EUCARISTIA, CONVERSIÓN RECONCILIACIÓN
Sea alabado Jesucristo!
Hermanos y hermanas!
El Señor nos ha regalado, en su misterio pascual, dos
dones incomparablemente preciosos: la Eucaristía la noche
antes de su Pasión y la remisión de los pecados
la noche del día de su Resurrección. Ha puesto ambos
dones en las manos de los Apóstoles, para que puedan continuar
su misión ("Como el Padre me ha enviado, así
yo os envío a vosotros" - Jn 20, 21). Desde el principio
ambos dones, han estado vinculados al ministerio sacerdotal. Ambos
brotan de lo más profundo del corazón de Dios, del
corazón de la Santísima Trinidad, porque ambos dan
como signos santos, o signos sacramentales, lo que Dios, por medio
de la misión de su Hijo quiere dar al mundo: que los hombres
se dejen reconciliar con Dios, para que puedan tener su vida,
"para que tengan la vida eterna" (Jn 3,15-16).
Jesús vino para que nosotros vivamos, para que tengamos
la "vida en abundancia" (Jn 10,10). Dios quiere que
seamos felices. "Dios es infinitamente Perfecto y Bienaventurado
en Sí mismo" (Catecismo de la Iglesia Católica
- CCC 1). Él nos ha creado para que podamos participar
en su felicidad (CCC 1). En él la felicidad tiene consistencia.
Él es nuestra bienaventuranza y sin él no existe
ninguna felicidad. Nuestra vida, alejada, separada de él
se seca, como los sarmientos separados de la vid (cfr. Jn 15,
1-6).
En la Eucaristía Jesús da la vida, la vida divina,
se da a sí mismo: En verdad, en verdad, os digo, si no
coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis
su Sangre, no tendréis en vosotros la vida. El que come
mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré
en el último día
Como el Padre, que tiene
la vida, me ha enviado a mí, y yo vivo por el Padre, así
también el que me come vivirá por mí".
(Jn 6,53-54.57).
"Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?"
- ésta fue la reacción de muchos de los discípulos
de Jesús, cuando pronunció estas palabras en la
sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6, 59-60). Tanto los paganos
como los judíos se escandalizaron de estas palabras: los
cristianos serían "antropófagos", "caníbales"
(cfr. Carsten Peter Thiede Ein Fisch für den Kaiser
)
- por este motivo algunos teólogos, más tarde, han
tratado de interpretar estas palabras, "simbólicamente",
como una "imagen", que Jesús no tenía
intención que se tomaran a la letra.
Que son verdaderas y reales sus palabras, el Señor lo ha
mostrado continuamente a lo largo de la historia, dando a algunos
hombres la gracia particular de alimentarse, aun físicamente,
solamente de la Eucaristía: por ejemplo Santa Catalina
de Siena, San Nicolás de Flüe (1417-1487) se alimentaron
durante muchos años exclusivamente de la Eucaristía.
Un ejemplo particularmente impresionante de nuestro tiempo es
el de la campesina francesa, Marthe Robin, que durante 50 años
se ha alimentado exclusivamente de la Eucaristía.
"Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera
bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí
y yo en él" (Jn 6,55-56).
Tenemos a nuestra disposición toda la plenitud de la vida
divina. Jesús desea comunicárnosla para que tengamos
vida, para que "tengamos la vida en abundancia" (Jn
10,10). Pero esta comunicación se inpeterrumpe, la impedimos
nosotros. Nosotros no estamos disponibles para recibir la vida
divina, no lo estamos de manera de poderla acoger real y eficazmente.
El impedimento consiste en el pecado. Este es el obstáculo
en el camino hacia la felicidad. Éste nos separa de Dios,
impide el flujo vital, que quiere fluir de Dios a nosotros. El
pecado separa a los hombres unos de otros, produce división
y desacuerdo, destruye la comunión entre los hombres. Introduce
la discordia en nosotros mismos, y hace que nos sintamos destrozados,
inquietos, descontentos. Esto tiene como consecuencia nuevos pecados;
"el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse" (CCC
1865); "Las estructuras de pecado son expresión y
efecto de los pecados personales" (CCC 1869), que a su vez,
inducen a otros a "cometer el mal" (idem.): de manera
más clara esto se ve en el mal de la corrupción,
que devasta profundamente muchos países, que mina a la
base todo progreso social.
Por esta razón en la noche del domingo de Pascua el Señor
resucitado hizo a sus discípulos el regalo pascual más
precioso: el don de perdonar los pecados en su nombre, en la fuerza
del Espíritu Santo, con la autoridad de Dios; pero aun,
allí donde faltan los presupuestos, de no dar la absolución
de los pecados: "A quienes se los retengáis, les quedarán
retenidos" (Jn 20,23).
Ambas, la Eucaristía y la Remisión de los pecados,
son frutos de la Pascua de Jesucristo, de su sufrimiento, de su
muerte y resurrección. Pero, ¿qué relación
tiene una con la otra? Acaso ¿Jesús no murió
y resucitó para reconciliarnos con el Padre y para darnos
su vida? ¿Por qué pues, hay necesidad de un mandato
particular a los apóstoles de perdonar los pecados? Jesús
mismo durante la última cena pronunció estas palabras
sobre el cáliz bendito: "Porque esta es mi Sangre
de la Alianza, que es derramada por muchos, para perdón
de los pecados" (Mt 26,28). Si el Señor ya ha derramado,
una vez para siempre, su Sangre para el perdón de los pecados,
¿por qué ha instituido un ministerio particular
para remitir (o no remitir) en su nombre, los pecados?
La respuesta a este problema la encontramos quizá en otra
tarea que el Señor encomendó a sus discípulos
la noche antes de su Pasión: "Haced esto en memoria
mía" (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24 ss). En esta tarea no
se trata sencillamente de un simple recuerdo de la Pascua de Jesús;
ésta, más bien, se hace presente: Cuantas veces
se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el cual Cristo,
nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención"
(Concilio Ecum. Vat. II, Lumen Gentium, 3. Citado en el CCC 1364).
Cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que recibimos
a Cristo en la Sagrada comunión se realiza nuestra redención
de los pecados. (San Ambrosio, en De Sacramentis, 4,28), lo dice
de manera muy hermosa:
cada vez que lo recibimos, anunciamos
la muerte del Señor" (cf. 1 Cor 11, 26). Si anunciamos
su muerte, anunciamos también el perdón de los pecados.
Si, cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón
de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone
los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio"
(cit. en CCC 1393).
Sí, el remedio para el pecador contra el pecado es la Eucaristía,
porque en ella está presente la acción de la redención
de Jesús: su muerte por mis pecados! Cuando Jesús
fue crucificado, oró por aquellos que lo crucificaban:
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"
(Lc 23,24). Porque todos nosotros lo crucificamos con nuestros
pecados, esta oración vale para todos nosotros: Jesús
ha dado su vida por cada uno de nosotros. A causa de nuestros
pecados ha sido condenado, ha cargado con nuestras culpas. Reconocer
esto fue lo que San Pablo admirablemente descubrió en el
camino a Damasco: este Jesús de Nazareth que él
perseguía, al perseguir a sus discípulos (cf. Hch
9, 4-5) era nada menos que "el Hijo de Dios, que me ha amado
y se ha entregado a sí mismo por mí" (Gal 2,20).
¿Cómo podremos no querer ir a Jesús, con
toda la miseria de nuestros pecados y errores, con todas nuestras
preocupaciones y pesos que hemos de cargar, a él que ha
dicho: "Venid a mí todos los que estáis fatigados
y sobrecargados, y yo os daré descanso" (Mt 11,28)?
Acaso, la Eucaristía ¿no es el lugar en el cual
Cristo nos "toca", en el cual nos da su presencia salvífica,
en el cual nos alivia y nos da fuerza en el camino hasta llegar
a la casa del Padre?
Esta visión de la Eucaristía, de la comunión,
como encuentro salvífico con el Salvador, con nuestro Maestro
que nos redime y nos perdona, nos ha llevado a otros aspectos,
a una comunión frecuente, que durante largo tiempo había
sido descuidada.
Cuando era joven aun menos creyentes iban frecuente y regularmente,
a recibir la comunión. En muchas partes era costumbre de
no ir a comulgar sin haberse confesado. Así pues la comunión
era un momento solemne, que se observaba, mejor, se festejaba,
de manera particular, aun en la familia.
Hoy, la comunión frecuente es una práctica casi
en todas partes, mientras que la confesión, en muchas partes,
ha desaparecido casi completamente, aun cuando alguna vez parece
que hay señales de que se renueva la práctica de
la confesión. Por ejemplo, he oído decir aquí
en Roma, en el año Santo, que un mayor número de
personas van a confesarse, más de lo que se esperaba.
El Año Santo está dedicado de manera particular,
sea a la Eucaristía que al sacramento de la Confesión.
En muchos lugares, con la renovación eclesial, se puede
constatar un fenómeno semejante: un amor más profundo
hacia la presencia del Señor en la Eucaristía y
un deseo intenso de recibir la gracia del Sacramento de la Confesión:
el amor renovado se ha hecho profundo hacia ambos sacramentos
y es la señal segura de la renovación eclesial en
todas partes del mundo. En qué medida nos pertenecen estos
dos sacramentos, lo vemos claramente y de manera particular en
la obra de dos grandes figuras sacerdotales, como el Santo Cura
de Ars y el Beato Padre Pio de Pietralcina. Toda su vida sacerdotal
gira, como alrededor de dos fuegos, alrededor de estos dos sacramentos:
la Eucaristía y la Confesión: Yo mismo, una vez
tuve la gracia de ver cómo el Padre Pio celebraba la Santa
Misa. Una impresión inolvidable: todo era una ofrenda completa
al misterio que se realizaba en la Eucaristía: Se veía,
se podía tocar de mano, cómo el Padre Pio vivía
completamente lo que celebraba. Algo semejante se podía
experimentar en el Santo Cura de Ars. Su amor por la presencia
del Señor en la Eucaristía, en el Tabernáculo,
impresionaba profundamente a las personas: "con frecuencia,
en su enseñanza, hablaba de la alegría que poseemos
en la fuerza de la Presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.
Hablaba con tal devoción y felicidad que, con frecuencia,
se conmovía de tal manera que no podía continuar
a hablar: sus lágrimas suplían a sus palabras"
(Nodet, p. 138). Él mismo decía: "Mis queridos
hijos, ¿qué cosa hace Nuestro Señor en el
Sacramento de su amor? Él nos ha traído su corazón
bueno para amarnos. De este Corazón irradian ternura y
misericordia, para anegar los pecados del mundo" (Nodet,
p. 133). Aunque, ambos, el Cura de Ars y el Padre Pio, hayan vivido
así intensamente la Eucaristía como celebración
de nuestra redención, también han pasado muchas
horas del día en el confesionario. Su amor por la Eucaristía
estaba inseparablemente unida a su servicio heroico al sacramento
de la Confesión. Las personas venían de muy lejos
para confesarse con el Cura de Ars y con el Padre Pio. Se acercaban
al confesionario, esperaban con paciencia, y salían consoladas
y liberadas.
En nuestros días, ¿cuál era, cuál
es la experiencia común en la Eucaristía y en la
Confesión, que resplandece en estos grandes santos? Sin
duda, el hecho, que tanto en la Eucaristía como en el Sacramento
de la Confesión, nos espera el amor inconcebible de Dios,
su misericordia sin límites; que en ambos sacramentos somos
tocados por la iniciativa amorosa de Dios: "Él nos
ha amado primero" (1 Jn 4,19). Y este amor nos sale al encuentro,
nos sigue, nos busca y nos espera. "No es el pecador el que
vuelve a Dios para pedirle perdón, más bien es Dios
mismo que corre detrás del pecador para traerlo de nuevo
a Él", decía el Cura de Ars (Nodet, p. 161).
En ambos sacramentos el amor de Dios nos sale al encuentro, desea
darse a nosotros, desea ayudarnos y sanarnos. No es increíble
lo que dice un sacerdote franciscano alemán: "No somos
nosotros los que oramos a Dios, sino que es Dios quien nos suplica.
La oración que Dios tenga misericordia de nosotros, no
tiene iniciativa en nosotros, sino que es el Padre misericordioso
que nos permite orar que aceptemos la misericordia que él
tiene de nosotros: 'Te suplicamos en nombre de Cristo, dejaos
reconciliar con Dios' (2 Cor 5,20)" (Johannes Schneider,
Lasst Euch versöhnen (Dejaos reconciliar), Editorial Johannes
Einsiddeln, 1990, p. 11).
¿Es que tenemos necesidad de la reconciliación?
¿Somos irreconciliables? Si vemos cuánto ha disminuido
la práctica de la confesión (por lo menos en algunos
países europeos) hemos de preguntarnos ¿si esto
no tiene que ver con la pérdida de la "conciencia
de pecado"? Obviamente, se puede objetar que el Sacramento
de la Reconciliación en sentido estricto de la palabra
es necesario solamente en caso de pecado mortal, esto es, en el
caso de pecados que significan, delante de Dios y de la Iglesia,
una rotura real, que puede ser superada solamente con la reconciliación
sacramental con Dios (cfr. CCC 1856). "Los pecados veniales"
no exigen, necesariamente, el sacramento de la Reconciliación,
para obtener el perdón (cfr. CCC 1458, 1863). ¿No
es "suficiente" en este caso una disposición
a la penitencia, al arrepentimiento, la súplica de perdón
a Dios como se encuentra al principio de toda celebración
eucarística? En el acto de penitencia del Kyrie, en la
oración antes de la Sagrada Comunión oramos expresamente
al Señor pidiéndole que perdone todos nuestros pecados,
de librarnos de todos los males y de reconciliarnos con él
y entre nosotros. ¿No basta esto? ¿Por qué
la Iglesia nos recomienda que nos confesemos regularmente aun
de nuestras "faltas cotidianas", de nuestros "pecados
veniales"? En el Catecismo de la Iglesia Católica
podemos leer lo siguiente sobre este argumento: "En efecto,
la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar
la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse
curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu.
Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el
don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado
a ser él también misericordioso" (cfr. Lc 6,36)
(CCC 1458).
Si no fuese así, ¿cómo explicar que precisamente
los santos buscaban confesarse frecuentemente? Para ellos, ¿la
confesión no sería menos necesaria que para mí?
El amor profundo que ellos tenían hacia la Eucaristía
y la confesión frecuente tienen una relación profunda
e íntima. En la última parte de esta catequesis,
quisiera indicarlo de manera más clara.
Dios es santo y nosotros somos pecadores.
El evangelista Lucas cuenta al principio de la vida pública
de Jesús el milagro de la pesca milagrosa, "una cantidad
enorme de peces" después de haber trabajado inútilmente
toda la noche. Cuando Simón Pedro ve este milagro, la enorme
cantidad de peces, " ..cayó a las rodillas de Jesús,
diciendo: 'Aléjate de mí, Señor, que soy
un hombre pecador'" (Lc 5,8). Pedro descubre la santidad
y la grandeza de Dios y su reacción desconcertada es: Aléjate
de mí, no soy digno, soy un pecador!.
Frente a la santidad de Dios, que resplandece en Jesús,
reconoce su miseria y su pecado.
Ésta es continuamente la experiencia de los hombres de
la Biblia. Ven su propio pecado en la medida en la cual son concientes
de la santidad de Dios.
Así también nosotros decimos, con las palabras del
centurión romano, antes de que el Señor, en la comunión
entre "en nuestra casa": "Señor, yo no soy
digno de que entres en mi casa, pero di tan sólo una palabra
y yo quedaré sano" (cfr. Lc 7, 6 ss).
Mientras más seamos concientes de quién es Aquel
que viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, tanto más
se hace clara nuestra indignidad: "¡Soy un hombre pecador!"
"Señor, no soy digno". Mientras más comprendamos,
en la fe, la increíble grandeza de la piedad, la misericordia
y el amor de Aquél, que quiere dársenos en la Eucaristía,
mientras más grande sea nuestra confianza en Él
: delante de ti, Señor, no soy solamente un pecador indigno;
puedo decirte todo lo que me oprime; puedo confesarte abiertamente
todas mis faltas y mis pecados; delante de Ti no puedo esconder
nada como lo hago frente a los demás y frente a mí
mismo, delante de Ti no puedo usar una máscara, porque
Tú me conoces hasta lo más profundo de mi corazón
y de mi culpa, no me condenes, sino más bien tranquilízame,
perdóname y haz posible un nuevo comienzo para mí:
"Tampoco yo te condeno; vete, y en adelante no peques más"
(Jn 8,11).
Esta es la experiencia de la vida cristiana: mientras más
conozcamos el amor de Cristo, que supera todo lo que podemos imaginar,
tanto más claro y doloroso se hace el reconocimiento de
nuestros pecados. Porque lo que es culpa no lo comprendemos, en
primer lugar, por medio de una lista de mandamientos y prohibiciones
(aunque éstos sean una ayuda, aun más, son necesarios
por causa de nuestra debilidad). Reconocemos qué es el
pecado contemplando el amor de Dios; sólo entonces sentiremos
aquel "dolor del alma" (CCC 1451), por no haber respondido
al amor de Dios, por haber amado tan poco.
El arrepentimiento lleva a la confesión.
Como el niño confiesa a su madre, con confianza, sus errores
si se siente amado y acogido, así también la confesión
explícita de las propias culpas y la consecuencia del arrepentimiento
por no haber "amado de nuevo" al Dios que ama.
El paso que nos lleva al sacramento de la confesión, a
admitir nuestras culpas, delante del sacerdote, el que como "embajador
de Cristo" (2 Cor 5,20; [Ndt: la traducción italiana
de la Biblia, en la versión de la CEI, no es tan incisiva
como la de la Einheitsübersetzung; en lo que hemos citado,
en el italiano falta la expresión "en el lugar de
Cristo", pro Cristo, hyper Christou]) se le ha confiado el
ministerio de la Reconciliación (2 Cor 5,18) es, con frecuencia
lo más difícil, porque hemos de superar la vergüenza
de presentar nuestras faltas al desnudo. No obstante, ya San Jerónimo
afirmaba; "Si de hecho, el enfermo se avergüenza de
descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que
no conoce" (Comentarii in Ecclesiam, 10,11; cit. In CCC 1456).
Qué fuerza liberadora brota de la confesión de nuestros
propios pecados, que se realiza en el espacio escondido y protegido
del sacramento de la Reconciliación. Hoy la televisión
presenta un tipo de confesión pública que está
de moda..Las preocupaciones más íntimas, los conflictos,
las heridas se manifiestan (o como dice hoy una palabra inglesa
que en alemán se traduce "geoutet") [NDT: el
prefijo ge alemán se pone delante del participio pasado,
en este caso delante de la palabra inglesa outet, que quiere decir,
abierto, manifiesto; es una palabra usada por la sicología
popular moderna para decir que lo que uno tiene dentro se expresa
al exterior] en "Talk Show".
No es nada claro si de esta exhibición surge cualquier
forma de curación. Por el contrario en lo escondido del
sacramento de la Reconciliación, la confesión puede
ser el paso decisivo, hacia la curación. Porque este sacramento
no sólo quiere manifestar al desnudo los errores y pecados,
sino que quiere curar y transformar. Como en todos los sacramentos
y, sobretodo, en la Eucaristía, y también en el
de la Reconciliación está en juego un verdadero
cambio, una renovación del hombre.
Absolución y consagración
En las sencillísimas palabras de la absolución sucede
algo que se puede comparar con el misterio de la consagración
(Wandlung [Ndt: la palabra alemana para consagración es
Wandlung, que quiere decir también transformación])
en la Santa Misa: "en ella, por medio de las sencillisimas
palabras, 'éste es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre'
se transforman las especies tan sencillas y débiles (Gestalten)
del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo de Cristo, real
y glorificado. En el misterio de la absolución, por medio
de las palabras sencillas: 'Te absuelvo de tus pecados
'
la persona pecadora, frágil, rota, herida y culpable se
rehace (Gestalt). Se rehace su carne, su alma y su espíritu
en la figura (Gestalt) del Cuerpo glorificado de Cristo, en la
figura de la Iglesia" (Johannes Schneider, op. Cit 110).
Lo que Cristo hace a toda la Iglesia , lo hace a cada uno de los
miembros de la Iglesia en particular; "Cristo ha amado a
la Iglesia y se ha entregado a Sí mismo por ella, para
santificarla, purificándola mediante el baño del
agua (del Bautismo) en virtud de la Palabra (de la Reconciliación),
y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin
que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa
e inmaculada" (Ef 5, 25-27). A través de las palabras
de perdón de los pecados que el sacerdote pronuncia con
la autoridad de Jesús - porque sólo Dios puede perdonar
los pecados - se realiza en el pecador la transformación
(Wandlung), la renovación; nos hacemos verdaderos miembros
vivos de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo. Ahora podemos ir nuevamente
a la mesa del Señor, para festejar con Cristo el banquete
de los reconciliados.
La Eucaristía - la fiesta de los reconciliados
Quizá ya vemos más claramente cómo ambos
dones pascuales de Jesús, la Eucaristía y el Perdón
de los pecados, son inseparables, aun cuando claramente se pueden
distinguir uno del otro.
En la Iglesia antigua los neófitos podían participar
en la celebración eucarística después de
haber sido bautizados, mientras que antes, podían participar
solamente en el oficio de la Palabra. Solamente los bautizados
participan en la Eucaristía, sólo aquellos a quienes
el bautismo ha remitido todos los pecados, "Lo propio de
la Eucaristía es ser el sacramento de los que están
en plena comunión con la Iglesia" (CCC 1395).
Si el pecado nos separa y nos hace extraños a Dios y unos
a otos, entonces debemos primero reconciliarnos con Dios y unos
con otros para después ir a la mesa del Señor: "Si
pues al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces
de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí
delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano;
luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5, 23-24).
Ir a la mesa del Señor sin estar reconciliados con Él
puede ser motivo de juicio: "Pues quien come y bebe sin discernir
el Cuerpo, come y bebe su propio castigo". Y Pablo añade:
"Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles"
(1 Cor 11,29ss.).
Quizá, ¿no habremos perdido mucho de vista que la
comunión por sí misma exige una preparación?
¿Debe ser esta preparación siempre el sacramento
de la Reconciliación? Ciertamente no, porque en sentido
estricto ello es necesario si hay pecados mortales que nos separan
interiormente de Dios y de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo,
por fuerza de la experiencia podemos decir que si descuidamos
mucho la confesión corremos el peligro de habituarnos a
nuestros "pequeños" errores y pecados, y de ya
no percibirlos, y así se endurece nuestro corazón
y el amor se enfría. Lo que sucede cuando el amor se enfría,
Jesús nos lo ha mostrado en la parábola del Buen
Samaritano, en la persona del sacerdote y del levita, que aun
viendo al hombre herido por los ladrones, pasaron de la otra parte
del camino (cfr. Lc 10,30-32) o en el ejemplo del rico malo que
no se fija en el pobre Lázaro, "que estaba a su puerta,
cubierto de llagas" (cfr. Lc 1, 6, 19-31).
Por eso Madre Teresa de Calcuta, en todas partes en sus comunidades,
cerca a la cruz hacía escribir las Palabras de Jesús:
"¡Tengo sed!" El Señor tiene sed de nuestro
amor, de nuestro corazón. Él quiere entregarse a
nosotros. A través de nosotros quiere dar su amor a los
demás. Por medio de ambos dones pascuales, la Remisión
de los pecados y la Eucaristía, quiere hacernos "misioneros
de su amor". Hace dos mil años "vino a traer
fuego sobre la tierra" (Lc 12,49). Y cómo quisiera
que ese fuego, el fuego de su amor, el fuego del Espíritu
Santo estuviera ya ardiendo en el mundo, en nuestro corazón
(cfr. Lc 12, 49). Durante el Año Santo queremos orar de
manera particular para que esto se realice!
Cardenal Christoph Schönborn
Arzobispo de Viena
Basílica de San Juan en Letrán
Viernes, 23 de junio 2000
Traducción del original alemán
A cargo del Pontificio Comité para los
Congresos Eucarísticos Internacionales
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