LA EUCARISTÍA FUENTE DE
CULTURA
Les propongo que reflexionemos sobre la liturgia del Jueves Santo.
Esta liturgia nos hace comprender cómo la Eucaristía
puede convertirse para los pueblos y los siglos fuente de cultura.
Pero antes, les invito a considerar cómo esta afirmación
es paradoxal.
La noción de "cultura" parece ser hoy algo familiar:
en la mayor parte de las naciones, encontramos organizaciones
públicas o privadas encargadas de conservar la cultura
y de promoverla.
Ha sido solamente en el siglo XX que esta palabra se ha extendido
con el sentido codificado por los etnólogos y antropólogos
como "el conjunto de formas de comportamiento adquiridas
en las sociedades humanas". Esta definición que data
de 1923 se debe a Marcel Mauss. Toda sociedad tiende a constituir
una totalidad cultural original. La cultura de una sociedad tiende
a organizarse en un conjunto de elementos coherentes complementarios
en los que se refleja el universo simbólico creado por
el hombre.
Las culturas se caracterizan en esta perspectiva reductiva por
los objetos que producen, objetos considerados hoy como un patrimonio
precioso que es necesario salvaguardar. De aquí viene el
origen de los "museos" públicos que, a pesar
del origen griego de esta palabra, datan del principio del siglo
XIX. La primera administración de museos fue establecida
en Francia por el emperador Napoleón 1º en 1801. [La
creación de los museos coincide con la aparición
de la noción contemporánea de "cultura"].
Esta concepción documental de la cultura no agota la riqueza.
Juan Pablo II, fundador (20 de mayo 1982) del Consejo Pontificio
de la Cultura, dijo en Paris: "El hombre es el hecho primordial
de la cultura" (discurso a la UNESCO, 2 de junio 1980). El
hombre, el Hijo del Hombre, fuente de cultura en su Eucaristía,
en su Pascua.
La Pascua del pueblo judío conmemora su liberación
de la esclavitud de las naciones. La Pascua del Señor celebra
un acontecimiento de la historia de la salvación que desborda
por todas partes la cultura de la cual proviene y a la cual concede,
además, una fecundidad eterna. La Eucaristía actúa
en toda la diversidad de las culturas para fecundizarlas y transformarlas.
[Interrogarnos sobre la Eucaristía, fuente de cultura,
es adquirir una visión más viva todavía de
los acontecimientos de nuestra historia espiritual. Es también
reconocer el arraigo sacrificatorio de las culturas humanas, algo
que nuestro siglo tiende a desconocer o ignorar. En ese sentido,
esta reflexión nos llevará a clarificar uno de los
problemas fundamentales de nuestro tiempo].
I. El Jueves Santo celebramos la institución de la Eucaristía.
Ella es un "memorial" según el mandato mismo
de Jesús: "Haced ésto en memoria mía".
Durante toda la Semana santa, la Iglesia vive con Cristo, día
tras día, lo que él vivió en Jerusalén
por la salvación del mundo, según un calendario
litúrgico muy lleno, inmutable por el encadenamiento de
una cosa después de otra, porque ha sido fijado por los
acontecimientos históricos en el corazón de nuestra
fe en Jesús, el Cristo, el Mesías, Hijo de David,
Hijo de Dios.
["Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando
suceda creáis" (Jn 14, 29; 13, 19; 16,4), nos dice
esa noche el Señor Jesús; nos da ya sacramentalmente,
todo lo que debía hacer durante los días siguientes
al precio de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada por
nosotros y por la multitud. De la misma manera, hoy, en cada celebración
de la Eucaristía nos dice y nos da todo el misterio de
la salvación, obrado "una vez para siempre" por
Jesús, hace dos mil años en Jerusalén. (Hb
7,27; 9,12.28).
Las lecturas del Jueves santo están centradas en el acontecimiento
de la Pascua. En primer lugar, el capítulo 12 del Libro
del Éxodo nos recuerda la salida de Egipto que Jesús
celebra con sus Apóstoles según la liturgia tradicional
judía.
En el Salmo 30, el salmista - que recita los salmos como Jesús
_ expresa la ofrenda amante de su libertad en sacrificio espiritual.
Después, escuchamos a San Pablo en la Primera Carta a los
Corintios (11) que nos da un relato ya ritual de nuestra Eucaristía:
es el memorial de la última Pascua celebrada por Jesús.
Por fin, San Juan, en el capítulo 13, nos cuenta cómo
Jesús lava los pies de sus discípulos, expresando
en un gesto simbólico el amor en el cual el sacramento
eucarístico nos hace participar.]
Lo que San Pablo cuenta litúrgicamente de la Eucaristía
está en nuestra memoria: "Yo mismo os he transmitido
lo que he recibido del Señor: 'La noche en que fue entregado,
el Señor tomó el pan, y después de dar gracias,
lo rompió diciendo: "Este es mi Cuerpo que se entrega
por vosotros. Haced esto en memoria mía".
Jesús rompe el pan que la bendición tradicional
llama "el pan de la miseria_", el pan de la servidumbre
del pueblo en Egipto y dice: "Este es mi Cuerpo entregado
por vosotros". El realismo de estas palabras es provocador.
Indica como San Juan lo designa (Jn 6, 22 ss), "la carne"
de Jesús. "Entregada por vosotros". La carne
frágil de la humanidad del Cristo Mesías, su carne
vulnerable de la fragilidad de toda carne humana, "ninguna
legión de ángeles vendrá a protegerla"
(Mt 26, 53). Esta carne entregada por nuestros pecados se convierte
en el Pan de Vida.
[¿Cómo superar los primeros extravíos del
espíritu frente a unas palabras tan sorprendentes?] "El
que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida. Si no
coméis mi Carne y no bebéis mi Sangre, no tendréis
la vida en vosotros" (Jn 6, 53). La claridad deslumbrante
de sus palabras nos puede cegar, como les sucedió a ellos,
los primeros que las escucharon.
El amor que Jesús da en el sacrificio de su vida entregada
nos libra de nuestros pecados. Convirtiéndose en nuestro
alimento, este amor nos llama a cumplir libremente el mismo ofrecimiento,
la misma ofrenda amorosa, aquí y ahora, a una distancia
de dos mil años, allí donde el Señor nos
coloque. En nuestra vida ofrecida con la suya, Cristo resucitado
continúa a dar su vida en la Eucaristía por la vida
del mundo.
La bendición sobre la copa es, también, sorprendente:
"Ésta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza que será
derramada por vosotros y por la multitud en remisión de
los pecados".
"La Sangre de la Alianza" (Lc 22, 20; cf. Mt 26, 28;
Mc 14,24). Jesús cita el libro del Éxodo (24,4-8),
el sacrificio de comunión celebrado por Moisés.
El fue, él es la sangre con la cual fue sellada, en el
desierto del Sinai, la Alianza entre Dios y su pueblo. Esa Sangre
para nosotros es la Sangre de "la Alianza nueva y eterna",
anunciada por el profeta Jeremías (31, 31).
Los Apóstoles comieron la carne del cordero sacrificado
en el Templo. La comida les recordó la liberación
de los hijos de Israel, salvados de la muerte, cuando el azote
exterminador pasa por la noche en Egipto; al ver la sangre del
cordero sobre las puertas de las casas, salva a los habitantes
de esa casa. Se impone la semejanza entre el cordero pascual y
Jesús; Juan Bautista lo ha llamado "el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), haciendo
resonar nuevamente las palabras de Isaías sobre el Siervo
de Dios, ""mudo como el cordero sacrificado" (Is
53, 4-7).
Toda la historia de la salvación está concentrada
en esta hora. Jesús no va para que lo maten como a un animal.
En libertad completa, él se ofrece a los acontecimientos
que había anunciado anteriormente: juzgado, condenado,
cargará su cruz, sufrirá y morirá. Cuando
come esta última Pascua con sus discípulos, su oración,
su intercesión y su ofrenda, asumen y transfiguran un ritual
antiguo, tan antiguo que remonta a tiempos inmemorables de la
humanidad, a las antiguas civilizaciones pastorales y agrarias.
El Espíritu Santo había enseñado a Israel
a reconocer en él el signo de su liberación del
país de la muerte. Jesús, al celebrarlo, hace de
él el memorial ritual de su sacrificio que salva el mundo.
El Mesías lo dice en las palabras del Salmo 30: "Heme
aquí, oh Dios, que vengo para hacer tu voluntad ".
Jesús no es sólo una víctima abatida brutalmente,
la inocencia de la cual descubre el crimen de los hombres. El
Cristo muriendo no acusa a sus verdugos. Él intercede.
Él concede el perdón. Por su muerte, los libra del
odio, del rechazo de Dios, del pecado, todos los hombres incluyendo
sus verdugos y Judas, y a nosotros también. Por un gesto
de libertad, por un acto de amor, él viene a buscar al
hombre de corazón endurecido. Le libra de esta prisión
de la cual no puede salir. Le devuelve su verdadera condición
y su vocación integral. Le concede por su ofrenda que sea
uno con él, el Mesías, el Hijo unigénito,
"quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado
para nuestra justificación" (Rm 4, 25).
Saciados de su Carne y de su Sangre, liberados de nuestros pecados,
restablecidos en la Alianza, llenos de su vida, habitados por
el Espíritu, participamos en esta acción de gracias
incomparable que rasga la oscuridad de la vida de los hombres.
Somos llamados, nosotros criaturas, a vivir la vida divina de
manera humana. Transcribir en la condición de hombre esta
caridad de Dios, su deferencia y su hermosura, es la revolución
cultural pedida por la Eucaristía.
II La liturgia católica del Jueves Santo añade
un solo rito a la celebración de la Eucaristía:
el lavatorio de los pies. La persistencia de este rito nos hace
ver la diferencia entre un gesto simbólico culturalmente
aceptado en un medio y en una época particular, y el memorial
bíblico de la Historia Santa cuando Jesús nos dice:
"Pues si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los
pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos
a otros; porque os he dado ejemplo, para que también vosotros
hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 14-15).
La Iglesia no ha querido sustituir los actos del Señor
por otros ritos al parecer más expresivos en otras culturas.
Algunos, por ejemplo han sugerido que los fieles se laven las
manos unos a otros. La Iglesia conserva en su liturgia las marcas
históricas de su Señor: ella no cesa de contemplar
y de repetir ritualmente los gestos de Aquél que estuvo
con nosotros una vez para siempre y permanece en nosotros hasta
el fin de los siglos.
Jesús lavó los pies de sus discípulos. Se
hizo su esclavo. Esta subversión de funciones los hizo
sublevarse. ¡Qué definición más extraña
del amor! Pero lejos de ser una destrucción de sí
mismo, la humildad del amor es el despliegue de la más
alta generosidad humana cuando ella se sacia en su fuente que
es Dios.
El lavatorio de los pies, a lo largo de los siglos y a través
de las culturas, sigue siendo un signo profético casi-sacramental
de lo que Jesús realizó una vez por todas en el
tiempo de su vida mortal, para que nos amemos unos a otros con
el mismo amor con el cual él nos ha amado. "¡Vosotros
haced esto también!" La obediencia a este mandamiento
de la humildad no quedó sin impacto en la historia de las
instituciones cristianas. El servicio a los pobres y al bien común,
el descubrimiento admirable de la gracia de los pequeños
son elementos constitutivos de la cultura cristiana. No están
ligados a una época; pertenecen a todos los tiempos cuando
el corazón que ama encuentra una miseria humana.
Esos acontecimientos, irrevocablemente inscritos en un momento
y en un lugar de la historia han cambiado el destino del mundo
y continúan a transfigurarlo hasta el fin de los tiempos.
Estos actos de Cristo no se han quedado ocultos en un pasado lejano
en el cual subsistirían sólo vestigios culturales
de ese tiempo. No dejan, en la fuerza del Espíritu de caridad,
de desplegarse y amplificarse a medida que tocan a otros discípulos,
a otros hombres y otras mujeres que, asidos por el mismo amor,
se alimentan, en todas las culturas, con esta Carne del Verbo
y se desalteran con la Sangre de la Vida.
Estos hechos y estos gestos, esas palabras/acontecimientos del
Señor se enfrentan con todo lo que en nosotros, alrededor
nuestro, entre nuestros hermanos, se opone al amor. Pero, precisamente,
el amor es un combate donde el vencido es el vencedor, donde el
que da recibe más de lo que ha dado, donde la alegría
pertenece a aquél que, olvidándose a sí mismo,
camina en seguimiento de Cristo; donde la vida, por fin, engrandecida
en la vida divina, se da a aquellos para quienes Jesús
ha vencido la muerte.
La liturgia del Jueves Santo nos lo recuerda: la celebración
de la Eucaristía, bajo todos sus aspectos, a lo largo de
los siglos, es fiel en sus ritos esenciales a las palabras y a
los gestos de Jesús. Evidentemente, pertenecen a una historia
singular, de hace dos mil años, la de Israel, la de Jesús.
Cuántos debates, sin embargo, para saber si, en lugar
de pan y de vino, no hubiera sido mejor emplear en adelante, aquí
y allí, el grano mil y el sorgo, el arroz y el té!
Pero ningún tentativo ha logrado modificar, en función
de las costumbres, de los gustos, de los usos, el Memorial litúrgico
de la caridad eterna entregada una vez para siempre.
La Eucaristía, el corazón de la fe cristiana, ha
trabajado en la cultura de los pueblos de Europa durante dos mil
años, como había modelado las culturas del Asia
Menor y del África del Norte durante varios siglos. Por
la irradiación de la Caridad, por la gloria de amar, la
Eucaristía es y será para todas las naciones una
fuente de cultura.
El culto cristiano, como también las fiestas litúrgicas
prescritas por la Biblia, no expresan ritualmente los mitos característicos
de una cultura. Es el memorial del acontecimiento histórico
único que abre a todos el tiempo de la salvación.
Este acto del Salvador continúa a desplegarse cuando está
significado y realizado en su Memorial. Las diversas culturas
se encuentran por él, reunidas en el campo de la historia
donde se revelan la solidaridad y la unidad de todos los hombres,
sus hermanos.
Nuestros contemporáneos han podido nombrar "colonialismo"
a la extensión y la dominación de la cultura occidental.
La han acusado de haber destruido las culturas antiguas de la
América precolombina, las de África, de Oceanía,
mientras que las viejas civilizaciones de Asia parece que pudieron
resistir.
Es necesario denunciar la violencia de la esclavitud, de la injusticia
de la explotación que han hecho de la dominación
europea solamente un espejo de la evangelización. Pero
en la cultura occidental son numerosos los frutos producidos por
el acontecimiento divino de la historia santa de la cual la Eucaristía
es el hogar simbólico. Ciertamente, Europa ha bebido en
otros pozos, malos y asesinos, más que en la Fuente pura
de la Vida incorruptible; el Occidente se llama cristiano sin
serlo profundamente. El cristianismo, por otra parte no es de
origen europeo. Sin embargo, la fe cristiana ha fecundado a Europa
y la ha llevado a producir frutos de humanidad, de belleza, y
de verdad, que se han extendido, a pesar de, pero también
por los mesianismos europeos. Las culturas humanas son diversas,
antagonistas, en concurrencia. Pero la fe cristiana en el Hijo
del Hombre entregado por nosotros y por la multitud no deja de
enseñar al mundo que la humanidad es una y solidaria, cualquiera
que sean las diversidades y las oposiciones.
Pero hoy, los progresos técnicos hacen nacer una nueva
cultura: la cultura de la imagen transmitida instantáneamente.
La globalización acelera la uniformación. La reivindicación
de identidades particulares expresaría, dicen, una reacción
de defensa que no podría, por otra parte, ser obstáculo
a ese rollo compresor. La globalización sería la
última etapa de la uniformación de las culturas.
La desaparición inexorable de las culturas tradicionales
sería el precio que la humanidad pagaría por su
unificación.
Debemos medir el extraordinario trastorno que se continúa
ante nuestros ojos. Envía a los museos, que se han convertido
en conservatorios de la memoria, los tesoros de las culturas que
ya han muerto o están muriendo. La nueva cultura mundial,
sin embargo, hace aparecer nuevos tipos de diversidades. Es ahora
la presión del mercado que empuja a diversificar los productos
deseables para consumirlos. Basta, para convencerse, examinar
las grandes empresas culturales del cine, de la televisión,
de las modas de vestidos y alimentos., del turismo, de la arquitectura
y del dibujo y sus normas de creación de objetos. "Donde
esté tu tesoro, allí estará también
tu corazón" (Mt 6, 21); los sociólogos podrían
meditar útilmente estas palabras de Jesús.
III Cuando la televisión muestra la Eucaristía
celebrada por el Papa en todos los continentes y las multitudes
reunidas que comulgan en la misma liturgia, ¿podríamos
pensar que la globalización de la sociedad espectáculo
absorbe para su propio provecho el Memorial del Jueves Santo?
Para responder a esta pregunta nueva, les propongo examinar tres
modelos que yo designaría, inspirándome en las lecturas
bíblicas del Jueves Santo:
· El modelo del Faraón,
· El modelo del Éxodo,
· El modelo de la Pascua del Jueves Santo.
El modelo del Faraón
La historia de los hebreos en Egipto había comenzado bien;
José era el ministro todopoderoso del Faraón, sus
hermanos y sus parientes se habían inserido en la sociedad
egipcia a tal punto que, cuando José va a enterrar a su
padre Jacob en Canáan, la gente del país los llaman
los "egipcios" (Gn 50,11).
Y sin embargo, la integración de los hebreos en la cultura
egipcia llegó a su fin. Termina en el drama de su esclavitud,
después el éxodo, al tiempo de la primera Pascua.
El Faraón pretende añadir los hebreos a la tropa
de sus súbditos imponiéndoles algunas normas de
comportamiento, de idioma, de expresión sin tolerar nada
diferente. Para hacerse egipcios, los hebreos hubieran tenido
que renunciar a la memoria del Dios de sus padres, el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob. Ellos hubieran tenido que compartir,
totalmente las convicciones y la conducta de los súbditos
del Faraón.
Sin duda, sería injusto reducir la cultura egipcia a lo
que los hebreos pudieron percibir. Un trabajo monumental que edifica
la morada de una humanidad momificada. Una sabiduría refinada
que cree poder leer en el espejo de la muerte la imagen de la
vida, a tal punto de esclavizar a los vivos. Una civilización
que edifica los monumentos de los muertos consumiendo a los vivos.
Esta cultura faraónica es dominante y absorbe a los individuos
que participan en ella.
Ese modelo es, por otra parte, el de muchas otras culturas que
hacen de la sociedad el último fin de la vida de los individuos.
Esas culturas desconocen el destino espiritual de los hombres
y alienan su libertad, fuente de la historia. ¿No es acaso
éste el modelo de las civilizaciones paganas que han entrado
y entran aun hoy en conflicto con los testigos de la Revelación
bíblica? ¿Sería éste el caso de la
nueva cultura mundial?
El modelo del Éxodo
Israel nació de un acontecimiento fundador, de la liberación
por Dios. El Señor crea a su pueblo salvándolo.
El memorial ya no es aquí un monumento de piedra, sino
un ritual celebrado cada año en el que las generaciones
sucesivas reconocen su pertenencia a ese pueblo elegido. Pues
cada uno descubre que ha tenido parte en este acontecimiento de
liberación, en este éxodo. En él estuvo presente
porque hoy está presente en medio de ese pueblo. Puede
reclamar, hoy, su derecho de formar parte de ese pueblo, porque
lo confiesa: él también, ha sido salvado, hace muchos
siglos, de la esclavitud de Egipto.
Pertenecer al pueblo es fundamental para cada persona, ya que
el pueblo está constituido por Dios. Es por la filiación
carnal que se transmite esta pertenencia, pero esta filiación
incesantemente se califica por la relación a que cada uno
ha sido llamado a tener con Dios, el Creador y Redentor.
Ese modelo del Éxodo es único y se realiza sólo
en el pueblo israelita. Por lo tanto, fue trágicamente
imitado en nuestro siglo por los mesianismos políticos,
el totalitarismo europeo. No es extraño, pues a este propósito
notar aquí que esta situación inversa el mensaje
del Éxodo. Ella provoca una cultura de muerte, mientras
que el Éxodo revela y engendra una cultura de la vida que
no se manifiesta primeramente en sus productos y en sus obras,
como la cultura de Faraón, sino en los vivos, conforme
a la promesa hecha por Dios a Abraham de multiplicar su descendencia,
"como las estrellas del cielo y las arenas de la playa"
(Gn 22, 17) para bendición de todas las naciones.
Es necesario, pues, observar el sentido bíblico que Juan
Pablo II da a su enseñanza sobre la cultura de la muerte,
y la cultura de la vida. No son dos culturas particulares sino,
en conflicto una con la otra, pero ambas apuntan a la universalidad.
En el modelo bíblico de hecho, la cultura no se define
por la organización uniforme de una sociedad y por los
objetos de su producción. Ella se define por el compromiso
de la libertad de los hombres en la Alianza con su Soberano Bien
y ésto vale para toda la humanidad.
El modelo de la Pascua del Jueves Santo
Jesús ha "deseado de un gran deseo" celebrar
su última Pascua con sus discípulos (Lc 22, 15).
Al celebrar el memorial del Éxodo, Jesús, el Mesías,
hace el memorial de su sacrificio para la salvación de
todos los hombres. Sus discípulos, provenientes de todas
las naciones del mundo, no se limitarán al primer grupo
de aquellos que le siguieron desde el Lago de Tiberíades.
Siguiendo el designio de Dios, cada uno será "incorporado"
al Mesías mismo; será identificado con Cristo. Por
el bautismo, se hace uno con él; en la Eucaristía
recibe su Vida.
La Iglesia celebra la Eucaristía. Pero Cristo es el Jefe
de su Cuerpo que es la Iglesia. Todo cristiano en el misterio
eucarístico, se identifica personalmente con Cristo, a
la vez que está en comunión con todos los otros
miembros de su Cuerpo.
La Iglesia es el sacramento de esta universalidad que hemos de
llamar "Católica". Ésta se distingue radicalmente
de la universalidad limitada realizada por la globalización
de la tierra. En el Pan del cielo, en la persona de Cristo, cada
persona y cada cultura están en comunión con la
totalidad de la humanidad. En la catolicidad eucarística
de la cultura, toda la humanidad victoriosa de la muerte está
presente, desde su creación hasta su término cuando
el cuerpo de Cristo alcanzará su plenitud (cf. Ef 1, 10-23.
4,13) y cuando el Señor vendrá en su gloria.
CONCLUSIÓN
La Eucaristía no es fuente de cultura de la misma manera
que los imperios o los poderes humanos que segregan las riquezas
estéticas, industriales o científicas, que se despliegan
en la búsqueda de la belleza y de la armonía de
la vida, y encuentran su alegría en los juegos y en las
competiciones lúdicas. Lo que la vida humana, personal
y colectiva, puede producir y dejar como huella, lo que la civilización
moderna ha llamado "cultura" y que ha reunido preciosamente
en sus "Museos", como pirámides faraónicas,
puede recaer en el polvo de la muerte, si no es transfigurado
por la luz pascual del Sacrificio.
La Eucaristía introduce en cada cultura características
originales y la lleva a producir frutos nuevos. No actúa
por violencia como puede hacerlo una dominación cultural.
La libertad divina, manifestada en el amor del Hijo hecho carne,
se dirige a la libertad de los hombres. La Eucaristía realiza
la liberación de las esclavitudes antiguas de la humanidad
ya que ofrece al Salvador de nuestros pecados, y en él,
el acceso a la vida divina.
La Eucaristía revela según el modelo bíblico
del Éxodo toda su importancia: La Pascua es una vez para
siempre, ya que es pasar a lo Eterno; no tiene fronteras: con
el pueblo esclavo, libera de todos los señores o amos a
todas las naciones.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico será
liberada de la culpabilidad que ineludiblemente estructura la
conciencia humana. Pues el hombre no es juzgado solamente por
su conciencia entregada a la soledad o al juicio del grupo. Se
le coloca frente al amor de Dios "rico en misericordia"
del cual tiene la revelación en el Cristo que se ha hecho
siervo.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico tenderá
incesantemente a invertir las jerarquías que toda sociedad
humana establece, entre los poderosos y los débiles, los
sabios y los ignorantes, los maestros y los esclavos
, pues
Jesús, el Señor y Maestro, se hizo el último
y el siervo de todos y nos manda hacer lo mismo.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico sabrá
ver con una mirada nueva los males que la han afligido, porque
los pueblos más lejanos, los enemigos que se creían
irreconciliables, comulgan del Cuerpo y Sangre de Aquél
que se entrega para quitar los pecados del mundo.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico no
podrá concebir el don de la vida como un gesto de muerte,
porque incesantemente bebe y se desaltera a la fuente de la vida
más fuerte que la muerte; ella aprende a hacer triunfar,
por las armas del amor y del perdón, la verdad escondida
de la unión del hombre y de la mujer, sellada en Cristo.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico recordará
incesantemente la palabra que Jesús dijo a los suyos: "No
me habéis elegido vosotros a mí sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y
deis fruto" (Jn 15, 16). Libremente, cada uno responde a
una llamada que le precede y le sobrepasa. Recibe el valor aun
cuando las pruebas pudieran llevarlo a la resignación o
a revelarse.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico enseñará
a los hombres a dar gracias y a regocijarse por los dones que
recibe incesantemente, volviéndose hacia Dios, nuestro
Creador y nuestro Padre. Enseñará a los hombres
el misterio mesiánico de la salvación, y pondrá
en guardia a todos y a cada de no sustituirse al único
Mesías. Los iniciará a esta compasión divina
que es la fuente de la comunión de los hombres, en el respeto
y en la paz. Descubrirá, de un domingo al otro, el largo
camino del Amor.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico acostumbrará
a los hombres a reconocer en este universo mortal y en esta luz
frágil que tienen delante de los ojos, la hermosura radiante
de la resurrección y de la inmortalidad, que ya coge y
transfigura nuestro cuerpo donde todavía se leen los estigmas
de la Pasión de Cristo.
Una cultura alimentada por el misterio eucarístico deberá
incesantemente volver a aprender la exigencia más alta
para significar la belleza del mundo, porque en todas las cosas
resplandece el reflejo de la gloria de Dios que nos descubre la
imagen del Dios invisible. Pero nada en el mundo puede bastar
para expresar la hermosura indecible de la cual la Eucaristía
es la revelación al mismo tiempo que el velo.
Cardenal Jean-Marie Lustiger
Arzobispo de París
Miembro del Pontificio Consejo de la Cultura
Basílica de San Juan en Letrán
Jueves, 22 de junio 2000
Traducción del original francés
A cargo del Pontificio Comité para los
Congresos Eucarísticos Internacionales
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