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La Eucaristía, ayer, hoy y siempre,
es:
"El sacramento más augusto, en el que se contiene, se
ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima
Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente.
El Sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección
del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los
siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo
el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y
realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término
la edificación del cuerpo de Cristo. Así pues los
demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas
de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía
y a ella se ordenan" (Can. 897 CDC).
Sacrificio de acción de gracias a Dios
Los términos "eucharistein" (Lc 22,19; 1Cor 11,24)
y "eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerda las bendiciones
hebreas que proclaman las obras de Dios: creación, redención
y santificación.
En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada
por Dios es presentada al Padre por medio de la muerte y Resurrección
de Cristo. A través de Cristo, la Iglesia puede ofrecer el
sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que
Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación
y en la humanidad.
La Eucaristía es, pues, un sacrificio de agradecimiento al
Padre, una bendición con la que la Iglesia expresa el propio
reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que
ha obrado a través de la creación, la redención
y la santificación. Eucaristía significa ante todo:
acción de gracias.
La Eucaristía también es el sacrificio de alabanza,
con el que la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda
la creación. Tal sacrificio de alabanza sólo es posible
por Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza
y a su intercesión, de modo que el sacrificio de alabanza
al Padre es ofrecido por Cristo y con Él para ser aceptado
en El.
Memorial de la Pascua de Cristo
La Eucaristía es el memorial de la muerte y la resurrección
del Señor, la actualización y la oferta sacramental
de su único sacrificio, en la Liturgia de la Iglesia, que
es su Cuerpo.
Según la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el
recuerdo de los acontecimientos del pasado sino la proclamación
de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres.
La celebración litúrgica de estos acontecimientos,
los hace, en cierto modo, presentes y actuales.
Por tanto, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace
memoria de la Pascua de Cristo, y ésta se actualiza: el sacrificio
que Cristo ofreció una vez por todas en la cruz permanece
siempre actual. "Cuantas veces se renueva sobre el altar el
sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado,
se efectúa la obra de nuestra redención."(L.G,
3).
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía
son un único sacrificio. Se trata, en efecto, de una sola
e idéntica víctima y el mismo Jesús que se
ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció
a si mismo entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera
de ofrecerse. "En este divino sacrificio, que se realiza en
la Misa, este mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo
una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido
e inmolado de manera no cruenta" (Concilio de Trento: Denz.Schönm,
1740).
La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia.
La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa del ofrecimiento
de su Cabeza. Con El, se ofrece toda la Iglesia. Ella se une a su
intercesión ante el Padre en favor de todos los hombres.
En la Eucaristía el sacrificio de Cristo se hace también
el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles,
su alabanza, su sufrimiento, su oración, su trabajo, se unen
a los de Cristo y a su oferta total y de este modo adquieren un
valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar ofrece
a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse
a su oferta. A la oferta de Cristo se unen no sólo los miembros
que todavía peregrinan en la tierra, sino también
los que se encuentran ya en la gloria del cielo y también
los fieles difuntos que han muerto en Cristo pero todavía
no están plenamente purificados, para poder entrar en la
luz y en la paz de Cristo.
Presencia de Cristo obrada por la potencia de su Palabra
y del Espíritu Santo
Cristo Jesús, que ha muerto, y ha resucitado, está
a la derecha de Dios e intercede por nosotros, está presente
de muchos modos en su Iglesia: en su Palabra, en la oración
de su Iglesia, en los sacramentos, en el sacrificio de la Misa,
"pero sobre todo está presente bajo las especies eucarísticas"
(Sacrosanctum Concilium, 7).
El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas
es singular. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía
están "contenidos verdadera, real y sustancialmente
el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro
Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero"
(Concilio de Trento: Denz - Schönm, 1651). Tal presencia se
dice real no por exclusión, como si las otras no fueran reales,
sino por antonomasia, porque es sustancial, y en virtud de ella
Cristo, Hombre-Dios, todo entero se hace presente" (Mysterium
fidei).
Es por la conversión del pan y el vino en su Cuerpo y en
su Sangre que Cristo se hace presente en este sacramento. El Concilio
de Trento declara que "por la consagración del pan y
el vino se opera el cambio de toda la sustancia del Cuerpo del Cristo,
nuestro Señor, y de toda la sustancia del vino en la sustancia
de su Sangre. La Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente
a este cambio, transubstanciación" (Concilio de Trento:
Denz. Schönm, 1642).
La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento
de la consagración y continua mientras permanezcan las especies
eucarísticas. Cristo está todo e íntegro presente
en cada una de las especies y en cada una de las partes; por tanto
la fracción del pan no divide a Cristo.
Sagrado banquete de la Comunión del Cuerpo y la Sangre
del Señor
La Misa es a un tiempo e de modo inseparable el memorial del sacrificio
en el que se perpetúa el sacrificio de la cruz y el sagrado
banquete de la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero la celebración del sacrificio eucarístico está
totalmente orientada a la unión íntima de los fieles
con Cristo por medio de la Comunión. Comulgar es recibir
al mismo Cristo que se ofrece por nosotros.
El altar, alrededor del cual se reúne la Iglesia en la celebración
de la Eucaristía, representa dos aspectos de un mismo misterio:
el altar del sacrificio y la mesa del Señor y tanto más
cuánto que el altar cristiano es símbolo del mismo
Cristo, presente en medio de la asamblea de sus fieles como la víctima
ofrecida para nuestra reconciliación y como alimento celeste
que se nos da.
El Señor nos dirige una invitación apremiante a recibirlo
en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad
os digo: si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis
su Sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).
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