| LA EUCARISTIA, FUENTE DEL COMPROMISO
MISIONERO DE LA IGLESIA
1. "Jesucristo, único Salvador del mundo, pan para
la vida nueva": este es el tema del XLVII Congreso eucarístico
internacional, que comenzó el domingo pasado y terminará
el próximo domingo con la Statio orbis en la plaza de San
Pedro.
El Congreso sitúa la Eucaristía en el centro del
gran jubileo de la Encarnación y manifiesta toda su profundidad
espiritual, eclesial y misionera. En efecto, la Iglesia y todos
los creyentes encuentran en la Eucaristía la fuerza indispensable
para anunciar y testimoniar a todos el Evangelio de la salvación.
La celebración de la Eucaristía, sacramento de la
Pascua del Señor, es en sí misma un acontecimiento
misionero, que introduce en el mundo el germen fecundo de la vida
nueva.
San Pablo, en la primera carta a los Corintios, recuerda explícitamente
esta característica misionera de la Eucaristía:
"Cada vez que coméis este pan y bebéis este
cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta
que venga" (1 Co 11, 26).
2. La Iglesia recoge esas palabras de san Pablo en la doxología
después de la consagración. La Eucaristía
es sacramento "misionero", no sólo porque de
ella brota la gracia de la misión, sino también
porque encierra en sí misma el principio y la fuente perenne
de la salvación para todos los hombres. Por tanto, la celebración
del sacrificio eucarístico es el acto misionero más
eficaz que la comunidad eclesial puede realizar en la historia
del mundo.
Toda misa concluye con el mandato misionero "id", "ite,
missa est", que invita a los fieles a llevar el anuncio del
Señor resucitado a las familias, a los ambientes de trabajo
y de la sociedad, y al mundo entero. Precisamente por eso en la
carta Dies Domini invité a los fieles a imitar el ejemplo
de los discípulos de Emaús, los cuales, después
de reconocer "en la fracción del pan" a Cristo
resucitado (cf. Lc 24, 30-32), sienten la exigencia de ir inmediatamente
a compartir con todos sus hermanos la alegría de su encuentro
con él (cf. n. 45). El "pan partido" abre la
vida del cristiano y de toda la comunidad a la comunión
y a la entrega de sí por la vida del mundo (cf. Jn 6, 51).
Es precisamente la Eucaristía la que realiza ese vínculo
inseparable entre comunión y misión, que hace de
la Iglesia el sacramento de la unidad de todo el género
humano (cf. Lumen gentium, 1).
3. Hoy es particularmente necesario que, mediante la celebración
de la Eucaristía, todas las comunidades cristianas adquieran
la convicción interior y la fuerza espiritual para salir
de sí mismas y abrirse a otras comunidades más pobres
y necesitadas de apoyo en el campo de la evangelización
y de la cooperación misionera, favoreciendo el fecundo
intercambio de dones recíprocos que enriquece a toda la
Iglesia.
También es muy importante discernir, a partir de la Eucaristía,
las vocaciones y los ministerios misioneros. Siguiendo el ejemplo
de la primitiva comunidad de Antioquía, reunida "en
la celebración del culto del Señor", toda comunidad
cristiana está llamada a escuchar al Espíritu y
aceptar sus inspiraciones, reservando para la misión universal
las mejores fuerzas de sus hijos, enviados con alegría
al mundo y acompañados por la oración y el apoyo
espiritual y material que necesitan (cf. Hch 13, 1-3).
La Eucaristía es, además, una escuela permanente
de caridad, de justicia y de paz, para renovar en Cristo al mundo
que nos rodea. La presencia del Resucitado proporciona a los creyentes
la valentía para ser promotores de solidaridad y de renovación,
contribuyendo a cambiar las estructuras de pecado en las que las
personas, las comunidades y, a veces, pueblos enteros, están
sumergidos (cf. Dies Domini, 73).
4. Por último, en esta reflexión sobre el significado
y el contenido misionero de la Eucaristía no puede faltar
la referencia a esos singulares misioneros y testigos de la fe
y del amor de Cristo que son los mártires. Las reliquias
de los mártires, que desde la antigüedad se colocan
bajo el altar, donde se celebra el memorial de la "víctima
inmolada por nuestra reconciliación", constituyen
un claro signo del vigor que brota del sacrificio de Cristo. A
cuantos se alimentan del Señor esta energía espiritual
los impulsa a dar su propia vida por él y por sus hermanos,
mediante la entrega total de sí, si fuera necesario, hasta
la efusión de la sangre.
Quiera Dios que el Congreso eucarístico internacional,
por intercesión de María, Madre de Cristo inmolado
por nosotros, reavive en los creyentes la conciencia del compromiso
misionero que brota de la participación en la Eucaristía.
El "cuerpo entregado" y la "sangre derramada"
(cf. Lc 22, 19-20) constituyen el criterio supremo al que siempre
deben y deberán referirse en su entrega por la salvación
del mundo.
Juan Pablo II
Plaza San Pedro, 21 Junio 2000
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