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Especial

2003-10-14

JUAN PABLO II Y OCEANIA - De Su Exc. Mons. Cesare Bonivento PIME, Obispo de Vanimo (Papua Nueva Guinea)

Vanimo (Agencia Fides) - Oceanía no puede olvidar el afecto que Juan Pablo II ha tenido hacia ella en sus 25 años de Pontificado. Los motivos son tanto que intentaré recordar los más importantes.
Uno sobresale entre todos y es el Sínodo Continental de Oceanía de 1998 que tuvo lugar en Roma como preparación al Jubileo Extraordinario del 2000 y al tercer milenio. Parecía imposible que las islas de Oceanía pudiesen ser consideradas igual que el resto de los continentes: ni el número de católicos, ni su reciente historia podían pretender una consideración tal. Y sin embargo, esto sucedió gracias al gran amor de Juan Pablo II hacia el menos considerado de los continentes. Oceanía tomó conciencia del gran aporte que puede dar a la Iglesia universal cuando vio en San Pedro a todos sus obispos reunidos en torno al Papa en una liturgia enriquecida con elementos culturales y litúrgicos típicos del continente más lejano de Roma. Fue un shock para tantos; fue una exaltación para todos nosotros que nos creíamos el último y el menos considerado en la gran familia católica y sin embargo el Padre Común nos ponía en el puesto de honor a la misma altura que las antiguas Iglesias de Oriente y Occidente. Desde ese momento un nuevo dinamismo ha recorrido toda Oceanía, un dinamismo que está ahora surgiendo cada vez más.
Entre los muchos motivos de deuda que Oceanía tiene hacia Juan Pablo II quisiera recordar antes que nada la atención que siempre ha dado el Santo Padre al gravísimo problema de las vocaciones en Oceanía. Oceanía vive una realidad contradictoria. Por una parte están Australia y Nueva Zelanda consideradas en general zonas europeas, con los problemas típicos de Europa y por tanto con una disminución rapadísima de las vocaciones. Por otra parte están países como Papua Nueva Guinea, las Islas Salomón, Nueva Calcedonia etc.. donde por gracia de Dios hay grandes posibilidades de vocaciones. Para todos el Papa ha tenido siempre palabras de animo, sobre todo en la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Oceanía”. Para evitar la actual escasez de vocaciones, nos ha exhortado a todos, no solo a la confianza , a la oración y a la fidelidad a la iglesia, sino también a la mutua colaboración para que los seminarios de Papua Nueva Guinea y de las otras islas menores de Oceanía puedan recibir la ayuda necesaria para multiplicar los seminarios según las posibilidades vocacionales. Una recomendación muy fuerte fue dirigida en particular a los Obispos para que promuevan con valentía las vocaciones sacerdotales a todos los niveles: diocesano, parroquial, escolar y familiar, con la certeza de que el Señor llama abundantemente y que los jóvenes poseen abundantes recursos espirituales si se les ayuda convenientemente en su formación en el seminario (Ecclesia in Oceanía 48). Este aliento del Santo Padre está trayendo grandes frutos sobre todo en Papua Nueva Guinea y en las Islas Salomón: las vocaciones son abundantes hasta el punto que los actuales seminarios no son suficientes. Hace falta aumentar el número de seminarios sobre todo de los seminarios menores a nivel diocesano. Naturalmente las dificultades que hay que superar para llegar a esta meta son tantas. Pero la urgencia y la posibilidad de tener tantas vocaciones sacerdotales nos obliga a intentar todo siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de Juan Pablo II.
Otro motivo de gratitud hacia Juan Pablo II viene de su ministerio en favor de la vida. Oceanía hasta hace un tiempo ha vivido siempre de rebote y con un cierto retardo los problemas del mundo occidental: sobre todo en lo referente a problemas como el aborto, la contracepción, el SIDA, la educción sexual, la prostitución, la homosexualidad etc... Ahora, no solo Australia y Nueva Zelanda, sino incluso en las otras islas de Oceanía y particularmente en Papua Nueva Guinea, advierten estos problemas sobre todo a causa de la influencia de las grandes agencias internacionales que manipulan a los gobiernos locales. Actualmente en Papua Nueva Guinea nos encontramos ante directivas medicas a favor de la esterilización, del uso del condón como único medio en la lucha contra el SIDA, con propuestas para legalizar la prostitución, el aborto y prevemos que no tardarán en hacer oír tantas otras propuestas como la referente a la homosexualidad y al matrimonio entre homosexuales naturalmente escondido todo bajo el nombre de derechos humanos. También la escuela está gravemente amenazada de intentos de educación sexual que en vez de defender al niño lo empujan a comportamientos gravemente lesivos contra su dignidad y su salud.
Para nosotros todo esto es una gran shock porque no corresponde ni a las necesidades de un país poco poblado ni las exigencias de carácter cultural. Por el contrario, todo esto es un estridente contraste con la cultura local.
Por fortuna no estamos desamparados ante todos estos ataques contra la dignidad humana. Nos encontramos protegidos por la enseñanzas de Juan Pablo II que han llegado a todas las Iglesias
sobre todo por medio de su Encíclica “Evangelium Vitae” y de sus repetidas enseñanzas sobre la dignidad de la persona humana, sobre la defensa de la familia y de la escuela católica y sobre la verdadera lucha contra el SIDA que incluye necesariamente la observancia de la ley de Dios. Esta enseñanza representa una barrera formidable en ayuda de las Conferencias Episcopales que se sienten así reforzadas para proclamar con claridad el Evangelio de Cristo incluso cuando las presiones internacionales arrecian y parecen vencer.
Por último, señalaré la gran ayuda dada por Juan Pablo II a Oceanía, gracias a sus viajes en este continente (1984 y 1995) que han hecho percibir de modo claro y concreto el significado de la universalidad y catolicidad de la Iglesia. Hablo sobre todo de Papua Nueva Guinea que es bastante representativa de las islas menores de Oceanía. La Iglesia en Papua Nueva Guinea vive un momento particular, el de la localización. Esta pasando de una iglesia rica en misioneros de ultramar a una Iglesia rica en personal local. Este proceso se ha producido ya en gran parte en las Comunidades protestantes, pero con una velocidad que en muchos casos ha dado la impresión a los locales de haber sido mas rechazados que reconocidos y provocando diversos reproches hacia las comunidades eclesiales de Europa o Australia que la fundaron. Las comunidades protestantes
locales no se sienten ahora ayudados por sus comunidades de origen y se sienten pues prácticamente separados de ellos. Este hecho ha facilitado también la proliferación de las sectas entre sus miembros provocando su progresivo debilitamiento.
Con sus viaje a Oceanía el Santo Padre ha mostrado que las Iglesias de Oceanía son muy queridas a la Iglesia Universal y que la Iglesia Universal continua y continuará cuidando de las Iglesias de Oceanía, incluso favoreciendo al máximo su localización. El Papa ha hecho comprender a todos que los hijos de la Iglesia católica están unidos unos a otros por un fuerte vínculo que se expresa tanto a nivel espiritual como a nivel caritativo. Esto es de vital importancia para Papua Nueva Guinea donde el sentido de pertenencia representa una valor absoluto: en Papua no hay huérfanas porque lo niños que pierden a sus padres son rápidamente adoptados por otros miembros de la gran familia del pueblo. Ser abandonados es la experiencia mas triste que podría tener un papú. El Santo Padre ha hecho comprender a todos, también a nuestros hermanos protestantes, que nadie está abandonado en la Iglesia católica porque ella es Madre de todos. Gracias al cuidado pastoral de Juan Pablo II muchas comunidades protestantes de Oceanía comprenden mejor el significado de la catolicidad de la Iglesia católica y la miran con gran interés. (Agencia Fides 14/10/2003)

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