VATICANO - AVE MARIA a cura de don Luciano Alimandi - "Maria y la fuerza del testimonio"

miércoles, 10 enero 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - "Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.» Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús" (Jn 1, 35-37). En este pasaje del Evangelio se encierra el gran secreto de la vocación sacerdotal de Andrés y Juan, discípulos del Bautista hasta ese día; después, habiendo dado los primeros pasos tras el Señor, todo cambio.
La razón de ese primero y decisivo movimiento del alma hacia Jesús se encierra en ese "le oyeron hablar así” ¿En qué escuela aprendió el Precursor a hablar de ese modo? Ciertamente del Amor que le tenía desde el momento en que la Sierva de Señor, que se había convertido en la Madre de Dios, entró en su vida visitando a su madre Isabel. " Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44).
Aquí se enciende en el alma de Juan el amor hacia Jesús, como escribe espléndidamente san Ambrosio en su comentario a Lucas: "Isabel oyó la primera la voz, pero Juan percibió el primero la gracia; ella oyó según el orden de la naturaleza, él exultó en virtud del misterio; ella sintió la llegada de Maria, él del Señor; la mujer la llegada de la mujer, el niño la llegada del niño".
El modo de hablar de una persona depende de cuánto se la ama, así es para el Señor: más se le ama, más nuestras palabras adquieren un atractivo particular y atraen los corazones hacia Él.
Ese atractivo, lo percibió el hijo de Isabel junto a su Madre ya desde el día de la Visitación. Desde aquella visita de Maria el alma de Juan Bautista comenzó a conocer al Señor y cada vez estaba más en condiciones de hacerlo conocer a los que habría encontrado el divino Maestro, un día en el desierto de Judá. Si Juan Bautista no les hubiera hablado "de ese modo", si su amor no hubiera sido como “una lámpara que arde y resplandece" (Jn 5, 35) probablemente Andrés y Juan, como incluso los otros discípulos del Precursor, no habrían seguido al Señor.
A la luz de este misterio se comprende mejor hasta que punto, nosotros cristianos somos responsables de la evangelización. Basta poco para encender en el prójimo una llama de amor y gratitud hacia el Señor, y también al contrario: basta poco para apagarla. Sin este testimonio el cristianismo está destinado a desaparecer incluso allí donde era floreciente en el pasado. Si faltan los testigos, voces que sepan "hablar de ese modo” de Dios, los cristianos sólo de nombre, están destinados a la basura, como Jesús reprocha: "Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mt 5, 13).
He aquí porque la Madre de Dios continua visitándonos, en múltiples momentos y espacios de nuestra vida: quizá con una pequeña imagen que desde hace años tenemos sobre nuestra mesilla de noche y mirándola nos inspira pensamientos que se convierten en oración y encienden en nosotros la esperanza; o, quizás, por medio de esa persona que nos enseñó a rezar el rosario y nos regaló un día un rosario, que se ha convertido para nosotros en algo de valor, y nos ha sustentado en los momentos de necesidad; o, con ocasión de una peregrinación a un santuario mariano, cuando, por fin, tomamos la decisión de empeñarnos más en dirigir nuestra vida sino dejar a Dios actuar...
¡Virgen de la Visitación, cuantas sendas que se entrelazan con nuestra existencia y, dónde eres acogida, eres capaz de reavivar el fuego del testimonio, que calienta los corazones e ilumina las mentes, suscitando amor hacia Cristo tu Hijo! Junto a toda la Iglesia guiada por el Sumo Pontífice, queremos repetirte: ¡continúa visitándonos y despertando en nosotros el atractivo incomparable de seguir a tu Hijo! Ayúdanos a reconocerte siempre, para alegrarnos en tu presencia. (Agencia Fides 10/1/2007; Líneas: 45 Palabras: 704)


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