VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - Elementos fundamentales de la liturgia romana (I): la participación

jueves, 11 enero 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Entre clérigos y "laicos comprometidos" se ha difundido la idea de que la participación activa en la liturgia consiste en implicar en la acción el mayor número de personas posibles, lo más a menudo posible, llevándolas a cantar todo y a responder en voz alta, a moverse del puesto en diversos momentos, a comulgar todos, pues de otro modo la Misa no sería valida, y más cosas por el estilo. Existe el presupuesto irreal de que todos los participantes sean "fieles doc" y no, mezclados entre ellos, catecúmenos, penitentes y buscadores de Dios o de la verdad, como siempre ha ocurrido en la historia de la Iglesia y de sus ritos.
Pero el término "acción", del que se deduce "particip-acción", se refiere según las fuentes litúrgicas, a la gran oración, la oratio o canon eucarístico: en síntesis, participar quiere decir rezar. Parece una cosa obvia: si la liturgia no fuera oración ¿qué sería? ¿Una recitación, una ficción de actores y espectadores? Sucede con frecuencia que tanto el sacerdote como los fieles cuando rezan y actúan, están físicamente con la mirada que gira en torno a la asamblea, por tanto distraída y no dirigida a Dios.
Resuena las palabras del profeta: "solamente me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí" (Is 29,13). Pero de la orientación de la oración trataremos más tarde. Aquí apuntamos que "la definición de la Eucaristía como oratio fue luego una respuesta fundamental tanto para los paganos como para los intelectuales que buscaban. Con esta expresión se decía en efecto a los que estaban buscando: los sacrificios de animales, y todo lo que había y hay en torno a vosotros y que no puede satisfacer a nadie, ahora son liquidados. En su lugar entra el sacrificio-palabra. Nosotros somos la religión espiritual, en la que tiene lugar el culto divino dirigido a través de la palabra; ya no son sacrificados machos cabríos y becerros, sino que se dirige la palabra a Dios, a Aquel que mantiene nuestra existencia y esta palabra se une a la Palabra por excelencia, al Logos de Dios que nos levanta a la verdadera adoración" (J.Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, San Pablo 2001, p. 168).
Por tanto, la forma de la liturgia, esto es la Misa y los sacramentos, es la oración: esta debe ser también restaurada en relación al contexto actual de confrontación con los hombres no creyentes o atraídos por otras religiones. La liturgia es la obra de la oración, el opus Dei, en una palabra: el culto de adoración publico e integral, que nace de la certeza de la presencia de Dios que nosotros queremos conocer, entender e intentar alcanzar.
La liturgia es el acto más manifiesto del sentido religioso: el culto, un acto que "cultiva" (de colere) lo que es importante, análogo a todo lo que lleva a hacer cultura, palabra que tiene la misma raíz. Vemos a Dios, que es invisible, en los signos visibles que obra; Él habla, tenemos experiencias de ello. La liturgia es la experiencia de Dios: lo descubrimos, lo amamos sin verlo, nos consideramos su obra "hemos sido hechos por Él”, Él está en nosotros y nosotros estamos en Él. Él es fuerte y nosotros somos débiles. Él es potente y nosotros impotentes. Él es espíritu y nosotros somos cuerpo. La liturgia sirve para llevarnos de nuevo a Dios después del pecado, para convertirnos a Él, dirigirle a El nuestro corazón, sintiendo la necesidad de rezar, de entrar en contacto con su santidad, a Él que es el tres veces Santo, hablamos como un hijo al Padre.
Pero estas palabras son las mismas que Él nos ha dirigido antes, en la "liturgia de la Palabra”, llenas de amor, misericordia y paz. Nosotros le respondemos ofreciendo el sacrificio de nuestra palabra, de nuestra razón. Sacrificio que es uno con el de Jesucristo, la "liturgia Eucarística". Un diálogo de fe y amor que exige contemplación y silencio, para que se pueda escuchar lo que Dios discretamente quiere decir al corazón.
Todo esto es la oración sin la cual no existe la liturgia: más bien la liturgia conduce a esta oración. Al sacrificio a Él agradable, para buscar en cada cosa lo que a Él gusta y a Él no hay nada que le guste más que escuchar a Su Hijo y la oferta del Hijo. La oración se hace da palabras, pero las palabras no hacen la oración. La oración la hace la verdadera religión, la devoción, la piedad que advierte su Presencia. Así la oración se convierte en relación de amor con Dios desde la profundidad del corazón, de la conciencia.
No hay necesidad de muchas palabras entre los que se aman ni de muchos gestos. Basta con la mirada contemplativa: saber que Él está a la puerta del corazón, llama y espera que la libertad abra para entrar y cenar con nosotros: Él se ha dado a sí mismo a cada uno de nosotros. Para acoger toda esto, la liturgia debe estar entretejida de silencio; para escuchar a Dios que llama debe cesar el ruido de las pasiones. De este modo, la liturgia expresa la verdadera religión porque "lleva" a Dios, "une" totalmente en Dios, esconde, como dice san Pablo, mi vida en Él: "No soy yo quien vive, es cristo que vive en mí" (Gal 2,20). Por tanto, la participación en la liturgia nace de la conciencia de sólo basta su Gracia (2Cor 12,9). (Agencia Fides 11/1/2007; Líneas: 60 Palabras: 935)


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