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Eucaristía fuente y culmen de la Evangelización
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Cardenal FRANCIS GEORGE, OMI
LA EUCARISTÍA EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO

Introducción

Hace algunos años, fui a visitar a un misionero Oblato en Zambia. Había llegado allí hacía un año. Era mi buen amigo y me contó acerca del país y de la misión, de la gente a quien servía en las orillas del Rio Zambesi. Su ministerio era de mucho consuelo para él especialmente cuando podía celebrar la Eucaristía con la gente, tanto en la pequeña Iglesia de la Misión como en los poblados. Sin embargo, a veces estaba preocupado por los problemas de la gente, no sólo como individuos sino como familias, pero también por los problemas de la sociedad en general. Zambia no se había ajustado bien al nuevo orden económico global. La gente que tenía a su cargo apenas podía sobrevivir con la agricultura. Toda una generación de padres jóvenes estaba muriendo del SIDA. La deuda del país significaba recortar gastos de educación y salud.

Una mañana, después de la Misa, el Padre regresó a su casa y yo me quedé a la orilla del rio para dar gracias a Dios por la hermosura de la naturaleza en este país tan probado. Vinieron cuatro hombres que salieron de la selva y se me acercaron y me preguntaron dónde podrían encontrar al sacerdote. Les indiqué la casa que estaba al lado de la Iglesia y tres de ellos se fueron allí. El cuarto se quedó conmigo y comenzamos a hablar. Yo no hablaba su lengua, desgraciadamente, pero él hablaba un poco de inglés. Cuando le pregunté por su familia, su trabajo, él repitió muchas de las dificultades de las cuales ya me había hablado mi amigo. Después le pregunté por qué él y sus compañeros habían venido a hablar con el Padre. Él me explicó que habían oido muchas historias en su poblado, algunas de ellas acerca de Jesús y el Evangelio y la Iglesia. Habían venido para pedirle al padre alguna información de su religión. Luego le pregunté por qué él no había ido con sus compañeros a ver al padre. Me respondió, "Oh, yo he pensado acerca de lo que hemos oido, aun cuando veníamos en camino hacia aquí, y he decidido que eso no es para mí. No tiene sentido cuando considero mi vida - que Dios nos ama, que Dios se hubiera sacrificado por nosotros, que Dios es más fuerte que los espíritus que nos hacen el mal. No lo creo. Es demasiado bueno para ser verdad".

Muchas veces he pensado en este hombre y he rogado por él todos estos años desde el día de nuestra conversación. No sé si algún día llegó a creer en Dios revelado por Jesucristo; pero lo que él dijo es exacto. Es demasiado bueno para ser verdad, excepto para aquellos cuyos corazones, mentes y almas, han sido tocados de alguna manera y movidos por un Dios que nos ama mucho más de lo que podemos amarnos a nosotros mismos, que está más cerca de nosotros que lo que estamos nosotros.

"El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". El Prólogo del Evangelio de San Juan proclama que el Eterno Logos, el Hijo Unigénito de Dios, quiso entrar en el corazón mismo de la creación de Dios para que todas las cosas puedan ser signo e invitación para entrar en el amor comunitario de la vida Trinitaria de Dios. Jesucristo, nuestro Salvador, no está separado, lejos de su creación; entra en su misma vida para que se pueda ver que todo lo que Dios ha hecho existe para nuestra salvación. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Sí, excepto para aquellos que, con los ojos de la fe, ven el mundo como Cristo lo ve.
La Sagrada Escritura también nos dice que el que nació de la Virgen María, sufrió, murió y ahora ha resucitado. Jesús, que fue clavado en la cruz ha resucitado de entre los muertos y vive para siempre. Ha vencido las cadenas del pecado y de la muerte, la última barrera, y ahora vive completamente libre. Reflexionemos sobre las apariciones del Señor Resucitado a aquellos que lo conocieron mejor antes de ser crucificado. Es verdaderamente Jesús, con las llagas de su crucifixión todavía visibles en su cuerpo resucitado. Sin embargo, a la vez, es tan diferente que sus compañeros más cercanos, con frecuencia, no lo reconocen. Es el mismo Jesús que desayuna y cena, y las puertas cerradas no le impiden entrar. El entra y sale como quiere. Es completamente libre.

El Señor Resucitado es, pues, libre para cumplir su promesa a sus discípulos: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos". El Señor Resucitado jamás abandonará a su pueblo. Los que descubren la propia identidad en la relación personal con Jesús nunca se sentirán solos o abandonados. ¿Cómo podrían estarlo? El Resucitado está siempre dónde Él quiere estar. Habiendo asumido la naturaleza humana como Nuevo Adán, ahora llena el cosmos como Señor Resucitado. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Sí, a no ser que nuestras aspiraciones hayan sido transformadas por la esperanza de la gloria en la cual vive Jesús Resucitado y que nos la ofrece.

Este Jesús también ha prometido: "Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. El Señor Resucitado ha establecido una comunidad de creyentes para que sean signo e instrumento de salvación, para que sean el medio del amor salvador de Dios para transformar la creación. Cuando la Iglesia vive visiblemente por medio, con y en su Señor Resucitado, se revela como el cuerpo vivo en todas las generaciones. Cuando la Iglesia se reúne para celebrar los sacramentos, Cristo continúa a actuar entre nosotros. Cristo Resucitado bautiza y perdona el pecado y envía al Espíritu Santo para sellarnos como miembros de la Iglesia. Es Cristo el que consuela y sana a los enfermos, el que une a un hombre y a una mujer para que vivan unidos toda la vida y es Él quien ordena a los ministros para la Iglesia. Es Cristo quien hace presente su propio sacrificio sobre la cruz, para que podamos nosotros unirnos a él. Cada uno de los sacramentos es una acción de Cristo Resucitado, que se une a su Cuerpo, la Iglesia.

De manera única, la Eucaristía es al mismo tiempo la acción y la presencia permanente del Señor. En la Eucaristía, Cristo se entrega como alimento para nuestro camino, como nuestro pan cotidiano, como banquete, que nos une a todos como peregrinos. Cristo nunca viene solo a nosotros. Cristo viene con el Padre y el Espíritu Santo. María, la Madre de Cristo y nuestra madre acompaña a su Hijo. Todos los ángeles y santos, que nos han precedido en la fe, juntamente con las almas del Purgatorio se unen en esta grande comunión. Además, todos los que son el Cuerpo visible de Cristo a través de todo mundo hoy, están unidos en el don divino del amor. Nosotros, pues, nunca vamos a Jesús solos. En la Eucaristía, claramente, somos miembros de un cuerpo, piedras vivas de un templo, el pueblo reunido de Dios. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Sí, excepto para aquellos cuyos corazones se han abierto hacia fuera por la unidad que se concede a aquellos que saben que Dios los ama y que han llegado a sentir su unión con tantos que son hermanos y hermanas del Señor Resucitado.

La Eucaristía en la Vida y Pensamiento de la Iglesia

Hoy día, varias cuestiones sobre la fe y práctica eucarística se discuten fuertemente en muchos campos de la vida eclesial. Quizá, cuando menos en los Estados Unidos, porque algunos han descuidado mucho predicar y enseñar sobre la Eucaristía. Quizá algunos no han fomentado la devoción eucarística fuera de la celebración de la Misa. Quizá, la práctica litúrgica sufre por la falta de una preparación orante y de atención devota. Quizá algunos tienen cierta confusión y no saben explicar exactamente lo que la Iglesia enseña acerca de la Sagrada Eucaristía. Cualquiera que sea la razón, existe un deseo creciente entre muchos católicos de una mayor claridad y visión acerca de nuestra fe y visión eucarísticas. Agradezco su presencia en este Congreso Eucarístico Internacional, convocado por nuestro Santo Padre el Papa Juan Pablo II. Esta celebración eucarística jubilar nos da esperanza a todos. Expresa nuestra fe y profundiza nuestro amor a la presencia viva de Cristo entre nosotros.

En cierta manera, las tensiones y confusiones contemporáneas acerca de la Eucaristía no deben sorprendernos. Tensión y confusión han existido desde el principio: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?…Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él" (Jn 6: 60,66). La tensión se hizo intolerable cuando Jesús comenzó a usar un lenguaje realista acerca de comer su carne y beber su sangre. Frente a la confusión de sus discípulos, Jesús sólo intensificó su lenguaje; no hizo ningún esfuerzo por suavizar o diluir su significado.

El realismo eucarístico fue claramente entendido y aceptado por la Iglesia Apostólica. Compartiendo la carne real, sacrificada y resucitada de Cristo y su sangre derramada en la cruz, la Iglesia se convierte en un Cuerpo vivo. No en cuerpo en sentido sociológico o de organización; la Iglesia se convierte en un cuerpo real, al cual le ha dado existencia la Eucaristía (I Cor 10:16 ss). En las palabras de San Cirilo de Alejandría, precisamente por medio de la Eucaristía, "comiendo la Carne de Cristo" nos convertimos en "carne viva". El realismo de Cirilo aun compara la unión entre Cristo y el que recibe la Eucaristía a la fusión de dos globos de cera que se derrite". Cristo desea estar tan cerca de nosotros cuanto el alimento está cerca de nuestros huesos.

En la Eucaristía, la Vida de Cristo se derrama en nuestras vidas para que podamos tener vida nueva como miembros vivos de un cuerpo nuevo en el mundo, el Cuerpo de Cristo. San Ignacio de Antioquia (c. 110 AD) subraya este contexto eclesial, colectivo de la Eucaristía, y los dones que contiene. Él exhorta a la comunidad "animada por una sola fe y en unión con Jesucristo… a que muestre obediencia con mente indivisa al Obispo y al presbítero, y a romper el mismo Pan, que es la medicina de inmortalidad, el antídoto contra la muerte, y es vida perdurable en Jesucristo" (A los Efesios 20, 2)". De hecho, para Ignacio, la Eucaristía es inseparable del ministerio que reúne visiblemente al pueblo y que es responsable de mantener la presencia sacramental de Cristo en la Iglesia (To the Philadelphians 4) (A los de Filadelfia). Nadie, dice Ignacio de Antioquía, puede celebrar la Eucaristía (válidamente) sino el Obispo, " o aquél a quien se lo ha encomendado" (To the Smyrnaeans 8, 1) (A los de Smirna 8, 1).

Este vínculo inseparable entre el realismo eucarístico y la unión eclesial ha llevado a la gran visión patrística de la Eucaristía como vínculo de caridad, unidad y paz, esos signos de una civilización auténtica del amor. San Agustín, en particular, subraya fuertemente esta función "social" de la Eucaristía, "social" en el sentido que el vínculo de amor, de unidad y de paz entre los bautizados es una participación en la communio divina de la vida Trinitaria de Dios. La Eucaristía es el secreto del corazón de la Iglesia y es su consuelo a lo largo de todas las generaciones. En este santísimo sacramento, se descubre la communio divina. El Espíritu Santo que obra através de la Iglesia, santifica los elementos eucarísticos. En la Eucaristía, la muerte sacrificatoria de Cristo está realmente presente, y su poder salvador está vivo y comunica vida. En la Eucaristía, el Padre es adorado en espíritu y verdad. En la Eucaristía, la muerte sacrificatoria y la resurrección de Cristo restauran en nosotros el vínculo de unión y de paz con el Padre (justificación), y hace posible que el amor del Espíritu Santo se derrame en nuestras vidas (santificación).

La idea central de San Agustín es ésta: Comiendo el cuerpo de Cristo y bebiendo su Sangre, nos hacemos uno con él y unos con otros. En la communio eucarística, la Ciudad de Dios, la gran civilización del amor de Dios, se hace visible en la tierra; porque "en lo que [la Iglesia] ofrece, se ofrece a sí misma" (De civitate Dei, X,6). Todo ésto es posible porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. La Eucaristía es el cuerpo y sangre de Cristo glorificado, que sufrió y murió, y ahora comparte en la eternidad de esta Eucaristía celestial, "la gloria ofrecida al Padre por el Hijo que redimió el mundo". En la conciencia católica, la fe en la Eucaristía que contiene y presenta a Cristo Resucitado, que sufrió y murió por nosotros, debe verse en el trasfondo de la creación, específicamente, una creación que lleva a la Encarnación (Jn 1:1-14; Col 1:15-20). Dios Creador entra en su creación y se hace parte de ella. Esta presencia continúa de manera eucarística y sacramental. Es está intrusión de eternidad y trascendencia en el mundo creado lo que establece tanto el tiempo y el espacio de la Eucaristía". La Eucaristía descubre la communio divina del amor Trinitario y nos invita a participar. En este sentido, es una proclamación perpetua de la trascendencia y poder de Dios, manifestado plenamente en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo el Señor (Fil 2:6-11).

Esto es verdad tanto cuando la liturgia eucarística se celebra y atraviesa los límites del tiempo y de la historia, y también cuando la Eucaristía está en el tabernáculo, donde el drama de la salvación no se vuelve a actuar inmediatamente, sino donde Cristo está presente para que lo contemplemos y oremos. Santo Tomás expresa esta dimensión contemplativa de la Eucaristía en una frase evocadora tomada de Aristóteles: "Es la ley de la amistad que los amigos vivan juntos" (Summa theologiae III, q. 75, a. 1). Ésta es la razón por la cual la devoción a la Eucaristía, fuera de la liturgia eucarística, es un elemento indispensable de la espiritualidad católica. Es también por lo cual toda vida de devoción debe, de alguna manera, estar vinculada a la Eucaristía.

En Cristo Jesús, el Padre desea habitar en el corazón de la realidad, en lo más profundo de nuestro ser. La Presencia Real de Cristo en la Eucaristía es "la presencia de todo el misterio del ser y obrar de Dios". Cristo cumple dos cosas en este sacramento: glorifica a su Padre y comparte su vida con nosotros.

La Liturgia Eucarística como el Lugar para la Evangelización

Cristo Resucitado es el Señor Eucarístico. Siendo libre él, quiere que nosotros también seamos libres. Libres ¿para qué? Hemos sido creados libres para adorar y glorificar a Dios. Se nos ha dado la libertad para evangelizar y para convertir los corazones humanos y así transformar el mundo. La estructura misma de la liturgia eucarística revela la dinámica de una cultura nueva.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que "la Eucaristía es la fuente y cima de toda evangelización" (Presbyterorum ordinis, II, 5). Pienso que una manera de comprender esta profundidad evangélica en la liturgia eucarística es "seguir," "captar" como quien dice, la presencia del Espíritu Santo en la liturgia. Es el Espíritu Santo que gime para liberarnos y que está presente en todos los momentos decisivos de la vida de Cristo. En la Encarnación de nuestro Salvador, en su vida en el mundo, su muerte y resurrección, se ve a Jesús haciendo la Voluntad de su Padre bajo la guía, dirección, incitación y ayuda del Espíritu Santo.

La palabra que el Nuevo Testamento utiliza para invocar al Espíritu Santo es epikalein, "implorar, suplicar". "Invocar" o "suplicar" es un epiklesis. Imaginar que están ahora ustedes en la Misa. Durante la celebración, hay cuando menos ocho momentos cuando explícita o implícitamente invocamos al Espíritu Santo de Dios, el Espíritu que nos libera y que renueva la faz de la tierra.

El primer momento es la Epiklesis del Perdón. El Rito Penitencial es siempre una invocación implícita del Espíritu Santo porque es una oración pidiendo perdón. El Espíritu Santo es enviado a nosotros para el perdón de los pecados (Jn. 20:22-23). Este momento de perdón es esencial a la nueva cultura de la vida crisitana, y por expreso mandato de Jesús, es esencial para la liturgia (Mt 5:23-24).

Constantemente hemos de recordar que somos pecadores y que tenemos necesidad del perdón. Si, como individuos y como comunidad, no somos concientes de nuestras faltas, o si sencillamente las ignoramos, invariablemente las cargamos sobre la vida de los demás, y realmente no tenemos derecho a la misericordia y perdón de Dios. Entonces el verdadero drama de la salvación de Dios revelada en Jesucristo se apaga, enmudece; la humildad necesaria para la adoración perfecta "en Espíritu y en verdad" (Jn 4:23) queda debilitada. El amor reconciliador es, pues el primer fruto de la communio divina.

El segundo momento es la Epiklesis de la Palabra., Esto se refiere al punto de la liturgia cuando proclamamos directamente la Sagrada Escritura, "inspirada y útil para la instrucción y para crecer en santidad" (2 Tim 3;16). Nuestra profesión de fe describe la obra del Espíritu: "Él ha hablado por medio de los profetas". Respondemos a la Escritura inspirada, y conformamos nuestras vidas a la enseñanza de Jesús; pero, al hacer esto, de hecho nos encontramos con Jesús por medio del Espíritu que sopla a través de las Escrituras. El Espíritu Santo conforma nuestras vidas a la Palabra de Dios. La homilía, que explica las Escrituras y las relaciona directamente con la vida de la asamblea, es una palabra integral de la adoración eucarística.

El tercer momento es la Epiklesis de Intercesión . Esta invocación incluye la lectura de las Escrituras: comienza con la oración de entrada y concluye con las intercesiones generales. Ésta es otra invocación implícita al Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo lleva toda oración a Dios (Rom 8:26-27). Orar significa aceptar la gracia que nos transforma. Nuestro espíritu, unido con el Espíritu Santo, participa en el drama santo revelado en Jesucristo. Somos introducidos en la acción salvífica que Dios realiza en la historia, donde el Espíritu Santo transforma nuestra historia personal y social.

La oración misma es una forma de instrucción y de evangelización. La oración purifica nuestros deseos; abre el mundo a la acción transformadora de Dios, que obra sobre nuestra libertad humana. Dios no se nos impone; nosotros hemos de pedirle. Nuestra oración, por lo tanto, debe llegar constantemente hasta las partes más lejanas de la creación de Dios. Debe gemir en toda miseria humana y regocijarse en todo gozo humano.

El siguiente momento es la Epiklesis del Ofertorio. Llevamos dos dones materiales, pan y vino y, por medio de la fuerza del Espíritu, pedimos que se conviertan en el "pan de vida" y en nuestra "bebida espiritual".

Por una parte estos dones nos representan, ya que aspiramos a una mayor transformación eucarística. El pan representa todos nuestros esfuerzos humanos que contribuyen a la construcción de la civilización del amor en este mundo. El vino representa todo el dolor, el sufrimiento y la muerte inherentes en el desempeño de esta tarea --todo de nuevo abrazado por el Cuerpo Eucarístico del Señor.

Por otra parte, el pan y el vino representan la creación material, que espera su propia transformación eucarística, "una participación en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom 8:19-23). La presencia del Espíritu en este momento de ofrecimiento con frecuencia se hace explícita en la oración sobre los dones, que concluye nuestra preparación del altar y de los dones.

La Epiklesis del Ofertorio se dirije directamente a la siguiente invocación, la Epiklesis de la Consagración . El Espíritu Santo efectúa la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre del Señor. La palabra consacratio - que significa "ser santo juntamente con" - contiene el sentido más profundo de la experiencia del Espíritu Santo en la persona individualmente, en la Iglesia y en el mundo. El Espíritu Santo es el Santificador, el que nos santifica a los ojos de Dios. Es la misión del Espíritu Santo en el mundo, santificar, consagrar a toda persona y comunidad para la adoración "en Espíritu y en verdad" (Jn 4:24). En la fuerza transformadora de la consagración, la efusión de la communio divina revela el sentido claro de una nueva cultura - una vida y un mundo idóneos para morada de la vida Trinitaria de Dios.

Luego, sigue la Epiklesis del Memorial. "Haced esto en memoria de mí". No vivimos sencillamente del presente: vivimos con una conciencia firme del pasado, de todo lo que el Padre ha hecho por nosotros en Jesucristo. Cuando celebramos este memorial de la acción salvadora de Dios, esta realidad salvífica la encontramos de nuevo por medio de la presencia del Espíritu que nos introduce en la vida del Señor Resucitado, se anticipa el futuro del mundo y se recibe la nueva cultura de vida.

La consagración, la santificación y el memorial, efectuados por el Espíritu Santo, nos preparan para la Epiklesis de la Comunión. Antes de recibir el Cuerpo y Sangre del Señor oramos diciendo:

Señor, yo no soy digno de que vengas a mí
Pero dí tan sólo una palabra y quedaré sanado.
(Liturgia romana, Rito de Comunión).

Esta breve oración resume todos los otros momentos de Epiklesis; Perdón, Palabra, Intercesión, Ofrecimiento y Consagración. La comunión con Jesús muerto y resucitado es también comunión con el Espíritu que da vida (Rom 8:9-11).

La invocación final es la Epiklesis de la Misión. El Espíritu de Dios es la energía y el dinamismo de toda misión en el mundo. "Misión" es la manera como vivimos nuestra consagración bautismal en el mundo - como casados, como obispos, como sacerdotes o diáconos, como personas solteras, como personas consagradas por los votos - con la energía e impulso del Espíritu Santo.

Habiendo sido preparados por la persistente invocación al Espíritu Santo de Dios y habiendo sido alimentados con el Cuerpo y Sangre del Señor, los bautizados ahora son enviados, por la fuerza de este mismo Espíritu Santo a evangelizar y a transformar la sociedad. El Pueblo de Dios mora de esta "forma evangélica". Juntos, como peregrinos reunidos en la Eucaristía, cada día continuamos nuestra peregrinación de perdón, de la palabra, de intercesión, de ofrecimiento, de consagración, de comunión, y ahora de misión. ¿Cuál es el contexto de esa misión hoy? ¿Cual es el mundo que la Eucaristía tiene que informar y transformar?

En un mundo constantemente en búsqueda de libertad, cada día vivimos más y más en una sociedad globalizada. Como nunca, actualmente, la raza humana está más relacionada con la economía y la política, la cultura y la comunicación. Pero esta relación no es necesariamente una relación personal. El fin de la actividad económica y política hoy, aporta con sí la oportunidad de unir a la familia humana en justicia y amor. Pero también aporta el peligro de un orden en el cual se excluye a los pobres de la participación en los bienes de la tierra y así no pueden disfrutar de la libertad que Dios desea para nosotros. La globalización no será globalización con solidaridad, a menos que la Iglesia evangelice de una manera nueva. Es la Eucaristía la que nos da el valor para evangelizar, porque el fin de nuestra unión humana ya está presente en la misma Eucaristía, la Iglesia puede ser el sacramento de unidad para la raza humana.
Al entregarse a sí mismo libremente por nuestra salvación y enviando al Espíritu Santo, Cristo nos hace libres; pero la libertad evangélica es mayor que la libertad como la entiende este mundo. En Cristo, somos libres para actuar, para hacer lo que necesitamos hacer, para hacer lo que debemos hacer. El mundo entiende esta libertad, como libertad para actuar; pero si limitamos la libertad a las acciones deseadas por cada uno, el mundo se convierte en un lugar fragmentado. La acción de cada uno de queda limitada por la acción de los demás, y entonces toda acción se negocia, con frecuencia, aun en una corte legal, así la vida se convierte en un lucha de voluntades.

La libertad en Cristo es mucho más que la libertad de hacer. Es también libertad para dar totalmente, aun hasta el punto del sacrificio propio, como Cristo se entregó a la muerte de cruz. El mundo entiende la generosidad y con frecuencia la premia. El mundo tiene mayor dificultad en entender el sacrificio de sí mismo. La crisis del matrimonio cristiano, de la vida consagrada y del sacerdocio ordenado es una crisis de libertad cristiana, la libertad de entregarse a sí mismo totalmente a Dios, al esposo o esposa, a la Iglesia.

La libertad del Evangelio es libertad para hacer, libertad para dar, y finalmente libertad para recibir. Esta dimensión de la libertad en Cristo es un mayor problema hoy, porque recibir significa reconocer que tenemos necesidad, y a nadie le gusta reconocer eso. Sin embargo, si no somos libres para recibir, no podemos ser libres en Cristo, porque en -Cristo todo es don: el Evangelio, los sacramentos de la Iglesia, el gobierno apostólico, la Iglesia misma - todo es don. Ser libres significa recibir los dones que Cristo nos concede. Si no somos también libres para recibir a todos aquellos a quienes Cristo ama, no somos libres en Cristo. Toda diferencia humana es un don para todos, y debe ser acogida, deseada, recibida por todos. En el Cuerpo de Cristo todos dan y todos reciben. Todos tienen algo que compartir y todos tienen necesidad.

La libertad para hacer, la libertad para dar, la libertad para recibir - todo esto es libertad en Cristo, que murió y resucitó para liberarnos y nos llama a que experimentemos esta libertad en cada celebración eucarística, ofrecida por la salvación del mundo. ¿Demasiado bueno para ser verdad? No, no para aquellos que han sido liberados por Cristo y la acción del Espíritu Santo para ser levadura para todo el mundo. Al proclamar al Señor Eucarístico, descubrimos una y otra vez, quiénes somos y qué hemos sido llamados a ser. Todo es don, pero también todo es verdad. "El que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3:21).

La Eucaristía es la gran obra realizada por Dios. Lo veremos claramente cuando todo el mundo, por medio de la misión evangelizadora de la Iglesia, sea una asamblea eucarística, una cultura nueva de gracia, formada por todos aquellos que Cristo ama y a quien ha liberado.
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo di Chicago

Basílica de San Juan en Letrán
Martes, 20 de junio 2000

Traducción del original inglés
A cargo del Pontificio Comité para los
Congresos Eucarísticos Internacionales

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