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48° CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
del 10 al 17 de Octubre de 2004
"La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio"
PRESENTACIÓN
1 Jesús es la Palabra que existía desde el principio,
Palabra creadora y dadora de vida (cfr. Jn 1,1.3-4). Esta Vida
era la luz de los hombres: "luz verdadera que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9; cfr. Jn 1,4). Y la
Palabra se hizo carne, precisamente para que la pudiéramos
contemplar y tocar (cfr. Jn 1,14) y recibiéramos la plenitud
de vida de que está llena (cfr. Jn 1, 4.16). Jesús
nos comunica la vida por medio de su carne y de su sangre, como
lo enseña con insistencia en su discurso de Cafarnaúm
(cfr. Jn 6, 51-58).
2 En los albores de un nuevo milenio y después de haber
celebrado con gozo y gratitud el Gran Jubileo de la Encarnación
de Cristo Jesús, el Señor, "el mismo ayer,
hoy y siempre" (cfr. Hb 13,8), la Iglesia por Él fundada
continúa experimentando su renovada presencia a través
de su Palabra,-lámpara que ilumina su caminar-, de la Liturgia
y del hermano, especialmente el pobre, rostro humano del Cristo
sufriente (cfr. EA 12); pero sobre todo en la Eucaristía:
sacrificio, memorial, banquete y presencia (cfr. SC 7). En efecto,
en la Eucaristía, Cristo presente corporalmente[1]ofrece
como alimento para la vida nueva el mismo cuerpo que asumió
de María Virgen hace 2000 años (cfr.TMA 55), carne
vivificada y vivificante por el Espíritu, que da vida a
los hombres (cfr. PO 5).
3 Confiados en esta presencia prometida por el mismo Señor
Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), hemos recibido la motivación
e impulso para avanzar en el camino, a través de la voz
del sucesor de Pedro, como eco de las palabras que el apóstol
escuchó de su Maestro: "¡Rema mar adentro!"(Lc
5,4; cfr. NMI 1). La Iglesia se adentra en el mar de un nuevo
milenio y sabe que podrá llegar a puerto seguro porque
no va sola ni confiada en sus propias fuerzas, sino porque su
Señor está con ella, dándole su Espíritu
y alimentándola con sus sacramentos, de manera particular
con la Eucaristía.
4 Esta Iglesia peregrina, volviendo su mirada agradecida a Jesucristo
Eucaristía, se reunirá en contemplación en
el 48° Congreso Eucarístico Internacional, en la ciudad
de Guadalajara, México, tierra de mártires recientemente
canonizados, que encontraron en la Eucaristía la fuerza
y valentía para entregar su vida por su pueblo y por su
fe, al grito de: "¡Viva Cristo Rey y Santa María
de Guadalupe!".En esta Statio orbis, la Iglesia congregada
en oración, contemplación y celebración,
se adentra en el nuevo milenio con esperanza renovada, adorando
a Jesús Eucaristía, luz y vida para el peregrinar
de la Humanidad en busca de mejores condiciones de vida, mientras
anhela la patria definitiva.
5 El próximo Congreso Eucarístico Internacional
podrá ser para la Iglesia una maravillosa oportunidad de
glorificar a Jesucristo-presente en ella-venerándolo públicamente
con vínculos de caridad y de unidad; una magnífica
ocasión de manifestar su fe en la presencia eucarística;
de profundizar en algunos aspectos de este misterio y de resaltar
su centralidad en la vida y misión de la Iglesia en el
mundo contemporáneo, así como de asumir nuevos compromisos
en relación con la evangelización.Para lo cual se
requiere una esmerada preparación.
6 Así pues, se ofrece el presente texto con el fin de proporcionar
a las Iglesias locales algunas pistas de reflexión, que
puedan servir de base para ulteriores desarrollos y profundizaciones
en encuentros de estudio y de oración, tanto durante la
preparación como en la celebración del Congreso.
Se parte de una invitación a experimentar el anhelo de
la contemplación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre, de dejarse mirar por Él y experimentar su presencia:
Queremos ver tu rostro, Señor (cap. I), por medio de la
contemplación que "no nos aleja de nuestros contemporáneos
sino, al contrario, nos hace atentos y abiertos a los gozos y
a los trabajos de los hombres y amplía el corazón
a las dimensiones del mundo",[2]preparando así, una
visión de fe sobre nuestro presente, con la certeza de
que "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la
vencieron" (Jn 1,5), (cap II). "Cumbre de toda evangelización
y el testimonio más eminente de la Resurrección
de Cristo",[3] LaEucaristía es luz y vida del nuevo
milenio para la Iglesia que peregrina y se empeña en el
trabajo de una nueva evangelización (cap. III). Finalmente,
en el inicio de este nuevo milenio, es necesaria una proclamación
fuerte y gozosa de nuestra fe en Jesucristo, que ilumine esta
nueva etapa de la historia: Plegaria a Jesucristo Eucaristía.
+ Juan Cardenal Sandoval Iñiguez
Arzobispo de Guadalajara.
I. QUEREMOS VER TU ROSTRO, SEÑOR
La presencia real de Cristo en el Misterio Eucarístico
Contempladores de Jesucristo Eucaristía.
7 Así como aquellos peregrinos griegos que acudieron a
Jerusalén para la celebración pascual le dijeron
a Felipe que querían ver a Jesús, también
los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre en forma
consciente, piden a los cristianos de hoy no sólo que les
hablemos de Jesús, sino en cierto modo hacérselos
ver. ¡Esta es precisamente la tarea de la Iglesia!: reflejar
la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer
también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio.
Pero no podremos cumplir con tal cometido si no somos los primeros
contempladores del rostro de Cristo (cfr. NMI 16). Por consiguiente,
es indispensable que primero vivamos la experiencia que nos expresa
el apóstol Juan: "lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos, para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros" (1Jn 1, 3).
8 ¿Cómo podemos, hoy, ver y contemplar esa Vida,
luz de los hombres (cf. Jn 1,4) que se ha nos manifestado? Gracias
a la Encarnación del Hijo de Dios (cf. NMI 22), Cristo
se ha hecho visible, ha puesto su morada entre nosotros (cfr.
Jn 1,14). Gracias a ello, los Apóstoles pudieron contemplar
en el rostro humano de Jesús el rostro del Padre, sobre
todo al ser testigos de sus múltiples signos y señales
(cfr. Jn 20,30-31; cfr. NMI 24). Contemplaron también el
rostro doliente de Cristo, expuesto en la Cruz, Misterio en el
misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración
(cfr. NMI 25). Y, sobre todo, contemplaron el rostro del Resucitado
(cfr. NMI 28) que les devolvió toda la paz y la alegría
perdidas (cfr. Lc 24,36-43). Todo esto lo experimenta la Iglesia
en la contemplación del misterio Eucarístico. Pues
es ahí donde nos encontramos diariamente con ese Jesús,
Dios y hombre verdadero; ahí mismo se actualizan, en forma
incruenta, su pasión y su muerte; finalmente, ahí
nos encontramos con Jesús resucitado, pan de vida eterna,
prenda de nuestra resurrección.
9 Jesús es luz y vida (cfr. Jn 8,18). Por tanto, urge se
busquen los medios adecuados para que su Palabra se proclame y
su Eucaristía sea frecuentada en las comunidades eclesiales
y desde ahí trascienda a todos los ámbitos de la
sociedad, como fermento de una nueva civilización.
Creemos en la presencia real de Jesús en la Eucaristía
10 ¿Podemos encontrarnos realmente con Jesús en
la Eucaristía? A partir de la Última Cena (cfr.
Mt 26,17ss; Lc 22,15), la Iglesia cree en la presencia real del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con su alma y divinidad, en las
especies del pan y del vino: "En el corazón de la
celebración de la Eucaristía se encuentran el pan
y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación
del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre
de Cristo" (CEC 1333).Es cierto, como nos lo enseña
la Iglesia, que Cristo se hace presente de muchas maneras en ella,
pero, sobre todo, bajo las especies eucarísticas del pan
y del vino (cfr. CEC 1373).
11 Recogiendo una serie de testimonios de la Tradición,
el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que
"el modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas
es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los
sacramentos y hace de ella 'como la perfección de la vida
espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos'"
(CEC 1374).La Iglesia siempre entendió el realismo de las
palabras de Jesús a la hora de la institución de
la Eucaristía; por eso, el Concilio de Trento resumió
la fe en la presencia real diciendo: "Porque Cristo, nuestro
Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan
era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia
esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio"
(CEC 1376).
12 El discurso de Jesús en Cafarnaúm, después
de la multiplicación de los panes (cfr. Jn 6,1-71), resalta
el realismo de las palabras de Jesús al revelarnos que
Él es el pan bajado del cielo (v. 51), y por tanto debemos
comer su cuerpo y su sangre (v. 53) para poder tener la vida que
nos ofrece el Pan de la vida (v. 48). Fue tal el impacto del realismo
de las palabras de Jesús, que la gente discutía:
"¿cómo puede éste darnos a comer su
carne?" (v. 52). Y ante la insistencia de parte de Cristo
en la veracidad literal de sus afirmaciones: "porque mi carne
es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (v. 55),
se escandalizaron muchos de sus discípulos, hasta el punto
de abandonar a Jesús (v. 66).Al final del discurso interpela
también a sus Apóstoles, preguntándoles si
también ellos quieren marcharse.Las palabras de Pedro manifiestan
a Jesús que ellos sí creen en la veracidad de sus
palabras: "Señor, ¿a quién vamos a acudir?
Tú tienes palabras de vida eterna" (v. 68). Lamentablemente
hubo y hay quienes no creen en la presencia real de Jesús
en el pan eucarístico ( v. 64).La Iglesia, al inicio del
tercer milenio, se tiene que preguntar: ¿por qué
resulta difícil descubrir el rostro de Jesús en
la Eucaristía?¿Qué hacer para que más
personas aprecien y gocen a ese Cristo que se nos entrega?¿Qué
hacer para que en silencio sea adorado ante el sagrario o aclamado
solemnemente en la fiesta del Corpus Christi?
"Los discípulos se alegraron de ver al Señor"
(Jn 20,20): el itinerario del espíritu.
13 El rostro que los Apóstoles contemplaron después
de la resurrección, era el mismo de aquel Jesús
con quien habían vivido tres años, y que ahora les
daba pruebas de la verdad asombrosa de su nueva vida, mostrándoles
las manos y el costado. Ciertamente no fue fácil creer.
Los discípulos de Emaús creyeron sólo después
de un laborioso itinerario del espíritu (cfr. Lc 24, 13-35).
El apóstol Tomás creyó sólo después
de haber sido invitado a tocar al Resucitado (cfr. Jn 20, 24-29).
En realidad, ver y tocar de suyo no bastan para creer, sólo
la fe puede franquear el misterio. Ésta era la experiencia
que los discípulos debían haber hecho ya en la vida
mortal de Cristo, interpelados a diario por sus prodigios y sus
palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más
que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta
el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando
Jesús, le dijo: 'Bienaventurado eres Simón, hijo
de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los cielos'" (Mt
16,16-17; cf. NMI 19).
14 San Pedro fue capaz de afirmar la fe en Jesús eucaristía
porque no procedió al modo humano, sino que recibió
de Dios esa gracia (cfr. NMI 20). Por tanto, "no es, pues,
a través de los sentidos como lo percibimos y estamos cerca
de Él. Bajo las especies de pan y de vino, es la fe y el
amor lo que nos lleva a reconocer al Señor".[4] Hoy
más que nunca es importante señalar que "sólo
la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte
adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento
más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio"
(NMI 20).
"Señor, busco tu rostro" (Sal 27,8): el rostro
eucarístico de Jesús.
15 "El antiguo anhelo del salmista no podía recibir
una respuesta mejor y más sorprendente que en la contemplación
del rostro de Cristo. En Él, Dios nos ha bendecido verdaderamente
y ha hecho 'brillar su rostro sobre nosotros' (Sal 67,2). Al mismo
tiempo, Dios y hombre como es, Cristo nos revela también
el auténtico rostro del hombre, 'manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre'" (NMI 23). Este anhelo del salmista
está presente en el corazón de todo ser humano,
pero especialmente en quien por la fe, ya ha sido tocado por Dios.
Este anhelo de contemplar el rostro de Dios no es vano, porque
Cristo no se ha ido,sino que cumple su promesa: "He aquí
que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28,20).
16 Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros,
gracias a la Eucaristía, y "después de dos
mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive
como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su
Esposa, contempla su tesoro y su alegría. 'Dulcis Iesu
memoria, dans vera cordis gaudia': ¡Cuán dulce es
el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría
del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia,
retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio
del tercer milenio: Él 'es el mismo ayer, hoy y siempre'
(Hb 13,8)" (NMI 28).
17 Siguiendo la invitación de Su Santidad Juan Pablo II,
de "dejar abierta más que nunca la Puerta viva que
es Cristo" (NMI 59), conviene reflexionar sobre el modo de
compartir la experiencia de la contemplación eucarística
que ilumine nuestras comunidades y las transforme en comunidades
llenas de gozo y esperanza.
II. "LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS Y LAS TINIEBLAS NO
LA VENCIERON"( Jn 1,5)
Luces y sombras del mundo actual.
18 Jesús es la luz y la vida. Estas palabras son como la
síntesis de todos los bienes que Él nos ofrece y
que se compendian el en misterio de la Eucaristía. Pan
y vino son medios para mantener la vida natural. Análogamente,
si no comemos el pan eucarístico, no alimentamos la vida
recibida en el Bautismo. Es una vida que se va perfeccionando
porque en la Eucaristía se aumentan las virtudes y se promueven
todos los dones espirituales, a fin de llevarnos a la salvación,
para la cual fue instituida. A diferencia de la vida natural,
la vida de la gracia no tiene límite. En el horizonte de
este nuevo milenio aparecen interrogantes y esperanzas, luces
y sombras; es la eterna lucha de las tinieblas por opacar la luz.
El Salvador ya ha venido y su presencia en la Eucaristía
es una garantía de salvación para nosotros y para
la historia.
Las luces
19 Su Santidad el Papa Juan Pablo II pide frecuentemente que miremos
las luces que hacen este mundo amable, digno de afecto, a pesar
de su miseria. Porque el Hijo de Dios se hizo carne en un mundo
hermoso que su Padre había creado bueno, al hacer cada
una de las cosas (cfr. Gn 1, 10.12.18.21.25). En el Nuevo Testamento,
Lucas contrapone los hijos de la luz con los hijos de este mundo,
San Juan nos dice que Dios es la plenitud de la luz. Cristo, como
revelación del Padre, es luz que se revela a los hombres,
pero este mundo que es tinieblas no recibe la luz. Como hijos
de la luz estamos llamados a darle sentido, a resaltar esos rayos
de luz. De los cuales destacamos algunos en particular:
20 Es una dicha constatar el aumento del número de católicos
en los últimos años, el crecimiento de muchos movimientos
eclesiales, un esperanzador despertar de la vida espiritual. El
seguir a Jesús sigue siendo respuesta a las inquietudes
de tantos hombres y mujeres en el mundo. Igualmente percibimos
un aumento de vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada,
motivo de esperanza de un futuro mejor.
21 La defensa de la dignidad y los derechos humanos, en nombre
del Evangelio, es un aspecto central en la misión y labor
de muchos cristianos. El Papa Pablo VI decía: "La
Iglesia se declara, en cierto sentido, durante todo el Concilio,
sierva de la humanidad".[5] Una gran luz es el ver cómo
la Gloria del Señor se ha manifestado "a lo largo
de los siglos, y especialmente en el siglo que hemos dejado atrás,
concediendo a su Iglesia una gran multitud de santos y de mártires
[...] Mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad
representa, al vivo, el rostro de Cristo" (NMI 7). También
son signos de esperanza: la caída de los totalitarismos
ateos, los nuevos espacios de libertad y el progreso de la democracia
en muchas naciones.
22 El hombre busca la verdad, no quiere vivir en la mentira; por
eso el Papa, con justa razón, ha propuesto a los jóvenes
una magnífica tarea: la de hacerse "centinelas del
mañana" (cfr. NMI 9; Is 21, 11-12). La Eucaristía
será siempre para ellos el sol que ilumina y da calor a
sus vidas, en ella encuentran al que es la Vida. En la Eucaristía
no es sólo el hombre quien busca a Dios, es Dios quien
busca y espera al hombre.
23 La Iglesia nos ha hablado frecuentemente de la cultura de la
vida, nos presenta el valor incomparable de toda persona humana
y de cómo "el evangelio del amor de Dios al hombre,
el evangelio de la dignidad de la persona y el evangelio de la
vida son un mismo Evangelio" (EV 2). La Eucaristía,
Pan de vida eterna, nos lleva a proclamar una vez más que
el valor de la vida humana es sagrado desde su concepción
hasta la muerte natural. En cada encuentro con la Eucaristía,
Jesús nos recuerda: "¡Respeta, defiende, ama
y sirve a la vida, a toda vida humana!" (EV 5).
24 La comunidad cristiana y la sociedad civil han propuesto, y
siguen proponiendo, muchas iniciativas en beneficio de los más
débiles e indefensos. Los hijos se aprecian como un don
de Dios. Surgen centros de ayuda a la vida. Se da un mayor aprecio
al progreso de la ciencia, la técnica y la medicina, siempre
que se pongan al servicio de la dignidad de la persona humana
y al bien común de las naciones. Se nota una aversión
más fuerte a la pena de muerte y a la guerra, como solución
de los conflictos (cfr. EV 26-27).
25 Igualmente, respecto de la naturaleza, se tiene una mayor conciencia
de que los hombres hemos recibido en ella un regalo y una tarea,
la de ser administradores de la creación. De hecho, el
pan y el vino eucarísticos, fruto de la naturaleza y del
trabajo del hombre, representan el anhelo de llevar a plenitud
toda la creación que gime con dolores de parto, esperando
la redención (cfr. Rom 8, 22).
26. Agradecidos por las luces que hemos constatado, nos preguntamos:
¿cómo se pueden incrementar los aspectos positivos
en el mundo actual, implorando para ello la gracia divina y aportando
nuestro esfuerzo y responsabilidad?
Las sombras
27 Nos encontramos con graves problemas: vivimos en una globalización
ambivalente, y por eso a veces excluyente. Aparecen sistemas económicos
salvajes que no tienen en cuenta al hombre, culturas poderosas
que no excluyen a las más débiles, la brecha entre
ricos y pobres en vez de acortarse se ensancha.
28 Lamentamos el oscurecimiento de la conciencia moral, la pérdida
de la capacidad de amar hasta el fin, el terrorismo, la muerte
y el sufrimiento ocasionados por la violencia, el desinterés
por la verdad, la desunión de las familias, el dolor de
vivir la vida sin sentido, el aborto que mata sin piedad a los
más indefensos, empleos precarios que van asfixiando lentamente
la vida individual y familiar de muchos.
29 Las tinieblas parecen ensombrecer el camino del cristiano:
"entre estos pecados se deben recordar 'el comercio de drogas,
el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción
en cualquier ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo,
la discriminación racial, las desigualdades entre los grupos
sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza'.
Estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida
del sentido de Dios y la ausencia de los principios morales que
deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se
cae en el afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca
toda visión evangélica de la realidad social"
(EA 56).
30 Notamos una ausencia de Dios, que va siendo excluído
de la vida privada y de la vida social, mientras proliferan manifestaciones
de una religiosidad sectaria y fanática, con frecuencia
fundamentalista, o de una espiritualidad vaga sin referencia a
Dios y sin compromiso moral.
31. Estas y otras luces y sombras, propias de nuestro tiempo,
nos obligan a preguntarnos: ¿Qué hacer para que
nuestras comunidades, con su vocación cristiana de hijos
de la luz, ofrezcan al mundo los frutos de la luz: bondad, santidad
y verdad? (cfr. Ef 5, 8).
III. LA EUCARISTÍA, LUZ Y VIDA DEL NUEVO MILENIO
"La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana"
(LG 11)
1. LA EUCARISTÍA ACOMPAÑA NUESTRA PEREGRINACIÓN
32 Al inicio del tercer milenio, la Iglesia celebrará el
48° Congreso Eucarístico Internacional, con la confianza
de la presencia siempre nueva del Señor. La Iglesia, pueblo
peregrino, encuentra en la Eucaristía el alimento de vida
que la sostiene en su caminar, pues sabe que va rumbo a la patria
definitiva (cfr. Hb 11, 13-16). La Iglesia "celebra el memorial
del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso
en el que la humanidad entera entrará en tu descanso"
(Prefacio Dominical X).
Sacrificio de la Nueva Alianza.
33 La Eucaristía es un sacrificio: el sacrificio de la
Redención y, al mismo tiempo, el sacrificio de la Nueva
Alianza.[6] En la Última Cena, Jesús instituyó
el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre,
con el cual iba a perpetuar por los siglos su sacrificio en la
cruz y a entregar a su Iglesia el memorial de su muerte y resurrección
(cfr. SC 47).
34 Jesús, en la Eucaristía, es la víctima
que el Padre nos regala para ser inmolada; víctima que
se entrega para purificarnos y reconciliarnos con Él.Esta
entrega en sacrificio se encuentra prefigurada en el Antiguo Testamento,
en el Sacrificio de Abraham (cfr. Gn 22, 1-14) que poéticamente
se canta en la secuencia del Corpus Christi: "In figuris
praesignatur, cum Isaac immolatur" (Secuencia "Lauda
Sion").El carácter sacrificial de la Eucaristía
se manifiesta en las mismas palabras de la institución:
"cuerpo que se entrega" y "sangre que se derrama"
(cfr. Lc 22, 19-20; CEC 1365).El sacrificio de Cristo y el de
la Eucaristía son un único sacrificio: la víctima
es la misma, sólo difieren en el modo de ofrecerla (cfr.
Trento DH 1743; CEC 1367). El sacrificio de Cristo es también
el sacrificio de los miembros de su cuerpo, de manera que "la
vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración
y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren
así, un valor nuevo" (CEC 1368).
35 Asimismo, "La Eucaristía es el memorial de la pascua
de Cristo, la actualización de la ofrenda sacramental de
su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia, que
es su cuerpo" (CEC 1362). Memorial que es proclamación
de las maravillas que Dios ha realizado a favor de los hombres,
y que hace presente la Pascua de Cristo. El sacrificio que ofreció
de una vez y para siempre en la cruz se actualiza por la celebración
(cfr. Hb 7, 25-27). Haciendo presente el pasado, el memorial nos
lanza al futuro, en la esperanza del retorno del Señor:
"Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas" (Aclamación
2 después de la consagración).
36 Desde sus orígenes, la Iglesia, celebra la Eucaristía
en obediencia al mandato del Señor: "Haced esto en
memoria mía" (1 Co 11, 24-25). Así lo proclamamos
en la parte central de la Plegaria Eucarística, inmediatamente
después del relato de la Institución: "Así,
pues, Padre, al celebrar el memorial de la pasión salvadora
de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión
al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos
en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo"
(Plegaria Eucarística III).
Pan que transforma.
37 La Sagrada Escritura presenta la Eucaristía también
como alimento. Las figuras eucarísticas del Antiguo Testamento
anuncian y ponen en relieve este aspecto. Una de estas figuras
es el sacrificio de Melquisedec, que ofreció al Dios Altísimo
pan y vino (cfr. Gn 14, 18). También el cordero pascual
y los panes ázimos figuran la Eucaristía como alimento
(cfr. Ex 12, 1-28): antes de liberar al pueblo de la esclavitud
se realiza este banquete en el cual el cordero es signo de la
acción salvadora de Dios; además, el pueblo emprende
el largo peregrinar que lo llevará a la tierra prometida.
Es figura de la misma Eucaristía el banquete que celebró
Moisés con los setenta ancianos, después del sacrificio
con que se ratificó la alianza (cfr. Ex 24, 11).
38 El sentido de banquete del peregrino que tiene la Eucaristía
se encuentra también en la figura del Maná (cfr.
Ex 16, 1-35; Dt 8, 3), alimento milagroso que Dios envió
al pueblo hebreo y que durante cuarenta años lo sustentó
en su travesía por el desierto, y al que se refirió
expresamente Cristo al hablar del pan de vida bajado del cielo,
su cuerpo eucarístico (cfr. Jn 6, 49-51. 58).
39 Otra figura de la Eucaristía, en cuanto banquete que
alimenta al peregrino, es el pan cocido bajo las cenizas que comió
Elías: "Se levantó, comió y bebió,
y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días
y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb" (1 Re
19, 5-8).
40 La condición de la Eucaristía, como el alimento
del peregrino, la recoge, de una manera poética, la secuencia
de la solemnidad de Corpus Christi: "Ecce panis angelorum,
factus cibus viatorum" (Secuencia "Lauda, Sion").
El pan de la Eucaristía es fuerza de los débiles:
"En efecto, cuando comemos su carne, inmolada por nosotros,
quedamos fortalecidos" (Prefacio de la Eucaristía
I); es consuelo de los enfermos, viático de los moribundos,
en el cual Cristo "se hace comida y bebida espiritual, para
alimentarnos en nuestro viaje hacia la pascua eterna" (Prefacio
de la Eucaristía III); es el alimento sustancial que sostiene
a tantos cristianos en su testimonio a favor de la verdad del
Evangelio, que han de dar los diversos ambientes.
41 "El que me coma vivirá por mí"(Jn 6,
57), nos dice Jesús para urgir la necesidad que tiene el
cristiano de alimentarse de Él, que es el pan bajado del
cielo. La participación en este sagrado Banquete nos edifica
como Cuerpo místico de Cristo. Jesús Eucaristía
es, pues, el centro de la vida de la Iglesia.
42 La Iglesia tiene en la Eucaristía el alimento que la
sostiene y transforma interiormente. A este respecto, afirma San
León Magno: "nuestra participación en el cuerpo
y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos
en aquello que comemos".[7] Somos asimilados por Cristo,
somos transformados en hombres nuevos, unidos íntimamente
a Él, que es la cabeza del Cuerpo Místico.
43. La vida nueva que Cristo nos da en la Eucaristía se
convierte para nosotros en "medicina de inmortalidad, antídoto
contra la muerte y alimento para vivir siempre en Jesucristo"
(San Ignacio de Antioquía, A los Efesios 20, 2).Los que
vivimos de Cristo que quiere que todos tengamos vida en abundancia,
debemos proclamar el carácter sagrado de la vida humana,
desde su concepción hasta su ocaso natural y contrarrestar
las nocivas influencias de la cultura de la muerte.
2. LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE COMUNIÓN Y CENTRO
DE LA VIDA DE LA IGLESIA
44 La Eucaristía es sacramento de unidad en la Iglesia,
como lo proclama San Pablo: "Porque aún siendo muchos,
un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de
un solo pan" (1Cor 10,17). Cristo mismo, en la oración
que elevó al Padre por sus discípulos, después
de haber instituido la Eucaristía, expresa su anhelo de
que todos sean uno y permanezcan en Él, como Él
permanece en el Padre (cfr. Jn 17, 20-23). Los Hechos de los Apóstoles
nos muestran la realización eficaz de una comunidad de
vida y de sentimientos en torno a la fracción del pan (cfr.
Hech 2, 42-47). Es la unidad que simboliza y produce la Eucaristía.
45 La participación en una única mesa es ya, por
sí misma, símbolo de fraternidad y de comunión
de sentimientos. El signo exterior del alimento que se consume
es también, como nos recuerda la Didaché (cfr. 9,4),
fruto del trigo disperso por los campos y recogido en un mismo
pan, como símbolo de la unidad de la Iglesia, reunida de
todas las extremidades de la tierra.Este simbolismo eucarístico
en relación con la unidad de la Iglesia ha sido suficientemente
tratado por los Padres desde el inicio de la Iglesia, y el Concilio
de Trento lo recoge cuando afirma que Cristo dejó la Eucaristía
a su Iglesia "como símbolo de su unidad y caridad,
con la que quiso que todos los cristianos estuvieran entre sí
unidos y estrechados" (DH 1628), y como símbolo de
aquel único Cuerpo del que es Él mismo la cabeza.
También el Vaticano II describe la Eucaristía como
"sacramento de amor, signo de unidad, vínculo de caridad"
(SC 47 - refiriéndose a San Agustín).
46 Ahora bien, si la Eucaristía es fuente de unidad, es
tambien centro de la vida de la Iglesia, y esto se debe a que
en ella tenemos un principio único y trascendente, en virtud
del cual puede conseguirse lo que a los hombres les es imposible
en razón de su pecado y de su disgregación.Este
principio de unidad es el Cuerpo físico de Cristo, entregado
a su Iglesia para edificarla como su cuerpo místico, del
cual Él es cabeza y nosotros sus miembros.
47 La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía
hace la Iglesia (cfr. RH 20). Por eso, la Eucaristía es
centro de la vida de la Iglesia, y hacia ella se ordenan los demás
sacramentos (cfr. SC 7), los ministerios eclesiáles y las
obras de apostolado. Es la sagrada Eucaristía la fuente
y cúlmen de la predicación evangélica. En
la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, a saber: Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, por
su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo,
que da vida a los hombres (cfr. PO 5).
48 El misterio eucarístico debe ser también en consecuencia
el centro de la Iglesia local.La Iglesia de Cristo está
verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones
locales de los fieles que, unidos a sus pastores, reciben también,
en el NT, el nombre de Iglesias. En ellas se congregan los fieles
por la predicación del Evangelio, y se celebra el misterio
de la Cena del Señor, para que, por medio de su cuerpo
y sangre, queden unidos todos en fraternidad. En estas comunidades,
aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en
la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud
se congrega la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
Pues la participación del cuerpo y la sangre del Señor
hace que pasemos a ser aquello que recibimos (cfr. LG 26).
49 La Eucaristía, misterio de comunión, es para
la salvación del mundo. Las Iglesias y comunidades separadas,
a pesar de sus deficiencias, son medio de salvación, cuya
virtud, dice el Vaticano II (cfr. UR 3), deriva de la misma plenitud
de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica.
Dichas Iglesias no gozan de aquella unidad que Cristo confirió
a su Iglesia, porque no disfrutan de la plenitud de los medios
de salvación con los que Cristo la enriqueció.Entre
estos medios de salvación reviste particular importancia
la celebración de la Eucaristía, en la que se simboliza
y realiza la unidad de todos los que creen en Cristo.
50 Las Iglesias de Oriente, afirma el mismo Concilio Vaticano
II, han mantenido el sacramento del orden y nuestra misma fe eucarística
(cfr. UR 15), mientras que algunas comunidades cristianas no católicas
de Occidente no han conservado la genuina e íntegra sustancia
del misterio eucarístico, debido sobre todo a la carencia
del sacramento del orden, aunque conmemoran en la Santa Cena la
muerte y resurrección del Señor, profesan que en
la comunión de Cristo se significa la vida y esperan su
glorioso advenimiento (cfr. UR 22). Por esta razón, la
misma celebración del sacramento de la unidad nos urge
a descubrir los valores positivos que se dan en las Iglesias y
comunidades eclesiales que no están en plena comunión
con la Iglesia Católica y a dirigirlos a su plenitud en
una actitud que sepa reconocer que la unidad, al igual que la
Eucaristía, es obra de Dios, que nos llama a una cooperación
activa y responsable "con amor a la verdad, con caridad y
humildad" (UR 11).
51. Una parroquia viva es idéntica a una comunidad eucarística:
"No se edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como
raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía;
por ella, pues, hay que empezar toda la formación para
el espíritu de comunidad" (PO 6). Por lo tanto, la
planificación y actuación de los programas pastorales
deben comenzar y pasar realmente por la Eucaristía celebrada,
y contemplada en la adoración, para producir frutos, particularmente,
en el campo vocacional.
3. La Eucaristía, exigencia de compartir
52 "El auténtico sentido de la Eucaristía se
convierte, de por sí, en escuela de amor activo al prójimo"
(Dominicae Cenae, 6). Comprendemos así, la relación
entre la Eucaristía y la Luz, según la afirmación
del Apóstol San Juan: "Quien dice que está
en la Luz y aborrece a su hermano, está aún en las
tinieblas" (1Jn 2, 9).
53 Ofrecer de verdad el sacrificio de Cristo implica continuar
este mismo sacrificio en una vida de entrega a los demás.
Así como Él se ha ofrecido en sacrificio bajo la
forma de pan y vino, así debemos darnos nosotros, con fraterno
y humilde servicio, a nuestros semejantes, teniendo en cuenta
sus necesidades más que sus méritos, y ofreciéndoles
el pan, o sea, lo más necesario para una vida digna.
54 El cristiano no ha inventado la comida, ni el banquete. Son
elementos constitutivos del existir humano, necesidades vitales.
Su riqueza de contenido se manifiesta no tanto en el hecho material
de comer y beber sino en el hecho de comunicar, compartir y fraternizar.
Para el cristiano, con la conciencia de que es miembro del Cuerpo
Místico de Cristo, el poder celebrar el "Banquete
Eucarístico" es un privilegio, pero también
una interpelación. El pan y el vino que presentamos en
el altar, nos están remitiendo a esa comida o bebida que
debiera estar en la mesa de todo ser humano, porque hay muchos
hombres que no pueden disfrutar de tal derecho, bien porque no
tienen qué comer o porque les falta con quién compartir,
lo que representa una clamorosa injusticia.
55 Esta situación se opone radicalmente a aquello que Jesús
predicó y realizó durante su vida, y a lo que la
primitiva comunidad atendió y vivió, siguiendo las
enseñanzas de Cristo. Por tanto, la Eucaristía,
celebrada y participada como banquete, nos invita a unir la fracción
del pan con la comunicación de bienes (cfr. Hech 2,42.44;
4,34), con las colectas a favor de los necesitados (cfr. Hech
11,29; 12,25), con el servicio de las mesas (cfr. Hech 6,2), con
la superación de toda división y discriminación
(cfr. 1Cor 10,16; 11,18-22; St 2, 1-13). De todo esto se desprenden
evidentes consecuencias para la evangelización en el mundo
y, concretamente, en los países en vías de desarrollo.
56 La Eucaristía actualiza la diakonía o servicio
de Cristo, y es lugar de renovación de la misión
de la Iglesia, sobre todo a favor de los más necesitados.
Así, la Eucaristía es escuela, fuente de amor y
diakonía que necesariamente tiende a realizarse en la vida.
Esto supone que en la Eucaristía, y por la Eucaristía,
sean promovidos los valores de acogida fraterna, de solidaridad
y de comunicación de bienes. Este testimonio de amor es
un elemento indispensable de la verdadera evangelización.
4. JESUCRISTO EVANGELIZADOR Y LA EUCARISTÍA, FUENTE DE
LA EVANGELIZACION
57 Al centro de la misión salvífica de Jesucristo,
se encuentra su tarea evangelizadora. Sin embargo, el anuncio
del Reino no lo realiza Jesús sólo con palabras,
sino "con su total presencia y manifestación personal
[...] sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa
de entre los muertos" (DV 4); en el fondo, podemos decir
que Jesús mismo es el Reino.
58 Como indica el mismo Paulo VI, la evangelización "tiene
su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera definitiva
por su muerte y resurrección; pero debe continuar pacientemente
a través de la historia, hasta realizarse plenamente el
día de la Venida final del mismo Cristo" (EN 9); por
ello, la Iglesia tiene como deber primero continuar la misión
de Jesús y debe apropiarse las palabras de san Pablo, "¡Ay
de mí si no evangelizara!" (1 Cor 9, 16).
59 La Eucaristía es fuente de evangelización porque
ella es, en cierta manera, el "centro del Evangelio",
ya que aparece relacionada con la Pascua, como está narrado
en los textos de la institución de la Eucaristía
(cfr. Mt 26, 17-25 y par.), y con los temas más importantes
del mismo Evangelio, como la proclamación de la Palabra
de Dios, la conversión y la fe, la caridad y la koinonía,
la reconciliación y el perdón e, incluso, la vida
eterna (cfr. Jn 6; Hech 2, 42-46; 1 Cor 10, 14-22; 11, 17-26).
60 La Eucaristía es además el cúlmen del
itinerario sacramental, pues ella sintetiza y nos remite a las
diversas etapas sacramentales: del Bautismo, de la Confirmación
y del Matrimonio, por medio de las cuales el cristiano va expresando
su incorporación al misterio de Cristo y de su Iglesia.
Por esto, la Eucaristía involucra a la Iglesia entera y
a cada cristiano, no sólo para avanzar en la configuración
con Cristo, sino también para asumir la tarea evangelizadora
respecto a los demás, como miembros que somos del Cuerpo
Místico de Cristo.
61 Finalmente, la Eucaristía es impulso para la evangelización
en este tercer milenio, porque ella no sólo es su centro,
sino también fuente que desencadena y promueve toda la
acción evangelizadora en el mundo contemporáneo
(cfr. NMI 36).
62 Un aspecto especial lo constituye, ciertamente, la devoción
litúrgica y popular a Jesús Sacramentado.Los monumentos
del Jueves Santo, la solemnidad de Corpus Christi con sus procesiones,
la costumbre de la Visita al Santísimo, la adoración
de las Cuarenta Horas, los Templos Expiatorios con la exposición
continua, la Bendición con el Santísimo, la comunión
de los Viernes primeros de mes, la Adoración Nocturna y
los Congresos Eucarísticos son, entre muchas otras, expresiones
de una fe sencilla y profunda en la presencia real de Jesucristo
en la Eucaristía, y de un amor entrañable a Aquel
que ha querido "poner su morada entre nosotros". Es
innegable que la tarea evangelizadora de la Iglesia encuentra
aquí también un terreno de purificación y
crecimiento excepcional, sobre todo en nuestro tiempo; para que,
ante "las tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1,79) que
envuelven nuestro mundo, la Eucaristía sea, en plenitud,
luz y vida para toda la humanidad.
63 La fuerza evangelizadora de la Eucaristía es tal que
invita al cristiano a entregarse a sí mismo en un compromiso
misionero generoso que responda a la situación de cada
región y país, pues al decirnos Jesús en
la Última Cena: "Hagan esto en memoria mía"
(Lc 22, 19), no podemos ignorar su invitación a ser, como
Él, pan que se parte y comparte, sangre que se derrama
para la vida del mundo; de otra manera, la celebración
de la Eucaristía, sin compromiso, no sería plenamente
"anuncio del Evangelio", como lo advierte san Pablo
a la comunidad de Corinto (cfr. 1Cor 11, 17-34).
64. Asimismo, la participación en la Eucaristía
es el centro del domingo para todo cristiano. Santificar el día
del Señor es un privilegio irrenunciable y un deber que
se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como
necesidad, en orden a una vida cristiana verdaderamente consciente
y coherente (cfr. NMI 36). Por ello, el fomentar la participación
en la Eucaristía, especialmente dominical, debe formar
parte indispensable de los programas pastorales de la Nueva Evangelización.
5. MARÍA, "MADRE DEL VERDADERO DIOS, POR QUIEN SE
VIVE"(Nican Mopohua)
65 Santa María de Guadalupe dijo a Juan Diego, y hoy lo
repite a cada cristiano: "Sábete que yo soy la siempre
Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive",
y también le dijo: ¿"No estoy yo aquí,
que soy tu Madre?".[8]La Virgen se presentaba así
como Madre de Jesús y de los hombres.La Señora de
Guadalupe es todavía hoy el signo de la cercanía
de Cristo, invitándonos a entrar en comunión con
Él, para tener acceso al Padre. Contando con el auxilio
materno de María, la Iglesia desea conducir a los hombres
al encuentro con Cristo, que es el punto de partida y de llegada
de una auténtica conversión y de una renovada comunión
y solidaridad.
66 La Virgen María constituyó para los moradores
de estas tierras el gran signo, de rostro maternal y misericordioso,
de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella
nos invita a entrar en comunión.Así, la característica
propia de la religiosisdad de los pueblos americanos, por su historia
y su cultura, posee un tinte profundamente maternal y mariano,
y tiene su expresión particular en el rostro mestizo de
la Virgen de Guadalupe que, siendo Madre de Cristo, se presentó
también como Madre de los indígenas, de los pobres
oprimidos y de todos los que de ella tengan necesidad. De hecho,
los primeros misioneros llegados a América, provenientes
de tierras de eminente tradición mariana, junto con los
rudimentos de la fe cristiana, fueron enseñando el amor
a la Virgen, Madre de Jesús y de todos los hombres. La
aparición de María de Guadalupe a Juan Diego, en
la colina del Tepeyac, México, repercutió decisivamente
en la evangelización (cfr. EA 11), por eso el Papa Juan
Pablo II afirmó que "el rostro mestizo de la Virgen
de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Continente, un símbolo
de la inculturación de la evangelización, de la
cual ha sido la estrella y guía" (EA 70).
67 La presencia de María en el Cenáculo,es el punto
de referencia de toda la comunidad eclesial que se prepara para
recibir la gracia del Espíritu Santo, en orden a evangelizar
(cfr. AG 4; LG 49; EN 82). Se puede afirmar, como realidad permanente,
la experiencia mariana de las comunidades cristianas. Es un hecho
que se constata en la celebración eucarística de
las comunidades primitivas y actualmente en las grandes expresiones
de piedad mariana popular. San Efrén, en sus cantos poéticos,
subraya la relación profunda que existe entre la Virgen
María y la Eucaristía: "María nos da
la Eucaristía, en oposición al pan que nos dio Eva.
María es además el sagrario donde habitó
el Verbo hecho carne, símbolo de la habitación del
Verbo en la Eucaristía. El mismo cuerpo de Jesús,
nacido de María, ha nacido para hacerse Eucaristía.[9]
María, "estrella de la evangelización"
68 El Papa Pablo VI, al finalizar su exhortación apostólica,
Evangelii Nuntiandi, da el título de "estrella de
la evangelización" a la Madre de Dios: "En la
mañana de Pentecostés ella presidió con su
oración el inicio de la evangelización, bajo la
acción del Espíritu Santo.¡Sea Ella la estrella
de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil
al mandato del Señor, debe promover y cumplir, sobre todo
en estos difíciles tiempos, pero llenos de esperanza"
(EN 82). Por eso, María es el camino seguro para encontrar
a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es
auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según
el Espíritu y los valores del Evangelio (cfr. EA 11).
69 María es "estrella de la evangelización"
en varios sentidos: porque participó maternalmente en los
inicios de la Iglesia con su oración junto a los Apóstoles,
logrando la gracia del Espíritu Santo; porque es, por su
maternidad, modelo y figura de la iglesia; porque con su actitud
de fe y su intercesión maternal hace crecer la fe de la
Iglesia. Ella es la que acompaña la acción evangelizadora
de la Iglesia que, por la Palabra y los sacramentos, suscita la
fe, lleva a la conversión del pecado y confiere la vida
de hijos de Dios. Su acción, por tanto, es verdaderamente
maternal.
70. Encomendamos a la Santísima Virgen María la
preparación y realización del próximo 48º
Congreso Eucarístico Internacional, para que sea una acontecimiento
de fe y un impulso evangelizador en el nuevo milenio, tan necesitado
de la verdadera luz y vida, que es Jesucristo Eucaristía.
PLEGARIA A JESUCRISTO EUCARISTÍA
1. Padre Dios, creemos que eres creador de todas las cosas
y que te nos haz hecho cercano en el rostro de tu Hijo,
concebido de María Virgen por obra del Espíritu
Santo,
para ser nuestra condición y garantía de vida eterna.
2. Creemos, Padre providente,
que por la fuerza de tu Espíritu El pan y el vino
se transforman en el cuerpo y la sangre de tu Hijo,
flor de harina que aligera el hambre del camino.
3. Creemos, Señor Jesús, que tu Encarnación
se prolonga en la simiente de tu cuerpo Eucaristía,
para dar de comer a los hambrientos de luz y de verdad,
de amor y de perdón, de gracia y salvación.
4. Creemos que en la Eucaristía te prolongas en la historia,
para alimentar la debilidad del peregrino,
y el sueño del que anhela dar fruto en su trabajo.
Sabemos que en Belén, la "casa del Pan",
el Padre Eterno preparó en el vientre de María Virgen,
el pan que ofrece a los hambrientos de infinito.
5. Creemos, Jesús Eucaristía, que estás real
y verdaderamente
presenteen el pan y el vino consagrados,
prolongando tu presencia salvadora
y ofreciendo a tus ovejas pastos abundantes y aguas claras.
6. Creemos que los ojos se engañan al ver pan
y nuestra lengua se equivoca al probar vino,
porque estás Tú todo entero,
ofrecido en sacrificio y dando vida al mundo,
de paraíso siempre hambriento.
7. Aquella noche del Cenáculo,
al tomar, Señor, el pan y el vino entre tus manos,
estabas ofreciéndolos a todos,
por los años y siglos infinitos.
8. Contigo, Cordero de la Alianza,
se elevan en cada altar donde te ofreces al Padre,
los frutos de la tierra y del trabajo del hombre,
la vida del creyente, la duda del que busca,
la sonrisa de los niños, los proyectos de los jóvenes,
el dolor de los que sufren
y la ofrenda del que da y se da a sus hermanos.
9.Creemos, Señor Jesús, que tu bondad ha preparado
una mesa para el grande y el pequeño,
y que en tu mesa hermanos nos hacemos
hasta dar la vida unos por otros,
como Tú lo hiciste por nosotros.
10. Creemos, Jesús, que sobre el altar de tu sacrificio,
recuperamos la fuerza de una débil carne,
que no responde siempre a los anhelos del espíritu,
pero que tú transformarás a imagen de tu cuerpo.
11. Creemos que en la mesa preparada para todos,
siempre habrá un lugar para el que busca,
un espacio para el marginado de la vida,
superando los signos de la muerte,
inaugurando cielos nuevos y una tierra nueva.
12. Creemos, Jesús, que no has dejado a tus hermanos solos,
permaneces discreto en el sagrario de la conciencia
y en el pan y el vino de tu mesa,
como luz y fuerza del débil peregrino.
13. Creemos, en fin, que en los inicios del Tercer Milenio
te haces compañero en el camino.
"Remar mar adentro" es la consigna,
en este momento de tu Iglesia,
para construir, llenos de esperanza,
una nueva etapa de la historia.
14. Gracias, Jesús Eucaristía, por impulsarnos
a una nueva evangelización por Ti fortalecida.
Que tu Madre acompañe a los que aceptan
vivir y anunciar tu Palabra,
y que su intercesión haga fecunda tu semilla.
Amén.
ORACIÓN PARA EL
48° CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
Señor, Padre Santo,
que en Jesucristo, tu Hijo,
presente realmente en la Eucaristía,
nos das la luz que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo,
y la vida verdadera que nos llena de alegría;
te pedimos que concedas a tu pueblo
que peregrina al inicio del tercer milenio,
celebrar con ánimo confiado
el 48° Congreso Eucarístico Internacional,
para que, fortalecidos en este Banquete sagrado,
seamos en Cristo, luz en las tinieblas,
y vivamos íntimamente unidos a Él que es nuestra
vida.
Que la presencia eficaz de Santa María,
Madre del verdadero Dios por quien se vive,
nos sostenga y acompañe siempre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
[1]Cfr. Myst Fid: AAS 57 (1965) 766
[2]Juan Pablo II, Carta sobre la Adoración Eucarística
enviada al obispo de Lieja con ocasión del 750° Aniversario
de la fiesta del SS. Cuerpo y Sangre de Cristo, 28 de mayo de
1996 n. 4.
[3]Ibid. n. 7 - citando LG 28; PO 6.
[4]Juan Pablo II, Carta sobre la Adoración Eucarística,
n. 3.
[5]BIFFI F., Il magistero dei Papi: Seminarium 35 (1983) 347
[6] Cfr. Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 9
[7]Sermón 12, 7; citado en LG 26
[8]LAMADRID J.G., Nican Mopohua, ed.Jus, p. 45
[9]BACK E., CSCO, 218-219, Louvain, 1961
SIGLAS
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ChL Juan Pablo II, Exhortación apostólica, Christifideles
Laici (30-XII-1988)
CCL Corpus Christianorum. Series Latina, Tournhout 1953ss
CSCO Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium, Paris-Louvain,1903ss
DD Juan Pablo II, Carta Apostólica, Dies Domini (31-V-1998)
DetV Juan Pablo II, Carta Encíclica II, Dominum et Vivificantem
(18-V-1986)
DH H.Denzinger-P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia, Herder,
Barcelona, 2000
DI Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus
(6-VIII-2000)
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(30-XI-1980)
DTC Dictionnaire de théologie catholique, Paris 1903-1970
DV Concilio Vaticano II, Const. Dogmática Dei Verbum (18-XI-1965)
EA Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in America (22-I-1999)
EN Pablo VI, Carta Encíclica Evangelii Nuntiandi (8-XII-1975)
EV Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae (25-III-1995)
FetR Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio (14-IX-1998)
GS Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et
Spes (7-XII-1965)
LG Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen
Gentium (21-XI-1964)
NMI Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte
(6-I-2001)
OLM Congregación para los Sacramentos y el Culto, Ordo lectionum
Missae (21-I-1981)
PO Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis (7-XII-1965)
RH Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor Hominis (4-III-1979)
SC Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium
(4-XII-1963)
TMA Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millenio Adveniente
(10-XI-1994)
UR Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio (6-VIII-1993)
VS Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor (6-VIII-1993)
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