| Mons. Francisco
Pérez González
-Arzobispo Castrense y Director de OMP en España-
Una vez más nos sentimos misioneros con
los ‘misioneros’ en este tiempo propicio de octubre
que celebramos, en la Iglesia universal, la Jornada mundial por
la evangelización de los Pueblos. En España llamamos
a esta Jornada con el nombre de Domund (=Domingo mundial) de las
misiones. La misión es esencial en la vida de la Iglesia
puesto que alimenta y fortalece su vida. ‘Hay mayor alegría
en dar que en recibir’, afirmamos en momentos de generosidad
y de profunda reflexión ante las necesidades que encontramos
en los demás. La Beata Madre Teresa de Calcuta contaba que
en una ocasión supo que una familia estaba falta de alimentos
y la llevó unos kilos de arroz; cuando vio la miseria con
la que vivían se horrorizó, pero se quedó atónita
cuando comprobó que la señora de la familia repartió
en partes aquellos pocos puñados de arroz y separando varios
salió rápidamente a llevárselos a otra familia
también necesitada. Cuando volvió a la choza Madre
Teresa la preguntó qué había hecho con aquellos
puñados de arroz y ella respondió: ‘No sólo
mis hijos y yo estamos necesitados sino también otros lo
están y al compartir me siento más persona y más
feliz’.
En este año 2005 el lema del ‘Domund’ nos recuerda
que Jesucristo se sigue partiendo por nosotros y compartiendo su
amor total por toda la humanidad. La Eucaristía es el signo
más real y más presencial del amor de Dios en medio
del mundo. La presencia viva y resucitada de Cristo habita entre
nosotros y es la demostración de su compasión por
el ser humano. La humanidad sin Cristo sería un fracaso,
con Cristo es una victoria sobre el odio, el pecado, la falta de
solidaridad y de fraternidad. El drama que fundamentalmente sufren
las personas y la sociedad es el de la falta de amor. La salud,
honda del alma, sana todas las enfermedades de la angustia, del
‘sin sentido’ de la vida y de la amargura existencial;
en esta hondura sólo puede hacerse presente Dios, porque
en lo más íntimo del ser humano él habita.
Pero faceta importante en la misión es impulsar el sentido
de la conversión del corazón y alentar a todos para
que el sentido de la santidad sea el objetivo fundamental de la
experiencia humana. No podemos dejar que ‘pase de largo’
Cristo en nuestra vida. Cuando él hace morada en nosotros,
con su gracia y amor, se cambia la sociedad. Dios no cambia las
cosas, cambia el corazón humano y las cosas cambian. Las
situaciones más denigrantes y corruptas que suceden en la
sociedad no las podemos culpabilizar a Dios, es el ser humano que
las propicia por la ‘dureza de su corazón’. Con
la ‘bondad del corazón’ cambian.
La Eucaristía es la cita más concreta y profunda
que podemos hacer con Dios y él nos enseña que solo
el amor cambia la vida y la hace feliz y dichosa. Ante la Eucaristía
no nos hemos de quedar ‘ensimismados’ sino traspasados
para que como signos de unidad y vínculo de caridad nos lleve
a los demás para hacer presente a Cristo toda la realidad
humana. La Eucaristía es la máxima expresión
de la misión puesto que ella tiene como fin la entrega de
Jesucristo para la salvación del género humano.
Creo que el Domund de este año nos va ayudar a comprender
mucho más el sentido de la auténtica misión
y ciertamente que arrastrará a muchos para que desde el ámbito
donde nos encontremos hagamos posible que toda la vida sea misión.
Ese es el deseo del Papa Benedicto XVI y ese fue el deseo de Juan
Pablo II. Unidos a nuestros Pastores hagamos viva la misión
y el deseo de Cristo para que todos conozcan el amor de Dios y que
todo el género humano se restaure y brille en él la
filiación divina sintiéndonos hermanos y que nadie
esté falto de la escasez espiritual y material. |