VATICANO - AVE MARÍA a cargo de don Luciano Alimandi - “Madre de Misericordia”; “Jesús ha venido al mundo por medio de María; por medio de María debe reinar en el mundo” (San Luis Mª Grignion de Montfort)

miércoles, 12 julio 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Se nos podría preguntar cuál es la urgencia más grande de nuestros días, la necesidad más impelente para el hombre y para el mundo. Y, cierto, se podría hacer una lista de prioridades. Pero sería necesario al final decidirse por la prioridad de las prioridades. ¿Y cuál podría ser? Quizás, ¿la misericordia? Esta gratuita bondad que no pone condiciones, sino que se dona al prójimo, simplemente por la alegría de donarse, recibiendo de Dios la fuerza para hacerlo. ¡Qué fácil es para nosotros hombres hablar de amor y de perdón (los dos ingredientes principales de la misericordia) y qué difícil resulta en cambio practicarlos! Sin embargo, si vivimos la misericordia somos felices, porque sin este amor gratuito no podemos gustar y hacer gustar la vida.
Dios, que es amor y nos ha creado por amor y para el amor, nos ha enviado a su Hijo para reconciliarnos con Él y hacernos capaces de ser verdaderamente buenos y amarnos. En efecto, nosotros, habíamos caído en la imposibilidad de amar al Amor misericordioso, porque le habíamos renegado con nuestro egoísmo. Y he aquí que Jesús viene para restaurar lo que estaba definitivamente perdido: “Dios, en efecto, tanta ha amado al mundo hasta dar a su Hijo Unigénito para que quien crea en Él no muera, sino que tenga la vida eterna. Dios no ha mandado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve a través suyo” (Jn. 3, 16-17).
Dios realiza esta venida salvífica a través de una Madre, que es elegida para un proyecto que supera toda imaginación humana y angélica: dar el nacimiento terreno, sin concurso de varón, al Redentor. Desde aquel día, cada día, gracias a la alegre y pronta acogida de María, nosotros estamos en camino “por Cristo, con Cristo y en Cristo” hacia el Reino de los Cielos, hacia la Fuente eterna de la que hemos recibido el don de nuestro ser, nuestra vida de gracia, cada respiro y deseo de libertad y de verdad. También la Virgen Madre nos acompaña por este camino de retorno a la Casa del Padre. Ella que es como nosotros criatura suya, la más bella y perfecta criatura salida de sus manos creadoras. “Él la amó y en Ella hizo cosas grandes” (cf. Lc 1, 49); La amó por si mismo y la amó también por nosotros; La donó a si mismo y la donó también a nosotros” (Marialis Cultus n. 59). Con estas estupendas palabras Pablo VI sintetiza el misterio del Amor de Dios por la Virgen María. Es hermoso creer que Él “¡la donó a si mismo y la donó también a nosotros!” La maternidad espiritual de María es verdaderamente don de la misericordia de Dios por la humanidad, para hacer más dulce y expedito el camino tras de Él que de sí mismo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).
Uno de los santos de la Iglesia que ha comprendido profundamente este misterio de la mediación materna de María es, sin duda, San Luis María Grignion de Montfort, que tantos esperan pueda ser proclamado, un día, Doctor de la Iglesia. Él inicia su célebre “Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María” con estas sintéticas palabras que son en realidad la clave de toda su doctrina mariológica, profundamente trinitaria y cristocéntrica: “Jesús ha venido al mundo por medio de María, por medio de María debe reinar en el mundo” (nº 1).
Este reinar de María en el mundo se puede entender bien precisamente en relación con la misericordia de Dios, de la que hombre tiene tanta necesidad, como ha experimentado Santa Faustina Kowalska, beatificada y canonizada por el Siervo de Dios Juan Pablo II. María recibió un poder particular sobre el corazón de cada persona que se confía a Ella. Este poder de gracia es una sagrada influencia que viene a infundirse en el alma como bendición y protección materna. ¡Los santos de todos los tiempos nos lo demuestran! Quien pone su propia vida en las manos de María Santísima experimenta, de una manera toda especial, la ternura de Dios con las criaturas y con toda la creación. ¡Es como si la Madre nos abriera los ojos para contemplar el misterio del Amor inagotable de Dios! Desgraciadamente, tantas veces nos adormecemos y caemos como en un olvido, mendigando amor en otras partes sin encontrarlo. He aquí entonces que la Madre nos ha sido dada sobre todo para encontrar la misericordia divina, para conocerla más profunda y eficazmente. Juan Pablo II antes y Benedicto XVI en nuestros días nos recuerdan que nosotros podemos encontrar personalmente y en toda su plenitud este amor misericordioso en nuestro Señor Jesús, que precisamente en el momento de su máxima clemencia para el mundo, cuando estaba Crucificado, indicando a María bajo la Cruz, nos dijo: “He aquí a tu Madre” (Jn 19, 27) (Agencia Fides 12/7/2006 Líneas: 56 Palabras: 862)


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