VATICANO - "El Belén: Arte y devoción" - Una contribución de Su Exc. Mons. Mauro Piacenza

viernes, 22 diciembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Los "Evangelios de la infancia” de Lucas y Mateo, que describen los hechos del Nacimiento de Jesús, son el núcleo de la representación sagrada que, a partir de la Edad Media, tomará el nombre latino de "praesepium", pesebre, establo. Los episodios principales son el nacimiento pobre de Jesús "en un pesebre porque había sitio en la posada” (Lucas 2,7); la adoración de los pastores, que representan la parte más marginada del pueblo de Israel y la visita de los Reyes Magos venidos de Oriente siguiendo la estrella, símbolo de los paganos que manifiesta su fe en Jesús Niño.
Los cristianos de los primeros siglos se identificaban con los Magos cuando decoraban, a partir del III siglo, con esta escena, las paredes de las catacumbas romanas y los sarcófagos, o bien cuando enriquecían la escena de la Natividad con elementos alegóricos como el buey y la mula, que, según la profecía de Isaías 1,3, se convertían en símbolo del pueblo hebreo y de los paganos.
A partir del siglo IV la Natividad se convirtió en uno de los temas más frecuentemente representados en el arte religioso, como demuestran el precioso díptico de marfil y piedras preciosas del siglo V guardado en la Catedral de Milán, los mosaicos de la Capilla Palaciega de Palermo, el Baptisterio de Venecia y las Basílicas de Santa Maria La Mayor y de Santa Maria en Trastevere en Roma.
El belén como nosotros lo concebimos tuvo origen, según la tradición, en el deseo de San Francisco de hacer revivir el nacimiento de Belén, ante todo en el corazón de los hombres, implicando a la gente del pueblo reunida en Greccio (Rieti) la noche de Navidad del 1223, (Tommaso de Celan, Leyenda segunda). El episodio fue pintado por Giotto en un fresco de la Basílica Superior de Asís.
El primer ejemplo de belén inanimado que nos ha llegado e sin embargo, el de Arnolfo de Cambio tallado en madera en el 1280 y del que hoy se conservan algunas estatuas en la cripta de la Capilla Sixtina en Santa Maria La Mayor en Roma. Desde entonces y hasta mediados de 1400 los artistas se preparaban pesebres para colocar dentro de las iglesias, modelando estatuas de madera o terracota, colocadas ante un fondo pintado. Toscana fue el centro de irradiación de dicha tradición, que de aquí rápidamente alcanzó el Reino de Nápoles y el resto de la Península.
A partir del siglo XIX el belén ha conocido una verdadera difusión a nivel popular, que dura hasta nuestros días. Aunque en los años 60 y 70 del siglo que acaba de pasar sufrió la "competencia" con el árbol de Navidad, no existe casi ninguna familia, especialmente si hay niños, en la que no se realice más o menos reducido.
Pero ¿conserva el belén todavía hoy un mensaje actual? Pensamos que si. Desde que los evangelistas lo "pintaron" en sus narraciones, la escena de la Natividad se ha vivido como el lugar dónde toda la humanidad se recoge en adoración a su Salvador, sin miedo a ser rechazados: judíos y paganos, pobres y potentes, justos y pecadores, ciudadanos y extranjeros. Ante el belén ningún hombre se siente mal, porque sabe que es acogido, así como es, por Dios que se ha hecho Niño para compartir con cada uno de nosotros las alegrías y los sufrimientos, los éxitos, las fatigas y las incomprensiones de la vida. Sólo quién sólo busca su propio interés puede pensar que recibirá algún daño: para Herodes y para los otros como él, Jesús ya es "signo de contradicción". El belén es ciertamente un signo cristiano, pero es una signo que todos pueden entender y que no puede ofender de ningún modo la sensibilidad de nadie. Se deberían valorar más los signos porque son llamadas saludables a las mismas raíces, a la propia identidad y constituyen igualmente ocasiones pacíficas de reflexión para todos, cercanos y lejanos.
De esas cosas sencillas del belén, de esas casitas, de esos papeles-roca, de esas estatuillas, de los ángeles de la Gloria encima del portal, de los ingenuos cielos adornados de estrellas y de esa estrella emana el sentido del mirar extático y adorante y un sentido de alegría profunda, intensa y toda interior: es la alegría de haber sido alcanzados por la verdad, que nos concede poder vivir con dignidad; de haber sido alcanzados por la gracia, que siempre vence nuestro mismo pecado. Es la alegría de haber sido redimidos y conquistados por la "gloria del Unigénito del Padre", que viene a nosotros “lleno de gracia y de verdad" (cf Jn 1,14).
Felicidades, amigos: ¡Que la Virgen Madre nos haga experimentar desde el portal de Belén lo que significa el hecho de que Dios ha querido ser "Emmanuele", Dios-con-nosotros!
+ Mauro Piacenza, Presidente de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia y Presidente de la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada. (Agencia Fides 22/12/2006, Líneas: 57 Palabras: 833)


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