La
Eucaristía es sacramento "misionero", no
sólo porque de ella brota la gracia de la misión,
sino también porque encierra en sí misma el
principio y la fuente perenne de la salvación para
todos los hombres. Por tanto, la celebración del
sacrificio eucarístico es el acto misionero más
eficaz que la comunidad eclesial puede realizar en la historia
del mundo.