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Futuro de nuestras Misiones Diocesanas
El presente documento constituye el resultado final de un proceso de consulta iniciado en su día a partir de la reflexión propuesta por los obispos de las diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Se trataba entonces de un texto abierto que incluía la invitación a participar en su enriquecimiento. Así lo han hecho en las citadas diócesis varios Consejos y organismos, las Procuras y Delegaciones de Misiones, misioneras y misioneros, tanto a título individual como en grupo. También los obispos de las diócesis con las que se mantienen convenios de cooperación han sido invitados y han aportado sugerencias que se recogen en la redacción final. Introducción Las diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria quieren actualizar su compromiso misionero, su cooperación con otras Iglesias locales. Son conscientes de que en ello está en juego su propia identidad, ya que la Iglesia "es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre"(AG 2). Esta tarea se plantea en común, justamente porque nuestras diócesis mantienen conjuntamente las Misiones Diocesanas nacidas en 1948. Precisamente mediante esta reflexión se quiere desarrollar la propuesta surgida durante la celebración del 50 aniversario de dichas Misiones, en el que se pedía una actualización y revitalización del compromiso misionero en las Iglesias locales de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Este propósito exige renovar la actividad misionera de nuestras iglesias, especialmente en lo tocante a Misiones Diocesanas. Pues aunque no es el único cauce de la acción misionera de las diócesis, sí constituye un modo singular de cooperación misionera con otras iglesias. Durante estos casi 60 años no se han ahorrado esfuerzos y generosidad, llegando en ocasiones hasta la entrega de la propia vida. Tanto las misioneras y misioneros como el conjunto de las diócesis se han visto enriquecidas. Se trata ahora de revitalizar el compromiso y la dimensión misionera de nuestras Iglesias locales con perspectiva de futuro pues la experiencia muestra que la misión no se puede plantear ni desarrollar como en tiempos pasados. Rasgos elementales de la situación Actualmente nos encontramos ante nuevos retos evangelizadores
en nuestra sociedad como respuesta a un intenso proceso de secularización
y de cambio cultural. Entre sus múltiples consecuencias, puede
destacarse alguna que afecta especialmente a la cooperación misionera
de nuestras diócesis con otras iglesias: la drástica disminución
del número de vocaciones orientadas a la labor pastoral y evangelizadora
de la Iglesia (tanto de presbíteros, religiosas y religiosos
como de laicas y laicos) con las consiguientes dificultades para el
relevo generacional de misioneros. Los compromisos a medio y largo plazo
resultan muy problemáticos. Simultáneamente los laicos
han evolucionado como agentes de pastoral para prestar una ayuda más
de acuerdo con su vocación peculiar tanto en la vida de las comunidades
como en su acción misionera. La misión refleja a su modo
la situación general de nuestras Iglesias. Las dificultades para cumplir los convenios de cooperación misionera establecidos con diócesis de África y América han ido en aumento desde hace ya bastantes años. Al mismo tiempo han ido en aumento los recursos pastorales propios de aquellas Iglesias con las que cooperamos. A esta situación se ha ido respondiendo mediante un proceso de adaptación, que no por necesario está resultando menos doloroso. En este tiempo, la conciencia misionera de la Iglesia ha ido evolucionando, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. El decreto Ad gentes (AG), la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (EN) y la encíclica Redemptoris missio (RM) señalan pasos importantes en esta evolución. Esa Encíclica, entre otras afirmaciones, destaca especialmente que: La misión renueva a la Iglesia y constituye el primer servicio que ella puede prestar al mundo. La acción evangelizadora de la comunidad cristiana, primero en su propio territorio y luego en otras partes, como participación en la misión universal de la Iglesia, es el signo más claro de madurez en la fe. La misión además de provenir del mandato del Señor, se deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Su cometido fundamental es "dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo” En la acción misionera es necesario unir el anuncio del reino de Dios (el contenido del kerigma de Jesús) y la proclamación del evento de Jesucristo (que es el kerigma de los apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan mutuamente. Asimismo, el anuncio del Reino no puede ser separado de la implantación de la Iglesia. El Reino exige la promoción de los valores y bienes humanos que no puede separarse ni contraponerse al anuncio de Cristo y de su evangelio, a la fundación y el desarrollo de las comunidades que actualizan entre los hombres la imagen viva del Reino. Afirmar hoy que toda la Iglesia es misionera no excluye
que haya una especifica misión ad gentes. Entre las diferentes
actividades de la misión de la Iglesia, la misión ad gentes
es propiamente aquella que se dirige a los pueblos, grupos humanos o
contextos socio-culturales donde Cristo y su evangelio no son conocidos
o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para
poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos.
La misión ad gentes trata de establecer en cada lugar comunidades
cristianas que sean un “exponente de la presencia de Dios en el
mundo" y hacerlas crecer hacia su madurez hasta llegar a ser Iglesias.
Además, las asambleas del episcopado latinoamericano en Medellín, Puebla y Santo Domingo, así como los Sínodos de los Obispos de África, América y Europa han enriquecido notablemente los modos de entender la acción misionera de la Iglesia. Todas estas aportaciones han ido modificando tanto el pensamiento teológico como las realizaciones prácticas de la misión. Opciones básicas 1 . Confirmar el compromiso misionero. Nuestras diócesis quieren seguir siendo misioneras y, para ello, cooperar con otras Iglesias locales. Ello implica mantener los actuales convenios de cooperación, renovándolos y actualizándolos en la medida de nuestras posibilidades. 2. Mantener la coordinación interdiocesana de las Misiones Diocesanas a través de los obispos y de sus delegados. Hemos mantenido el compromiso unidos desde el inicio en un proyecto común y así queremos seguir. 3. Atender a comunidades de especial pobreza y debilidad. Nuestra cooperación misionera se realiza casi exclusivamente en relación con Iglesias de países empobrecidos y quiere guiarse primeramente por el criterio del grado de necesidad de recursos pastorales y materiales. 4. Fortalecer las relaciones entre los obispos de las Iglesias que envían y de las que acogen. A ellos corresponde fomentar y guiar la cooperación entre las Iglesias, personalmente y por medio de sus delegados, manteniendo contacto con las misioneras y misioneros. Son ellos quienes aprueban los convenios de colaboración, envían, acogen y determinan el destino pastoral de los misioneros. 5. Ponerse a disposición de las Iglesias locales. Nuestra ayuda ha de servir para que ellas puedan responder por sí mismas a los retos de la evangelización. Son Iglesias locales a todos sus efectos, plenamente responsables de su vida y de los objetivos de su acción pastoral. Son ellas las que marcan las prioridades y el ritmo de su acción evangelizadora. Las misioneras y misioneros se integran en los planes y proyectos pastorales de la Iglesia local a la que son enviados, para promover el fortalecimiento de clero y laicado propios. 6. Abrirse a otras formas de cooperación. Conviene contemplar además otras iniciativas como por ejemplo, la acogida de personas para su formación, la asunción de proyectos pastorales en nuevos lugares para un tiempo definido, o la prestación de otros servicios, siempre con la aprobación del obispo diocesano. Líneas de actuación a) En relación con Misiones Diocesanas 1 . Actualizar los compromisos de cooperación vigentes. 2. Facultar al Delegado de Misiones para acompañar a las misioneras y misioneros, atender a sus necesidades humanas y espirituales, favorecer la relación entre los obispos y realizar un seguimiento de los proyectos de cooperación aprobados. En los equipos misioneros habrá un moderador encargado de animar su vida interna y de conducir las relaciones inmediatas con el obispo del lugar. 3. Favorecer el envío de laicas y laicos adecuadamente preparados al servicio de proyectos pastorales definidos en cuanto a personas y plazos, determinando sus funciones y tareas en virtud de su vocación laical. 4. Situar la economía de Misiones Diocesanas, peculiar por el origen y la finalidad de sus recursos, en el conjunto de la administración diocesana. 5. Fomentar la difusión de la revista "Los Ríos", insertándola en el conjunto de la pastoral de las diócesis, como factor de intercambio y animación misionera. b) En relación con otros servicios misioneros 6. Articular la Procura en la Delegación Diocesana de Misiones, buscando la justa proporción entre el personal destinado a la organización y el enviado al servicio de otras Iglesias. 7. Posibilitar otro tipo de ayudas como becas para la formación de clero y agentes de pastoral, acogida de presbíteros, financiación de materiales y proyectos pastorales, apoyo a la infraestructura. 8. Coordinar en nuestras iglesias diocesanas las iniciativas de cooperación misionera promovidas de modo particular por parroquias o zonas. 9. Fortalecer la relación de la Delegación diocesana de misiones con las comunidades de vida consagrada, especialmente con aquellas que se caracterizan por su carisma misionero. Bilbao, San Sebastián y Vitoria, 24 de Enero de 2007 Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao
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