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Eucaristía fuente y culmen de la Evangelización
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Cardenal JEAN-MARIE LUSTIGER
LA EUCARISTÍA FUENTE DE CULTURA

Les propongo que reflexionemos sobre la liturgia del Jueves Santo. Esta liturgia nos hace comprender cómo la Eucaristía puede convertirse para los pueblos y los siglos fuente de cultura. Pero antes, les invito a considerar cómo esta afirmación es paradoxal.

La noción de "cultura" parece ser hoy algo familiar: en la mayor parte de las naciones, encontramos organizaciones públicas o privadas encargadas de conservar la cultura y de promoverla.

Ha sido solamente en el siglo XX que esta palabra se ha extendido con el sentido codificado por los etnólogos y antropólogos como "el conjunto de formas de comportamiento adquiridas en las sociedades humanas". Esta definición que data de 1923 se debe a Marcel Mauss. Toda sociedad tiende a constituir una totalidad cultural original. La cultura de una sociedad tiende a organizarse en un conjunto de elementos coherentes complementarios en los que se refleja el universo simbólico creado por el hombre.

Las culturas se caracterizan en esta perspectiva reductiva por los objetos que producen, objetos considerados hoy como un patrimonio precioso que es necesario salvaguardar. De aquí viene el origen de los "museos" públicos que, a pesar del origen griego de esta palabra, datan del principio del siglo XIX. La primera administración de museos fue establecida en Francia por el emperador Napoleón 1º en 1801. [La creación de los museos coincide con la aparición de la noción contemporánea de "cultura"].

Esta concepción documental de la cultura no agota la riqueza. Juan Pablo II, fundador (20 de mayo 1982) del Consejo Pontificio de la Cultura, dijo en Paris: "El hombre es el hecho primordial de la cultura" (discurso a la UNESCO, 2 de junio 1980). El hombre, el Hijo del Hombre, fuente de cultura en su Eucaristía, en su Pascua.

La Pascua del pueblo judío conmemora su liberación de la esclavitud de las naciones. La Pascua del Señor celebra un acontecimiento de la historia de la salvación que desborda por todas partes la cultura de la cual proviene y a la cual concede, además, una fecundidad eterna. La Eucaristía actúa en toda la diversidad de las culturas para fecundizarlas y transformarlas.

[Interrogarnos sobre la Eucaristía, fuente de cultura, es adquirir una visión más viva todavía de los acontecimientos de nuestra historia espiritual. Es también reconocer el arraigo sacrificatorio de las culturas humanas, algo que nuestro siglo tiende a desconocer o ignorar. En ese sentido, esta reflexión nos llevará a clarificar uno de los problemas fundamentales de nuestro tiempo].

I. El Jueves Santo celebramos la institución de la Eucaristía. Ella es un "memorial" según el mandato mismo de Jesús: "Haced ésto en memoria mía". Durante toda la Semana santa, la Iglesia vive con Cristo, día tras día, lo que él vivió en Jerusalén por la salvación del mundo, según un calendario litúrgico muy lleno, inmutable por el encadenamiento de una cosa después de otra, porque ha sido fijado por los acontecimientos históricos en el corazón de nuestra fe en Jesús, el Cristo, el Mesías, Hijo de David, Hijo de Dios.

["Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis" (Jn 14, 29; 13, 19; 16,4), nos dice esa noche el Señor Jesús; nos da ya sacramentalmente, todo lo que debía hacer durante los días siguientes al precio de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada por nosotros y por la multitud. De la misma manera, hoy, en cada celebración de la Eucaristía nos dice y nos da todo el misterio de la salvación, obrado "una vez para siempre" por Jesús, hace dos mil años en Jerusalén. (Hb 7,27; 9,12.28).

Las lecturas del Jueves santo están centradas en el acontecimiento de la Pascua. En primer lugar, el capítulo 12 del Libro del Éxodo nos recuerda la salida de Egipto que Jesús celebra con sus Apóstoles según la liturgia tradicional judía.
En el Salmo 30, el salmista - que recita los salmos como Jesús _ expresa la ofrenda amante de su libertad en sacrificio espiritual.
Después, escuchamos a San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (11) que nos da un relato ya ritual de nuestra Eucaristía: es el memorial de la última Pascua celebrada por Jesús. Por fin, San Juan, en el capítulo 13, nos cuenta cómo Jesús lava los pies de sus discípulos, expresando en un gesto simbólico el amor en el cual el sacramento eucarístico nos hace participar.]

Lo que San Pablo cuenta litúrgicamente de la Eucaristía está en nuestra memoria: "Yo mismo os he transmitido lo que he recibido del Señor: 'La noche en que fue entregado, el Señor tomó el pan, y después de dar gracias, lo rompió diciendo: "Este es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía".
Jesús rompe el pan que la bendición tradicional llama "el pan de la miseria_", el pan de la servidumbre del pueblo en Egipto y dice: "Este es mi Cuerpo entregado por vosotros". El realismo de estas palabras es provocador. Indica como San Juan lo designa (Jn 6, 22 ss), "la carne" de Jesús. "Entregada por vosotros". La carne frágil de la humanidad del Cristo Mesías, su carne vulnerable de la fragilidad de toda carne humana, "ninguna legión de ángeles vendrá a protegerla" (Mt 26, 53). Esta carne entregada por nuestros pecados se convierte en el Pan de Vida.

[¿Cómo superar los primeros extravíos del espíritu frente a unas palabras tan sorprendentes?] "El que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida. Si no coméis mi Carne y no bebéis mi Sangre, no tendréis la vida en vosotros" (Jn 6, 53). La claridad deslumbrante de sus palabras nos puede cegar, como les sucedió a ellos, los primeros que las escucharon.
El amor que Jesús da en el sacrificio de su vida entregada nos libra de nuestros pecados. Convirtiéndose en nuestro alimento, este amor nos llama a cumplir libremente el mismo ofrecimiento, la misma ofrenda amorosa, aquí y ahora, a una distancia de dos mil años, allí donde el Señor nos coloque. En nuestra vida ofrecida con la suya, Cristo resucitado continúa a dar su vida en la Eucaristía por la vida del mundo.

La bendición sobre la copa es, también, sorprendente: "Ésta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza que será derramada por vosotros y por la multitud en remisión de los pecados".
"La Sangre de la Alianza" (Lc 22, 20; cf. Mt 26, 28; Mc 14,24). Jesús cita el libro del Éxodo (24,4-8), el sacrificio de comunión celebrado por Moisés. El fue, él es la sangre con la cual fue sellada, en el desierto del Sinai, la Alianza entre Dios y su pueblo. Esa Sangre para nosotros es la Sangre de "la Alianza nueva y eterna", anunciada por el profeta Jeremías (31, 31).

Los Apóstoles comieron la carne del cordero sacrificado en el Templo. La comida les recordó la liberación de los hijos de Israel, salvados de la muerte, cuando el azote exterminador pasa por la noche en Egipto; al ver la sangre del cordero sobre las puertas de las casas, salva a los habitantes de esa casa. Se impone la semejanza entre el cordero pascual y Jesús; Juan Bautista lo ha llamado "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), haciendo resonar nuevamente las palabras de Isaías sobre el Siervo de Dios, ""mudo como el cordero sacrificado" (Is 53, 4-7).

Toda la historia de la salvación está concentrada en esta hora. Jesús no va para que lo maten como a un animal. En libertad completa, él se ofrece a los acontecimientos que había anunciado anteriormente: juzgado, condenado, cargará su cruz, sufrirá y morirá. Cuando come esta última Pascua con sus discípulos, su oración, su intercesión y su ofrenda, asumen y transfiguran un ritual antiguo, tan antiguo que remonta a tiempos inmemorables de la humanidad, a las antiguas civilizaciones pastorales y agrarias. El Espíritu Santo había enseñado a Israel a reconocer en él el signo de su liberación del país de la muerte. Jesús, al celebrarlo, hace de él el memorial ritual de su sacrificio que salva el mundo.

El Mesías lo dice en las palabras del Salmo 30: "Heme aquí, oh Dios, que vengo para hacer tu voluntad ". Jesús no es sólo una víctima abatida brutalmente, la inocencia de la cual descubre el crimen de los hombres. El Cristo muriendo no acusa a sus verdugos. Él intercede. Él concede el perdón. Por su muerte, los libra del odio, del rechazo de Dios, del pecado, todos los hombres incluyendo sus verdugos y Judas, y a nosotros también. Por un gesto de libertad, por un acto de amor, él viene a buscar al hombre de corazón endurecido. Le libra de esta prisión de la cual no puede salir. Le devuelve su verdadera condición y su vocación integral. Le concede por su ofrenda que sea uno con él, el Mesías, el Hijo unigénito, "quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación" (Rm 4, 25).
Saciados de su Carne y de su Sangre, liberados de nuestros pecados, restablecidos en la Alianza, llenos de su vida, habitados por el Espíritu, participamos en esta acción de gracias incomparable que rasga la oscuridad de la vida de los hombres. Somos llamados, nosotros criaturas, a vivir la vida divina de manera humana. Transcribir en la condición de hombre esta caridad de Dios, su deferencia y su hermosura, es la revolución cultural pedida por la Eucaristía.

II La liturgia católica del Jueves Santo añade un solo rito a la celebración de la Eucaristía: el lavatorio de los pies. La persistencia de este rito nos hace ver la diferencia entre un gesto simbólico culturalmente aceptado en un medio y en una época particular, y el memorial bíblico de la Historia Santa cuando Jesús nos dice: "Pues si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros; porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 14-15). La Iglesia no ha querido sustituir los actos del Señor por otros ritos al parecer más expresivos en otras culturas. Algunos, por ejemplo han sugerido que los fieles se laven las manos unos a otros. La Iglesia conserva en su liturgia las marcas históricas de su Señor: ella no cesa de contemplar y de repetir ritualmente los gestos de Aquél que estuvo con nosotros una vez para siempre y permanece en nosotros hasta el fin de los siglos.

Jesús lavó los pies de sus discípulos. Se hizo su esclavo. Esta subversión de funciones los hizo sublevarse. ¡Qué definición más extraña del amor! Pero lejos de ser una destrucción de sí mismo, la humildad del amor es el despliegue de la más alta generosidad humana cuando ella se sacia en su fuente que es Dios.

El lavatorio de los pies, a lo largo de los siglos y a través de las culturas, sigue siendo un signo profético casi-sacramental de lo que Jesús realizó una vez por todas en el tiempo de su vida mortal, para que nos amemos unos a otros con el mismo amor con el cual él nos ha amado. "¡Vosotros haced esto también!" La obediencia a este mandamiento de la humildad no quedó sin impacto en la historia de las instituciones cristianas. El servicio a los pobres y al bien común, el descubrimiento admirable de la gracia de los pequeños son elementos constitutivos de la cultura cristiana. No están ligados a una época; pertenecen a todos los tiempos cuando el corazón que ama encuentra una miseria humana.

Esos acontecimientos, irrevocablemente inscritos en un momento y en un lugar de la historia han cambiado el destino del mundo y continúan a transfigurarlo hasta el fin de los tiempos. Estos actos de Cristo no se han quedado ocultos en un pasado lejano en el cual subsistirían sólo vestigios culturales de ese tiempo. No dejan, en la fuerza del Espíritu de caridad, de desplegarse y amplificarse a medida que tocan a otros discípulos, a otros hombres y otras mujeres que, asidos por el mismo amor, se alimentan, en todas las culturas, con esta Carne del Verbo y se desalteran con la Sangre de la Vida.

Estos hechos y estos gestos, esas palabras/acontecimientos del Señor se enfrentan con todo lo que en nosotros, alrededor nuestro, entre nuestros hermanos, se opone al amor. Pero, precisamente, el amor es un combate donde el vencido es el vencedor, donde el que da recibe más de lo que ha dado, donde la alegría pertenece a aquél que, olvidándose a sí mismo, camina en seguimiento de Cristo; donde la vida, por fin, engrandecida en la vida divina, se da a aquellos para quienes Jesús ha vencido la muerte.

La liturgia del Jueves Santo nos lo recuerda: la celebración de la Eucaristía, bajo todos sus aspectos, a lo largo de los siglos, es fiel en sus ritos esenciales a las palabras y a los gestos de Jesús. Evidentemente, pertenecen a una historia singular, de hace dos mil años, la de Israel, la de Jesús.

Cuántos debates, sin embargo, para saber si, en lugar de pan y de vino, no hubiera sido mejor emplear en adelante, aquí y allí, el grano mil y el sorgo, el arroz y el té! Pero ningún tentativo ha logrado modificar, en función de las costumbres, de los gustos, de los usos, el Memorial litúrgico de la caridad eterna entregada una vez para siempre.

La Eucaristía, el corazón de la fe cristiana, ha trabajado en la cultura de los pueblos de Europa durante dos mil años, como había modelado las culturas del Asia Menor y del África del Norte durante varios siglos. Por la irradiación de la Caridad, por la gloria de amar, la Eucaristía es y será para todas las naciones una fuente de cultura.

El culto cristiano, como también las fiestas litúrgicas prescritas por la Biblia, no expresan ritualmente los mitos característicos de una cultura. Es el memorial del acontecimiento histórico único que abre a todos el tiempo de la salvación. Este acto del Salvador continúa a desplegarse cuando está significado y realizado en su Memorial. Las diversas culturas se encuentran por él, reunidas en el campo de la historia donde se revelan la solidaridad y la unidad de todos los hombres, sus hermanos.

Nuestros contemporáneos han podido nombrar "colonialismo" a la extensión y la dominación de la cultura occidental. La han acusado de haber destruido las culturas antiguas de la América precolombina, las de África, de Oceanía, mientras que las viejas civilizaciones de Asia parece que pudieron resistir.

Es necesario denunciar la violencia de la esclavitud, de la injusticia de la explotación que han hecho de la dominación europea solamente un espejo de la evangelización. Pero en la cultura occidental son numerosos los frutos producidos por el acontecimiento divino de la historia santa de la cual la Eucaristía es el hogar simbólico. Ciertamente, Europa ha bebido en otros pozos, malos y asesinos, más que en la Fuente pura de la Vida incorruptible; el Occidente se llama cristiano sin serlo profundamente. El cristianismo, por otra parte no es de origen europeo. Sin embargo, la fe cristiana ha fecundado a Europa y la ha llevado a producir frutos de humanidad, de belleza, y de verdad, que se han extendido, a pesar de, pero también por los mesianismos europeos. Las culturas humanas son diversas, antagonistas, en concurrencia. Pero la fe cristiana en el Hijo del Hombre entregado por nosotros y por la multitud no deja de enseñar al mundo que la humanidad es una y solidaria, cualquiera que sean las diversidades y las oposiciones.

Pero hoy, los progresos técnicos hacen nacer una nueva cultura: la cultura de la imagen transmitida instantáneamente. La globalización acelera la uniformación. La reivindicación de identidades particulares expresaría, dicen, una reacción de defensa que no podría, por otra parte, ser obstáculo a ese rollo compresor. La globalización sería la última etapa de la uniformación de las culturas. La desaparición inexorable de las culturas tradicionales sería el precio que la humanidad pagaría por su unificación.

Debemos medir el extraordinario trastorno que se continúa ante nuestros ojos. Envía a los museos, que se han convertido en conservatorios de la memoria, los tesoros de las culturas que ya han muerto o están muriendo. La nueva cultura mundial, sin embargo, hace aparecer nuevos tipos de diversidades. Es ahora la presión del mercado que empuja a diversificar los productos deseables para consumirlos. Basta, para convencerse, examinar las grandes empresas culturales del cine, de la televisión, de las modas de vestidos y alimentos., del turismo, de la arquitectura y del dibujo y sus normas de creación de objetos. "Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mt 6, 21); los sociólogos podrían meditar útilmente estas palabras de Jesús.

III Cuando la televisión muestra la Eucaristía celebrada por el Papa en todos los continentes y las multitudes reunidas que comulgan en la misma liturgia, ¿podríamos pensar que la globalización de la sociedad espectáculo absorbe para su propio provecho el Memorial del Jueves Santo?

Para responder a esta pregunta nueva, les propongo examinar tres modelos que yo designaría, inspirándome en las lecturas bíblicas del Jueves Santo:
· El modelo del Faraón,
· El modelo del Éxodo,
· El modelo de la Pascua del Jueves Santo.

El modelo del Faraón

La historia de los hebreos en Egipto había comenzado bien; José era el ministro todopoderoso del Faraón, sus hermanos y sus parientes se habían inserido en la sociedad egipcia a tal punto que, cuando José va a enterrar a su padre Jacob en Canáan, la gente del país los llaman los "egipcios" (Gn 50,11).

Y sin embargo, la integración de los hebreos en la cultura egipcia llegó a su fin. Termina en el drama de su esclavitud, después el éxodo, al tiempo de la primera Pascua.

El Faraón pretende añadir los hebreos a la tropa de sus súbditos imponiéndoles algunas normas de comportamiento, de idioma, de expresión sin tolerar nada diferente. Para hacerse egipcios, los hebreos hubieran tenido que renunciar a la memoria del Dios de sus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Ellos hubieran tenido que compartir, totalmente las convicciones y la conducta de los súbditos del Faraón.

Sin duda, sería injusto reducir la cultura egipcia a lo que los hebreos pudieron percibir. Un trabajo monumental que edifica la morada de una humanidad momificada. Una sabiduría refinada que cree poder leer en el espejo de la muerte la imagen de la vida, a tal punto de esclavizar a los vivos. Una civilización que edifica los monumentos de los muertos consumiendo a los vivos. Esta cultura faraónica es dominante y absorbe a los individuos que participan en ella.
Ese modelo es, por otra parte, el de muchas otras culturas que hacen de la sociedad el último fin de la vida de los individuos. Esas culturas desconocen el destino espiritual de los hombres y alienan su libertad, fuente de la historia. ¿No es acaso éste el modelo de las civilizaciones paganas que han entrado y entran aun hoy en conflicto con los testigos de la Revelación bíblica? ¿Sería éste el caso de la nueva cultura mundial?

El modelo del Éxodo

Israel nació de un acontecimiento fundador, de la liberación por Dios. El Señor crea a su pueblo salvándolo. El memorial ya no es aquí un monumento de piedra, sino un ritual celebrado cada año en el que las generaciones sucesivas reconocen su pertenencia a ese pueblo elegido. Pues cada uno descubre que ha tenido parte en este acontecimiento de liberación, en este éxodo. En él estuvo presente porque hoy está presente en medio de ese pueblo. Puede reclamar, hoy, su derecho de formar parte de ese pueblo, porque lo confiesa: él también, ha sido salvado, hace muchos siglos, de la esclavitud de Egipto.

Pertenecer al pueblo es fundamental para cada persona, ya que el pueblo está constituido por Dios. Es por la filiación carnal que se transmite esta pertenencia, pero esta filiación incesantemente se califica por la relación a que cada uno ha sido llamado a tener con Dios, el Creador y Redentor.

Ese modelo del Éxodo es único y se realiza sólo en el pueblo israelita. Por lo tanto, fue trágicamente imitado en nuestro siglo por los mesianismos políticos, el totalitarismo europeo. No es extraño, pues a este propósito notar aquí que esta situación inversa el mensaje del Éxodo. Ella provoca una cultura de muerte, mientras que el Éxodo revela y engendra una cultura de la vida que no se manifiesta primeramente en sus productos y en sus obras, como la cultura de Faraón, sino en los vivos, conforme a la promesa hecha por Dios a Abraham de multiplicar su descendencia, "como las estrellas del cielo y las arenas de la playa" (Gn 22, 17) para bendición de todas las naciones.

Es necesario, pues, observar el sentido bíblico que Juan Pablo II da a su enseñanza sobre la cultura de la muerte, y la cultura de la vida. No son dos culturas particulares sino, en conflicto una con la otra, pero ambas apuntan a la universalidad. En el modelo bíblico de hecho, la cultura no se define por la organización uniforme de una sociedad y por los objetos de su producción. Ella se define por el compromiso de la libertad de los hombres en la Alianza con su Soberano Bien y ésto vale para toda la humanidad.

El modelo de la Pascua del Jueves Santo

Jesús ha "deseado de un gran deseo" celebrar su última Pascua con sus discípulos (Lc 22, 15). Al celebrar el memorial del Éxodo, Jesús, el Mesías, hace el memorial de su sacrificio para la salvación de todos los hombres. Sus discípulos, provenientes de todas las naciones del mundo, no se limitarán al primer grupo de aquellos que le siguieron desde el Lago de Tiberíades. Siguiendo el designio de Dios, cada uno será "incorporado" al Mesías mismo; será identificado con Cristo. Por el bautismo, se hace uno con él; en la Eucaristía recibe su Vida.

La Iglesia celebra la Eucaristía. Pero Cristo es el Jefe de su Cuerpo que es la Iglesia. Todo cristiano en el misterio eucarístico, se identifica personalmente con Cristo, a la vez que está en comunión con todos los otros miembros de su Cuerpo.

La Iglesia es el sacramento de esta universalidad que hemos de llamar "Católica". Ésta se distingue radicalmente de la universalidad limitada realizada por la globalización de la tierra. En el Pan del cielo, en la persona de Cristo, cada persona y cada cultura están en comunión con la totalidad de la humanidad. En la catolicidad eucarística de la cultura, toda la humanidad victoriosa de la muerte está presente, desde su creación hasta su término cuando el cuerpo de Cristo alcanzará su plenitud (cf. Ef 1, 10-23. 4,13) y cuando el Señor vendrá en su gloria.

CONCLUSIÓN

La Eucaristía no es fuente de cultura de la misma manera que los imperios o los poderes humanos que segregan las riquezas estéticas, industriales o científicas, que se despliegan en la búsqueda de la belleza y de la armonía de la vida, y encuentran su alegría en los juegos y en las competiciones lúdicas. Lo que la vida humana, personal y colectiva, puede producir y dejar como huella, lo que la civilización moderna ha llamado "cultura" y que ha reunido preciosamente en sus "Museos", como pirámides faraónicas, puede recaer en el polvo de la muerte, si no es transfigurado por la luz pascual del Sacrificio.

La Eucaristía introduce en cada cultura características originales y la lleva a producir frutos nuevos. No actúa por violencia como puede hacerlo una dominación cultural. La libertad divina, manifestada en el amor del Hijo hecho carne, se dirige a la libertad de los hombres. La Eucaristía realiza la liberación de las esclavitudes antiguas de la humanidad ya que ofrece al Salvador de nuestros pecados, y en él, el acceso a la vida divina.

La Eucaristía revela según el modelo bíblico del Éxodo toda su importancia: La Pascua es una vez para siempre, ya que es pasar a lo Eterno; no tiene fronteras: con el pueblo esclavo, libera de todos los señores o amos a todas las naciones.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico será liberada de la culpabilidad que ineludiblemente estructura la conciencia humana. Pues el hombre no es juzgado solamente por su conciencia entregada a la soledad o al juicio del grupo. Se le coloca frente al amor de Dios "rico en misericordia" del cual tiene la revelación en el Cristo que se ha hecho siervo.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico tenderá incesantemente a invertir las jerarquías que toda sociedad humana establece, entre los poderosos y los débiles, los sabios y los ignorantes, los maestros y los esclavos…, pues Jesús, el Señor y Maestro, se hizo el último y el siervo de todos y nos manda hacer lo mismo.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico sabrá ver con una mirada nueva los males que la han afligido, porque los pueblos más lejanos, los enemigos que se creían irreconciliables, comulgan del Cuerpo y Sangre de Aquél que se entrega para quitar los pecados del mundo.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico no podrá concebir el don de la vida como un gesto de muerte, porque incesantemente bebe y se desaltera a la fuente de la vida más fuerte que la muerte; ella aprende a hacer triunfar, por las armas del amor y del perdón, la verdad escondida de la unión del hombre y de la mujer, sellada en Cristo.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico recordará incesantemente la palabra que Jesús dijo a los suyos: "No me habéis elegido vosotros a mí sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto" (Jn 15, 16). Libremente, cada uno responde a una llamada que le precede y le sobrepasa. Recibe el valor aun cuando las pruebas pudieran llevarlo a la resignación o a revelarse.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico enseñará a los hombres a dar gracias y a regocijarse por los dones que recibe incesantemente, volviéndose hacia Dios, nuestro Creador y nuestro Padre. Enseñará a los hombres el misterio mesiánico de la salvación, y pondrá en guardia a todos y a cada de no sustituirse al único Mesías. Los iniciará a esta compasión divina que es la fuente de la comunión de los hombres, en el respeto y en la paz. Descubrirá, de un domingo al otro, el largo camino del Amor.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico acostumbrará a los hombres a reconocer en este universo mortal y en esta luz frágil que tienen delante de los ojos, la hermosura radiante de la resurrección y de la inmortalidad, que ya coge y transfigura nuestro cuerpo donde todavía se leen los estigmas de la Pasión de Cristo.

Una cultura alimentada por el misterio eucarístico deberá incesantemente volver a aprender la exigencia más alta para significar la belleza del mundo, porque en todas las cosas resplandece el reflejo de la gloria de Dios que nos descubre la imagen del Dios invisible. Pero nada en el mundo puede bastar para expresar la hermosura indecible de la cual la Eucaristía es la revelación al mismo tiempo que el velo.
Cardenal Jean-Marie Lustiger
Arzobispo de París
Miembro del Pontificio Consejo de la Cultura

Basílica de San Juan en Letrán
Jueves, 22 de junio 2000

Traducción del original francés
A cargo del Pontificio Comité para los
Congresos Eucarísticos Internacionales

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