En Brasil el fenómeno de los niños de
la calle es notorio desde hace tiempo. En otras zonas del mundo –
como en los países del istmo centroamericano – ha ido aumentando
en los últimos años, trayendo consigo criminalidad, drogodependencia,
prostitución y evidenciando la crisis de un modelo incapaz de
ofrecer perspectivas a las jóvenes generaciones. En este dossier,
junto a un estudio sobre los orígenes y características
de las pandillas juveniles – frecuentemente punto de llegada de
niños y muchachos de la calle-, presentamos la experiencia de
quien, en la sociedad civil centroamericana, se esfuerza en ofrecerles
una esperanza de rescate.
El fenómeno de las pandillas juveniles
Sed de justicia en una sociedad violenta
Desde hace decenios la sombra de una tipología particular
de grupos juveniles se prolonga sobre los barrios marginales de las
grandes ciudades latinoamericanas. Los nombres usados por la prensa,
la policía y la opinión pública son de lo más
variados: banda, gallada, clika, parcas, etc… En Centroamérica
se habla sobre todo de pandilla o de mara. Su imagen está fuertemente
influenciada por los medios de comunicación, que en general
describen a sus componentes como monstruos infernales, delincuentes
con los que sólo se puede usar la fuerza. Se trata, según
la opinión común, de sujetos que basan su propia vida
en la violencia, el robo y las drogas. Pero esta visión en
blanco y negro tiene poco que ver con la realidad. Para superar los
prejuicios es necesario conocer las dinámicas internas de los
grupos, los motivos por los cuales un joven entra en ellos.
Génesis de un fenómeno
En Centro América, a partir de los años 60, las pandillas
compuestas por adolescentes y jóvenes se difunden junto al
proliferar de los barrios periféricos, consecuencia de un desarrollo
que destruye el tradicional modelo agrícola sin facilitar a
cambio nuevas oportunidades para una vida digna. Las pandillas pueden
ser entendidas como una respuesta de las nuevas generaciones a una
situación insoportable y como un desafío a una sociedad
que les niega participación y futuro.
Hasta los años 80 se trata de formaciones con una vida breve
y con estructuras informales: muchachos que se encuentran en los rincones
de las calles para divertirse juntos, después del trabajo o
de la escuela, y que a veces lanzan protestas y reinvindicaciones
a las autoridades locales. O bien niños y adolescentes que
viven en las calles, practicando el robo o mendigando. No hay, en
general, identificación con un territorio determinado, ni los
diversos grupos entran en conflicto entre ellos. Se verifican en cambio
choques con la policía, la cual frecuentemente recurre a la
eliminación física, especialmente donde dominan regímenes
militares.
Las verdaderas y propias pandillas tienen en cambio nuevas modalidades
de acción y organización. Son grupos más numerosos,
generalmente de 40-50 personas, pero a veces se llega hasta 100 y
más. Entran a formar parte de ellas adolescentes y jóvenes
que viven todos en un determinado barrio y se identifican con él.
La defensa del territorio se convierte así en uno de los elementos
centrales. En el centro de la mara o pandilla está lo que los
chicos llaman la “vida loca” (vida sin reglas), hecha
de emociones fuertes: la sensación que se tiene al enfrentarse
con la banda rival o con la policía, el gusto del riesgo al
realizar acciones ilegales. Pero lo que los muchachos encuentran es
también un sentido de pertenencia.
La vida en la pandilla
La mayor parte de los pandilleros roba y consume alcohol o drogas.
Sin embargo, estas actividades – que la prensa y la policía
describen como típicas de las bandas- no son sus características
exclusivas. Además, aunque es verdad que las drogas forman
parte de la vida cotidiana de las pandillas, no son, sin embargo,
el motivo principal que las une. Y por lo que respecta las rapiñas,
raramente se realizan por el grupo en su conjunto. Las actividades
que realizan juntos son más bien los enfrentamientos con las
bandas rivales. La habilidad y el valor demostrados son de hecho decisivos
para el reconocimiento social por parte de los miembros del grupo.
El ámbito de referencia es la calle, el barrio en el que el
pandillero ha crecido. Se lucha por defender ese territorio. Según
José Luis Rocha, de la Uca di Managua, “la reacción
de un pandillero, en un mundo en el que él no es nada, es atacar,
dominar el barrio, someter, puesto que él es sometido, marcar
un territorio ya que él vive desarraigado, asociarse a un grupo
que le dé una identidad de la que él carece”.
Para muchos chicos, en resumen, las pandillas son una red social que
les confiere autoestima, relativa seguridad económica y solidaridad.
La convivencia en la pandilla crea una historia común, un intercambio
de conocimientos y permite a los muchachos encontrar amistad. Su mayor
confianza está puesta en los “hermanos” del grupo,
no en los familiares.
En todas las bandas existe una especie de código de honor.
Este es entendido como una respuesta a la hipocresía demostrada
por los adultos y la corrupción de la sociedad. No por casualidad,
casi ningún pandillero se deja “comprar” por la
policía. Cada grupo tiene sus propios rituales, reglas de funcionamiento,
escala jerárquica (pero los jefes son reconocidos solo en la
medida en que favorecen los intereses de todo el grupo). El ritual
de admisión dice si el muchacho tiene los requisitos necesarios
para formar parte del grupo: valor, fuerza física, habilidad,
etc. La mara Salvatrucha 13, por ejemplo, escoge sólo a aquellos
que están en grado de defenderse al menos por trece segundos
de la violencia de los componentes del grupo. La Morazán pide
a sus neófitos conseguir resistir con el jefe en una lucha
con cuchillos. Para las chicas (que representan una media de cerca
de un tercio de los componentes) los rituales frecuentemente prevén
también los abusos sexuales del grupo. Hay que destacar con
todo que, en general, la figura femenina está mucho menos discriminada
de cuanto normalmente lo está en la sociedad latinoamericana.
Finalmente, también desde el punto de vista del lenguaje pandilla
y mara crean su proprio mundo: términos que sólo los
miembros pueden entender, gestos, tatuajes, murales…
En las raíces del problema
La violencia psíquica y los choques armados tienen un papel
central. Sin embargo, aún cuando muchos pandilleros cometan
acciones ilegales, sería simplista considerarlos sólo
parte de una subcultura criminal. Estos grupos deben entenderse más
bien como una variante de la “cultura de supervivencia”
de los pobres y un reflejo de la violencia practicada en todo el continente.
El aumento de la violencia en América Latina – documentada
por numerosas estadísticas- tiene sus orígenes en la
creciente desigualdad social, que genera desesperación y rabia.
Las políticas económicas neoliberales son ellas mismas
una forma de violencia estructural. Los objetivos propuestos –
acumular dinero, hacer fortuna, adquirir bienes de lujo – son
difícilmente alcanzables, si no es sacrificando los vínculos
sociales, las relaciones familiares, las amistades.
Niños, adolescentes y jóvenes viven todo esto mucho
antes de su eventual entrada en una banda. Decenas de millares de
ellos viven la experiencia cotidiana de ver a sus propios padres (especialmente
a los padres) frustrados, violentos y pervertidos. En muchas familias
el alcohol triunfa como único remedio ante la desesperación.
Además, ellos experimentan, día tras día, la
injusticia en la escuela, a la hora de buscar trabajo, etc…
Así, cuando un joven se une a una banda, en la mayor parte
de los casos, vive este gesto como una venganza contra un mundo injusto
en el cual no tiene posibilidad de encontrar un lugar. Por eso es
tan difícil convencer a estos chicos para que dejen el grupo.
Hoy, sin embargo, aunque muy lentamente, comienza a difundirse la
conciencia de que los chicos de las calles siguen receptivos ante
propuestas alternativas. A condición de que se les tome en
serio, considerándoles personas dotadas de una identidad y
de una dignidad.
Manfred Liebel
Technische Universität, Berlino,
experto en problemas de la infancia y de la juventud.