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Francis Cardenal Arinze
Homilía en la Misa solemne del Terzo girono del 48 Congreso
Eucarístico Internacional
"Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que
permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante".
(Jn 15, 5)
Así nos lo enseña nuestro querido Señor y Salvador,
como hemos leído en el Evangelio. Verdaderamente, en la sagrada
Eucaristía está el misterioso camino de la unión
con Cristo y con el prójimo, y es entonces cuando estamos
preparados y somos enviados por Cristo a la misión.
1. Eucaristía, Misterio de Comunión
En el sacrificio de la Eucaristía, bajo los signos visibles
del pan y del vino, la Iglesia ofrece a Jesucristo, Cuerpo y Sangre,
Divinidad y Humanidad, a Dios Padre, como adoración a Dios,
glorificándolo, dándole gracias, pidiendo perdón
por los pecados y suplicando por todas las necesidades espirituales
y temporales. Al final de esta re-presentación sacramental
única del sacrificio de la Cruz, los discípulos de
Cristo son admitidos al banquete Eucarístico..
Jesús nos ofrece la oportunidad de una maravillosa unión
con él, cuando lo recibimos en este sacramento. Él
mismo ha declarado: "El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me
ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también
el que me come vivirá por mí" (Jn 6, 56-57).
Estas fuertes palabras provienen del mismo Jesús, el Hijo
de Dios.
Los Apóstoles han creído en este misterio, como ha
sido anunciado por nuestro Salvador. San Pablo lo ha predicado y
ha sacado las necesarias conclusiones. En la primera lectura de
esta Misa, dice a los Corintios que nuestra recepción del
cáliz eucarístico es una participación de la
sangre de Cristo, y nuestra recepción del pan eucarístico
es una participación del cuerpo de Cristo. Esta participación
común del cuerpo y de la sangre de Cristo, nos hace un solo
cuerpo y favorece nuestra intimidad en Cristo. "El pan es uno",
"y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo
cuerpo, porque todos comemos del mismo pan" (1Cor 10, 17).
En la Última Cena, Jesús ha lavado los pies de sus
Apóstoles para demostrar el modo potente de su unión
con ellos (cf. Io 13, 1-17). Él ha pedido para que ellos,
y todos los demás discípulos suyos, sean uno, como
él y el Padre son uno (cf. Io 17, 21).
La Iglesia reza por esta comunión, por esta unidad en Cristo,
"Para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo
y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo
cuerpo y un solo espíritu" (Misal Romano, Plegaria eucarística
III).
Ya en el siglo primero, la Didajé, (9, 4) se ha referido
a los granos esparcidos en el campo, que forman un solo pan, como
símbolo de la Iglesia, unida en la sagrada Eucaristía.
El Concilio de Trento enseña que Jesús ha querido
que este sacramento sea recibido como alimento espiritual para las
almas, a fin que fueran fortificadas en el vivir de su propia vida
(cf. DS 1638). Y el Concilio Vaticano II habla de la sagrada Eucaristía
como "sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo
de caridad" (Sacrosanctum Concilium, 47).
La Sagrada Eucaristía, más que los demás sacramentos,
favorece nuestra unión con Cristo. Por buenos motivos, uno
de los nombres con los que es conocida, es "santa Comunión".
2. La misión de la Iglesia
En el misterio de la santa Eucaristía, Jesús, no sólo
nos une con él, también nos une con el prójimo.
Al mismo tiempo, nos envía a una misión. En primer
lugar a meditar más sobre esta conexión entre Eucaristía
y misión, así afirmamos claramente cuál es
la misión de la Iglesia.
Jesús tuvo una convicción clara y fuerte, de ser enviado
por su Eterno Padre para redimir el mundo. Él, por su parte,
ha enviado a su Iglesia para llevar a todos los frutos de la redención:
"Como el Padre me ha enviado, así también los
envío yo" (Jn 20, 21)
La misión de la Iglesia es acercarse a todo ser humano, para
que todos conozcan al único y verdadero Dios, y al que él
ha enviado, Jesucristo (cf. Jn 17, 3). La Iglesia trabaja para que
todo hombre pueda encontrar la salvación en Jesucristo, el
único Salvador de toda la humanidad. El evangelio de Jesucristo
hace posible que todos los pueblos puedan adorara, alabar y glorificar
a Dios, pedirle perdón por sus pecados y suplicarle por sus
necesidades espirituales y temporales.
Esta misión de la Iglesia tiene una dimensión horizontal.
La Iglesia, como testigo de Cristo, se empeña también
en curar las divisiones entre los pueblos, a causa o por motivos
de raza, clases sociales, factores económicos o políticos
y por otros motivos. Los refugiados y exiliados, las personas socialmente
marginadas y sin techo, tienen necesidad de ser rehabilitados, para
verse a si mismos aceptados, como miembros de pleno derecho de la
familia humana. También es así para los enfermos,
los ancianos, los moribundos. La reconciliación y el perdón
recíproco, podrán inaugurar, entonces, la llegada
de la armonía, la justicia y la paz, que el corazón
humano pide con fuerza. Así podrá comenzar la verdadera
unión fraterna, por la que pedimos en la oración después
de la comunión de esta Misa, como fruto de nuestra recepción
del cuerpo y la sangre de Cristo.
3. La Eucaristía nos envía en una misión
Al final de la celebración eucarística, el diácono
o el sacerdote, nos dice: "Ite, missa est". "Podéis
ir en paz". "Nuestra celebración ha terminado.
Vayan y vivan lo que hemos rezado, cantado, lo que hemos escuchado".
La Eucaristía nos envía a una misión.
Jesús nos enseña que nuestra única esperanza
de dar fruto, es nuestra unión con él "Como el
sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece
en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí"
(Jn 15, 4)". "El que permanece en mí y yo en él,
ese da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer"
(Jn 15, 5). Para nosotros es muy importante tener esto presente.
El apostolado es, en primer lugar, el efecto de la gracia de Dios
y solo secundariamente es el resultado de nuestro esfuerzo; pero
Jesús quiere que demos fruto del ciento o del sesenta por
uno: "La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto
y se manifiesten así como discípulos míos"
(Jn 15, 8).
La participación a la celebración eucarística,
sobre todo por medio de una recepción bien preparada del
cuerpo y la sangre de Cristo, da vida y energía espiritual
a nuestra misión activa como fieles laicos, como consagrados
o como clérigos. El sacrificio eucarístico es, en
palabras del Concilio Vaticano II, "fuente y cumbre de toda
la vida cristiana" (Lumen Gentium 11). "La liturgia es
la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo
tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (Scrosanctum
Concilium 10). La cumbre de la celebración litúrgica
es el santo sacrificio de la Misa. Desde la liturgia y, sobre todo,
desde la santa Eucaristía, la gracia llega hasta nosotros
como conducida desde su fuente. Dios es glorificado y los hombres
son santificados. Así, todas las otras actividades de la
Iglesia son guiadas y vigorizadas para que los diversos ministerios,
apostolados y actividades se dirijan a la gloria de dios y a la
santificación o salvación de las personas (cf. Sacrosanctum
Concilium 10).
Podemos decir, por lo tanto, que perpetuando el sacrificio de la
Cruz, por medio del sacrificio eucarístico, comulgando el
cuerpo y la sangre de Cristo en la santa Eucaristía, la Iglesia
obtiene el poder espiritual necesario para cumplir su misión
"Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo
tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su
objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en él,
con el Padre y con el Espíritu Santo" (Juan Pablo II,
Ecclesia de Eucaristía, 22).
Es la Eucaristía, por tanto, la que hace posible que la Iglesia
dé testimonio de Cristo, que los mártires den su vida
por Jesús y los misioneros vayan a tierras lejanas para proclamar
a Cristo. Es la Eucaristía la que fortalece a las vírgenes
para dar testimonio de un amor consagrado y sacrificado por Jesús,
a los sacerdotes para gastar las propias fuerzas en que Cristo sea
conocido, a los esposos para vivir la vida conyugal de forma ejemplar,
a los fieles laicos para llevar el espíritu de Cristo a los
diversos ambientes seculares, de la vida cotidiana, vivificándolos
desde dentro, como pertenecientes a este mundo, a los jóvenes
para que sean centinelas de la aurora, que conduzcan a la gente
hacia Cristo, la luz, el camino, la verdad y la vida. Esta es la
santa Eucaristía con la que se nos enseña a los cristianos
cómo tenemos que lavar los pies de los demás, cómo
ejercitar la solidaridad entre los pobres y los necesitados, y cómo
tenemos que edificar las comunidades, marcadas por el perdón
mutuo, la superación de las divisiones y la promoción
de una armonía social, en el amor y en la mutua aceptación.
Hermanos y hermanas en Cristo, pidamos a la Santísima Virgen
María, Reina de los Apóstoles "mujer Eucarística"
(cf. Ecclesia de Eucaristía, 53) que obtengamos la gracia
de amar y vivir siempre más la santa Eucaristía, como
misterio de comunión y fuente de misión activa por
Cristo, al cual sea honor y gloria por los siglos.
Francis Cardenal Arinze
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