 2, 4). La Eucaristía nos hace,
pues, a todos “misioneros de la caridad” con una irradiación
sin fronteras como lo viven y enseñan las hermanitas de la
Madre Teresa. Al contemplar con María la zarza ardiente de
la Eucaristía, ellas descubren la unidad del Cuerpo Eucarístico
de Jesús y de su Cuerpo Eclesial, que alcanza hasta los confines
de la humanidad sufriente. Por este camino, ellas nos invitan a
convertirnos también nosotros en fuente de Amor y de Esperanza
para el mundo.
En este sentido, el gran desafío de la evangelización
se mide por el alcance universal de la Eucaristía. Ella convoca
al compromiso más grande porque hace tomar parte en las realidades
más profundas. Es el sacramento de la Pascua de Cristo, la
fuente de la salvación, el gozo anticipado de las bodas del
Cordero, la prenda de la beatitud eterna ofrecida a toda la humanidad.
¿Qué más, que este misterio de fe por excelencia
podría dar un nuevo impulso a la evangelización del
milenio que comienza? ¿Cuál homenaje de adoración
no le deberíamos rendir? ¿Qué gusto por el
compartir alcanzaremos en ella, para la alegría de los pobres?
¿Sabremos volver a descubrir las fuentes de nuestro entusiasmo
por la evangelización del mundo en este misterio? El Santo
Padre, comprometiéndose él en primer lugar, invita
a toda la Iglesia a vivir este ideal. ¿Estará nuestra
respuesta a la altura de su entrega ejemplar en el seguimiento del
Crucificado?
Hermanos y hermanas: reunidos en esta jornada memorable por la gracia
de este grandioso acontecimiento eucarístico, honremos esta
fiesta magnífica por un compromiso renovado de nosotros mismos
y de nuestras comunidades en la evangelización del mundo.
Hay tantos seres humanos que ignoran todavía la buena noticia
de Jesucristo. La humanidad entera aspira al conocimiento y al amor
de Jesús Eucaristía. Los pobres tienen hambre de pan
y de Eucaristía. Que nuestro amor fraterno, que nuestro dinamismo
misionero, que la unidad de la Iglesia revelen al mundo entero el
corazón eucarístico de Jesús, Luz y Vida del
Nuevo Milenio. Amén.
Marc Cardenal Ouellet
Arzobispo de Québec y Primado de Canadá
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