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Octubre 2004 - Octubre 2005

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La Eucaristía: fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia

 

La Eucaristía, ayer, hoy y siempre, es:

"El sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así pues los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan" (Can. 897 CDC).


Sacrificio de acción de gracias a Dios

Los términos "eucharistein" (Lc 22,19; 1Cor 11,24) y "eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerda las bendiciones hebreas que proclaman las obras de Dios: creación, redención y santificación.
En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre por medio de la muerte y Resurrección de Cristo. A través de Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.
La Eucaristía es, pues, un sacrificio de agradecimiento al Padre, una bendición con la que la Iglesia expresa el propio reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha obrado a través de la creación, la redención y la santificación. Eucaristía significa ante todo: acción de gracias.
La Eucaristía también es el sacrificio de alabanza, con el que la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Tal sacrificio de alabanza sólo es posible por Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de modo que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Él para ser aceptado en El.

Memorial de la Pascua de Cristo

La Eucaristía es el memorial de la muerte y la resurrección del Señor, la actualización y la oferta sacramental de su único sacrificio, en la Liturgia de la Iglesia, que es su Cuerpo.
Según la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. La celebración litúrgica de estos acontecimientos, los hace, en cierto modo, presentes y actuales.
Por tanto, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo, y ésta se actualiza: el sacrificio que Cristo ofreció una vez por todas en la cruz permanece siempre actual. "Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado, se efectúa la obra de nuestra redención."(L.G, 3).
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Se trata, en efecto, de una sola e idéntica víctima y el mismo Jesús que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si mismo entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecerse. "En este divino sacrificio, que se realiza en la Misa, este mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta" (Concilio de Trento: Denz.Schönm, 1740).
La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa del ofrecimiento de su Cabeza. Con El, se ofrece toda la Iglesia. Ella se une a su intercesión ante el Padre en favor de todos los hombres. En la Eucaristía el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración, su trabajo, se unen a los de Cristo y a su oferta total y de este modo adquieren un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar ofrece a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su oferta. A la oferta de Cristo se unen no sólo los miembros que todavía peregrinan en la tierra, sino también los que se encuentran ya en la gloria del cielo y también los fieles difuntos que han muerto en Cristo pero todavía no están plenamente purificados, para poder entrar en la luz y en la paz de Cristo.

Presencia de Cristo obrada por la potencia de su Palabra y del Espíritu Santo

Cristo Jesús, que ha muerto, y ha resucitado, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros, está presente de muchos modos en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, en los sacramentos, en el sacrificio de la Misa, "pero sobre todo está presente bajo las especies eucarísticas" (Sacrosanctum Concilium, 7).
El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero" (Concilio de Trento: Denz - Schönm, 1651). Tal presencia se dice real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es sustancial, y en virtud de ella Cristo, Hombre-Dios, todo entero se hace presente" (Mysterium fidei).
Es por la conversión del pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre que Cristo se hace presente en este sacramento. El Concilio de Trento declara que "por la consagración del pan y el vino se opera el cambio de toda la sustancia del Cuerpo del Cristo, nuestro Señor, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre. La Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio, transubstanciación" (Concilio de Trento: Denz. Schönm, 1642).
La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y continua mientras permanezcan las especies eucarísticas. Cristo está todo e íntegro presente en cada una de las especies y en cada una de las partes; por tanto la fracción del pan no divide a Cristo.

Sagrado banquete de la Comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor

La Misa es a un tiempo e de modo inseparable el memorial del sacrificio en el que se perpetúa el sacrificio de la cruz y el sagrado banquete de la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada a la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la Comunión. Comulgar es recibir al mismo Cristo que se ofrece por nosotros.
El altar, alrededor del cual se reúne la Iglesia en la celebración de la Eucaristía, representa dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor y tanto más cuánto que el altar cristiano es símbolo del mismo Cristo, presente en medio de la asamblea de sus fieles como la víctima ofrecida para nuestra reconciliación y como alimento celeste que se nos da.
El Señor nos dirige una invitación apremiante a recibirlo en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).

 
 
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