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Arzobispo CARMELO MORELOS, D.D,
Arzobispo de Zamboanga
La Situación de la Fe en la Eucaristía: Luces y Sombras
en Asia
Jesús vino a Galilea proclamando el evangelio de Dios: “El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; arrepentíos
y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14). Tal fue la proclamación
del Señor Jesús. Fue una confirmación que Dios
está con nosotros. “Porque el reino de Dios ya está
entre vosotros” (Lc 17,20). Jesús no sólo predicó
acerca del Reino, Él es la personificación del Reino.
“Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia
y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Ésta
permanente presencia de Dios en Jesús es el tema central
en la historia de la salvación.Es por eso que celebramos
el XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, retomando las
palabras de Juan Pablo II en la preparación del año
Jubilar: “Ya que la Eucaristía es el sacrificio de
Cristo hecho presente entre nosotros, ¿cómo puede
su presencia real no ser el centro… ?” (NMI 11)
“¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es
eterno su amor!” (Salmo 136). El salmista, reconociendo que
desde el principio Dios nos ha llenado con sus regalos, rompe en
llanto en una letanía de alabanza. Cuánto más
debe la Iglesia regocijarse de recibir no sólo otro regalo,
aunque precioso entre muchos otros, sino el regalo por excelencia,
pues es el regalo de Sí mismo, de su persona, de su sagrada
humanidad, así como el regalo de su trabajo salvador (Ecc
de Euch 11). Este sacrificio es tan decisivo para la salvación
de la raza humana que Jesucristo lo ofreció y regresó
al Padre, sólo después de habernos dejado un medio
de compartir en Él, como si hubiéramos estado ahí
presentes. (Ecc de Eu 11).
La misión de Cristo fue el traernos la reconciliación
entre Dios y la humanidad, originada por la entrada del pecado.
Él logró esto por su sagrada encarnación y
el misterio pascual. Por su encarnación, Dios ha hecho tangible
su presencia. Esta historicidad de Cristo es una fuente de tensión
desde el principio “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado:
escándalo para los judíos, necedad para los gentiles;
mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo,
fuerza de Dios y sabiduría de Dios”(1 Cor 1,23-24).El
medio para superar esta historicidad, de modo quelos actos de salvación
puedan continuar siendo relevantes para la humanidad, fue la institución
de los sacramentos, a través de los cuales la gracia es continuamente
ofrecida para nosotros. En la Sagrada Eucaristía, el Sacramento
de sacramentos, no es solamente la gracia lo que recibimos, sino
la fuente misma de la gracia.
“En la última cena, en la noche que iba a ser traicionado,
nuestro Salvador instituyó la Eucaristía, sacrificio
de su cuerpo y de su sangre. Esto lo hizo para perpetuar el sacrificio
de la cruz a través de los años, hasta que Él
debiera venir otra vez, y así encargó a su amada esposa,
la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección; un sacramento
de amor, un signo de unidad, una obligación de caridad, “un
banquete pascual en el cual Cristo es recibido, la mente es llena
de gracia y una promesa de gloria futura nos es dada.”(Ecc
de Euch 47).
El contexto Asiático
El continente asiático es el más extenso, pero en
términos de territorio y población. Aquí es
el origen de las cinco grandes religiones mundiales, incluyendo
el cristianismo. Es un complejo de culturas, y culturas dentro de
culturas, un retrato de lo mejor y lo peor de la realidad humana.
Nuestra realidad cristiana es una muy pequeña minoría
de cerca de 2-3 %de las masas que retoñan en Asia. Asia no
es sólo una morada para nuestra fe, sino que compartimos
esta morada con aproximadamente el 85% de todo el mundo no-cristiano
(FABC v. 1,7). Esta realidad gráfica inmediatamente nos encara
como Iglesia nuestra gran tarea por delante. El mandato de Cristo
“Haced esto en memoria mía” está unido
a su recordatorio que este memorial es “por ustedes y por
todos.” Asia, más que cualquier otro continente, siente
fuertemente la urgencia en la tarea de la proclamación y
presencia.
La realidad de la Iglesia asiática re-suena los tiempos
de Diogetus, quien en el primer siglo escribió: “Los
Cristianos son indistinguibles de otros hombres por nacionalidad,
lengua o costumbres. Ellos no habitan ciudades separadas de las
suyas, o hablan un dialecto extraño, o siguen algún
estilo de vida extravagante.Sus enseñanzas no están
basadas sobre ensueños inspirados por la curiosidad del hombre.
A diferencia de algunas otras personas, ellos no defienden una doctrina
puramente humana. En cuanto a vestido, alimento, la manera de vida
en general, ellos siguen la costumbre de cualquier ciudad donde
están viviendo, sean griegos o extranjeros. Y aún
así hay algo extraordinario en sus vidas. Viven en sus propios
países como si estuvieran solo de paso… Cualquier país
puede ser su patria,pues para ellos su patria, donde sea que ésta
esté, es un país extranjero” (Nn. 5-6; Funk,
397-401). “Ciertamente, la visión cristiana lleva a
la espera de los “cielos nuevos” y una “tierra
nueva” pero esto aumenta, en vez de disminuir nuestro sentido
de responsabilidad para el mundo de hoy.(Rev 21,1).
La realidad de una sombra nos confirma la presencia de la luz.
Una sombra no es una negación de esperanza, sino una prueba
de esperanza. Procuraré examinar los principales desafíos
que nosotros enfrentamos en mi parte del mundo. Las sombras no son
un presagio de un futuro fracasado o de un inminente fracaso, sino
un signo seguro de la fuerza y relevancia de la Eucaristía,
luz del mundo. Las sombras son oportunidades para expresar nuestra
profunda fe en Nuestro Eucarístico Señor, Luz y Vida
del Nuevo milenio.“Si, la Eucaristía es la luz de las
almas y de las sociedades, así como el sol es la vida del
cuerpo y de la tierra.Sin el sol, la tierra sería estéril;
es el sol el que la hace fértil, hermosa y rica…en
realidad, el sol obedece a un Sol supremo: la divina Palabra, Jesucristo,
quien ilumina a cada uno venido a este mundo, y quien por la Eucaristía,
Sacramento de Vida, actúa en la persona en las mismas profundidades
de las almas… ” (Eymard, La Presence Reelle, Vol. I).
Una fe de minoría
De las más de seis mil millones de poblaciones (6,091’315,000)
del mundo en la vuelta del milenio, sólo el 33.2% son cristianas,
con mil millones católicos (1,085’622,000), comprendiendo
así un miserable 17.8% de la población mundial. De
la población de Asia, representando un 57.5% de los habitantes
del mundo, sólo 101’210,00 son católicos (2.89%).Abrumadas
por gentes de otra fe, las iglesias locales de Asia son llamadas
a proclamar a Jesucristo en una forma dialogal (DP 70e).Encontrándose
a sí misma en el medio de otras grandes religiones, la Iglesia
Católica no rechaza nada de lo que es verdad en estas religiones,
así, al mismo tiempo proclama y es obligada a proclamar sin
falta a Cristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. (NA 2).
Nuestra postura dialogal enfrenta el nuevo desafío del aumento
de fundamentalismo yno tolerancia de fe en algunas regiones de Asia.La
Iglesia recuerda una iglesia de mártires, continuamente regada
por la sangre y los sacrificios de miles que sufren a causa de su
fe cristiana.“El riesgo de ser herido en el acto de amor,
buscar entender en clima de malos entendidos; éstas no son
de ningún modo cargas ligeras de llevar. El diálogo
exige una profunda espiritualidad, la cual permite al hombre como
hizo Jesucristo, sostenerse sobre su fe en el amor de Dios, aún
cuando todo parece deshacerse. El diálogo, finalmente, exige
un total despojo de sí mismo, semejante a Cristo, para que
guiados por el Espíritu podamos ser más efectivamente
instrumentos en la construcción del Reino de Dios”.
(FABC 84, 3.3d)
“¿Cómo podemos nosotros hoy ver y contemplar
a Cristo, la luz de todos los pueblos que ha sido manifestado (Texto
Básico, 48° CEI 8)? Para la mayoría de la gente
de Asia, el rostro de Cristo puede ser contemplado únicamente
en el testimonio de vida de la comunidad cristiana. El Cristo que
nosotros les presentamos, es el Cristo que ellos ven. Nuestra fe
Cristiana debe ser fundada sólidamente en que nosotros somos
llamados a ser testigos, así como mártires. La palabra
“mártir” viene de la palabra griega que significa
“testigo”. Cuando celebramos la Eucaristía (etimológicamente,
regalo bueno), afirmamos nuestra voluntad de ser testigos de Cristo,
de agradecer a Dios por esta gran oportunidad de ser eucaristías
también. “No se requiere un cristiano, y ciertamente,
no un gran cristiano, para agradecer y alabar a Dios una vez que
la crisis ha pasado, sino que se requiere un real cristiano que
alabe y agradezca a Dios durante la crisis, cuando se está
llevando la cruz” (El Emmanuel, Corpus Christi 2004 p.38).
Es de la Eucaristía que sacamos nuestra fortaleza.
Cada vez más la llamada a ser testigos de la fe está
siendo expresada por el aumento de comunidades eclesiales de base
en las iglesias de Asia. Programas para profundizar la fe a través
de la catequesis, la obtención de poder en la ley, fundación
de sociedades misioneras de Asia, crecimiento en vocaciones sacerdotales
y religiosas y el incremento en el número de conversiones
a la fe son signos indiscutibles de vitalidad de una comunidad centrada
en la Eucaristía. La llamada a la renovación es igualmente
atendida por movimientos espirituales y movimientos laicos, los
cuales han apoyado esta iglesia de mártires.
Un mundo globalizado
Asia es la economía de más rápido crecimiento
en el mundo. En términos de tecnología y exportaciones,
hemos sido consecuentemente un desafío para los gigantes
económicos tradicionales. Este proceso de desarrollo está
marcado por el elitismode expertosinsensibles a las necesidades
del pobre, cautelosos y desconfiados del movimiento de la gente
y sus derechos, de participar en el proceso de desarrollo.
Al mismo tiempo, debido a los “Feroces sistemas económicos
que no toman en cuenta al ser humano” (XLVIII CEI, 2), hemos
sentido la gran carga de migración económica, globalización
y el siempre creciente espacio entre el rico y el pobre. Cada vez
más, el mundo se está convirtiendo en una economía
sola, pero una economía la cual quita lo poco que tiene al
pobre y aumenta el valor acumulado del rico.
Lo que hemos descrito arriba en amplios términos, es la
globalización. Es la integración económica
cada vez más evidente del mundo entero, en una manera que
se niega a reconocer que nuestro planeta tiene límites físicos.
Este proceso, que opera en gran parte sin control político,
está destruyendo las estructuras políticas de las
naciones-estado. De las cien economías más grandes
en el mundo actual, más de la mitad no son naciones, sino
corporaciones.(Boletín Ecc LXXVII, No. 87, p. 795).
Un sistema económico libre de control político, no
puede evitar promover salvajes desigualdades que desgarran la tela
social. En la mayoría de las ciudades de Asia, uno no podría
dejar de ver el contraste entre los rascacielos que parecen elevarse
por todas partes, enormes parques industriales y casas opulentas
en un mar de miseria y barrios bajos. El enorme mercado asiático
se ha convertido en una estación de vertido para los artículos
defectuosos del Primer Mundo, al mismo tiempo que los suministramos
con una fuente ilimitada de productos baratos de tiendas de sudor
y trabajo infantil. No essolamente limitado a bienes materiales.
Ahora, más que nunca, la economía forzó la
migración que separó familias, drenó recursos
humanos del Tercer Mundo y ha comenzado lo que muchos llaman la
“esclavitud moderna”. Sólo de mi país,
aproximadamente el diez por ciento (10%) o más de siete (7)
millones de personas tienen que dejar el país y trabajar
en el extranjero, a veces en condiciones espantosas y peligrosas,
y peor, cuando la práctica de la fe está prohibida.
¿Sorprende entonces que la violencia haya alcanzado señales
altas en todas partes?
En la Eucaristía, celebramos los regalos de Dios, hechos
por las manos de los hombres. “Bendito seas, Señor,
Dios de todo lo creado; en tu bondad, nosotros tenemos este pan
y este vino que ofrecer, fruto de la tierra, fruto de la vid y del
trabajo del hombre…”El trabajo humano tiene un papel
integral en la historia de la salvación. En la oración
de la fiesta de San José el Trabajador, la Iglesia afirma
que “en cada época Tú llamas al hombre y a la
mujer a desarrollar y usar sus dones para el bien de los demás”.Aquellos
que creen en Dios, dan por hecho que tomando por sí misma
la actividad humana, tantoindividual como colectiva… están
de acuerdo con la voluntad de Dios.
“Vos Señor, hicisteis todo para su deleite, disteis
al hombre alimento para todos sus días… como grano
una vez disperso sobre la ladera, fue en esta fracción del
pan hecha una, que desde todas las tierras vuestra Iglesia sea congregada”
(Didaché).
La Eucaristía nos empuja cada vez más de cerca a
atestiguar a Asia, el ejemplo de la primera comunidad, que tenía
todo en común y dividido entre todos de acuerdo a las necesidades
de cada uno, de modo que ninguno entre ellos estuviera en necesidad.
(Hec 2,42-47; 4,32-35)
El desequilibrio en la distribución de la riqueza de la
tierra y las oportunidades de auto desarrollo han creado olas sobre
olas de migración. Así, ha comenzado a surgir una
fuente de innumerables problemas, tanto para la gente de los países
de recepción como para aquellos que quedan en casa. Pero
al mismo tiempo, la migración ha traído la fe en lugares
que la han perdido o que nunca han escuchado el Evangelio.
De donde sea que los inmigrantes cristianos han venido, la fe los
ha acompañado. En muchas partes del mundo, nuestros inmigrantes
se han hecho evangelizadores. Por esta razón, la Iglesia
de Asia toma sobre sí misma seriamente el apostolado por
los trabajadores inmigrantes. “Este recorrer de la Iglesia
junto con el trabajo inmigrante es un signo de solidaridad entre
la Iglesia universal… y un nuevo signo de unidad (FABC 84,
2.10-2.11). En lugares donde la Iglesia ha perdido vigor, las comunidades
de inmigrantes traen esperanza en términos de número
de miembros y trabajo apostólico.
La globalización dio a Asia una perspectiva más universal.
Ya no es factible concentrarse en nosotros solos. Ha habido muchas
áreas en nuestro continente donde las ideas de odio o antipatía
hacia los extraños han conducido a una discriminación
contra cualquier persona o cosa extranjera. Esto ha sido una fuente
de profundas heridas causadas por la explotación de otros
pueblos y sus recursos. Hoy más que nunca, las sociedades
encontrarán cada vez más difícil el vivir en
aislamiento y prevenir un libre cambio de ideas entre sus ciudadanos.
Una vez más, la Eucaristía se vuelve un punto central
para la unidad global. En este sacramento, las barreras no existen.
En Cristo, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni
libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo
Jesús” (Gal 3,28). La base de nuestra unidad no puede
ser la de la avaricia y auto-agrandamiento. Tenemos la triste experiencia
de que cuando nuestras relaciones están sobre el mero nivel
del utilitarismo, todos sufrimos las consecuencias de un ambiente
en ruinas, de explotación humana y de pérdida de valores
espirituales y morales.
Una sociedad secularizada
Nuestro mundo hoy no está en peligro tanto, de perder a
Dios, sino de sustituirlo.Las sociedades asiáticas tradicionalmente
religiosas, han mantenido la fe a través de incontables generaciones.
Pero los continuos efectos de la urbanización (más
del 45% de los asiáticos son habitantes de ciudad) y la pérdida
de la tradición, han dado lugar a la sociedad secularizada.
La gente ha olvidado el tiempo cuando podían ser felices
sin dinero y sin la tecnología actual. Las familias se han
roto y los valores son sacrificados sobre el gran altar del desarrollo
económico. El dinero ha reemplazado a Dios, aún en
áreas previamente católicas. El incremento de nuevas
religiones, que sobre todo vienen del Oeste, han dejado a los católicos
entre los cientos de miles. La secularización de la sociedad
construye cada vez barreras más altas y fosos más
profundos y amplios para separar la religión de la vida.
El desarrollo económico y la educación tienen que
ver por lo general con la aceptación de la falsa libertad.
En las sociedades asiáticas de hoy, la gente se mueve de
la tradición a la opción. Con tantas opciones en la
vida, conseguimos menos inspiración de nuestras culturas
locales cuando afrontamos la asombrosa serie de oportunidades (FABC-OHD,
Pattaya, Ago-Sept-2000, 5.2). Pero la mala información o
la falta de información, conduce a opciones incorrectas.La
santidad de la familia y lo sagrado de la vida son usualmente las
primeras cosas por ir. Los más altos rangos de divorcios,
aborto y anticoncepción, están en áreas que
han experimentado una oleada en elcrecimiento económico,
particularmente en los países del Este de Asia, Sur Asia
y Sureste de Asia.
Cuando nos juntamos a celebrar la Eucaristía, reconocemos
que la creación está llena de sentido y objetivo.
La Creación nos pertenece a todos nosotros durante un tiempo
y así todos somos dotados con derechos inherentes y responsabilidades
de unos con otros. El statio orbis que estamos haciendo ahora, en
este Congreso Eucarístico, hace salir a nuestros ojos una
vez más a la divina presencia de Dios. Él está
aquí y afecta nuestras vidas, y firma nuestra historia humana.
Pero esta realidad puede tener poco efecto o no tenerlo, hasta que
los cristianos pongan completamente su fe en la Eucaristía.
Es sólo verdadero y auténtico discípulo, quien
puede atraer a la gente a mirar una y otra vez la faz de Cristo,
y así reconocer sus propias reflexiones.
Una Iglesia de los Pobres
A más de tres décadas desde el comienzo de la Conferencia
de Obispos de Asia (FABC) han surgido diversos modelos de la Iglesia.
El modelo inicial y dominante fue la Iglesia de los Pobres. La Iglesia
de Asia se mira a sí misma como pobre en muchas maneras.
Primero, es pobre en términos de números. Ha permanecido
una muy pequeña minoría en números, así
como marginados y pobres. Muchas veces, su voz puede venir como
un susurro, tan frágil y suave, que muy pocos oyen su llamado.
Segundo, debemos admitir como Iglesia que tenemos muchos fracasos,
ya sea históricos, como actuales. No es necesario decir que
en la mayoría de los casos, el cristianismo ha sido implantado
muy convincentemente a través del uso de la fuerza y consentimiento
con colonizadores. La falta de formación apropiada y la falta
de fidelidad a los líderes de la Iglesia y los trabajadores,
ha causado mucho daño. Tercero, en muchas partes de Asia,
el cristianismo es visto como una religión extranjera, aún
cuando su origen y primera historia fue asiática.
Sin embargo, como la pobreza de la Eucaristía es su riqueza,
así también la misma pobreza de la Iglesia es su fortaleza.
¿No escogió Dios a aquéllos que son pobres
en el mundo para hacerlos ricos en fe y herederos del reino que
Él prometió a aquellos que lo aman? (Jam 2,5). La
celebración de la Eucaristía es muy simple y pobre.
Consiste en ofrecer ordinariamente pan y vino. Esta simplicidad
y forma ordinaria puntualiza valores muy importantes en nuestro
mundo de hoy.
La Iglesia asiática que reconoce su debilidad encuentra
su fuerza en la presencia del Señor. No tiene nada de que
jactarse. Ella experimentó, y continuará experimentado
las palabras del San Pablo “Pues cuando estoy débil,
entonces es cuando soy fuerte” (2-Cor 12,10). Despojados de
lo imprescindible, somos capaces de encontrar el verdaderotesoro-Cristo
mismo en la Eucaristía. No otra provisión es necesaria
para nuestro viaje como peregrinos, porque con Él, tenemos
todo.
La Iglesia asiática, en su pobreza, es capaz de identificarse
con Jesús, pobre y humilde.Las distracciones de la riqueza
material, la tentación del confort se hacen cada vez más
intensas. En su pobreza, en número y calidad, la Iglesia
asiática presta atención al llamado de Pedro: “Queridos,
os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis
de las apetencias carnales que combaten contra el alma” (1
Pedro 2,11).LaEucaristía está bajo lo imprescindible.
Contemplando el rostro de Cristo, en la adoración eucarística,
los cristianos asiáticos son capaces de identificarse con
su maestro, quien sufriendo y muriendo conquistó los poderes
de la muerte misma.
Finalmente, en su pobreza, la Iglesia asiática es capaz
de reconocer fácilmente lo que Juan Pablo II propone: que
la celebración y adoración del Misterio Eucarístico
es una fuente de confort y desafío para el creyente (Ecc
de Euch 19; 25). A veces, la experiencia de la adoración
eucarística nos consuela y profundiza nuestra comunión
con Él, como la experiencia del discípulo amado de
descansar su cabeza sobre el pecho de Cristo. Otras veces esto evoca
la experiencia de tensión, ya que en la celebración
de la plenitud de la vida de la iglesia, nos damos cuenta de la
distancia entre nuestras vidas y la vida del reino.
Nuestra Señora de Guadalupe y Juan Diego
¿Cómo puedo, encontrándome a mí mismo
en la tierra de México, donde la Virgen de Guadalupe reina,
no hablar de ella y su amado hijo Juan Diego? En el suceso de Guadalupe,
Dios eligió dar la milagrosa imagen de su Madre a un modesto
y humilde viudo. Las Iglesias de Asia desean identificarse con Juan
Diego en su pobreza y en la simplicidad de su fe. Como él,
también nosotros deseamos escuchar el llamado de María,
Estrella de la Evangelización. Sabemos cómo a los
siete años seguidos a las apariciones de la Santísima
Madre en el cerro del Tepeyac (1532-1538), ocho millones de Indios
recibieron el bautismo. Nosotros le rezamos para que nos conceda
fecundidad a las iglesias de Asia,en nuestros esfuerzos apostólicos.
Cuando María recibió el mensaje del ángel,
de que iba a ser Madre del verdadero Dios, su humildad la obligó
a responder: “¿Cómo será esto puesto
que no conozco varón?” (Lc 1,34).Así, a la Virgen
que él amaba y confiaba, Juan Diego protestó a su
llamada; y María contestó: “Escucha, el más
pequeño de mis hijos. Debes tratar de entender que yo tengo
muchos mensajeros y sirvientes a quienes puedo encargar la entrega
de mi mensaje y lograr hacer mi voluntad, pero es totalmente necesario
que tú mismo emprendas este ruego y que a través de
tu mediación y asistencia sea cumplida mi voluntad”.
La Iglesia asiática, en su pobreza, no podía fallar
en reconocer que ésta es su misión para el mundo actual.
No es que sea la mejor, sino que precisamente por ser la última,
tendrá que encargarse del honor y la carga de continuar viva
la fe de Cristo, quien nunca abandona a su multitud. En nuestra
grave situación y dificultad, regresaremos a ella y rezaremos,
llamándola como hizo Juan Diego Xocayata, nuestra hija, la
más pequeña, nuestra señora, nuestra niña,
de modo que podremos oír el susurro de la Virgen de Guadalupe,
“Xocoyte, mi hijo favorito”; el más pequeño
de sus hijos.
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