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LA EUCARISTÍA, EXIGENCIA Y MODELO
DEL COMPARTIR
Carlos Amigo Vallejo
Cardenal Arzobispo de Sevilla
Introducción: Eucaristía y amor fraterno
I. EL AMOR DE CRISTO NOS APREMIA
1. Alcance social de la Eucaristía
2. La cultura de la solidaridad
II. LA EUCARISTÍA: ESCUELA DEL AMOR DE DIOS
1. Escuela de amor fraterno
2. El honor del cuerpo de Cristo
III. COMPARTIR EL PAN DE LA EUCARISTÍA Y EL PAN
DE LA CARIDAD
1. Para tener vida
2. La caridad: responsabilidad y criterio
3. Derecho a vivir como cristianos
IV. OBSTÁCULOS Y COARTADAS
1. Las excusas de los invitados
2. Multiplicación del pan
3. El pan de vida
VI. EUCARISTÍA Y CARIDAD
1. Una humanidad renovada
2. Eucaristía y caridad
Entre los más asentados motivos para la esperanza, está
el del arraigado deseo de fraternidad, de unión, de ayuda
recíproca. En la Eucaristía se colman esos "anhelos
de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo
tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación
común en la misma mesa eucarística, a niveles que
están muy por encima de la simple experiencia convival humana.
Mediante la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza
cada vez más profundamente su ser en Cristo como sacramento
o signo e instrumento de la unión íntima con Dios
y de la unidad de todo el género humano. A los gérmenes
de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana
muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone
la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía,
construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre
los hombres" (EDE 24)[1].
Nada mejor tiene la Iglesia para celebrar, para adorar y para vivir
el misterio de Cristo que la Eucaristía. Centro y culmen
de la vida cristiana. Sacrificio y comunión, anuncio de esperanza,
alimento para un pueblo nuevo, escuela permanente donde se vive
y aprende la más grande de las lecciones del Maestro: amaos
unos a otros con el mismo amor de Aquel que se entrega para la salvación
de todos. De ese compartir, hasta un amor sin medida, nace un nuevo
modelo de vida.
Todo se hace nuevo en Cristo: una nueva humanidad liberada del
pecado; un nuevo pueblo: la Iglesia vivificada y asistida por el
Espíritu Santo: una nueva ley: la del mandamiento nuevo;
un nuevo sacrifico: el que anuncia la muerte y la resurrección
del Señor; un hombre nuevo: el redimido por la sangre de
Cristo; un nuevo alimento: la Eucaristía; una nueva evangelización
que invita con mayor entusiasmo y esperanza a ofrecer la buena nueva
de Cristo para todos los pueblos; una nueva civilización:
la del amor.
Un camino nuevo, en fin, que debe recorrer la Iglesia para cumplir
fielmente los mandatos que se le han encomendado. Alimento del pueblo
de Dios, en esa peregrinación por este mundo, es el de la
Eucaristía, teniendo en cuenta que "el pan y el vino
que presentamos en el altar, nos están remitiendo a esa comida
o bebida que debiera estar en la mesa de todo ser humano, porque
hay muchos hombres que no pueden disfrutar de tal derecho, bien
porque no tienen qué comer o porque les falta con quién
compartir, lo que representa una clamorosa injusticia" (TB
54).
No podía ser de otra manera, pues las alegrías y
esperanzas, las tristezas y angustias, sobre todo de los que sufren,
han de ser nuestras alegrías y esperanzas, nuestras tristezas
y angustias, pues nada de lo auténticamente humano puede
estar lejos de nuestro corazón (EIE 104). "Ofrecer de
verdad el sacrificio de Cristo implica continuar este mismo sacrificio
en una vida de entrega a los demás. Así como Él
se ha ofrecido en sacrificio bajo la forma de pan y vino, así
debemos darnos nosotros, con fraterno y humilde servicio, a nuestros
semejantes, teniendo en cuenta sus necesidades más que sus
méritos, y ofreciéndoles el pan, o sea, lo más
necesario para una vida digna" (TB 53).
Acercarse al misterio más grande de la fe cristiana, como
es la Eucaristía, no sólo no aleja de los hermanos
sino que une y compromete más con el amor fraterno. Esperamos
un tiempo nuevo al final de todo, "pero la espera no podrá
ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación
personal concreta y en su vida social, nacional e internacional,
en la medida en que ésta -sobre todo ahora- condiciona a
aquélla" (SRS 48).
Si quieres de verdad honrar el cuerpo de Cristo, no consintáis
que padezca hambre, frío o desnudez. Hay que honrar a Cristo
como Cristo quiere ser honrado. Lo que queréis hacer conmigo,
a hacerlo con vuestros hermanos (San Juan Crisóstomo, Mt,
h, 50,3). Habrá que unir, pues, la fracción del pan
a la comunión de bienes, la oración a la colecta en
favor de los pobres, la comunión con Cristo a la unidad entre
todos.
Si los ojos se abren ante la Eucaristía, como los de los
discípulos de Emaús, no se pueden cerrar ante la indigencia
del hermano. Si la honra del Sacramento, según palabras de
San Ambrosio, es la redención de los cautivos, de los que
redimiera Cristo con su sangre (De officiis 2, 28, 137), apremiados
por el amor de Cristo, tendremos que avanzar en el camino de la
verdad de la fe y en la práctica misericordiosa de la caridad
(I); aprender en esa escuela admirable del amor de Dios, que es
la Eucaristía (II), para saber compartir el pan de la caridad
(III). Que nunca el pan de vida se convierta en lugar de reprobación
(IV), sino en fuente de una caridad sin medida (V).
I. EL AMOR DE CRISTO NOS APREMIA
Cristo es nuestra única verdad. Él es la Verdad.
El que nos ofrece un auténtico conocimiento de las realidades
de este mundo y la esperanza de "un cielo y una tierra nuevos"
(Ap 21,1). Mientras vamos caminando en esta espera del mundo futuro,
nos encontramos con Cristo en la Eucaristía y con los hermanos
que recorren el mismo itinerario de peregrinación por la
tierra. El amor de Cristo nos apremia (2Cor 5, 14) y en la celebración
de la Eucaristía el peregrino siente la urgencia del amor
fraterno y se acrecienta la esperanza. El amor de Cristo "limpia
el corazón de las manchas del egoísmo, de la injusticia,
del desamor" (Juan Pablo II. A las personas consagradas. Quito
30-1-85) y lo llena de una entrega misericordiosa en favor de los
más desvalidos.
1. Alcance social de la Eucaristía
No pocas veces tenemos que celebrar la Eucaristía en un
contexto lleno de problemas y contradicciones que oscurecen el horizonte
de nuestro tiempo. Parece como si no hubiera sitio para los débiles
y para los pobres (EDE 20). Pero, si es el cristiano quien vive
la Eucaristía, y ha de ser identificado como discípulo
de Cristo por la práctica del amor fraterno (Cf. Jn 13, 35),
no puede caber la menor duda acerca de la exigencia social de la
Eucaristía, pues la caridad está en lo más
profundo y esencial del misterio que se celebra, pues Cristo fue
entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación
(Rom. 4, 25).
Sentarse con Cristo en una mesa de tanto amor, es urgencia para
salir al encuentro de la humanidad entera y colocar en la mesa de
todos los hombres, particularmente en la de aquellos en la que falte
el alimento de la justicia, de la dignidad, del trabajo o del pan
de cada día, un amor en tal forma eficaz que haga resplandecer
allí la presencia de Cristo: "El Espíritu del
Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar
a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación
a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los
oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor"
(Lc 4, 18-19).
Quien se acerca a la Eucaristía no puede quedar indiferente
ante el clamor de los pobres. Si todavía no ves a Dios en
la Eucaristía es que no te has acercado suficientemente a
tus hermanos: "quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios
es amor" (1Jn 4, 8). Ponte a los pies de los pobres, lávaselos
con el agua de los sentimientos de Cristo y encontrarás la
luz que necesitas. Con el pensamiento y las palabras de San Vicente
de Paúl podemos decir: al servir a los pobres se sirve a
Cristo. Al ver a los enfermos, al atender a los pobres os encontraréis
a Dios. "Amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros
brazos, que sea con el sudor de nuestra frente" (A las Hijas
de la caridad, Obras... 240). Dios ha querido manifestarse en los
pobres, pues su Hijo hizo causa suya nuestra pobreza.
El cuidado de los más desvalidos y pobres es como bálsamo
de amor divino que se pone sobre las heridas de la humanidad. También
es buena ayuda para que se abran los ojos al misterio de Dios y
al del amor de los hermanos. Vivimos en la esperanza de un mundo
nuevo, pero ello no debilita sino que estimula el sentido de responsabilidad
y los deberes que nos incumben como ciudadanos de este mundo.
Anunciar la muerte del Señor "hasta que venga"
(1 Co 11, 26), comporta, para los que participan en la Eucaristía,
el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue
a ser en cierto modo "eucarística". Precisamente
este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso
de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer
la tensión escatológica de la celebración eucarística
y de toda la vida cristiana: "¡Ven, Señor Jesús!"
(Ap 22, 20) (EDE 20).
3. La cultura de la solidaridad
La cultura de la solidaridad se ha convertido en un verdadero signo
de esperanza, siempre con la inexcusable garantía de que
"en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso,
la solidaridad es fruto de la comunión que se funda
en el misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado
y muerto por todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca
el bien de los otros, especialmente de los más necesitados"
(EAM 52).
Es menester dejar bien claro que la solidaridad es una actitud
personal y permanente que lleva a considerar al hombre como hermano
y a ver los bienes de este mundo como un patrimonio común
que compartir. Es apertura a la comprensión de los demás
y disposición activa para la ayuda. Tiene como base el reconocimiento
del principio de que todos los bienes de la creación, así
como los que proceden del trabajo del hombre, están destinados
al disfrute de todos (SRS 39). Formamos parte de una fraternidad
universal en la que todos puedan dar y recibir, sin que un grupo
progrese a costa del otro (PP 44).
Los hombres y las mujeres no son simple objeto de ayuda, sino unas
personas. "La solidaridad nos ayuda a ver al "otro"
-persona, pueblo o nación-, no como un instrumento cualquiera
para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia
física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como
un "semejante" nuestro, una "ayuda" (cf. Gen
2, 18, 20), para hacerlo partícipe como nosotros, del banquete
de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por
Dios. De aquí la importancia de despertar la conciencia
religiosa de los hombres y de los pueblos" (SRS 39).
La verdadera solidaridad lleva a aceptar al otro, al hermano, en
su realidad individual y social concreta, sin poner obstáculo
alguno al amor por razón de diferencias personales o condicionamientos
sociológicos: raza, cultura, religión, ideas, nación...
No es simple ejercicio de una tolerancia ambigua desde la indiferencia
o el simple desinterés. Es el respeto a quien tiene derecho
a su propia dignidad como hombre. Es condición de respeto
a la autonomía y libre disponibilidad de cada uno.
Que mediante el ejercicio de la solidaridad se ayude a vencer los
"mecanismos perversos" y las "estructuras de pecado"
(SRS 40). Con la verdad y el amor en el proceso de liberación,
porque si éstos faltasen, sería la muerte de la libertad
y se habría perdido el mejor apoyo para la promoción
del hombre. "Porque donde faltan la verdad y el amor, el proceso
de liberación lleva a la muerte de una libertad que habría
perdido todo apoyo" (SRS 46). La solidaridad se ayuda del bien
y de la satisfacción de poder servir y de verse reconocido
como persona.
La solidaridad es una virtud cristiana. Existen numerosos puntos
de contacto entre ella y la caridad, que es signo distintivo de
los discípulos de Cristo (SRS 40). "A la luz de la fe,
la solidaridad tiende a superarse a sí mima, al revestirse
de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad
total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo
no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental
con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre,
rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción
permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado,
aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor,
y por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo:
dar la vida por los hermanos (cf. 1 Jn 3, 16)" (SRS 40).
II. LA EUCARISTÍA: ESCUELA DEL AMOR DE DIOS
Dar la vida y entregarse con generosidad inconmensurable en favor
de los demás, es la prueba más evidente y grande del
amor. "La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor
que es más grande que la muerte" (DM 13). Amor inagotable
que sale al encuentro del corazón del hombre.
La Iglesia, quiere acercar la humanidad entera a esa fuente del
amor misericordioso de Dios que es la Eucaristía. El sacrificio,
la comunión, la presencia y oración es la mejor escuela
donde se puede aprender a vivir el gran mandamiento: amarás
a Dios y servirás con ese mismo amor a tus hermanos.
1. Escuela de amor
La Eucaristía, celebrada y vivida, se convierte en escuela
de amor, pues está evidenciando, en la entrega de Cristo,
el valor del hombre ante Dios (DC 6). "La Eucaristía
actualiza la diakonía o servicio de Cristo, y es lugar de
renovación de la misión de la Iglesia, sobre todo
a favor de los más necesitados. Así, la Eucaristía
es escuela, fuente de amor y diakonía que necesariamente
tiende a realizarse en la vida. Esto supone que en la Eucaristía,
y por la Eucaristía, sean promovidos los valores de acogida
fraterna, de solidaridad y de comunicación de bienes. Este
testimonio de amor es un elemento indispensable de la verdadera
evangelización (TB 56).
Haced esto en memoria mía, nos dijo el Señor (Lc
22, 19). La Iglesia, no sólo recuerda las acciones de Jesús,
sino que realiza, en este momento y en este lugar, con la actualidad
viva e inmediata, lo que sucediera en la historia. Es la perpetuación
en el tiempo de la muerte y resurrección de Cristo. No repetición,
sino presencia viva y actual.
La Iglesia vive de la Eucaristía: el amor de Cristo reúne
a los hijos de Dios, se ofrece por ellos, los alimenta, los envía.
Y se ha de conocer que han participado en tan grande sacramento
por el amor que ofrecen a sus hermanos de toda raza, pueblo y nación.
"Lo que os dicho en secreto, predicadlo en medio del pueblo"
(Mt 10, 27). De la misma forma se podría afirmar: lo que
habéis celebrado en la Eucaristía (sacrificio, entrega,
amor de Cristo) llevarlo a todas las gentes. Que por el amor que
haya entre vosotros se sepa que sois hombres y mujeres de la Eucaristía.
Es el "compromiso de transformar su vida, para que toda ella
llegue a ser en cierto modo eucarística" (EDE 20).
La celebración de la Eucaristía no recluye a la comunidad
cristiana en el ámbito de su propia casa, sino que hace salir
a sus miembros al mundo y les coloca en el corazón de la
sociedad para sentir las heridas que el pecado, la injusticia y
el desamor han causado y, con urgencia de responsabilidad, ayudar
a que se realice esa verdadera civilización del amor en la
que todo se transforme en Reino de Dios, que lo es de amor, de justicia
y de paz.
La Eucaristía exige un amor universal sacrificado y ofrecido.
De una comunidad particular que celebra la Eucaristía, a
la humanidad entera, para que sienta la comunión y la unidad,
la entrega recíproca y el fruto de la redención para
todos. En la Eucaristía nadie queda excluido. Todos son invitados
a participar del amor que en la Eucaristía se vive y se celebra.
2. El honor del cuerpo de Cristo
No se puede participar en la Eucaristía con el corazón
indiferente a lo que sucede en el mundo, el hambre de los pobres,
las heridas de los inocentes. "El don de Cristo y de su Espíritu
que recibimos en la comunión eucarística colma con
sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón
humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad,
propia de la participación común en la misma mesa
eucarística, a niveles que están muy por encima de
la simple experiencia convival humana. Mediante la comunión
del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez más profundamente
su ser "en Cristo como sacramento o signo e instrumento de
la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano" (EDE 24).
Juan Pablo II ha recordado, en varias ocasiones, el conocido texto
de San Juan Crisóstomo: "¿Deseas honrar el cuerpo
de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo
en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos
de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez.
Porque el mismo que dijo: "esto es mi cuerpo", y con su
palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó
también: "Tuve hambre y no me disteis de comer",
y más adelante: "Siempre que dejasteis de hacerlo a
uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis
de hacer" [...]. ¿De qué serviría adornar
la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de
hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te
sobre, adornarás la mesa de Cristo"(PG 58, 508-509).
La Eucaristía es la más profunda relación
de una expresiva celebración de la fraternidad humana. En
la Eucaristía se encuentra la más abundante fuente
de la reconciliación con el mundo, de la esperanza futura
(RH 7, 20). Ahora bien, la espera nunca puede ser pretexto para
desentenderse de los problemas y aspiraciones de la humanidad (SRS
48).
"Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados
a descubrir, mediante este Sacramento, el sentido profundo de nuestra
acción en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y
a recibir de él las energías para empeñarnos
en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que
en este Sacramento da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como
la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal
no será inútil sino ciertamente fecunda"
(SRS 48).
Son muy expresivas las palabras de Juan Pablo II: "Por la
comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica
también su Espíritu. Quien lo come con fe, come Fuego
y Espíritu. [...]. La Iglesia pide este don divino, raíz
de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística.
[...] Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta
en nosotros el don de su Espíritu" (EDE 17). Unidad
perfecta es esta: el mismo corazón y el mismo Espíritu.
Lo que disgregara el pecado, lo ha unido el amor de Cristo en la
Eucaristía. "Como el pan es sólo uno, por más
que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos
se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su
diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de
la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente
unos a otros y, todos juntos, con Cristo" (EDE 23).
La acción del Espíritu Santo se manifiesta sobre
todo en la plegaria eucarística y en la consagración.
Cristo nos une con él y a los hermanos entre sí. Primero
se ha trasformado el pan en el Cuerpo de Cristo. Después,
la comunidad reunida en cuerpo eclesial. Así se dice en la
plegaria eucarística (II): "Por eso te pedimos que santifiques
estos dones con la efusión del Espíritu, de manera
que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor
(...) Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue
en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y sangre de Cristo"
Participar en el cuerpo de Cristo es, al mismo tiempo, comunión
con su Espíritu, con el amor de Cristo. Pues "los bienes
de este mundo y la obra de nuestras manos -el pan y el vino- sirven
para la venida del Reino definitivo, ya que el Señor, mediante
su Espíritu, los asume en sí mismo para ofrecerse
al Padre y ofrecernos a nosotros con él en la renovación
de su único sacrificio, que anticipa el Reino de Dios y anuncia
su venida final" (SRS 48).
III. COMPARTIR EL PAN DE LA EUCARISTÍA Y EL PAN
DE LA CARIDAD
Quien coma de este pan vivirá para siempre (Jn 6, 51). Comer
de este pan de la Eucaristía es exigencia de compartir. En
el día final seremos juzgados y reconocidos por cuanto se
haya hecho en el amor y servicio a los demás: tuve hambre
y me diste de comer... (Mt 25, 35). Si Cristo se ofrece de una manera
tan sacrificada en la Eucaristía, el que come de este pan
santo ha de entregarse por los demás. "Contemplar a
Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste,
en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento
vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico,
de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía
es misterio de fe y, al mismo tiempo, "misterio de luz".
Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de
algún modo la experiencia de los dos discípulos de
Emaús: "Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron"
(Lc 24, 31) (EDE 6).
La Eucaristía ha de llevar al cristiano a ponerse junto
a las esperanzas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, particularmente de los pobres. Nada de lo auténticamente
humano debe dejar de interesar al cristiano (EIE 104).
Sentarse a la mesa con Cristo es "un privilegio, pero también
una interpelación. El pan y el vino que presentamos en el
altar, nos están remitiendo a esa comida o bebida que debiera
estar en la mesa de todo ser humano, porque hay muchos hombres que
no pueden disfrutar de tal derecho, bien porque no tienen qué
comer o porque les falta con quién compartir, lo que representa
una clamorosa injusticia" (TB 54).
Como ejercicio de la caridad se podría describir el siguiente
itinerario: ver las heridas de los hermanos y verlas como puertas
abiertas en el costado de Cristo y entrar allí con la caridad.
Después, curar las heridas, pues la fe sin obras está
muerta y la caridad no se discute, se practica. Habrá que
recoger al hombre malherido y poner misericordia en la herida, para
que no se infecte por el odio. También habrá que ir
en busca de quien causara el mal (pecado, injusticia) para hablarle
de Dios; es responsabilidad de denuncia y compromiso. Por último,
ver en unos y otros a Cristo, el que curó a todos con sus
heridas.
1. Para tener vida
La Eucaristía es de Cristo, y Él la pone en manos
de la Iglesia para que la celebre y ofrezca, para que se santifique
y salve. Desde los comienzos de la Iglesia, los cristianos "acudían
asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones"
(Hch 2 42). Querían ser fieles al mandato del Señor,
que se había entregado para que todos tuvieran vida y vida
eterna.
¿Qué hacer para conseguir la vida eterna? (Lc 10,
25): hacerse próximo y samaritano. ¿Cómo sabremos
si estamos en el camino de la auténtica vida? Si amamos a
los hermanos (1 Jn 5,1). Quien se ha encontrado con Cristo, tiene
que hacérselo ver a sus hermanos en obras y palabras: la
Eucaristía es inseparable de la caridad. Por eso mismo, a
los cristianos no les vale el simple altruismo, tienen que llegar
hasta el amor de Dios.
En el altruismo hay reconocimiento de unos valores y una inclinación
a participar y ayudar. Pero el camino que resta por andar es mucho
más largo y con más altos horizontes. Habrá
que dejar bien asentado el fundamento de la justicia. Pues, de lo
contrario, las mejores intenciones y proyectos quedarían
sin consistencia, se olvidarían los derechos que asisten
a las personas, el respeto a su dignidad y condición humana
y la valoración de la propia cultura. Derecho a la vida,
a la familia, al trabajo, a la participación, a la libertad.
El reconocimiento de estos derechos es condición imprescindible
para la justicia. Los derechos se reconocen, no se regalan ni se
otorgan. La justicia es reconocimiento de unos derechos incuestionables.
Pero, incluso, más allá de esos mismos derechos reconocidos,
hay unos valores más altos: la dignidad de la persona, sujeto
de esos derechos.
La solidaridad es una actitud personal y permanente que lleva a
considerar al hombre como hermano y a ver los bienes de este mundo
como un patrimonio común que compartir, pero la solidaridad
no puede tener otro asiento que no sea el de la justicia. Es apertura
a la comprensión de los demás y disposición
activa para la ayuda. Supone una participación en el bien
común. Tiene como base el reconocimiento del principio de
que todos los bienes de la creación, así como los
que proceden del trabajo del hombre, están destinados al
disfrute de todos (SRS 39).
Pero todavía queda camino por recorrer. Habrá que
unir a la justicia y a la solidaridad el amor fraterno y cristiano.
Justicia y caridad se hermanan y ayudan. La caridad no quiere, en
forma alguna, ocultar la obligación de la justicia, sino,
por el contrario, dejar bien claro el reconocimiento del derecho
que asiste a la persona.
Para el cristiano resultan inseparables la solidaridad y el amor
fraterno. Si está unido a los demás, no es por una
simple razón de pertenencia a una comunidad humana que debe
cohabitar en el mismo mundo, sino por el imperativo del mandamiento
nuevo del amor que ha de distinguir a los discípulos de Cristo.
La misericordia de Dios no anula las exigencias de justicia sino
que las hace más obligatorias. Pues la justicia se funda
en el amor y tiende al amor. La misericordia es la fuente más
profunda de la justicia. Dios es el justo y el misericordioso. Lo
posible es obligatorio.
Justicia y solidaridad no son nada más que un primer paso,
aunque necesario e imprescindible. La caridad cristiana no tiene
límites, siempre queda obligada a dar aquel amor fraterno,
aquella misericordia, aquella benevolencia que no siempre exige
la aplicación estricta de la justicia. El intento de ocultar
las palabras caridad, amor fraterno, ayuda a los pobres, beneficencia...,
puede provenir de la ignorancia de lo que esas palabras significan
y a lo que comprometen. También actitudes y prejuicios antirreligiosos.
El testimonio de la caridad, incuestionablemente evangélica,
será el mejor camino para superar esas inexistentes incompatibilidades
entre evangelización y solidaridad.
Levantar el estandarte de la justicia sin tener el corazón
y las manos llenas de misericordia, puede ocultar el convencimiento
de que lo justo solamente puede tener asiento en el reconocimiento
del hombre como individuo digno de ser querido y respetado. Virtud
es la justicia, pero la misericordia la reviste de eficacia y de
perseverancia. No se confunden, justicia y misericordia, pero se
ayudan y complementan. Tan injusto se puede ser al juzgar sin misericordia,
como inmisericorde si se olvida la justicia. La misericordia es
la superabundancia de la caridad y de la justicia
2. La caridad, responsabilidad y criterio
La justicia y la caridad se hermanan y ayudan. La caridad no quiere,
en forma alguna, ocultar la obligación de la justicia, sino,
por el contrario, dejar bien claro el reconocimiento del derecho
que asiste a la persona.
Compartir con los demás, no es sólo un gesto solidario,
sino también expresión del amor fraterno que, como
gracia y favor de Dios, se ha recibido. Es una forma de manifestar
la gratitud a Dios, que ha dado los bienes de este mundo y la gracia
de tener el corazón abierto al amor de los demás.
No hay que temer, en manera alguna, que el amor cristiano disminuya
la fuerza incansable y el obligatorio trabajo en favor de la justicia.
Más bien, la profundidad de la caridad fraterna es el mejor
y más consistente de los apoyos para buscar el reconocimiento
de los derechos, la recuperación de la dignidad perdida o
arrebatada, la rectitud de intención en el servicio a los
pobres y con los pobres.
Inseparables son el amor a Cristo y la caridad fraterna. El que
quiera amar a Dios, que sirva a su hermano. Este es el verdadero
camino de la reconciliación, no del pobre con el rico o del
pudiente con el menesteroso, sino de todos en Cristo. No podemos
separar lo que Cristo ha querido que estuviera unido: los pobres
y el evangelio. He sido enviado para evangelizar a los pobres, dice
el Señor (Lc, 18-21). Cuando se acude sinceramente a Cristo,
él lleva de la mano a los pobres. Cuando, en noble deseo,
uno se acerca a los pobres y les presta ayuda, la vida toma una
nueva motivación y el rostro de Cristo aparece enseguida.
Cristo, el evangelio y los pobres, son inseparables.
Esa unión del cristiano con Cristo, no es la de una simple
imitación de los pensamientos y de los gestos, sino una identificación
completa que, gracias al misterio redentor de Cristo que, por la
acción del Espíritu, se hace vida y realidad en el
hombre. El ministerio de la caridad no es otro que el de estar junto
a los pobres, discernir la justicia de sus reclamaciones y sentir
la obligación de ayudar. En los pobres y en los que sufren
se reconoce la imagen de Cristo pobre y paciente. Solamente en Cristo
se encuentra la verdadera e incondicional razón del amor
cristiano. "Los discípulos de Cristo se han ocupado
siempre de socorrer al pobre y al oprimido, al enfermo y al ignorante,
al cautivo o marginado, porque el evangelio se hace operante mediante
la caridad, que es gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad
al Señor" (VC 82).
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros (Jn 13,
34). Para nosotros, resultan inseparables la solidaridad y el amor
fraterno. Si nos sentimos unidos a los demás, no es por una
simple razón de pertenencia a una comunidad humana que debe
cohabitar en el mismo mundo, sino por el imperativo del mandamiento
nuevo del amor que ha de distinguir a los discípulos de Cristo.
La unión con Cristo resulta imposible sin la práctica
concreta y efectiva del amor fraterno. Incluso, la proclamación
de la fe en Jesucristo, sin la caridad, resultaría engaño
y mentira y haría de la religión una vana y vacía
experiencia. Pues el que dice que ama a Dios y vuelve la espalda
a su hermano, es un mentiroso (1 Jn 4, 20). Por otra parte, el apóstol
Santiago nos advierte: la religión pura e intachable ante
Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las
viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del
mundo... Si cumplís plenamente el mandamiento de amar al
prójimo, obráis bien... Porque tendrá un juicio
sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia
se siente superior al juicio (Sant 1, 27-2, 13).
La caridad no es una simple ayuda, sino la expresión del
amor de Dios. En esto se manifiesta que hemos conocido a Dios y
que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos
(1 Jn 3, 14). El amor fraterno es la señal luminosa del amor
de Dios. Si con Dios se vive, con su amor se ama y se sirve a los
demás. En el manantial insondable del amor de Dios se alimenta
el amor. ¿Cómo no vamos a amar a nuestros hermanos
habiendo sido nosotros amados de tal manera por Dios que nos ha
dado a su propio Hijo? (1 Jn 4, 9).
En ese amor se construye el Reino de Dios que "se hace, pues,
presente ahora, sobre todo en la celebración del Sacramento
de la Eucaristía, que es el Sacrificio del Señor.
En esta celebración los frutos de la tierra y del trabajo
humano -el pan y el vino- son transformados misteriosa, aunque real
y substancialmente, por obra del Espíritu Santo y de las
palabras del ministro, en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo,
Hijo de Dios e Hijo de María, por el cual el Reino del Padre
se ha hecho presente en medio de nosotros" (SRS 48).
3. Derecho a vivir como cristianos
El amor fraterno es universal, llega a todos los hombres. Si algunos
ha de haber más beneficiados en este derecho, serán
los más desvalidos. Y pensemos en tantos hermanos angustiados
por la falta de trabajo, por la enfermedad, por desgracias familiares
de todo tipo, las víctimas del alcohol, de la droga, del
juego, los emigrantes, los que no tienen ni casa, ni familia...
Amor universal, no sólo respecto a los destinatarios a los
que ha de llegar la caridad, sino a quienes la han de practicar.
Nadie está excluido de la obligación de amar a su
prójimo. Ninguno puede quedar fuera de la bondad de Jesucristo
que premiará lo que con él se hiciera. Los más
pobres, no solo son los que han de recibir más ayuda, sino
también los que pueden devolver más amor, pues solo
con el amor a sus hermanos pueden pagar la bondad que reciben. Al
"vivir la Eucaristía", el cristiano adquiere unos
"derechos", que son unas posibilidades para quien desea
sinceramente vivir el mandamiento nuevo de la caridad, del amor
fraterno. Estos derechos de quienes participan en la Eucaristía,
pueden ser los siguientes: recibir con gratitud, compartir con generosidad,
pedir confiadamente, ofrecerse para servir.
Derecho a recibir con gratitud aquello que se nos ha dado. Pues
se trata de un gran favor y beneficio que hemos recibido. Es la
posibilidad de poder amar a nuestros hermanos y de manifestar en
ellos el amor que tenemos al mismo Cristo. Y si el hermano está
necesitado, mayor ha de ser el agradecimiento, pues mejor podemos
ver en él el rostro de Cristo y llevarle el remedio.
Derecho a poder compartir con generosidad aquello que se tiene.
La fe y el pan. A nadie tenemos que negar la ayuda de la fe que
hemos recibido. Es decir: manifestar que somos cristianos y dar
a conocer la insondable riqueza del amor de Jesucristo. Pero no
puede ser un amor de simples palabras. "Si alguno que posee
bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra
su corazón, ¿cómo puede permanecer en él
el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca,
sino con obras y según la verdad." (1Jn. 3, 17-18).
Derecho a pedir confiadamente lo que necesitamos. La gracia de
Dios, para poder caminar siempre en fidelidad a su voluntad, y los
recursos que se requieren para atender a los necesitados. El pedir
nunca debe ser motivo de vergüenza, sino reconocimiento de
nuestra pobreza, del sincero deseo de servir a los pobres y, sobre
todo, de confianza en la bondadosa generosidad de Dios.
Derecho a ofrecerse para servir. El amor no lo pueden dar las cosas,
sino las personas. Si pedimos generosidad en el compartir los bienes,
todavía mayor es el desprendimiento personal que se necesita
para poder ayudar al hermano que nos necesita.
La Eucaristía alienta el sentido de responsabilidad, pues
en la mesa del Señor sólo pueden sentarse con la conciencia
tranquila aquellos que están en disposición sincera
de seguir el camino de las bienaventuranzas.
IV. OBSTÁCULOS Y COARTADAS
Dadles vosotros de comer (Mt 4, 16) y los apóstoles ofrecerán
a la comunidad el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía,
pues aceptar la palabra del Señor y comulgar el cuerpo de
Cristo es urgencia de vivir conforme al mandamiento nuevo del amor.
Mas camino tan santo tiene sus dificultades, que incluso pueden
hacer caer y claudicar. Ante la invitación del Señor
a recibir el pan de vida, muchos la declinaron, otros huyeron, algunos
quisieron matar a quien tanto bien les hacía.
El Tentador le dice a Jesús: haz que estas piedras se conviertan
en pan (Mt 4, 3). Ahora, y a nosotros, nos puede llegar esta tentación:
haz que este pan de la Eucaristía y de la caridad se convierta
en las piedras de la indiferencia o del desprecio.
Ante la exigencia de la caridad, de la misericordia y de la justicia
que requiere la Eucaristía, surgen una serie de inconvenientes,
de falsas razones, de ambiguas coartadas que pretenden justificar
la evasión y la falta de compromiso cristiano con los más
necesitados y queriendo olvidar la obligación del compartir.
1. Las excusas de los invitados
Como en la parábola evangélica, los invitados a la
fiesta pusieron excusas para declinar la invitación (Cf Lc
14, 16-24). ¡Cuántos artilugios inventan, incluso los
profetas, para escaparse de la voz de Dios que les llama a cumplir
una misión en el pueblo. Moisés dice que quién
es él para liberar al pueblo (Ex 3, 1). Isaías se
queja de que es hombre de labios impuros (Is 6, 5). Jeremías
arguye que es un muchacho (Jr 1, 6). ¡Qué difícil
es que en un mundo secularizado se pueda percibir un mensaje no
verificable con los criterios de una mentalidad positivística,
donde los proyectos de existencia no solamente olvidan, sino que
niegan la trascendencia! ¿A quién predicar? Tengo
el evangelio en la mano, ¿quién está dispuesto
a recibirlo? Jonás quiere huir lo más lejos posible
de Dios (Jon 1, 3). ¿A quién voy a predicar, si no
son más que un montón de huesos secos? (Ez 37). Es
la coartada de la secularización de todo.
Ante la magnitud del problema, surge la tentación del descorazonamiento
y de la falsa excusa. Si el problema es complejo, la pereza aconseja
no complicarse en él. Si es lejano, el egoísmo arguye
que no te corresponde. Huida a la comodidad de la contemplación
por la contemplación, cuando duele la agresividad y el peso
del trabajo de cada día entre los hombres. Huida a la actividad
desenfrenada, cuando la conciencia no aguanta la interpelación
de la palabra de Dios hacia una entrega más justa y
menos caprichosa. Un afán de compromiso sin fe o la evasión
de querer vivir una creencia espiritualizada sin inserción
en el mundo por el que murió Jesucristo.
Tentación del limitacionismo localista, que olvida los intereses
o las desgracias ajenas. Se pretexta la atención de tener
que atender a lo inmediato para eludir la responsabilidad de un
amor universal. Con no poca frecuencia, esta tentación va
unida a la connivencia con el poder, con el miedo a perder la situación
privilegiada, al olvido del bien común. Irresponsabilidad
ante la obligación de la denuncia profética. Individualismo
en muchas maneras y expresiones diversas. En la raíz está
el egoísmo, tanto personal como colectivo, que considera
el propio beneficio como criterio máximo por encima de cualquier
otro principio. Mucho peor sería acudir a la violencia como
recurso, fomentando odio y enfrentamientos, aliándose con
la injusticia bajo el falso pretexto de luchar por la justicia.
2. Multiplicación del pan
¿Cómo vamos a encontrar pan para tanta gente? ¿Quién
les va a dar de comer? Dadles vosotros de comer, dice el Señor
(Jn 6, 1-15). Jesús no hace caso del pesimismo de los discípulos.
Sentarse en la mesa de la Eucaristía es señal de que
hay un compromiso de ponerse también delante de la mesa vacía
de los pobres, los excluidos, los marginados. La Eucaristía
no es un rito más, sino la comunión con Cristo que
se ofrece por todos. El que come de este pan tiene que sentir el
fuego del amor de Jesucristo. La Eucaristía no evade de los
compromisos de la caridad, sino que los reafirma y refuerza.
Acercarse a la pobreza y ver la situación en la que se encuentran
muchas personas provoca, de inmediato, una sensación de incomodidad
y de vergüenza. Puede ser que la incomodidad provenga de una
especie de sentimiento de fracaso en el ordenamiento social. La
vergüenza es el fruto de la indiferencia en la que se ha vivido
respecto a los pobres.
Por otro lado, las formas y modalidades de la pobreza son muchas,
distintas e insospechadas. Para definir los límites de la
pobreza, unas veces se acude a los factores económicos: son
pobres los que no rebasan un mínimo nivel de dinero. En otras,
se considera pobres a aquellos que, por cualquier limitación,
no pueden disfrutar del bien común. Muchos lo pueden ser
por exclusión, por haberlos, o haberse situado ellos mismos,
lejos de la participación social. Se habla de antiguas y
de nuevas pobrezas, de pobreza cultural, ecológica... Es
frecuente, además, que junto a un tipo de pobreza se añadan
algunas otras. A la falta de medios económicos se une la
incultura, la marginación. La drogadicción provoca
la delincuencia, el paro, la exclusión social.
Sea como fuere, la pobreza es limitación, carencia, exclusión
social. Los datos sobrepasan lo imaginado. Y sobrecogen. Más
que por la magnitud de los mismos, por el sufrimiento de las personas
que están detrás de esos números. Una autodefensa
egoísta, considerando al pobre, al inmigrante, al marginado,
como un potencial competidor y enemigo del propio bienestar social.
"Sobre todo será necesario abandonar una mentalidad
que considera a los pobres - personas y pueblos - como un fardo
o como molestos e inoportunos, ávidos de consumir lo que
otros han producido. Los pobres exigen el derecho de participar
y gozar de los bienes materiales y de hacer fructificar su
capacidad de trabajo, creando así un mundo más justo
y más próspero para todos. La promoción de
los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral,
cultural e incluso económico de la humanidad entera"
(CA 28).
3. El pan de vida
El anuncio del pan de vida escandalizó a los discípulos
(Jn 6, 60). Es duro este lenguaje ¿Quién puede escucharlo?
La Eucaristía y la cruz son piedra de tropiezo. ¿Quién
puede comprenderlo? ¿Quién puede soportarla? Solamente
la aceptación de Cristo y de su palabra dan sentido a misterios
tan grandes.
Juan Pablo II ha hablado de una tentación particular para
el hombre contemporáneo: la tentación de rechazar
a Dios en nombre de la propia dignidad del hombre (A la Conferencia
Episcopal de Francia, 1-6-80). Como si Dios fuera un obstáculo
para que el hombre pudiera alcanzar su propia y más auténtica
realización humana. Esta es la gran tentación y la
más absurda coartada: pensar que olvidando a Dios se pueden
resolver los problemas de la humanidad. Lo decía Pablo VI:
"Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios,
pero, "al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla
contra el hombre" (PP 42).
En esta pretendida ausencia de Dios se quiere secularizar radicalmente
la existencia, quedarse en lo puro analítico sin trascender
en nada, vaciar el mundo de Dios. La Eucaristía es amor y
verdad. Y sólo el que ama a su hermano permanecen en la verdad.
Se deforma la imagen de la caridad evangélica. Se intenta
ocultar la palabra caridad, amor fraterno, ayuda a los pobres. Se
prefieren términos ambiguos y que no identifiquen a quienes
se han sentado al banquete de la Eucaristía. En fin: coartadas
y disculpas de querer cambiar lo exterior y la apariencia, sin conversión
interior del corazón. De opción personal y olvidar
la misión de la Iglesia. De la perfección para justificar
la intolerancia del que piensa de otra manera o sigue otro estilo
de vida. Coartada y disculpa del secularismo, creyendo ganar así
en eficacia y llegar mejor a las gentes. Del subjetivismo, para
justificar la falta de comunión eclesial y seguir la conciencia
individualista como criterio absoluto. De conseguir lo inmediato
olvidando la vida eterna. De la nostalgia, para desamar el presente
recurriendo al recuerdo de viejos tiempos mejores. Coartada y disculpa
de la intrascendencia, para justificar el descuido de la práctica
religiosa y sacramental. De la soledad, para olvidar el acompañamiento
de Cristo, de la gracia del Espíritu, de la providencia del
Padre, de la comunión en la Iglesia, de la fraternidad, de
la caridad y el amor de nuestros hermanos.
V. EUCARISTÍA Y CARIDAD
Un testamento nuevo, un sacrificio nuevo, un mandamiento nuevo,
un alimento nuevo, un hombre nuevo, una nueva humanidad, una nueva
civilización del amor. Y es precisamente en la Eucaristía
donde resplandece y continúa en el tiempo esa novedad del
misterio pascual y del amor fraterno y universal.
Un nuevo estilo: habéis oído, pues yo digo... ¡Amad
a los que os persiguen! (Lc 6, 32). El cristiano debe ser ante el
mundo: sal, luz, caridad, justicia, misericordia... ¿Cómo?
Rogando a Dios para que se realice la promesa de infundirnos su
Espíritu, para que quite de nuestra carne el corazón
de piedra y nos lo transforme en uno nuevo, a la medida del suyo,
manso y humilde y lleno de amor. Entonces podremos decir: Ya no
soy yo, es Cristo quien vive en mi (Gal. 2,20). Le pedimos que cambie
nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Y Él
nos ha dado más: nos ha convertido en Él: el que come
Mi carne vive en mi y yo en el (Jn 6,54). Y si conocieron a Cristo
al partir el pan (Lc 24, 35), reconocerán esa presencia de
Cristo si partes tu pan con el hambriento (Is 58,7).
1. Una humanidad renovada
"Ofrecer de verdad el sacrificio de Cristo implica continuar
este mismo sacrificio en una vida de entrega a los demás.
Así como Él se ha ofrecido en sacrificio bajo la forma
de pan y vino, así debemos darnos nosotros, con fraterno
y humilde servicio, a nuestros semejantes, teniendo en cuenta sus
necesidades más que sus méritos, y ofreciéndoles
el pan, o sea, lo más necesario para una vida digna"
(TB 53).
La incorporación a Cristo se renueva y se consolida con
la participación en la Eucaristía. Comulgamos el cuerpo
de Cristo y Él nos recibe a cada uno de nosotros. "Al
unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo
de la nueva Alianza se convierte en "sacramento" para
la humanidad, signo e instrumento de la salvación, en obra
de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16),
para la redención de todos" (EDE 22). "Por tanto,
la Eucaristía, celebrada y participada como banquete, nos
invita a unir la fracción del pan con la comunicación
de bienes (cfr. Hech 2,42.44; 4,34), con las colectas a favor de
los necesitados (cfr. Hech 11,29; 12,25), con el servicio de las
mesas (cfr. Hech 6,2), con la superación de toda división
y discriminación (cfr. 1Cor 10,16; 11,18-22; St 2, 1-13).
De todo esto se desprenden evidentes consecuencias para la evangelización
en el mundo y, concretamente, en los países en vías
de desarrollo" (EDE 55).
2. Eucaristía y caridad
La Eucaristía es acción de gracias y la caridad reconocimiento:
Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos (1Jn 4, 11).La Eucaristía es alabanza de las maravillas
de Dios; la caridad, hacer vivo el amor de Cristo: amaos unos a
otros como yo os he amado (Jn 13,34). La Eucaristía es sacrificio
y la caridad amor en la entrega: aunque diera mi cuerpo a las llamas,
si no tengo caridad de nada me sirve (1 Cor 13.). La Eucaristía
es presencia escondida. La caridad es patente y sinceridad: el que
no ama a su hermano a quien ve, cómo va a amar a Dios, al
que no ve (1Jn 4, 20).
La Eucaristía, en fin, es fuente y cima de la vida cristiana.
Y la caridad es la señal de que somos reconocidos como discípulos
de Cristo: en esto se conoce que sois discípulos míos,
en el amor que exista entre vosotros (Jn 13, 35).
* * * * *
Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 15).
La Eucaristía es el centro, el culmen, la vida, el sacramento
de la fe, la esperanza más firme, la prenda de la vida eterna.
Este será el celemín con el que el Señor medirá
en el último día (Cf. Mt 25, 31-46)). Esperamos, por
la misericordia de Dios, escuchar en aquel momento, las palabras
: Venid benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer. Y tendremos
que responder: bendito tu, Señor, porque yo era el hambriento
y me diste el pan del cielo que es tu Cuerpo. Porque yo era el sediento
y me diste a beber la copa de tu sangre. Y los justos irán
a la vida eterna.
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