En el año 1990, a los veinticinco años de la conclusión
del Concilio Vaticano II y de la publicación del decreto sobre
la actividad misionera Ad gentes, quince años después
de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de
Pablo VI, su sucesor, Juan Pablo II, ha afirmado: “Quiero invitar
a la Iglesia a un renovado compromiso misionero, siguiendo al respecto
el Magisterio de mis predecesores. El presente Documento se propone
una finalidad interna: la renovación de la fe y de la vida
cristiana. En efecto, la misión – continúa el
Papa - renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana,
da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos
hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la
misión universal” .
El día de Pascua de 1957, Pío XII dirigió a todos
los obispos del mundo, un llamamiento serio y apremiante a favor de
las misiones en África, en un momento histórico en el
que se preveía una inminente descolonización. Esta encíclica,
que en su momento fue muy conocida, hoy, sin embargo, lo es menos
y ha sido casi sustituida por los documentos y las fórmulas
posteriores. Será útil presentar brevemente su contenido.
Tras el preámbulo (sobre el don de la fe que irradia), siguen
cuatro partes. La primera se concentra sobre la situación de
la Iglesia en África, con algunos aspectos particulares: los
resultados de la misión en el pasado, las tareas a realizar,
el análisis de la situación existencial del continente,
los desafíos que afrontar y la escasez de trabajadores en la
mies.
La segunda parte trata las apremiantes necesidades, a las que debe
concurrir toda la Iglesia, con el fin de encontrar soluciones además
de asegurar el desarrollo espiritual y material de los pueblos de
África.
La tercera parte se detiene sobre la importancia del triple compromiso
hacia las misiones que interpela a todos los católicos: la
oración, la generosidad y el don de uno mismo.
La parte final, breve, es una exhortación dirigida a todos
los misioneros.
No es mi intención agotar la riqueza temática de la
encíclica, sino simplemente presentar algunas observaciones
y consideraciones que prueban la actualidad, en ocasiones sorprendente,
del texto pontificio.
Cincuenta años después de su publicación, es
necesario volver una vez más a la dinámica de la encíclica
Fidei Donum del Papa Pío XII. Esta dinámica se desarrolla
internamente entre dos polos, dos puntos de referencia y de motivación,
quedando siempre como motivo conductor el don de la fe. El Catecismo
de la Iglesia Católica recuerda que: La fe es una adhesión
personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión
de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios
ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras. "Creer"
entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad;
a la verdad por confianza en la persona que la atestigua. No debemos
creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo, y Espíritu
Santo .
Por tanto, la fe es siempre la base del ser misionero, una evidencia
que permanece sin comentarios y que, conforme avanzan los debates
entre los misionólogos, cada vez se olvida más. El diálogo
entre las culturas y las religiones, la inculturación, los
ejercicios semánticos, entendidos como método de la
actividad misionera, por una parte, y, por otra, la proclamación
del Reino de Dios, considerado como fin prefijado de la acción,
han hecho perder de vista que el verdadero protagonista de la evangelización
es la persona creyente que, inspirada por el Espíritu Santo,
da testimonio sobre todo de su propia fe.
El primer polo, por lo tanto, es la fe. En la actividad misionera
de la Iglesia, incluso en el compromiso de un misionero en particular
y en lo concreto de su vida cotidiana, la motivación es una
fuera motriz y causal. Su carencia tiene como origen un decaimiento
del sentido de ser y del actuar como misionero, expuesto siempre a
una larga serie de contrariedades.
El texto de la encíclica Fidei Donum ofrece esta doble visión,
es decir, la motivación que proviene de la consciencia teológica,
y la que deriva del conocimiento contextual del tiempo y el ámbito
del compromiso del misionero; en otras palabras, de su lectura de
la situación ofrecida, encontrada y encomendada, por la Providencia
Divina.
La mención de la Providencia Divina nos recuerda siempre que
no existe jamás la evangelización sin fe. “El
don de la fe, al cual siguen en las almas por gracia de Dios tan incomparables
riquezas, exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud al Señor,
su divino Autor. (...) ¿Qué ofreceremos, pues, al Señor
a cambio de este don divino, además del homenaje de la mente,
si no es nuestro celo en difundir cada vez más entre los hombres
el esplendor de la verdad divina?”
Queda claro, por tanto, que, como primer motivo del actuar del misionero,
se presenta la actitud de gratitud, por respeto a Dios y a su prodigalidad,
por la efusión del don recibido en abundancia (la gratitud
es una actitud en la Escritura: ex. Tb 12,6; S.; Col 3,15 ss.). La
fe, el inestimable don, condiciona “en cierto modo la primera
respuesta de nuestra gratitud para con Dios, al comunicar a nuestros
hermanos la fe que nosotros hemos recibido” . La estructura
dialógica de la motivación misionera, vista como respuesta,
como reacción a los dones recibidos, encuentra un desarrollo
posterior en el Decreto Conciliar Ad Gentes: “El hombre debe
responder al llamamiento de Dios, de suerte que no asintiendo a la
carne ni a la sangre, se entregue totalmente a la obra del Evangelio,
pero no puede dar esta respuesta, si no le mueve y fortalece el Espíritu
Santo” .
Es muy importante insistir hoy en la motivación de fe del misionero,
sin la cual los demás elementos constitutivos de la vocación
misionera pierden su fundamento. Sin la fe, resulta ilusoria la adhesión
vital y comunitaria a las verdades reveladas por el Señor,
como pide la Evangelii Nuntiandi, como también la adhesión
“al reino, es decir, al ‘mundo nuevo’, al nuevo
estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir juntos, que inaugura
el Evangelio” .
Sin la fe, la docilidad al Espíritu Santo, protagonista principal
de la evangelización, se convierte en problemática.
De hecho, tras el Concilio Vaticano II, el Magisterio de la Iglesia
recuerda periódicamente el papel decisivo de la fe como primer
paso hacia la misión. Refiriéndonos a la pregunta de
Juan Pablo II, sobre el “¿para qué la misión?”,
podemos dar una respuesta que surge de nuestra fe y de nuestra experiencia
de la Iglesia, “abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación.
(...) La misión es un problema de fe, es el índice exacto
de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros” . Con esta
afirmación el Papa vuelve a lo esencial.
La misión es sobre todo una necesidad del corazón y
un deber, en ocasiones pesado, de la caridad.
Otro importante motivo del compromiso misionero es la visión
y la consciencia de la Iglesia, como las desarrolla el autor de la
encíclica “Mystici Corporis”: “Como en nuestro
organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los demás
sufren con él, aportando los miembros sanos su ayuda a los
que están enfermo, de igual forma en la Iglesia cada miembro
no vive únicamente para sí, sino que ayuda a los demás
y todos se ayudan recíprocamente para su consolación
mutua, como también para un mejor desarrollo de todo el cuerpo”
El Papa Pío XII se dirige así a los obispos del mundo
y, a través de ellos, a todos los potenciales misioneros, subrayando
que la solidaridad en la Iglesia se basa en la caridad estimulante
de Cristo. Se pueden encontrar afirmaciones parecidas también
en las enseñanzas del actual Papa Benedicto XVI; especialmente
en la “Deus Caritas est”.
Una Iglesia solidaria, descrita como “Fratenidad de Cristo”
en la primera carta de Pedro (1 Pd 2,17 y 5,9), como “Iglesia-hermana”
según la tradición patrística , también
era vivida en los primeros siglos como “Ecclesia Mater”,
una denominación amorosa de la que dan testimonio también
los mosaicos del siglo IV en el África Proconsular.
La Iglesia es inseparable de Cristo. Quien ama a Cristo es sensible
a su mandato dirigido a Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta
mis ovejas” (Jn 21, 16-18). La misión universal personalizada
por el sucesor de Pedro implica a todos aquellos a los que se han
transmitido las palabras del Señor: “Como el Padre me
envió, así os envío yo” (Jn 20,21) . “Existe,
por tanto, un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización.
Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su
cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella,
ni mucho menos contra ella” .
Otra razón de motivación del misionero, que pertenece
al polo teológico, es la catolicidad de la Iglesia como afirma
uno de los artículos de nuestro Credo. “El espíritu
misional y el espíritu católico, decíamos hace
ya algún tiempo, son una misma cosa. La catolicidad es una
nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta tal punto que un cristiano
no es verdaderamente afecto y devoto a la Iglesia si no se siente
igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche
raíces y florezca en todos los lugares de la tierra”
.
Nos llega, por tanto, una advertencia contra el individualismo que
domina la cultura contemporánea. “Cuando se habla de
la Iglesia, Nada, pues, es más extraño a la Iglesia
de Jesucristo que la división; nada es más nocivo para
su vida que el aislamiento, que el concentrarse en sí misma”
El Papa Pablo VI, 18 años después, volvía a retomar
esta advertencia en la Evangelii Nuntiandi, en la que el Papa advierte
que “como demuestra la historia, cada vez que tal o cual Iglesia
particular, a veces con las mejores intenciones, con argumentos teológicos,
sociológicos, políticos o pastorales, o también
con el deseo de una cierta libertad de movimiento o de acción,
se ha desgajado de la Iglesia universal y de su centro viviente y
visible, muy difícilmente ha escapado —si es que lo ha
logrado— a dos peligros igualmente graves: peligro, por una
parte, de aislamiento esterilizador y también, a corto plazo,
de desmoronamiento (…) y, por otra parte, peligro de perder
su libertad… desgajada del centro (…) quedando sola frente
a las fuerzas más diversas de servilismo y explotación”.
Además “los cristianos más sencillos, más
evangélicos, más abiertos al verdadero sentido de la
Iglesia, - continúa Pablo VI- tienen una sensibilidad espontánea
con respecto a esta dimensión universal (…) y sufren
en lo más hondo de sí mismos cuando, en nombre de teorías
que ellos no comprenden, se les quiere imponer una iglesia desprovista
de esta universalidad, iglesia regionalista, sin horizontes”
.
La afirmación de Pío XII: “Una comunidad cristiana
que dona a sus hijos y a sus hijas a la Iglesia no puede morir”.
El espíritu misionero se basa en las virtudes teologales ,
que abren al cristiano al soplo del Espíritu Santo, en el que
se fundamenta la Iglesia. Así, la vocación misionera
y el mismo misionero, son el don de la fe – Fidei Donum.
Por analogía, podemos decir, sin riesgo a equivocarnos, que
el “triple deber misionero”, desarrollado ampliamente
por el autor de la encíclica , es el fruto del Espíritu
y se presenta como una manifestación, una exteriorización
personalizada de la dilatación del corazón humano. Este
triple deber está constituido por la oración, la generosidad
y el don de uno mismo. Es necesario precisar que la animación
misionera ofrecida en la Iglesia a través de las Obras Misionales
se suele articular en estos tres dones, orientaciones y líneas
de crecimiento comunitario y personal. El término “ad
quo” de la acción misionera, a nivel operativo, es precisamente
el don de uno mismo, que expresa el deseo ardiente del Señor:
“Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida
por sus amigos” (Jn 15,13). Este don es lo más grande,
más grande que todo. “Sal de tu país, de tu familia
y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré”
(Gn 12,1). En pocas palabras, se trata de una vocación muy
antigua, que se remonta a Abraham, el Padre de los creyentes.
El don del misionero no pierde su actualidad y necesidad en el mundo
de hoy, incluso ocurre lo contrario: cuando “una libre circulación
de personas y de bienes” se ha convertido en la regla de la
mundialización, los contactos se muestran como una nueva apertura
a la catolicidad de la Iglesia. La capacidad de ser corresponsable
de toda la Iglesia, se considera como un signo y una prueba de la
madurez de las Iglesias particulares, cuando el Cuerpo Místico,
edificado de esta forma, alcanza la plenitud de su madurez en Cristo
(cf. Ef 4,13). “Si quieres amar a Cristo, decía San Agustín,
difunde la caridad por toda la tierra, porque los miembros de Cristo
están en el mundo entero” .
El segundo polo, antropológico este, fuente también
de motivación, es el estado del mundo. Esta mirada siempre
compasiva del Señor la encontramos con frecuencia en el Evangelio:
“Entonces Jesús llamó a sus discípulos
y les dijo: ‘Siento compasión por esta multitud: me siguen
desde hace tres días y no tienen nada que comer. No les quiero
despedir en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’”
(Mt 15, 32).
“Y decía a las multitudes: ‘Cuando veis una nube
aparecer en el horizonte pronto decís: va a llover, y así
ocurre. Y cuando sopla el viento del desierto, decís: hará
calor, y asi ocurre. ¡Hipócritas! ¿Sabéis
juzgar el aspecto del cielo y de la tierra, y no sabéis juzgar
este tiempo?”.
De igual forma, la lectura de diversos textos del Magisterio de la
Iglesia ofrece un análisis de las situaciones de la humanidad
entera, de las gentes de cada continente, país y región.
En ocasiones se habla de las situaciones existenciales de diversas
categorías de personas: enfermos, niños, mujeres, profesionales,
juventud, etc.
De igual forma la metodología de la Constitución sobre
la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes, Luctus et Angor, que
desarrolla una doble visión: las luces y las sombras de la
situación que se vive.
La primera exigencia que el Señor pone a sus discípulos
es la de mirar y saber valorar el ambiente de vida, las fuerzas disponibles,
la de estar despiertos y vigilantes y saber leer con inteligencia
los signos de los tiempos.
Esta inteligencia caracteriza todo el documento magisterial escrito
hace 50 años. En el preámbulo encontramos una mirada
lúcida al mundo a evangelizar. Hablando del “fervor apostólico
de los cristianos”, el Papa indica las direcciones de su aplicación,
también hoy, siempre de actualidad “Oriéntese
este fervor hacia las regiones descristianizadas de Europa y hacia
las vastas regiones de América del Sur, donde sabemos que las
necesidades son grandes; póngase al servicio de tantas importantes
misiones de Asia y Oceanía, allí sobre todo donde el
campo de lucha sea difícil; sostenga fraternalmente a los miles
de cristianos, particularmente amados por nuestro corazón,
que son honor a la Iglesia porque conocen la bienaventuranza evangélica
de los que sufren persecución por la justicia (Mt 5,10)”
.
La atención del documento sobrepasa la noción de misión
ligada al territorio o al espacio “canónico” tan
conocido de las Iglesias orientales. Pío XII se refiere así
a la gente descristianizada, a los que carecen de la justicia y de
su dignidad humana, etc., aspecto éste que ha desarrollado
después Juan Pablo II . El criterio territorial sigue siendo
válido. Afirma el Papa: “el criterio geográfico,
aunque no muy preciso y siempre provisional, sigue siendo válido
todavía para indicar las fronteras hacia las que debe dirigirse
la actividad misionera”. Existen mundos y fenómenos sociales
nuevos, existen áreas culturales y areópagos modernos
. La Encíclica Fidei Donum alude a este nuevo desarrollo de
la conciencia misiológica y a la tendencia al cambio del mundo.
El análisis de la “situación de la Iglesia en
África” que nos ofrece la encíclica, si bien histórica,
no es por ello menos perspicaz. El Pontífice observa el progreso
del Evangelio en el continente, el rápido aumento del número
de católicos, la multiplicación de las circunscripciones
eclesiásticas y la africanización de los obispos y sacerdotes.
“Legiones de apóstoles, sacerdotes, religiosos y religiosas,
catequistas y colaboradores seglares, han conseguido tan consoladores
resultados” . El Papa no esconde, sin embargo, las difíciles
condiciones generales en las que se desarrolla la obra de la Iglesia
en África. Sorprende que 50 años después estemos
de acuerdo con sus valoraciones: “La mayor parte de esos territorios
está pasando por una fase de evolución social, económica
y política, que está saturada de consecuencias para
su porvenir” . Atribuye al materialismo ateo presente en África
“su virus de división, atizando las pasiones, enfrentando
a pueblos y razas unos contra otros, aprovechando auténticas
dificultades para seducir los espíritus con fáciles
espejismos o para sembrar la rebelión en los corazones”
. Los últimos años han confirmado plenamente su diagnóstico.
Cómo no condividir su parecer cuando afirma que “varias,
por otro lado, son las causas de ello: a menudo se trata de causas
históricas recientes, y no siempre le ha sido ajena la actitud
de naciones que, sin embargo, se glorían de su pasado cristiano”
.
Hoy los cristianos del mundo entero se enfrentan a la nueva situación
global creada, en su mayor parte, en los países materialmente
desarrollados del “primer mundo” que impone los paradigmas
y los valores de la ética global, el nuevo sistema ético,
esencialmente anticristianos y neopaganos .
El Papa Pío XII escribe al final: “Invocando, pues, sobre
las misiones católicas el doble patrocinio de San Francisco
Javier y de Santa Teresita del Niño Jesús, la protección
de todos los santos mártires y, sobre todo, la poderosa y maternal
intercesión de María, Reina de los Apóstoles,
dirigimos nuevamente a la Iglesia la imperiosa y victoriosa invitación
de su Divino Fundador: Duc in altum! (Lc 5,4)”.
Su sucesor, el siervo de Dios Juan Pablo II, nos introduce en el Tercer
Milenio con el mismo llamamiento.
Roma, 19 de mayo de 2007, Fiesta de María, Reina de los Apóstoles.