VATICANO - "Ubi Petrus ibi Ecclesia" a cargo de don Nicola Bux y de don Salvatore Vitiello.

jueves, 4 enero 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El primado del Papa: responsabilidad personal por la Iglesia universal.

1. “¿Me quieres más que éstos?”
El Catecismo de la Iglesia católica recuerda que el Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal, es objeto de una especial asistencia divina en su enseñamiento ordinario, que ayuda a comprender mejor la Revelación sobre la fe que hay que creer, la caridad que hay que practicar en la vida y las realidades futuras que hay que esperar (1) y los fieles están llamados a adherirse a este enseñamiento “con espíritu de obediencia religiosa” (2) , que se convierte en asentimiento de fe cuando infaliblemente el Papa se pronuncia en modo definitivo sobre una verdad doctrinal y moral (3).
Se puede decir que el Espíritu Santo pone a disposición de cada fiel la clave hermenéutica para verificar la autenticidad del enseñamiento católico: ya que el colegio episcopal, sucesor del colegio de los apóstoles, es único así como es una la enseñanza auténtica de los obispos cuando nace de su unidad con el Papa.
El Papa, Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro “es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (4) , esto se manifiesta en el ejercicio libre de su potestad plena, suprema, universal e inmediata (5) para el bien de las almas en todo el pueblo de Dios. De ésta manera están expresadas a un mismo tiempo: en el colegio episcopal la universalidad y, en su única cabeza, la unidad de la Iglesia.
De modo especial hay un lugar indicado como “sede teológica del primado”: la Eucaristía. ¿Por qué? El Sumo Pontífice es recordado en la anáfora y con frecuencia en la plegaría universal de cada Santa Misa (6). Ésta mención no es de carácter afectivo sino más bien ontológico ya que se hace en cuanto “signo y siervo de la unidad de la Iglesia universal” (7) ; como la mención del Obispo, que sigue, lo es para la Iglesia particular.
Se comprende que la comunión de la Iglesia tiene que existir antes que se celebre la Eucaristía, para consolidarla y llevarla a su perfección; la Eucaristía no es el punto de inicio de la comunión eclesial (8) : esto se explica por el hecho de que es necesario el bautismo para poder entrar en la Iglesia y de la común profesión de fe para regresar a comulgar del mismo cáliz.
Todo esto es más o menos sabido en el campo ecuménico, pero tiene que ser profundizado al interior de la Iglesia católica.
Los fieles tienen, por lo general, una percepción inmediata de la Iglesia como cuerpo universal al que se ingresa por el bautismo; más bien no es raro encontrar en el clero y entre los “laicos comprometidos” una reducción particularista de la Iglesia a la que se la hace objeto de una gestión subjetiva. Imaginemos por un momento que la Iglesia de Roma hubiera seguido a aquellos que se cierran en círculos especializados continuamente descontentos de la Iglesia: estos juzgaban la crisis del mundo, especialmente después del Concilio Vaticano II, como totalmente buena y por lo tanto postulaban la inutilidad de la Iglesia para un mundo en si mismo bueno y que no necesita ser salvado.
Por gracia la Iglesia católica tiene un antivirus que actúa contra toda tentación conformista, que se hace visible —lo ha reconocido el gran poeta Dante Alighiri— en un amor grande al Pastor de la Iglesia que la guía (9).
Gregorio Magno es conciente cuando afirma que: “Los hombres santos [...] al interior enderezan las distorsiones de la sana doctrina con una enseñanza iluminada y al exterior saben aguantar virilmente las persecuciones” (10) .
Benedicto XVI, durante la toma de posesión de la basílica lateranense, señalo la necesidad de vigilar la sana doctrina ya que
«Cuando la sagrada Escritura se separa de la voz viva de la Iglesia, pasa a ser objeto de las disputas de los expertos. Ciertamente, todo lo que los expertos tienen que decirnos es importante y valioso; el trabajo de los sabios nos ayuda en gran medida a comprender el proceso vivo con el que ha crecido la Escritura y así apreciar su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede proporcionarnos una interpretación definitiva y vinculante; no está en condiciones de darnos, en la interpretación, la certeza con la que podamos vivir y por la que también podamos morir» (11).


2. “Otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”
La responsabilidad personal del Papa por la Iglesia difundida por todo el mundo supone la posibilidad del martirio; de hecho expone cotidianamente a quién la lleva a testimoniar a Cristo sin acomodarse al mundo con el riesgo de la propia vida.
Actuando de esa manera el papa asegura la transmisión de la Tradición y del conocimiento de la fe: una cuestión fundamental de la “civilización cristiana”; de hecho, es esto lo que pone en movimiento la libertad de cada ser humano, ayudándolo a pensar y a decidir en modo personal más allá de las modas. Es la parresia evangélica a hacer imposible, o al menos más difícil, la indiferencia.
Antes de la libertad de pensamiento, incluso como condición para esta, está la necesidad de la conciencia. Los Hechos de los Apóstoles narran el episodio que testimonia como la conciencia se despierta cuando la interioridad del hombre y la verdad que viene de Dios se encuentran, superando así la pura subjetividad; Pedro gracias al encuentro con Cristo, decisivo para su maduración humana, puede afirmar la necesidad de obedecer más a la verdad reconocida que al propio gusto, en contraste no solo con la autoridad constituida sino también con los propios sentimiento y con los lasos de amistad humana.
El primado de la verdad entre todas las virtudes y en especial sobre el consenso social fue reafirmado por John Henry Newman, celebre teólogo y purpurado ingles, en la Carta al duque de Norfolk. De hecho es en relación a la conciencia cristiana que se pueden comprender las directivas de la jerarquía así como del primado del Papa.
La Iglesia no es una especie de parlamento, sino más bien es un único cuerpo místico, orgánico, con Jesucristo a la cabeza. Es un cuerpo que se mantiene unido visiblemente gracias al ministerio de unidad del obispo de Roma.
Ignacio, decía de Pedro, a quién había sucedido en Antioquia, que era pro-estòs, —palabra que significa presidir, estar a la cabeza o en una posición prominente— en el agape, termino que indica el amor que se hace concreto y visible, como en un banquete que es la Iglesia donde se es acogido con amor. Por lo tanto, la cabeza de la Iglesia, es decir lo visible de la cabeza invisible Jesucristo, tiene el primado de la unidad y del amor.
La Iglesia no es una jerarquía, un cuerpo con dos cabezas o dos líderes, uno al oriente y otro al occidente, como le gustaría a un cierto ecumenismo: si fuera así sería un monstrum.

Benedicto XVI, en un pasaje del discurso al final de la liturgia celebrada en la iglesia patriarcal de San Gregorio al Fanar, confirmó este servicio que Pedro y sus sucesores están llamados a desarrollar en la Iglesia: «Simón, no obstante su personal fragilidad, fue llamado “Pedro”, la “roca” sobre la cual sería construida la Iglesia; a él, en manera particular, le fueron confiadas las llaves del Reino de los Cielos . Su itinerario lo llevaría de Jerusalén a Antioquia y de ahí a Roma, de manera que en esa ciudad él pudiera ejercitar una responsabilidad universal» (13).
Joseph Ratzinger, en el artículo El primado del papa y la unidad del pueblo de Dios (publicado en italiano entre los nuevos ensayos de eclesiología en: Chiesa, ecumenismo e politica, Cinisello Balsamo 1987, pp. 33-48) había ilustrado coherentemente que el servicio petrino, en la Iglesia católica y universal, se fundamenta en el testimonio de la respuesta personal nominal del Papa al Señor, lo cual estructuralmente significa martirio ordinario.
Es difícil prescindir de este argumento cuando se reflexiona sobre la colegialidad y sobre el primado o, como en el diálogo ecuménico, cuando se enfrente el tema de la conciliaridad y de la autoridad.
Hoy, que hemos experimentado la comunidad en sus valores como en sus límites, comprendemos mejor que el “nosotros” eclesial no es una masa indistinta, sino más bien el pueblo santo de Dios, el cual no sustituye sino que presupone y supone la respuesta de la persona, del yo que se abre a la verdad de la relación con Cristo.
Justamente un “primado” entendido de esta manera, lleva a aclarar, como lo recuerda el Concilio Ecuménico Vaticano II, que la unidad visible de los cristianos, que es lo que busca el ecumenismo, no es otra cosa que la unidad católica de la Iglesia; en todo caso la búsqueda ecuménica de la unidad tiende a manifestar visiblemente lo que ya subsiste, la unidad querida por Cristo, y no una unidad paralela.
Pero las ambigüedades existen y tienen que ser aclaradas con realismo, también reflexionando sobre las divisiones como “inevitables podaduras” que permiten que la verdad brille mejor. Es necesario evitar a toda costa apoyar la tesis y la práctica de “dos ecumenismos”, de una unidad distinta de la unidad católica de la Iglesia. Tesis y práctica destinada al fracaso.


3. “Tu sabes que te amo”
La Iglesia se reúne en sínodos y en concilio pero no es un concilio permanente. Así como también se articula en instituciones venerables y providenciales, antiguas y nuevas, ninguna de las cuales puede sustituir el primado petrino y romano. El primado constituye un vínculo esencial para poder hablar de comunión plena e incluso de verdaderas iglesias particulares.
Se comprende que el Obispo de Roma sea el Sucesor de Pedro estudiando en profundidad las acciones de Jesucristo, que configuran el concepto de sucesión apostólica. Sin embargo el primado del Obispo de Roma no es un munus solitario de monarca absoluto, este tiene que ser entendido dentro del contexto de la amistad de Cristo con Simón Pedro luego también con Santiago, con Juan y con Andrés y finalmente con los otros apóstoles.
Así también para el Papa y para los obispos: continúan, según la imagen celebre de la “constelación” de von Balthasar, siendo los amigos de Cristo que se hace Eucaristía y entre los cuales tiene un lugar especial María santísima, la Mujer hacía la cual el primado tiene siempre que orientarse.
La alternativa a tal “constelación” es la autonomía y la auto-referencia del cristiano y de la comunidad que hacen estéril la comunión, además de reproponer la discusión surgida entre los apóstoles sobre quién tiene el primado. Esta discusión sobre “los primados desde abajo”, honores mundanos, fue interrumpida por Cristo que confió desde su divinidad a uno solo, primo Simón, como dicen los evangelistas, el primado de la unidad y del amor.
Sobre esto se apoya el equilibrio de la communio jerárquica de la Iglesia católica. Un equilibrio que se alimenta de la obediencia del Papa y de los obispos al Señor, que naturalmente se convierte en obediencia de unos a otros pero diversificada, como expresan los dos términos unidad y comunión, semejantes pero distintos.
A esta obra de reconciliación sobre el ministerio petrino están llamadas las iglesias orientales católicas, que tienen razón de ser por haber escogido a la sede de Roma como criterio de communio. Su “rol-puente” indicado por el concilio es, en sinergia con la sede de Roma, el de armonizar la eclesiología oriental con la sinfonía católica. En cierto sentido, se tiene que ir más allá del oriente y del occidente, más allá de las reivindicaciones lejanas del territorio canónico relacionadas al cuius regio eius religio, porque, como ha dicho el concilio, no hay ecumenismo posible sin el respeto de la libertad religiosa.
No será necesario recurrir a efímeras globalizaciones o a imitaciones de unidad ecuménicas, porque existe ya la Iglesia de Jesucristo una, santa, católica y apostólica que une en sinfonía, lo local y lo particular con lo universal.
Es más que nunca necesario regresar a la universalidad católica, para que siempre de nuevo suceda el “que sean una sola cosa” del Señor, a través de la unidad y del amor a cuyo servicio real se encuentra el primado romano, en él que continua a vivir Pedro “para que el mundo crea”.


4. “Siempre prontos a dar respuesta”
Un servicio esencial del Papa lo cumple en defensa de la dignidad y de la libertad de la persona. Benedicto XVI, en el discurso al convenio de la Iglesia italiana en Verona, ha recordado:
«Dios respeta y salva nuestra libertad. Al poder del mal y del pecado no opone un poder más grande, sino que [...] prefiere poner el límite de su paciencia y de su misericordia, el límite que es en concreto el sufrimiento del Hijo de Dios. Así también nuestro sufrimiento se transforma desde dentro, se introduce en la dimensión del amor y encierra una promesa de salvación»
Para los cristianos constituye una invitación más convincente a seguir a Cristo en el camino de la donación de uno mismo: como Cristo que es “signo de contradicción”, nosotros cristianos tenemos que “estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logia) a quién nos pida razón (logos) de nuestra esperanza”, como nos invita a hacer la primera Carta de San Pedro (3,15), “con dulzura y respeto, con una recta conciencia” (3,15-16), con aquella fuerza serena que nace de la unión con Cristo.
Tenemos que hacerlo en todos los ámbitos, en el plano del pensamiento y de la acción, de los comportamientos personales y del testimonio público. Para los laicos no creyentes esta invitación es una propuesta útil incluso en el plano de la sola razón.
Todo esto ha sido recientemente confirmado por Benedicto XVI en el mensaje por la Jornada Mundial de la Paz del 2007:
«la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y la libertad religiosa de todos. [...] El derecho a la vida y a la libre expresión de la propia fe en Dios no están sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que es propio del hombre como tal [...] la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana [...]. Toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa».
¿Como trasmitir todo esto de una generación a otra? El Papa indica antes que nada a la Iglesia, pero también a cualquiera que valore el bien del hombre, la prioridad de las prioridades: la educación de la persona que se da, afirma, con la “formación de su inteligencia, sin descuidar la formación de su libertad y de su capacidad de amar”, y, para quien creé, recurriendo a la ayuda de la gracia de Dios.
El creyente, pero también el no creyente, se da cuenta que a estas alturas la verdad tiene su máxima manifestación en el amor.
Joseph Ratzinger, hablando del momento de crisis que atraviesa la humanidad, y explicando en que sentido el Cristianismo es la verdadera religión, decía textualmente:
«A nivel más profundo su contenido debería consistir, hoy —como siempre, en último análisis—, en el hecho de que el amor y la razón coinciden en cuanto auténticos pilares fundamentales del real: la razón verdadera es el amor y el amor es la razón verdadera. En su unidad son el verdadero fundamento y el fin de todo lo real» (14).
Por lo tanto amor y razón. En otro pasaje afirma:
«El concepto bíblico de Dios reconoce a Dios como el Bien, como el Bueno (cfr. Mc 10,18). Este concepto de Dios alcanza su culmine en la afirmación juanea: “Dios es Amor” (1Jn 4,8). Verdad y amor son idénticos. Esta afirmación —si se tiene en cuenta todo lo que abarca— es la más alta garantía de la tolerancia; en una relación con la verdad, cuya única arma es esta misma y por lo tanto el amor (15).
Así la verdad y el amor coinciden.
La Iglesia católica constituye de tal modo la alternativa al sistema, a cualquier sistema que se sucede en la historia, es más, la Iglesia resiste a todos los sistemas y los obliga a perseguirla. Hoy en día la Iglesia tiene el deber de redescubrir el valor de la libertas que lleva en sí y que propone a todos los hombres.
Como decía Hans Urs von Balthasar en su libro ¿Quién es el cristiano?, se trata “ahora y siempre de la valentía cristiana que arriesga”.
Es esta la dimensión ética y social de la communio ya que “el cristianismo no es una religión de ‘espíritu y agua’, sino de ‘espíritu, agua y sangre’ que inseparablemente unidas dan testimonio (1Jn 5,6-8). Donde el cristianismo es sólo interior y espiritual no puede vivir mucho tiempo” (16) .
La Iglesia, como Cristo, es inerme y como tal permanece expuesta al mundo, por la libertad de todos, también del hijo pródigo o del disipador nietzscheano. Incluso al costo del martirio.
Cada día, al centro de la Iglesia universal, como principio necesario e insustituible de su unidad y como respuesta personal al Señor, el primado de obispo de Roma esta a confirmarlo. (Agencia Fides 5/1/2007)

1. Cfr. Catecismo de la Iglesia católica n. 2034, Ciudad del Vaticano 1992.
2. CONC. ECUM. VAT. II, Lumen gentium , n. 25; cfr. Catecismo de la Iglesia católica n. 892.
3. Cfr. Ivi., n. 891.
4. CONC. ECUM. VAT. II, Lumen gentium, n. 23.
5. Cfr. Christus Dominus, n. 2.
6. Cfr. Catecismo de la Iglesia católica n. 1369.
7. Ivi.
8. Cfr. JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucaristia, n. 35.
9. DANTE ALIGHIERI, Paraíso, V, v. 77.
10. GREGORIO MAGNO, Comentario al libro de Job, 3, 39; PL 75, 619.
11. BENEDICTO XVI, Homilía en la misa de toma de posesión de su cátedra en la Basílica de San Juan de Letrán, 7 de mayo de 2005.
12. Cfr. Mt 16,18.
13. L’Osservatore Romano, 1 Diciembre 2006, p. 6.
14. Cfr. J. RATZINGER, Fede, Verità, Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo, Siena 2003, p. 192.
15. Ivi, p. 244.
16. H.U. VON BALTHASAR, Cordula ovverosia il caso serio, Brescia 1968, p. 56.


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