VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA a cargo de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - “El rostro humano de la institución”

viernes, 30 junio 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Los primeros pasos de la existencia histórica del misterio divino-humano que es la Iglesia, vieron al Señor Jesús entrar en relación con otros hombres, los Apóstoles, y con ellos tejer la trama de relaciones humanas sobre la que se funda todo el edificio eclesial. La relación con Cristo representó para ellos la única razón adecuada de sus decisiones, del seguimiento, de las “renuncias” que tuvieron que realizar en su propia existencia, para seguir al Maestro.
El envío del Espíritu representó tanto la certeza de la permanencia entre los Apóstoles de la Presencia del Señor Resucitado, como la garantía de verdad respecto a la enseñanza de la Fe y a su transmisión. Vivir en el Espíritu en la presencia del Resucitado representó desde los orígenes, el núcleo de autoconciencia de la Iglesia, en constante asimilación de aquel principio personalista que Cristo mismo vivió en el encuentro y la elección de “aquellos que Él quiere”.
Trama de relaciones humanas e instituciones eclesiales tienen de esta manera un origen común en la libre voluntad del Señor de escoger algunos hombres para “que estuvieran con Él y enviarles”, constituyendo un método que no es solamente ejemplar para la vida de la Iglesia, sino también normativo. La Iglesia no ha seguido solamente el ejemplo de Cristo en orden a la trama de relaciones interpersonales que en el tiempo han garantizado la continuidad de la transmisión de la fe, sino que en ello han visto una verdadera norma, inderogable, según la cual la institución no es, ni puede ser, desvinculada de las personas, y tiene y debe tener siempre un rostro, un rostro humano.
La misma sucesión apostólica, en definitiva, es una “sucesión de hombres”, una “secuencia humana, de rostros humanos”, que podría ser, sin tema, objeto de oración y de invocación y en parte lo es en el Canon Romano. No es por tanto ni siquiera concebible una institución eclesial, privada del elemento humano o “a pesar” del elemento humano. El precio de una hipótesis así sería la traición a la enseñanza evangélica y al método escogido por Cristo y, al mismo tiempo, la caída en un puro idealismo eclesial, privado de comparación con la realidad y, consecuentemente, expuesto a la ideología más peligrosa, víctimas de las modas de pensamiento que se suceden.
La institución eclesial posee constitutivamente un rostro humano garantizado por el Espíritu, si bien en el drama del límite de ese rostro. Se puede decir que el Espíritu actúa a través de tal drama: la Teodrammatica, diría Balthasar. La dimensión humana de la Iglesia institucional, no es obstáculo para la fe, sino parte integrante e imprescindible de la obediencia de la fe, que no es mera aceptación de fórmulas, sino asimilación del método elegido por Cristo para comunicarse y, sobre todo, relación humana con Él.
Aquella trama inicial de relaciones humanas ha llegado a nuestros días, a través del colegio apostólico y la Iglesia será tanto más creíble y fiel al mandato del Señor, cuando más sabrá mostrar este rostro, garantizada por el Espíritu.
El Santo Padre Benedicto XVI muestra cada día, con su trato y sus decisiones de gobierno, que tiene muy presente este “rostro humano de la Institución”, enseñando así a todos nosotros que el cristianismo es ante todo: “una amistad que se comunica”, amistad con Cristo y, de consecuencia, entre los hombres. (30/6/2006 Agencia Fides Líneas: 41 Palabras: 586)


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