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LA EUCARISTÍA: MISTERIO DE COMUNIÓN
Y CENTRO DE LA VIDA DE LA IGLESIA
Catequesis de Su Eminencia Revma. El Cardenal Ricardo J. Vidal,
Arzobispo de Cebú, Filipinas
Nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, comienza
su encíclica Ecclesia de Eucharistia con el recuerdo de las
Eucaristías que él ha celebrado en sus años
de sacerdote, luego como Obispo, y más tarde como Supremo
Pastor de la Iglesia Católica. Escribe: “Este variado
escenario de las celebraciones de la Eucaristía me ha dado
una ponderosa experiencia de su carácter universal y, por
así decirlo, cósmico! Porque incluso cuando es celebrada
en el humilde altar de una iglesia de pueblo, la Eucaristía
es celebrada en cierto modo sobre el altar del mundo” (Ecclesia
de Eucharistia, 8).
El altar del mundo, El Santo Padre ve en la celebración de
la Eucaristía la unión de cielo y tierra, la recapitulación
de la creación, procediendo del Padre y volviendo a Él
redimida por Cristo. Uno de los sacerdotes en mi archidiócesis
de Cebú lo ve de una manera más simple: mientras asistía
a la misa del Santo Padre en el Día Mundial de los Jóvenes
en 1995, durante la cual se reunieron unos cinco millones de personas
en la mayor asamblea de seres humanos que se haya reunido jamás
en el mundo, de pronto se dió cuenta de que la misa del Papa
era la misma misa que él celebraba cada diá en su
pequeña parróquia en un lugar sin importancia de la
isla de Cebu. Este joven sacerdote mío comprendió
que cada vez que celebra misa en su parroquia comparte el mismo
altar con el Santo Padre: el altar del mundo.
El altar del mundo es el lugar en el que se ofrecen como puro don
el cuerpo y la sangre de Jesús. El altar del mundo está
en cualquier parte, como escribió el profeta Malaquías:
“Grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se
ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso” (Mal 1,11).
El altar del mundo está donde el este y el oeste se unen
para proclamar la grandeza del Señor. Está donde llegan
grandes multitudes para participar en le cena del Cordero. Es la
misma Iglesia, en la que todos los hombres y mujeres comparten el
banquete del Señor.
En este catecismo, se me ha encargado elaborar la centralidad de
la Eucaristía en la Vida de la Iglesia. Voy a desarrollar
este téma de acuerdo con el siguiente esquéma: primero,
la Eucaristía nos une con el Misterio Pascual de Cristo;
Segundo, la Eucaristía edifica la Comunión Eclesial.
Tercero, la Eucaristía nos une a unos con otros como hermanos.
I. La Eucaristía nos une con el Misterio
Pascual de Cristo
“El sacrificio (de Jesús en la cruz) fué tan
decisivo para la salvación de la raza humana que Jesús
lo ofreció y vuelve solamente al Padre después de
dejamos un medio de compartirlo como si hubiéramos estado
presentes” (Ecclesia de Eucharistia, 11). La Eucaristía
nos presenta, o mejor, nos hace presentes a nosotros en el sacrificio
del Calvario. “La misa es al mismo tiempo, y de manera inseparable,
el sacrificio memorial en el que se perpetúa el sacrificio
de la Cruz y el sagrado banquete de communión con el cuerpo
y la sangre del Señor (…) El sacrificio de Cristo y
el sacrificio de la Eucaristía son un sacrificio único”
(Ecclesia de Eucharistia, 12).
Creo que esta es la clave para entender la clase de communión
que la Eucaristía lleva a cabo en nuestra almas. La Eucaristía
nos transporta en tiempo y espacio y nos lleva a la verdadera fuente
de nuestra salvación, al acto mismo de la revelación
por Jesús del amor del Padre. A pesar de que experimentó
de la manera más profunda el abajamiento de la cruz, fué
en este supreme acto de obediencia a la voluntad del Padre cuando
estuvo más unido a Dios, y con Él a nuestra humanidad
pecadora. El Señor se nos hace presente en la forma de pan
y vino, pero nosotros también hacemos presentes al Señor
en el momento supremo de este acto salvífico.
Un joven de Coréa se quejaba por el hecho de que había
sido educado solaménte por padres adoptívos. Se volvío
rebelde, se portaba mal en la escuela. Rechazaba cualquier acercamiénto
de sus padres adoptívos para tratarlo como a un hijo propio.
A pesar de que sus padres adoptívos cuidaban de él,
el joven pensaba que nadie Le quería. Durante un violento
enfrentamiénto con ellos, su madre adoptiva finalmente sacó
un viejo trozo de tela de una caja. Era un descolorído, roto
y ensangrentádo vestido de mujer. La madre le contó
la historia de la llegada del niño a sus vidas. Era durante
lo más duro de la Guerra de Coréa, en un invierno
particularmente frío. Una mujer no pudo encontrar ningún
refugio para su niño, así que se quitó la ropa
y con ella envolvió al bebé y lo mantuvo estrechado
entre sus brazos. Ella murió de frío, pero cuando
llegó ayuda, el niñito estaba vivo en sus brazos,
pues se había mantenido caliente gracias a la ropa y al abrazo
de la madre agonizante. El joven, cuando se enteró del sacrificio
de su madre, pidió el vestido a su madre adoptiva y rogó
que la acompañaran al lugar en el que su madre real había
dado La vida por él. Allí se arrodilló, besó
el desgastado vestido de su madre y pidió perdón.
En la Eucaristía entramos en un acto similar de recuerdo,
sólo que en este caso nuestra fe y el poder del sacramento
nos ponen “en contacto real, puesto que este sacrificio se
hace presente de nuevo, perpetuado sacramentalmente, en cada comunidad
que lo ofrece por medio de las manos del ministro consagrado”
(Ecclesia de Eucharistia, 12). El amor de una madre ofreciendo su
vida por su hijo es sin duda salvífico, pero el amor de Dios
ofreciendo su Hijo unigénito por el mundo lo es infinitamente
más.
El Bautismo nos une con la Trinidad, pero en la Eucaristía
volvemos a la fuente del Bautismo, el manantial de la gracia de
Dios en la sacrificio de la cruz. La Confirmación nos une
más firmemente con Cristo (CCC, 1303), pero en la Eucaristía
somos llevados a una unión íntima con el Señor
(CCC, 1391). Ciertamente “los otros sacramentos (…)
están unidos a la Eucaristía que contiene todo bien
espiritual de la Iglesia, concretamente el mismo Cristo, nuestra
Pascua” (CCC, 1324)
Es a través del misterio Eucarístico donde nosotros
podemos participar en el misterio pascual de Cristo. A través
de esta participación, nos unimos a la Trinidad de la manera
más íntima, como se deduce de la plegaria Eucarística
donde, el sacerdote, actuando en persona Christi, se dirige al Padre
en la ofrenda del Santo y Vivo Sacrificio: "Dirige tu mirada
sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la víctima
por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para
que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos
de tu Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y
un solo espíritu" (Plegaria Eucarística III).
San Cirilo de Alejandría explica el dinamismo de esta unión.
Dice: "todos los que reciben el sacrificio de la sagrada carne
de Cristo se unen a él como miembros de su cuerpo (…)
Así como la sagrada carne de Cristo tiene poder sobre los
que son uno en un solo cuerpo, de la misma manera, el espíritu
invisible de Dios, que mora en nosotros, hace que todos seamos uno
en espíritu (…) Si ese espíritu mora en nosotros,
el mismo Dios y Padre de todos estará con nosotros, y él,
por su hijo, reunirá consigo a aquellos que comparten su
Espíritu". San Cirilo concluye: "somos uno en el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Somos uno en mente y
santidad, a través de nuestra comunión en Cristo y
de nuestra participación en el Espíritu Santo".
Por tanto, anterior a cualquier forma de comunión, emotiva
o participativa, estamos ya unidos cuando celebramos la misa juntos
o por separado, porque la celebración de la Eucaristía
en sí misma nos une en comunión con la Trinidad y
entre nosotros mismos, sin consideración de sentimientos
personales o de nuestro estado de ánimo. Porque Cristo se
ofrece y es ofrecido, la celebración de la Eucarística,
en cualquier lugar y circumstancia, es siempre la misma Misa, porque
sólamente existe un Misterio Pascual hecho accesible a través
del Misterio Eucarístico. Por tanto, todas las misas ofrecidas
ayer y hoy, y las que se ofrecerán mañana en todo
el mundo, son uno y el mismo sacrificio. Como se expresa en la tercera
Plegaria Eucaristica, "congregas a tu pueblo sin cesar, para
que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale
el sol hasta el ocaso".
Y esto de acuerdo con los deseos de Jesús: en el cenáculo,
durante aquella decisiva noche en Jerusalén, en las catacumbas
romanas, en celdas de prisiones de China y Vietnan, en las catedrales
europeas, en los pueblos filipinos, en las favelas [barriadas] de
Sudamérica, y en las aldeas africanas, estamos todos reunidos
alrededor del altar universal.
II. La Eucaristia edifica la Comunión
Eclesial
Un joven seminarista fué ordenado diácono por su Obispo
en China. Poco después de la ordenación, el Obispo
fue arrestado por la autoridades y recluido en una prisión.
El diácono fue enviado a la Universidad de Santo Tomás
de Manila para terminar sus estudios teológicos. Después
de unos años los formadores del seminario le propusieron
ser ordenado sacerdote en Manila. El joven diácono no quíso.
Había prometido que sólo sería ordenado por
su Obispo, si fuera y cuando saliera de la prisión. ¿Y
si está en la cárcel para siempre? Entonces sería
diácono para siempre.
Durante unas vacaciones de verano el diácono pudo volver
a China, y le permitieron visitar a su Obispo. El Obispo se alegro
mucho de verle, y durante la entrevista le preguntó: “¿Estás
preparado para ser ordenado?” El diácono se sobrasaltó.
Había venido a visitar a su Obispo, no a ser ordenado. Pero
vió la culminación de su vocación, así
que respondió que sí. Entonces se dió cuenta
de un problema: ¿que harían los guardias de la prisión?
¿No habían prohibido las autoridades las ordenaciones?
“Sin problema”, respondió el Obispo. Ellos serán
los testígos de la ordenación. Asi que los guardias
de la cárcel cerraron las ventanas y se reunieron alrededor
de las figuras solitarias figures del Obispo y el diácono.
Ocultaron de las autoridades el más profundo misterio de
comunión.
Esta historia contada por el mismo protagonista el diácono,
que ahora sirve como sacerdote en la dioceses de Manila, es un ejemplo
radiante de comunión en la Iglesia. Los otros reconocen la
presencia del Señor entre nosotros por el amor que tenemos
los unos por los otros. La caridad es precisamente el mandatum novum
del señor, el mandamiento de amarnos los unos a los otros
como él nos amó. Este mandatum tiene las raíces
en la Eucaristía, no sólo porque se les encomendó
a los apóstoles durante la Última Cena (Jn 13,34),
sino porque la Eucaristía es su expresión y su cumplimiento.
Es en la Eucaristía donde Jesús nos muestra cuánto
nos amó, dándonos su cuerpo y sangre como comida y
bebida. La Eucaristía es el signo del amor cristiano. Del
mismo modo que Jesús nos amó entregando su vida por
nosotros, así nosotros debemos entregar nuestra vida por
nuestros amigos. “En el sacramento del pan eucarístico
se expresa y se lleva a cabo la unidad de los fieles, que forman
un cuerpo en Cristo (Ecclesia de Eucharistia, 21).
“(…) Las acciones y palabras de Jesús durante
la Última Cena son el fundamento de la nueva comunidad mesiánica,
el Pueblo de la Nueva Alianza” (Ecclesia de Eucharistia, 21).
El mandatum novum, por tanto, es un mandamiento que constituyó
a los Apóstoles en comunidad, la asamblea del pueblo de Dios
unido en su amor. Fue dado después de la salida de Judas,
señal por tanto de comunión entre los que permanecían
(Cf. Jn 13, 31). Los que se fueron no hubieran podido entender el
mandamiento nuevo, porque no quisieron entender cuánto les
amaba el Señor. El mandamiento nuevo fue dirigido sólo
a los que están en comunión con la Iglesia. De otro
modo, ¿Como podría ser su práctica el símbolo
de discípulo? (Jn, 13,35).
El mandatum novum marcaria la Iglesia, el signo de la condición
de discipulo por el que los miembros de la Iglesia debían
distinguirse. Pero esa marca no significa que la Iglesia sea un
grupo cerrado. Precisamente es esa marca lo que hace de la Iglesia
el signo de la presencia de Dios en el mundo. Cualquiera que reconozca
esta presencia y busque experimentarla, entra en comunión
con la Iglesia.
La Eucaristía es el signo y cumplimiento del mandatum novum
del Señor. La experiencia del recientemente fallecido Cardenal
Van Thuan de Vietnam muestra cómo la Eucaristía reúne
a comunidad de fe incluso en las condiciones más dificiles.
Durante los momentos más dificiles de la persecución
de la Iglesia en Vietnam, el Arzobispo Van Thuan fue detenido sin
proceso previo. La primera cosa en que pensó cuando llegó
a la cárcel fue como celebrar la Misa en aquellas condiciones
tan controladas. Escribió a su secretario que le enviara
algunas de sus pertenencias personales, y añadió una
nota: “no olvide de poner un poco de vino para mi estómago”.
El secretario decifró sus palabras, y le envió vino
en un frasquito, además algunas hostias dentro de una linterna
pequeña.
En el silencio de su celda, cuando todos dormían, el Arzobispo
Van Thuan se levantaba, ponía unas gotas de vino en la palma
de su mano, lo mezclaba con su propio sudor, tomaba un trocíto
de hostia y celebraba la misa de memoria.
Muy pronto los otros prisioneros se dieron cuenta de lo que hacía,
y comenzaron a levantarse para asistir a la Eucaristía. Los
detenidos de otras celdas oyeron que en la del Arzobispo se celebraba
la misa, y expresaron su deseo de participar. No era posible que
fueran a su celda, asi que el Arzobispo envolvía en papel
de fumar un trocito de la hostia consagrada y lo pasaba a otra celda.
Allí los prisioneros celebrarían su adoración
eucarística.
En la prisión había un día destinado a la indoctrinación
de los prisioneros, y el Arzobispo Van Thuan calcula que hubo más
prisioneros y guardias convertidos a la Fe que convencidos por la
indoctrinación. Ante la Presencia que irradiaba amor y comunión
en medio de la crueldad y la opresión, ningún tipo
de indoctrinación podía tener exito.
“La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la
Eucaristía están más íntimamente unidos
a Cristo. A través de ella, Cristo une a todos los fieles
en un solo cuerpo, la Iglesia. La comunión renueva, fortalece
y hace más profunda esta incorporación a la Iglesia,
que ya se llevó a cabo en el bautismo” (CCC, 1396).
¿Cómo se experimenta esta incorporación más
profunda? Por medio de la caridad. Cuando nosotros que somos miembros
del Cuerpo Místico nos amamos unos a otros como Jesús
nos amó.
El mandatum novum es un mandamiento que comprende también
a los que han sido separados de la Iglesia, porque Jesós
expresó su deseo de “que todos sean uno” (Jn
17, 21) durante la misma cena eucarística. Pero de la misma
manera que una comunidad preserva su integridad manteniéndo
los lazos de unidad que le son exclusivos, al mismo tiempo que permanece
abierta a otras comunidades, la Iglesia preserva la integridad de
la Eucaristía compartiéndola sólamente con
aquellos que están en total comunión con nosotros.
La Eucaristía no puede ser un instrumento diplomático
o un engaño de correción cívica. Los cristianos
deben vivir de acuerdo con las exigencias del Misterio: el Misterio
no debe ser rebajado para hacerlo más accesible a los deseos
de los cristianos. Sólo de esta manera puede preservarse
la comunión. De otro modo, la Iglesia se convertiría
en una simple reunión de gente simpática que no tienen
nada en común sino el ser amables unos con otros.
El Misterio de le Eucaristía repele a mucha gente. Ya fue
considerado repulsivo por la gente del tiempo de Jesús. Pero
siempre habrán algunos que quedarán y reconocerán
en él “el mensaje de vida eterna” (Jn 6, 68)
Aguad el Misterio y la Eucaristía ya no repelerá.
Pero tampoco atraerá a nadie.
“La Eucaristía crea y fomenta la comunión”
(Ecclesia de Eucharistia, 40), pero esa misma comunión ya
se presupone en su celebración (Ecclesia de Eucharistia,
35). Somos incorporados a Cristo y a su Cuerpo Místico por
medio del sacramento del Bautismo (Ecclesia de Eucharistia, 22),
por tanto nuestra participación en la Eucaristía presupone
la total comunión con la Iglesia. El Santo Padre ha subrayado
en Ecclesia de Eucharistia que la comunión puede ser entendida
de dos maneras: visible e invisible. La comunión invisible
se refiere a la vida de gracia que debe permanecer intacta cuando
participamos en la Eucaristía. El Santo Padre en consecuencia
hace un ruego especial a todos los Católicos: Pido, ruego
e imploro que nadie se acerque a esta sagrada mesa con una conciencia
manchada y corrupta” (Ecclesia de Eucharistia, 36).
Del mismo modo, la comunión visible se refiere a nuestra
incorporación en las estructuras visibles que constituyen
la Iglesia como una sociedad. Así “la Eucaristía,
como suprema manifestación sacramental de comunión
en la Iglesia, pide ser celebrada en un contexto en el que los lazos
externos de comunión permanecen intactos” (Ecclesia
de Eucharistia, 38). Para decirlo de manera más llana, no
debemos compartir la Eucaristía con las comunidades eclesiales
que no están en total comunión con nosotros, puesto
que al carecer del sacramento del Orden, no han preservador la genuina
y total realidad del misterio eucarístico (Ecclesia de Eucharistia,
30). Ni debemos recibir la comunión celebrada en sus celebraciones,
ni “sustituir la misa dominical por celebraciones ecuménicas
de la palabra o servicios de oración común”
(Ibid.).
A pesar de ello, no podemos contentarnos con delinear los límites
de nuestra comunión. Miestras que debemos reconocer los obstaculos
a esta comunión, el mandatum novum nos obliga a llegar a
estos hermanos nuestros separados -- separados por la acción
desafortunada de la historia. La Eucaristia misma, como sacramento
de unidad que es, nos urge a descubrir los valores positivos en
iglesias y comunidades eclesiales que no están en comunión
total con la Iglesia, pero comparten la misma fe en la Eucaristia.
El trabajo de Dios es sobretodo de unidad. Nosotros participamos
en este trabajo a través de una activa y responsable colaboración,
con caridad, humildad y amor por la verdad (Unitates Redintegratio,
11). La unidad entre los cristianos se funda en caridad y humildad.
Pero, no puede haber unidad cristiana sin fraternidad dentro de
esa misma comunión. Porque, ¿como podrían los
excludido de nuestra comunión encontrar un valor en ella,
sin sentirse en hermandad con nosotros?
Hermandad es, por lo tanto, un elemento esencial, no solo una manifestacion
externa de nuestra comunión. Hermandad es una forma de testimonio,
y por ello, sólo una comunión en la que sus miembros
se reconocen entre ellos como "parte de ellos mismos"
puede dar testimonio completo de Cristo.
Fellowship must begin in la familia como iglesia doméstica,
en la que el padre, la madre y los hijos son alimentados por su
asistencia conjunta a la Eucaristía Dominical. En mi archidiócesis
yo siempre he animado a todos a participar de la Eucaristía
Dominical , pero un incidente en particular me hizo comprender cuánto
significa la Eucaristía para mi gente. Un diácono
me contó la historia de una familia de seis miembros (padre,
madre y cuatro niños) que se arreglaban para ir a Misa. El
primer Domingo, la familia entira iba a Misa. El segundo Domingo
sólo iban el padre y los dos hijos. El tercer Domingo, sólo
la Madre y las dos niñas. El cuarto Domingo, sólo
los padres. Al mes siguiente, volvían a hacer lo mismo. Cuando
el diácono les preguntó por qué iban a Misa
por secciones, la madre le dió una explicación. Resulta
que vivían en una casita en la montaña, a la que sólo
se podía llegar con una moto que acomodoba a cuatro o cinco
personas, todos apretados sobre la espina dorsal de la máquina.
El viaje cuesta más o menos el equivalente a un dólar.
Ida y vuelta, dos dólares. Seis personas, serian doce dólares.
La familia apenas ganaba cien dólares al mes, por lo que
ir todos a misa cada domingo significaría tener que sobrevivir
con la mitad de sus ingresos mensuales. Así que habían
decidido arreglarse de aquel modo para que el presupuesto alcanzara
a final de mes.
No ir Misa el domingo es un pecado para los que viven a un tiro
de piedra de la iglesia. Para esa familia, ir a Misa cada domingo
era un acto de heroísmo cristiano.
Los lazos de comunión deben comenzar en la familia, pero
no deben detenerse ahí. De la familia deben extenderse al
vecindario, donde, en Filipinas como en América Latina, las
Comunidades Eclesiales de Base han arriagado. Las CEBs deben ser,
sobre todo, comunidades eucarísticas, porque la Eucaristía
fija la forma de comunión y de desarollo humano. Se trata
de un desarollo que da primacía a la dignidad humana elevando
al hombre a la íntima comunión con Cristo, y dirigiéndole
luego al servicio desinteresado a los hermanos.
Una primavera del Espíritu está revitalizando a los
laicos en la Iglesia mediante la aparición de movimiéntos
eclesiales. Inspirados en la Palabra de Dios y reunidos felizmente
en torno al altar de la Eucaristía, estos movimientos eclesiales
han dado una nueva dimensión al culto eucarístico.
Algunos de ellos hacen que sus misas sean muy animadas con cantos
e instrumentos musicales. Otros organizan vigilias eucarísticas
los primeros Viernes de mes hasta la madrugada del sabado, para
simbolizar la unión de Corazones de Jesús y María.
Estas vigilias reciben el nombre de Comunión y Reparación,
e innumerables gracias han sido referidas por los que participan
en ellas, especialmente gracias en relación con la vida familiar.
Cuando la gracia se desborda en nuestras familias, [de ahí]
se sigue la gracia de las vocaciones. El fenómeno de los
movimientos eclesiásticos ha resultado en una bonanza de
vocaciones en las Filipinas. Se están fundando nuevas congregaciones
religiosas y puedo atestar al hecho de que aquellos con una devoción
más notable al Señor en la Eucaristía son los
que atraen a la mayoría de las nuevas vocaciones.
Hablamos de una crisis de vocaciones, y las razones puede que sean
muy complejas, pero las vocaciones están directamente relacionadas
con la Eucaristía. Si aguamos la devocion a la Eucaristia,
la vocación se presenta sólamente como un trabajo
social. [Por el contrario,] si presentemos la Eucaristia por lo
que es, la vocación se transforma en una respuesta que satisface
las añoranzas del alma.
III. La Eucaristíca nos une entre
nosotros
“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos
a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). “El don
de Cristo y del Espíritu que recibimos en la comunión
eucarística satisface superabundántemente el anhelo
por la unidad fraterna que está profundamente arraigado en
el corazón del hombre (...)(Ecclesia de Eucharistia, 24).
La Eucaritía consuma la presencia de Cristo entre nosotros
y nos acerca unos a otros como hermanos y hermanas. La presencia
de Cristo en la Eucaristía no puede ser separada, por tanto,
de los demás modos en que Cristo se hace presente entre nosotros.
El Catecismo Universal dice: “Jesucristo, que murió,
fue resucitado de entre los muertos, está sentado a la derecha
de Dios e intercede por nosotros, está presente en su Iglesia
de muchos modos: en su Palabra, en la oración de la Iglesia,
‘donde dos o tres se reúnen en su nombre’, en
los pobres, los enfermos, los prisioneros, en los sacramentos de
los que Él es autor, en el sacrificio de la Misa y en la
persona de sus ministros. Pero está presente especialmente
en las especies eucaristicas” (CCC, 1373).
Mientras el Señor está presente de manera especial
en las especies eucarísticas, no está menos presentes
en nuestros hermanos y hermanas. Por lo tanto, reconocer el Señor
en el pan y vino e ignorarlo cuando se hace presente en el pobre,
el enfermo y el preso es separar la Eucaristía del contexto
de la comunión y la vida cristiana. Parafraseando la primera
carta de Juan, quien no ama a su hermano o hermana a los que puede
reconocer en la carne, no puede amar a Jesús que debe ser
reconocido en el pan y el vino (1 Jn, 4-20).
Del mismo modo, la Eucaristía no puede separarse de la presencia
del Señor en la vida diária. La Eucaritía es
la cima y el centro de la vida cristiana. Pero sin una base no puede
haber una cima: sin una realidad de entorno, no puede haber centro.
Separada de la vida diaria, la devoción a la Eucaristía
podría convertirse en pietísmo. Porque ¿cómo
apreciar la presencia real del Señor en las especies eucarísticas
si no lo vemos en el pobre, si lo ignoramos en la comunidad, si
rehusamos reunirnos en su nombre, y si no lo reconocemos en el ministro
que preside la Misa? Si nuestras iglesias están vacían
es porque, a lo largo del camino, la presencia de Jesús en
las especies eucarísticas se ha separado de su presencia
en nuestras vidas cotidianas. Está presente en la iglesia,
pero ya no somos capaces de verle fuera de ella. Está presente
en el Santísimo Sacramento, pero no está presente
en nuestros lugares de trabajo. Está presente en la consagración,
pero no puede encontrársele en la comunidad parroquial en
donde vivimos.
En la beatificación de Madre Teresa en Roma el pasado octubre
de 2003, el texto litúrgico incluía un poema que ella
misma habia escrito. Dice:
¿Quién es Jesús para mi?
Jesús es la Palabra hecha Carne.
Jesús es el Pan hecho Vida.
Jesús es la víctima ofrecida por nuestros pecados
en la Cruz.
Jesús es el Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los
pecados del mundo y por los míos.
Sigue el poema:
Jesús es el Pan de Vida para ser comido.
Jesús es el Hambriento para ser alimentado.
Jesús es el Sediento para ser saciado.
Jesús es el Desnudo para ser vestido.
Jesús es el que no tiene hogar que le acoja.
Jesús es el Enfermo para ser curado.
Jesús es el Solitario para ser amado.
El poema de la Beata Madre Teresa fluye sin transición desde
la la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía hasta la
Presencia Real de Cristo en el Pobre. Esto sólo se puede
esperar de aquel que consume su día ininterrumpídamente
en largas horas de adoración delante del Santísimo
Sacramento y en horas aún más largas en servicio de
los pobres. La Beata Madre Teresa ve a Jesús en el pobre
con la misma claridad con que lo ve en las especies eucarísticas.
La Eucaristía sólo puede estar en el centro de la
vida de la Iglesia si nuestra comunidad irradia servicio a los necesitados.
Al Señor no le agradan los tesoros que podamos poner a sus
pies si en el proceso de adquirir esas riquezas hemos privado a
miles de personas de sus justos salarios. Esto es de nuevo separar
la Presencia Eucarística de la presencia de Cristo en los
pobres. Cierto, nuestro Señor reprendió a Judas cuando
éste se quejó por el costoso perfume con el que ungieron
sus pies, diciendo que los pobres siempre estarían con ellos,
pero que él no siempre estaría con sus discípulos
(Jn 12, 3-8), pero en otra parte del Evangelio también dice
el Señor: “Lo que hicisteis a uno de mis hermanos más
pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Los pobres
siempre estarán con nosotros, porque Jesús, que es
el pobre, sigue pidiendo a nuestra conciencia la justicia que tal
vez le hemos negado.
Entre todos los aspectos de la Eucaristía, el de servicio
es a menudo el menos apreciado y subrayado. Por razones comprensibles:
Presencia y Comunión son más atractivas para el corazón
humano. Son aspiraciones básicas para todo indivíduo.
El servicio, por su parte, requiere esfuerzo. Es fácil pasar
una hora ante el Santísimo Sacramento o diez horas en una
celebración entre amigos, pero trabajar para otros, especialmente
para aquellos que no pueden darmos nada a cambio, es como acompañar
a alguien un kilómetro extra. La tendencia al quietísmo
en la Iglesia impulsa a Santiago a escribir en su carta: “¿Así
que tenéis fe y no tenéis buenas obras? Mostradme,
pues esa fe vuestra sin obras. Yo os mostraré mi fe por mis
obras” (Sant 2, 18)
La Presencia Real es el centro del Misterio Eucarístico,
y sin embargo el evangelio de Juan no narra la institución
de la Eucaristía y a cambio incluye el lavatorio de los pies
de los discipulos. “¿Entendéis lo que he hecho
con vosotros? Me llamáis Maestro y Señor, y realmente
lo soy. Si yo, siendo Señor y Maestro, he lavado vuestros
pies, vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he
dado un ejemplo para que imitéis lo que he hecho con vosotros”
(Jn 13, 12-15). El servicio no pueda separarse de la presencia y
de la comunión. Servicio es una exigencia de presencia y
es signo de comunión.
Conclusión
En conclusión, permitidme resumir los puntos que he presentado.
La Eucaristía nos conduce al Cenaculo donde Jesús
y sus discipulos se reunieron. Esta habitación es el “altar
del mundo” donde se celebrar la primera Eucaristía.
Las palabras y acciones de Jesús en esta sala constituyen
el Misterio Eucarístico, en el que Jesús nos dió
“los medios de participar en su sacrificio, como si hubiéramos
estado allí presentes (Ecclesia de Eucharistía). Entre
las palabras que él pronunció estaba el mandamiento
de amamos unos a otros como él nos amó, y entre sus
acciones está el lavatorio de los pies de sus discipulos.
Estas palabras y accion encuentran pleno sentido en la Eucaristía
al mismo tiempo que la Eucaristía les da completa actualización.
Expresan la comunión dentro del Cuerpo Místico de
Cristo. Nosotros que hemos recibido el mandato de “haced esto
en memoria mía” nunca debemos separar la celebración
de la Eucaristía del mandamiento de amar y servir. Sólamente
mediante presencia, comunión y servicio puede la Eucaristía
ser el Misterio de Comunión y Vida de la Iglesia.
Preguntas:
1. En su esperienza personal, cómo te alimenta el Sacramento
de la Eucaristía en su vida espiritual?
2. Cómo miembro de una comunidad ecclesial, cómo
el Sacramento de la Eucaristía ayuda la vida de la fraternidad
en su comunidad?
3. Que consequencia concreta de servicio resulta de su celebracion
de la Eucaristía?
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