| JUAN PABLO II, MISIONERO DEL
SIGLO XX
Por Mons. Francisco Pérez González
(Arzobispo Castrense de España y Director Nacional
de OMP)
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Cuando supe que el Papa Juan Pablo II había
‘pasado a las manos del Padre’ no pude por menos que
dar gracias a Dios por el gran regalo que durante casi veintisiete
años Dios nos había concedido. Ha sido un regalo extraordinario
para la Iglesia y para toda la humanidad. Todo el género
humano reconoce su gran labor y entrega generosa. Sus palabras llegaban
al corazón, de ahí que haya conquistado el ‘corazón
de la humanidad’, sus gestos adquirían el lenguaje
más actualizado de la caridad, sus viajes eran aliento y
esperanza para los pueblos que visitaba, sus ceremonias se convertían
en un canto de alabanza a Dios y sus escritos han sido la expresión
más honda de su amor fiel a Cristo y a su Iglesia.
La Palabra de Dios era como una reverberación
en la persona y en el ministerio sacerdotal del Papa Juan Pablo
II. Verle era ver la acción de Jesucristo en él, se
presentaba con sinceridad y haciendo del amor a Cristo su único
tesoro y su única fortuna, amando a la Iglesia incondicionalmente
sin desviarla del amor a su Esposo-Cristo. No se entiende a Cristo
sin la Iglesia y a la Iglesia sin Cristo. Este fue el secreto de
su amor a todos y siempre en la búsqueda de atraer a todos
al único redil. Los jóvenes han sido su amor preferencial
y ellos le han reconocido como un amigo y un hermano.
Su gran espíritu estaba bruñido
por la oración. Parece mentira que con toda la actividad
que desarrollaba pudiera tener largos momentos de encuentro con
el Dios bondadoso y misericordioso. Ha sido un ejemplo de ‘hombre
de Dios contemplativo en la acción’. Cuando se acercaba
a nosotros derramaba a raudales aquello que había aprendido
en el encuentro de amistad con Cristo. No se me olvidará
el día que pude compartir unos momentos de oración
en su Capilla particular, parecía que estaba tocando a Dios
con su silencio reverencial y nunca olvidaré el día
que me ordenó y consagró Obispo en la Basílica
de San Pedro, ya hace diez años; sus gestos eran como la
‘mano alargada’ de Dios.
Puedo decir que Juan Pablo II me ha ayudado a
ser más de Dios y más de la Iglesia. Me ha ayudado
a mirar al ser humano por lo que es y no por lo que tiene. En él,
como maestro y amigo, he aprendido a estar disponible sin buscar
otra cosa sino el designio de Dios sobre mi vida. Me ha animado
a ser fuerte en la fe, generoso en la caridad y solícito
en la esperanza sin temores ni angustias. Le siento cercano también
ahora porque la fe en Cristo resucitado me da la certeza que será
un buen intercesor nuestro a su lado. En su ausencia estoy dolorido
pero no apenado, pacificado pero no entristecido, animado pero no
desilusionado. Su testimonio me ayuda a caminar con su estilo de
presteza para seguir amando a Cristo en la humanidad de hoy. Podemos
decir que ha sido el gran misionero del siglo XX y proyectará
su espíritu hacia el siglo XXI. |