VATICANO - HACIA EL SACERDOCIO por Mons. Máximo Camisasca - El sacerdote: hombre de Dios al servicio de los otros hombres

viernes, 10 noviembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La vocación es ante todo una iniciativa de Dios en nuestra vida. Esto quiere decir que el sacerdote es, por encima e cualquier otra cosa, un "Hombre de Dios": un hombre al que Dios elige. Una afirmación esta que puede, sin embargo, ser sometida a diversas tergiversaciones. Decir que el sacerdote es un hombre elegido por Dios no significa que es una persona que vive encerrado en su Misterio. Es decir, uno con “la cabeza entre las nubes", que no tiene nada que decir al mundo y a los hombres del mundo, porque - participando de otro mundo - no está interesado en este mundo y no tiene nada de relevante que comunicarle. Evidentemente no es este el sentido de "Hombre de Dios."
El sacerdote, por el contrario, es una persona que aprende a mirar el mundo tal como Dios ve al mundo y los hombres. Pero este es un proceso que requiere tiempo. Precisamente Jesús, para educar a sus discípulos a entrar en la mirada de Dios, tuvo que convivir años con ellos: ciertamente no bastaron una o dos lecciones. Y esta convivencia no fue en todo caso suficiente. Si no hubiera estado el Espíritu de Dios que les fue diciendo poco a poco todo lo necesario, esta identificación con la mirada de Dios, experimentada en el tiempo de la predicación de los apóstoles, no habría sido suficiente. Este entrar en la mirada de Dios es ciertamente una obra del Espíritu en nuestra vida, que ello nos parece lenta, pero de modo real con el pensamiento de Dios.
Pero ¿cuál es el lento y fatigoso camino que hay que recorrer? Se debe partir de la lectura y la meditación de la Escritura tal como la lee la Iglesia, la escritura que no es presentada en el misal y el breviario. Por medio de la Escritura aprendemos a comprender lo que le interesa a Dios en lo que ocurre. Y por consiguiente, nosotros también aprendemos a ver lo que es portador de paz, de alegría, de comunión en las cosas que ocurren y no de división, de laceración, de negación, de violencia y de tristeza.
El segundo camino son los escritos de los Santos. Es allí donde vemos el itinerario que han realizado para entrar en la mirada de Dios.
El tercer camino es la conversación con los amigos que me ayudan en esta dirección. De este modo se experimenta que yo he sido elegido: que Dios nos ha amado el primero. He aquí porque Él ha enviado a su Hijo para mí. Si no se da esta experiencia personal del amor, no es posible la vida sacerdotal. El sacerdocio es propiamente la experiencia del amor recibido, del amor personal, recibido de Cristo que se dilata como experiencia de la Iglesia, come el propio destino personal. "Ésta es mi herencia, mi copa", dice el salmo: el sacerdote como un hombre de Dios, siente la vida de la Iglesia como su propio destino personal.
Pero el sacerdote también es un hombre para los otros hombres. Esto significa donación. Quien quiere retener algo para si es mejor que no llegue a ser sacerdote. La vida sacerdotal ¿qué es si no la participación en la vida de Jesús? Y Su vida fue entrega. Él se dio a sí mismo sin medida. Su única medida era no tener medida. Aquí se entiende como el fundamento de la vida sacerdotal está en los sacramentos, porque los sacramentos son precisamente la expresión de la donación sin medida qué vive Jesús: Jesús continua entregándose a si mismo. Por todas estas razones el sacerdote puede ser hombre de Dios para los otros hombres sólo si saca continuamente de Jesús, es decir, de los sacramentos, la fuerza y la medida de su propia donación. Sabemos que la donación de Jesús realiza un intercambio: Él se nos da todo a si mismo y toma sobre de si todo nuestro mal. Esta es también la vida sacerdotal, que consiste en llevar el peso de los otros. Pero esto no sería nunca posible si cada de nosotros no se confía completamente en los brazos de Jesús. (Agencia Fides 10/11/2006; Líneas: 45 Palabras: 710)


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