LA EUCARISTÍA EN LA IGLESIA
Y EN EL MUNDO
Introducción
Hace algunos años, fui a visitar a un misionero Oblato
en Zambia. Había llegado allí hacía un año.
Era mi buen amigo y me contó acerca del país y de
la misión, de la gente a quien servía en las orillas
del Rio Zambesi. Su ministerio era de mucho consuelo para él
especialmente cuando podía celebrar la Eucaristía
con la gente, tanto en la pequeña Iglesia de la Misión
como en los poblados. Sin embargo, a veces estaba preocupado por
los problemas de la gente, no sólo como individuos sino
como familias, pero también por los problemas de la sociedad
en general. Zambia no se había ajustado bien al nuevo orden
económico global. La gente que tenía a su cargo
apenas podía sobrevivir con la agricultura. Toda una generación
de padres jóvenes estaba muriendo del SIDA. La deuda del
país significaba recortar gastos de educación y
salud.
Una mañana, después de la Misa, el Padre regresó
a su casa y yo me quedé a la orilla del rio para dar gracias
a Dios por la hermosura de la naturaleza en este país tan
probado. Vinieron cuatro hombres que salieron de la selva y se
me acercaron y me preguntaron dónde podrían encontrar
al sacerdote. Les indiqué la casa que estaba al lado de
la Iglesia y tres de ellos se fueron allí. El cuarto se
quedó conmigo y comenzamos a hablar. Yo no hablaba su lengua,
desgraciadamente, pero él hablaba un poco de inglés.
Cuando le pregunté por su familia, su trabajo, él
repitió muchas de las dificultades de las cuales ya me
había hablado mi amigo. Después le pregunté
por qué él y sus compañeros habían
venido a hablar con el Padre. Él me explicó que
habían oido muchas historias en su poblado, algunas de
ellas acerca de Jesús y el Evangelio y la Iglesia. Habían
venido para pedirle al padre alguna información de su religión.
Luego le pregunté por qué él no había
ido con sus compañeros a ver al padre. Me respondió,
"Oh, yo he pensado acerca de lo que hemos oido, aun cuando
veníamos en camino hacia aquí, y he decidido que
eso no es para mí. No tiene sentido cuando considero mi
vida - que Dios nos ama, que Dios se hubiera sacrificado por nosotros,
que Dios es más fuerte que los espíritus que nos
hacen el mal. No lo creo. Es demasiado bueno para ser verdad".
Muchas veces he pensado en este hombre y he rogado por él
todos estos años desde el día de nuestra conversación.
No sé si algún día llegó a creer en
Dios revelado por Jesucristo; pero lo que él dijo es exacto.
Es demasiado bueno para ser verdad, excepto para aquellos cuyos
corazones, mentes y almas, han sido tocados de alguna manera y
movidos por un Dios que nos ama mucho más de lo que podemos
amarnos a nosotros mismos, que está más cerca de
nosotros que lo que estamos nosotros.
"El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".
El Prólogo del Evangelio de San Juan proclama que el Eterno
Logos, el Hijo Unigénito de Dios, quiso entrar en el corazón
mismo de la creación de Dios para que todas las cosas puedan
ser signo e invitación para entrar en el amor comunitario
de la vida Trinitaria de Dios. Jesucristo, nuestro Salvador, no
está separado, lejos de su creación; entra en su
misma vida para que se pueda ver que todo lo que Dios ha hecho
existe para nuestra salvación. ¿Demasiado bueno
para ser verdad? Sí, excepto para aquellos que, con los
ojos de la fe, ven el mundo como Cristo lo ve.
La Sagrada Escritura también nos dice que el que nació
de la Virgen María, sufrió, murió y ahora
ha resucitado. Jesús, que fue clavado en la cruz ha resucitado
de entre los muertos y vive para siempre. Ha vencido las cadenas
del pecado y de la muerte, la última barrera, y ahora vive
completamente libre. Reflexionemos sobre las apariciones del Señor
Resucitado a aquellos que lo conocieron mejor antes de ser crucificado.
Es verdaderamente Jesús, con las llagas de su crucifixión
todavía visibles en su cuerpo resucitado. Sin embargo,
a la vez, es tan diferente que sus compañeros más
cercanos, con frecuencia, no lo reconocen. Es el mismo Jesús
que desayuna y cena, y las puertas cerradas no le impiden entrar.
El entra y sale como quiere. Es completamente libre.
El Señor Resucitado es, pues, libre para cumplir su promesa
a sus discípulos: "Yo estaré con vosotros hasta
el fin de los tiempos". El Señor Resucitado jamás
abandonará a su pueblo. Los que descubren la propia identidad
en la relación personal con Jesús nunca se sentirán
solos o abandonados. ¿Cómo podrían estarlo?
El Resucitado está siempre dónde Él quiere
estar. Habiendo asumido la naturaleza humana como Nuevo Adán,
ahora llena el cosmos como Señor Resucitado. ¿Demasiado
bueno para ser verdad? Sí, a no ser que nuestras aspiraciones
hayan sido transformadas por la esperanza de la gloria en la cual
vive Jesús Resucitado y que nos la ofrece.
Este Jesús también ha prometido: "Donde dos
o tres estén reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de
ellos. El Señor Resucitado ha establecido una comunidad
de creyentes para que sean signo e instrumento de salvación,
para que sean el medio del amor salvador de Dios para transformar
la creación. Cuando la Iglesia vive visiblemente por medio,
con y en su Señor Resucitado, se revela como el cuerpo
vivo en todas las generaciones. Cuando la Iglesia se reúne
para celebrar los sacramentos, Cristo continúa a actuar
entre nosotros. Cristo Resucitado bautiza y perdona el pecado
y envía al Espíritu Santo para sellarnos como miembros
de la Iglesia. Es Cristo el que consuela y sana a los enfermos,
el que une a un hombre y a una mujer para que vivan unidos toda
la vida y es Él quien ordena a los ministros para la Iglesia.
Es Cristo quien hace presente su propio sacrificio sobre la cruz,
para que podamos nosotros unirnos a él. Cada uno de los
sacramentos es una acción de Cristo Resucitado, que se
une a su Cuerpo, la Iglesia.
De manera única, la Eucaristía es al mismo tiempo
la acción y la presencia permanente del Señor. En
la Eucaristía, Cristo se entrega como alimento para nuestro
camino, como nuestro pan cotidiano, como banquete, que nos une
a todos como peregrinos. Cristo nunca viene solo a nosotros. Cristo
viene con el Padre y el Espíritu Santo. María, la
Madre de Cristo y nuestra madre acompaña a su Hijo. Todos
los ángeles y santos, que nos han precedido en la fe, juntamente
con las almas del Purgatorio se unen en esta grande comunión.
Además, todos los que son el Cuerpo visible de Cristo a
través de todo mundo hoy, están unidos en el don
divino del amor. Nosotros, pues, nunca vamos a Jesús solos.
En la Eucaristía, claramente, somos miembros de un cuerpo,
piedras vivas de un templo, el pueblo reunido de Dios. ¿Demasiado
bueno para ser verdad? Sí, excepto para aquellos cuyos
corazones se han abierto hacia fuera por la unidad que se concede
a aquellos que saben que Dios los ama y que han llegado a sentir
su unión con tantos que son hermanos y hermanas del Señor
Resucitado.
La Eucaristía en la Vida y Pensamiento de la Iglesia
Hoy día, varias cuestiones sobre la fe y práctica
eucarística se discuten fuertemente en muchos campos de
la vida eclesial. Quizá, cuando menos en los Estados Unidos,
porque algunos han descuidado mucho predicar y enseñar
sobre la Eucaristía. Quizá algunos no han fomentado
la devoción eucarística fuera de la celebración
de la Misa. Quizá, la práctica litúrgica
sufre por la falta de una preparación orante y de atención
devota. Quizá algunos tienen cierta confusión y
no saben explicar exactamente lo que la Iglesia enseña
acerca de la Sagrada Eucaristía. Cualquiera que sea la
razón, existe un deseo creciente entre muchos católicos
de una mayor claridad y visión acerca de nuestra fe y visión
eucarísticas. Agradezco su presencia en este Congreso Eucarístico
Internacional, convocado por nuestro Santo Padre el Papa Juan
Pablo II. Esta celebración eucarística jubilar nos
da esperanza a todos. Expresa nuestra fe y profundiza nuestro
amor a la presencia viva de Cristo entre nosotros.
En cierta manera, las tensiones y confusiones contemporáneas
acerca de la Eucaristía no deben sorprendernos. Tensión
y confusión han existido desde el principio: "¡Es
duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?
Desde
entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás
y ya no andaban con él" (Jn 6: 60,66). La tensión
se hizo intolerable cuando Jesús comenzó a usar
un lenguaje realista acerca de comer su carne y beber su sangre.
Frente a la confusión de sus discípulos, Jesús
sólo intensificó su lenguaje; no hizo ningún
esfuerzo por suavizar o diluir su significado.
El realismo eucarístico fue claramente entendido y aceptado
por la Iglesia Apostólica. Compartiendo la carne real,
sacrificada y resucitada de Cristo y su sangre derramada en la
cruz, la Iglesia se convierte en un Cuerpo vivo. No en cuerpo
en sentido sociológico o de organización; la Iglesia
se convierte en un cuerpo real, al cual le ha dado existencia
la Eucaristía (I Cor 10:16 ss). En las palabras de San
Cirilo de Alejandría, precisamente por medio de la Eucaristía,
"comiendo la Carne de Cristo" nos convertimos en "carne
viva". El realismo de Cirilo aun compara la unión
entre Cristo y el que recibe la Eucaristía a la fusión
de dos globos de cera que se derrite". Cristo desea estar
tan cerca de nosotros cuanto el alimento está cerca de
nuestros huesos.
En la Eucaristía, la Vida de Cristo se derrama en nuestras
vidas para que podamos tener vida nueva como miembros vivos de
un cuerpo nuevo en el mundo, el Cuerpo de Cristo. San Ignacio
de Antioquia (c. 110 AD) subraya este contexto eclesial, colectivo
de la Eucaristía, y los dones que contiene. Él exhorta
a la comunidad "animada por una sola fe y en unión
con Jesucristo
a que muestre obediencia con mente indivisa
al Obispo y al presbítero, y a romper el mismo Pan, que
es la medicina de inmortalidad, el antídoto contra la muerte,
y es vida perdurable en Jesucristo" (A los Efesios 20, 2)".
De hecho, para Ignacio, la Eucaristía es inseparable del
ministerio que reúne visiblemente al pueblo y que es responsable
de mantener la presencia sacramental de Cristo en la Iglesia (To
the Philadelphians 4) (A los de Filadelfia). Nadie, dice Ignacio
de Antioquía, puede celebrar la Eucaristía (válidamente)
sino el Obispo, " o aquél a quien se lo ha encomendado"
(To the Smyrnaeans 8, 1) (A los de Smirna 8, 1).
Este vínculo inseparable entre el realismo eucarístico
y la unión eclesial ha llevado a la gran visión
patrística de la Eucaristía como vínculo
de caridad, unidad y paz, esos signos de una civilización
auténtica del amor. San Agustín, en particular,
subraya fuertemente esta función "social" de
la Eucaristía, "social" en el sentido que el
vínculo de amor, de unidad y de paz entre los bautizados
es una participación en la communio divina de la vida Trinitaria
de Dios. La Eucaristía es el secreto del corazón
de la Iglesia y es su consuelo a lo largo de todas las generaciones.
En este santísimo sacramento, se descubre la communio divina.
El Espíritu Santo que obra através de la Iglesia,
santifica los elementos eucarísticos. En la Eucaristía,
la muerte sacrificatoria de Cristo está realmente presente,
y su poder salvador está vivo y comunica vida. En la Eucaristía,
el Padre es adorado en espíritu y verdad. En la Eucaristía,
la muerte sacrificatoria y la resurrección de Cristo restauran
en nosotros el vínculo de unión y de paz con el
Padre (justificación), y hace posible que el amor del Espíritu
Santo se derrame en nuestras vidas (santificación).
La idea central de San Agustín es ésta: Comiendo
el cuerpo de Cristo y bebiendo su Sangre, nos hacemos uno con
él y unos con otros. En la communio eucarística,
la Ciudad de Dios, la gran civilización del amor de Dios,
se hace visible en la tierra; porque "en lo que [la Iglesia]
ofrece, se ofrece a sí misma" (De civitate Dei, X,6).
Todo ésto es posible porque Cristo ha resucitado de entre
los muertos. La Eucaristía es el cuerpo y sangre de Cristo
glorificado, que sufrió y murió, y ahora comparte
en la eternidad de esta Eucaristía celestial, "la
gloria ofrecida al Padre por el Hijo que redimió el mundo".
En la conciencia católica, la fe en la Eucaristía
que contiene y presenta a Cristo Resucitado, que sufrió
y murió por nosotros, debe verse en el trasfondo de la
creación, específicamente, una creación que
lleva a la Encarnación (Jn 1:1-14; Col 1:15-20). Dios Creador
entra en su creación y se hace parte de ella. Esta presencia
continúa de manera eucarística y sacramental. Es
está intrusión de eternidad y trascendencia en el
mundo creado lo que establece tanto el tiempo y el espacio de
la Eucaristía". La Eucaristía descubre la communio
divina del amor Trinitario y nos invita a participar. En este
sentido, es una proclamación perpetua de la trascendencia
y poder de Dios, manifestado plenamente en la vida, muerte y resurrección
de Jesucristo el Señor (Fil 2:6-11).
Esto es verdad tanto cuando la liturgia eucarística se
celebra y atraviesa los límites del tiempo y de la historia,
y también cuando la Eucaristía está en el
tabernáculo, donde el drama de la salvación no se
vuelve a actuar inmediatamente, sino donde Cristo está
presente para que lo contemplemos y oremos. Santo Tomás
expresa esta dimensión contemplativa de la Eucaristía
en una frase evocadora tomada de Aristóteles: "Es
la ley de la amistad que los amigos vivan juntos" (Summa
theologiae III, q. 75, a. 1). Ésta es la razón por
la cual la devoción a la Eucaristía, fuera de la
liturgia eucarística, es un elemento indispensable de la
espiritualidad católica. Es también por lo cual
toda vida de devoción debe, de alguna manera, estar vinculada
a la Eucaristía.
En Cristo Jesús, el Padre desea habitar en el corazón
de la realidad, en lo más profundo de nuestro ser. La Presencia
Real de Cristo en la Eucaristía es "la presencia de
todo el misterio del ser y obrar de Dios". Cristo cumple
dos cosas en este sacramento: glorifica a su Padre y comparte
su vida con nosotros.
La Liturgia Eucarística como el Lugar para la Evangelización
Cristo Resucitado es el Señor Eucarístico. Siendo
libre él, quiere que nosotros también seamos libres.
Libres ¿para qué? Hemos sido creados libres para
adorar y glorificar a Dios. Se nos ha dado la libertad para evangelizar
y para convertir los corazones humanos y así transformar
el mundo. La estructura misma de la liturgia eucarística
revela la dinámica de una cultura nueva.
El Concilio Vaticano II nos recuerda que "la Eucaristía
es la fuente y cima de toda evangelización" (Presbyterorum
ordinis, II, 5). Pienso que una manera de comprender esta profundidad
evangélica en la liturgia eucarística es "seguir,"
"captar" como quien dice, la presencia del Espíritu
Santo en la liturgia. Es el Espíritu Santo que gime para
liberarnos y que está presente en todos los momentos decisivos
de la vida de Cristo. En la Encarnación de nuestro Salvador,
en su vida en el mundo, su muerte y resurrección, se ve
a Jesús haciendo la Voluntad de su Padre bajo la guía,
dirección, incitación y ayuda del Espíritu
Santo.
La palabra que el Nuevo Testamento utiliza para invocar al Espíritu
Santo es epikalein, "implorar, suplicar". "Invocar"
o "suplicar" es un epiklesis. Imaginar que están
ahora ustedes en la Misa. Durante la celebración, hay cuando
menos ocho momentos cuando explícita o implícitamente
invocamos al Espíritu Santo de Dios, el Espíritu
que nos libera y que renueva la faz de la tierra.
El primer momento es la Epiklesis del Perdón. El Rito
Penitencial es siempre una invocación implícita
del Espíritu Santo porque es una oración pidiendo
perdón. El Espíritu Santo es enviado a nosotros
para el perdón de los pecados (Jn. 20:22-23). Este momento
de perdón es esencial a la nueva cultura de la vida crisitana,
y por expreso mandato de Jesús, es esencial para la liturgia
(Mt 5:23-24).
Constantemente hemos de recordar que somos pecadores y que tenemos
necesidad del perdón. Si, como individuos y como comunidad,
no somos concientes de nuestras faltas, o si sencillamente las
ignoramos, invariablemente las cargamos sobre la vida de los demás,
y realmente no tenemos derecho a la misericordia y perdón
de Dios. Entonces el verdadero drama de la salvación de
Dios revelada en Jesucristo se apaga, enmudece; la humildad necesaria
para la adoración perfecta "en Espíritu y en
verdad" (Jn 4:23) queda debilitada. El amor reconciliador
es, pues el primer fruto de la communio divina.
El segundo momento es la Epiklesis de la Palabra., Esto se refiere
al punto de la liturgia cuando proclamamos directamente la Sagrada
Escritura, "inspirada y útil para la instrucción
y para crecer en santidad" (2 Tim 3;16). Nuestra profesión
de fe describe la obra del Espíritu: "Él ha
hablado por medio de los profetas". Respondemos a la Escritura
inspirada, y conformamos nuestras vidas a la enseñanza
de Jesús; pero, al hacer esto, de hecho nos encontramos
con Jesús por medio del Espíritu que sopla a través
de las Escrituras. El Espíritu Santo conforma nuestras
vidas a la Palabra de Dios. La homilía, que explica las
Escrituras y las relaciona directamente con la vida de la asamblea,
es una palabra integral de la adoración eucarística.
El tercer momento es la Epiklesis de Intercesión . Esta
invocación incluye la lectura de las Escrituras: comienza
con la oración de entrada y concluye con las intercesiones
generales. Ésta es otra invocación implícita
al Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo lleva
toda oración a Dios (Rom 8:26-27). Orar significa aceptar
la gracia que nos transforma. Nuestro espíritu, unido con
el Espíritu Santo, participa en el drama santo revelado
en Jesucristo. Somos introducidos en la acción salvífica
que Dios realiza en la historia, donde el Espíritu Santo
transforma nuestra historia personal y social.
La oración misma es una forma de instrucción y
de evangelización. La oración purifica nuestros
deseos; abre el mundo a la acción transformadora de Dios,
que obra sobre nuestra libertad humana. Dios no se nos impone;
nosotros hemos de pedirle. Nuestra oración, por lo tanto,
debe llegar constantemente hasta las partes más lejanas
de la creación de Dios. Debe gemir en toda miseria humana
y regocijarse en todo gozo humano.
El siguiente momento es la Epiklesis del Ofertorio. Llevamos
dos dones materiales, pan y vino y, por medio de la fuerza del
Espíritu, pedimos que se conviertan en el "pan de
vida" y en nuestra "bebida espiritual".
Por una parte estos dones nos representan, ya que aspiramos a
una mayor transformación eucarística. El pan representa
todos nuestros esfuerzos humanos que contribuyen a la construcción
de la civilización del amor en este mundo. El vino representa
todo el dolor, el sufrimiento y la muerte inherentes en el desempeño
de esta tarea --todo de nuevo abrazado por el Cuerpo Eucarístico
del Señor.
Por otra parte, el pan y el vino representan la creación
material, que espera su propia transformación eucarística,
"una participación en la gloriosa libertad de los
hijos de Dios" (Rom 8:19-23). La presencia del Espíritu
en este momento de ofrecimiento con frecuencia se hace explícita
en la oración sobre los dones, que concluye nuestra preparación
del altar y de los dones.
La Epiklesis del Ofertorio se dirije directamente a la siguiente
invocación, la Epiklesis de la Consagración . El
Espíritu Santo efectúa la transformación
del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre del Señor. La
palabra consacratio - que significa "ser santo juntamente
con" - contiene el sentido más profundo de la experiencia
del Espíritu Santo en la persona individualmente, en la
Iglesia y en el mundo. El Espíritu Santo es el Santificador,
el que nos santifica a los ojos de Dios. Es la misión del
Espíritu Santo en el mundo, santificar, consagrar a toda
persona y comunidad para la adoración "en Espíritu
y en verdad" (Jn 4:24). En la fuerza transformadora de la
consagración, la efusión de la communio divina revela
el sentido claro de una nueva cultura - una vida y un mundo idóneos
para morada de la vida Trinitaria de Dios.
Luego, sigue la Epiklesis del Memorial. "Haced esto en memoria
de mí". No vivimos sencillamente del presente: vivimos
con una conciencia firme del pasado, de todo lo que el Padre ha
hecho por nosotros en Jesucristo. Cuando celebramos este memorial
de la acción salvadora de Dios, esta realidad salvífica
la encontramos de nuevo por medio de la presencia del Espíritu
que nos introduce en la vida del Señor Resucitado, se anticipa
el futuro del mundo y se recibe la nueva cultura de vida.
La consagración, la santificación y el memorial,
efectuados por el Espíritu Santo, nos preparan para la
Epiklesis de la Comunión. Antes de recibir el Cuerpo y
Sangre del Señor oramos diciendo:
Señor, yo no soy digno de que vengas a mí
Pero dí tan sólo una palabra y quedaré sanado.
(Liturgia romana, Rito de Comunión).
Esta breve oración resume todos los otros momentos de
Epiklesis; Perdón, Palabra, Intercesión, Ofrecimiento
y Consagración. La comunión con Jesús muerto
y resucitado es también comunión con el Espíritu
que da vida (Rom 8:9-11).
La invocación final es la Epiklesis de la Misión.
El Espíritu de Dios es la energía y el dinamismo
de toda misión en el mundo. "Misión" es
la manera como vivimos nuestra consagración bautismal en
el mundo - como casados, como obispos, como sacerdotes o diáconos,
como personas solteras, como personas consagradas por los votos
- con la energía e impulso del Espíritu Santo.
Habiendo sido preparados por la persistente invocación
al Espíritu Santo de Dios y habiendo sido alimentados con
el Cuerpo y Sangre del Señor, los bautizados ahora son
enviados, por la fuerza de este mismo Espíritu Santo a
evangelizar y a transformar la sociedad. El Pueblo de Dios mora
de esta "forma evangélica". Juntos, como peregrinos
reunidos en la Eucaristía, cada día continuamos
nuestra peregrinación de perdón, de la palabra,
de intercesión, de ofrecimiento, de consagración,
de comunión, y ahora de misión. ¿Cuál
es el contexto de esa misión hoy? ¿Cual es el mundo
que la Eucaristía tiene que informar y transformar?
En un mundo constantemente en búsqueda de libertad, cada
día vivimos más y más en una sociedad globalizada.
Como nunca, actualmente, la raza humana está más
relacionada con la economía y la política, la cultura
y la comunicación. Pero esta relación no es necesariamente
una relación personal. El fin de la actividad económica
y política hoy, aporta con sí la oportunidad de
unir a la familia humana en justicia y amor. Pero también
aporta el peligro de un orden en el cual se excluye a los pobres
de la participación en los bienes de la tierra y así
no pueden disfrutar de la libertad que Dios desea para nosotros.
La globalización no será globalización con
solidaridad, a menos que la Iglesia evangelice de una manera nueva.
Es la Eucaristía la que nos da el valor para evangelizar,
porque el fin de nuestra unión humana ya está presente
en la misma Eucaristía, la Iglesia puede ser el sacramento
de unidad para la raza humana.
Al entregarse a sí mismo libremente por nuestra salvación
y enviando al Espíritu Santo, Cristo nos hace libres; pero
la libertad evangélica es mayor que la libertad como la
entiende este mundo. En Cristo, somos libres para actuar, para
hacer lo que necesitamos hacer, para hacer lo que debemos hacer.
El mundo entiende esta libertad, como libertad para actuar; pero
si limitamos la libertad a las acciones deseadas por cada uno,
el mundo se convierte en un lugar fragmentado. La acción
de cada uno de queda limitada por la acción de los demás,
y entonces toda acción se negocia, con frecuencia, aun
en una corte legal, así la vida se convierte en un lucha
de voluntades.
La libertad en Cristo es mucho más que la libertad de
hacer. Es también libertad para dar totalmente, aun hasta
el punto del sacrificio propio, como Cristo se entregó
a la muerte de cruz. El mundo entiende la generosidad y con frecuencia
la premia. El mundo tiene mayor dificultad en entender el sacrificio
de sí mismo. La crisis del matrimonio cristiano, de la
vida consagrada y del sacerdocio ordenado es una crisis de libertad
cristiana, la libertad de entregarse a sí mismo totalmente
a Dios, al esposo o esposa, a la Iglesia.
La libertad del Evangelio es libertad para hacer, libertad para
dar, y finalmente libertad para recibir. Esta dimensión
de la libertad en Cristo es un mayor problema hoy, porque recibir
significa reconocer que tenemos necesidad, y a nadie le gusta
reconocer eso. Sin embargo, si no somos libres para recibir, no
podemos ser libres en Cristo, porque en -Cristo todo es don: el
Evangelio, los sacramentos de la Iglesia, el gobierno apostólico,
la Iglesia misma - todo es don. Ser libres significa recibir los
dones que Cristo nos concede. Si no somos también libres
para recibir a todos aquellos a quienes Cristo ama, no somos libres
en Cristo. Toda diferencia humana es un don para todos, y debe
ser acogida, deseada, recibida por todos. En el Cuerpo de Cristo
todos dan y todos reciben. Todos tienen algo que compartir y todos
tienen necesidad.
La libertad para hacer, la libertad para dar, la libertad para
recibir - todo esto es libertad en Cristo, que murió y
resucitó para liberarnos y nos llama a que experimentemos
esta libertad en cada celebración eucarística, ofrecida
por la salvación del mundo. ¿Demasiado bueno para
ser verdad? No, no para aquellos que han sido liberados por Cristo
y la acción del Espíritu Santo para ser levadura
para todo el mundo. Al proclamar al Señor Eucarístico,
descubrimos una y otra vez, quiénes somos y qué
hemos sido llamados a ser. Todo es don, pero también todo
es verdad. "El que obra la verdad va a la luz, para que quede
de manifiesto que sus obras están hechas según Dios"
(Jn 3:21).
La Eucaristía es la gran obra realizada por Dios. Lo veremos
claramente cuando todo el mundo, por medio de la misión
evangelizadora de la Iglesia, sea una asamblea eucarística,
una cultura nueva de gracia, formada por todos aquellos que Cristo
ama y a quien ha liberado.
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo di Chicago
Basílica de San Juan en Letrán
Martes, 20 de junio 2000
Traducción del original inglés
A cargo del Pontificio Comité para los
Congresos Eucarísticos Internacionales
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