FRANCIA Y EL ISLAM

sábado, 19 junio 2004

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Francia se ha convertido, en menos de 40 años, en la nación de la Europa occidental donde la población de origen musulmán es numéricamente más importante. Según las declaraciones realizadas en el 2003 por el Ministro de Interior, Nicolás Sarkozy (actualmente Ministro de economía y Hacienda) en Francia viven 5 millones de musulmanes y el Islam es la segunda religión del país después del catolicismo (43 millones, 75% de los franceses sobre una población de 58 millones) y está mucho más difundida que protestantismo (800.000) el judaísmo (700.000) y el budismo (400.000).
Desde 1913 el número de musulmanes domiciliados en Francia ha pasado de 5.000 a los 5 millones de hoy. De estos, casi 3 millones son ciudadanos franceses. Sin embargo, su peso político es todavía bastante débil. ¿Cuántos ministros, delegados, senadores, prefectos, embajadores, alcaldes son hijos de la inmigración? Muy pocos. Y esto es ya una primera señal que revela una integración todavía difícil y que la reciente ley sobre la prohibición de signos religiosos "ostensibles" en el ambiente escolar no hace sino subrayar.
Cada 5 de enero, en la ceremonia de felicitación, el Presidente de la República recibe en Eliseo a los representantes de las tres grandes religiones de Francia: católica, protestante y hebrea, estando ausente la religión musulmana. Solo el 13 enero del 2000 el presidente Chirac invitó por primera vez, separadamente, a una pequeña delegación de Imán y rectores de mezquitas, entre ello, el rector de la mezquita de París, Dalil Bubakeur.
Pero, si el Estado francés ha hecho poco para poner al día la vieja máquina de la integración, por años también numerosos musulmanes franceses no han querido nunca considerar Francia como su País, sino solamente como una tierra de paso. Llegados después de los años 50 de las colonias del Norte de África, los inmigrados mandaban todo su dinero a las familias. Ni siquiera la ley de unión familiar de 1974 logró cambiar su convicción de que su verdadera vida estaba a la otra parte del Mediterráneo. Luego esta tendencia ha cambiado lentamente, pero se ha presentado un gran problema: ¿cómo continuar siendo de cultura y de religión musulmana en un País laico sin renegar de los propios orígenes? Se deben también tomar en consideración estas anotaciones, solicitadas por los sondeos sobre la práctica religiosa de los musulmanes en Francia publicada por el periódico "Le Monde" (ver archivo adjunto).
De hecho, el cambio se ha producido de forma gradual en los últimos 10 años cuando la población inmigrada ha tomado conciencia que ya era francesa a todos los efectos. También lo demuestra un hecho constado por las oficinas estadísticas: desde principios de los años 90 han aumentado las solicitudes de musulmanes que quieren ser enterrados en los cementerios franceses. Esto significa abandonar el mito del retorno y adaptarse al sitio en que se vive, adaptarse a las leyes, a los valores y al estilo de vida francesa. ¿Pero es posible hacerlo sin abandonar la propia identidad árabe-musulmana?
Es un desafío difícil en una Francia que todavía no se ha curado completamente del drama argelino, y que se ve afectada, ahora, por el nuevo miedo del terrorismo islámico. Hoy se pueden considerar integrados entre el 60 y las 80 por ciento de los musulmanes, incluidas muchas estrellas televisivas, muchos artistas e intelectuales. Una de cada diez parejas se dice mixta y los matrimonios franco-magrebíes ocupan el primer puesto. También está en aumento constante el número de los magrebíes casados con franceses no musulmanes. Todo esto está cambiando el panorama social francés. Pero debe ser subrayado que las historias con éxito son individuales y no derivan de una política de integración partidaria a nivel nacional, que falta. Y que también hay muchos casos de magrebíes que han vuelto a sus Países después de un divorcio y después de haber sustraído a sus ex mujeres francesas los hijos que, según las reglas del Islam, siempre están bajo la potestad del padre.

Una profunda fractura está dividiendo la comunidad árabe musulmana: por una parte están lo que, en neta mayoría, han "tomado el ascensor", como dicen en Francia, y por otra aquellos abandonados a si mismos, más jóvenes sin educación ni trabajo. Los más vulnerable a todas la tentación y sus derivaciones, a menudo hacia la delincuencia o el integrismo islámico, sobre todo en las ciudades-gueto, construidas en los años 60, que los ministros sucesivos no han logrado erradicar. Una sigue a veces la otra. Delincuencia, máquinas dañadas, agresiones, riñas entre bandas, atracos a mano armada. La lógica es casi simplista: ¿ la sociedad nos ignora? ¡Demostremos nuestra existencia!
Antes del 11 de septiembre, el conflicto israelí-palestino, aumentado por los medios de comunicación, ha exacerbado tal aptitud en ciertos estratos de la población. El 11 de septiembre ha cambiado muchas cosas. Algunos de estos jóvenes marginales necesitaban un credo, una causa. Hoy los servicios de inteligencia franceses han descubierto que la red de Bin Laden ya estaba instalada y activa y que de los jóvenes talibanes franceses eligieron el recorrido iniciado por Afganistán y han terminado después en las prisiones de Guantanamo.
Al gobierno no le quedaba sino un camino: tomar acto de la existencia del Islam y organizarlo. Jean Pierre Chevenement, Ministro de Interior y de Cultos, puso ya en obra a finales de 1999 un proceso de consulta de las autoridades islámicas. La situación se presentó enseguida catastrófica porque el Islam en Francia estaba fragmentado, no tenía una comunidad unida y los lugares de culto se habían desarrollado de modo salvaje. En el 78 había 72 mezquitas, en el 2002 se convirtieron en centenares. Los musulmanes comenzaron a rezar en garajes, en sótanos; quien quería se podía proclamar imán e improvisar predicaciones más o menos inflamatorias. En esta anarquía los grupos extremistas, más organizados, tomaron la ventaja en un cierto número de lugares de oración.
Uno de estos grupos, llamado Tabligh es un movimiento nacido en India en el 27, que llegó a Francia en los años 70, y predica la vuelta al Islam duro y puro de los orígenes. Este grupo, considerado el más grande movimiento misionero del Islam, siguió una técnica impecable: al principio iba de "puerta en puerta" con un discurso de re-islamización simple, pero eficaz, luego empezó a organizar reuniones en las casas de las familias. Cada nuevo adepto tenía que pasar tres días al mes en una nueva ciudad para predicar el Islam. Después de tres años de prueba los discípulos partían en misión al extranjero durante 40 días. Primero en Gran Bretaña luego en Pakistán o en Afganistán. ¿Y después? Misterio, se les perdía de vista, imposible saber, todo era secreto.
Alarmados por este “proselitismo de sótanos” que ganó mucho terreno en las comunidades locales, con el empuje de varios gobiernos se ha facilitado la construcción de mezquitas-catedrales regularmente censada que pudieran ofrecerle al Islam dignidad y visibilidad. Pero el Estado en Francia no puede ni construir ni financiar los lugares de culto. ¿Quién habría financiado entonces estas mezquitas tan caras? Los fieles no, porque son demasiado pobres. Han intervenido los Estados árabes. Hoy las ocho mezquitas más grandes de Francia están financiadas en toda o en parte de Arabia Saudita, por Marruecos y Argelia que nombran a los Imán de las mezquitas donde se predica la versión moderada o más a menudo radical del Islam. En efecto, a la salida de las mezquitas se ha empezado a ver a mujeres con el burqa afgano. Una nota reciente de los servicios ocultos ha señalado la presencia en la región parisiense de predicadores extremadamente violentos legados al GIA argelino.
En este contexto, el Ministro de Interior, después del 11 de septiembre del 2001, ha acelerado las elecciones de un Consejo francés del culto musulmán para tener por fin un interlocutor capaz de canalizar y, si es posible, controlar el mundo musulmán en ebullición. Pero la consulta se ha limitado sólo a lugares de oración homologados, cosa que ha reducido el auténtico alcance del asunto. El Consejo francés del culto musulmán (CFCM) se ocupa de los aspectos culturales y religiosos del Islam. Pero los musulmanes laicos o pocos practicantes, que son el 80% de la comunidad musulmana francesa, se niegan a ser representados por los que ellos definen como "barbudos" que no tienen ninguna noción de lo que supone vivir en un país como Francia y piden que se separe el plan social del religioso y que se elija también un Consejo laico para discutir con los poderes públicos los problemas de integración.


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