VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA a cargo de don Nicola Bux e don Salvatore VITIELLO - “El método de la Tradición”

jueves, 18 mayo 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “El método de la Tradición”. La obediencia a la Tradición, esto es, a aquella forma de enseñanza a la que hemos sido entregados, se documenta en el tiempo a través de la dinámica del encuentro que define lo específico cristiano: el acontecimiento del encuentro con la Persona de Cristo, cuya presencia permanece en el tiempo a través de la visibilidad y materialidad del cuerpo eclesial (cf. Deus Caritas est nº 1). Es el deseo permanente de la Iglesia: ser presencia divina en el mundo. Deseo e identidad profunda de la cual todo el cuerpo eclesial debe ser continuamente consciente, para no perderse en actitudes “políticamente correctas” o, peor aún, en aquel “hacer social” que tanto gusta al mundo y que frecuentemente se justifica como preparatio evangelica, pero que en definitiva no llega jamás al anuncio explícito de Cristo Único Salvador.
La dinámica del encuentro, permite hoy y en cualquier lugar el tradere Christum, la entrega de Cristo: sea la que Él hace de Si mismo a la humanidad, continuando incesantemente a donarse por vía neumática, a través de la Escritura y de los signos sacramentales, sobre todo la Santa Eucaristía, sea aquella que su Cuerpo, que es la Iglesia, viva y joven, prolonga con la obra del anuncio, de la guía de las conciencias y de la santificación. La dinámica del encuentro, entonces, no es apenas la descripción de un acontecimiento del pasado, que ha afectado todo lo más a unos cuantos hombres, los apóstoles y los primeros discípulos, y que es para nosotros inaccesible. El encuentro es la manera en la que el Misterio ha elegido alcanzar al hombre, a cada hombre, en todo tiempo.
La ineficacia de mucha, quizás demasiada, “actividad pastoral” está unida inevitablemente a la no suficiente comprensión de esta central cuestión de método. En nuestros días, gracias a la fuerte contribución de todas aquellas experiencias de movimientos y nuevas comunidades surgidas en el siglo pasado, se ha difundido una terminología que habla de “hacer experiencia del Señor”, “encontrar a Cristo” (sin detenernos a tratar la problemática que expresiones de este tipo suscitaban en la teología del siglo XIX). Sin embargo, es esencial que la introducción de una nueva terminología no se reduzca a mero nominalismo, sino que se corresponda con una real, profunda y significativa experiencia existencial.
El Misterio, tomando la vía de la Encarnación, ha elegido no evitar lo humano, sino que lo ha salvado asumiéndolo, yendo hasta el fondo de la realidad, haciendo surgir la pregunta y proponiéndose como la respuesta plausible al corazón y a la razón, al sentido religioso humano, a las preguntas de nuestro yo. Éste es el método de Cristo: despertar al hombre a la realidad de su yo, a las preguntas fundamentales que lo constituyen y, una vez que se despierta de pregunta de sentido, proponerse como respuesta humanamente convincente, porque es capaz de no censurar nada (ni corazón ni razón) sino de abrazar la integridad de la persona.
Hoy la pastoral si quiere continuar a tradere Christum, anunciar al Señor, debe ayudar a los hombres a vivir la realidad; a no buscar vagas consolaciones en la fuga de la realidad, que nunca ha sido predicada por el cristianismo. En su relación con lo real, el dualismo filosófico y práctico que ha separado la razón del ser, de la que todos, por evidentes circunstancias históricas, podemos ser víctimas, ha sido superado. La realidad, cualquier realidad, proponiéndose, por el sólo hecho de ser, proponer una pregunta a la que corazón, razón, afecto e inteligencia, están llamados a dar una respuesta. Vértigo de la razón se convierte entonces la posibilidad de estar a las puertas del Misterio, admitir que no se comprende nada y que debe reconocer sus propios límites.
La respuesta a ese límite, que concuerda con el corazón del hombre que pregunta, es más grita, una ayuda infinita de significado, es Cristo: el Misterio Encarnado, el Misterio que se convierte en experiencia accesible y que precisamente a través de esta accesibilidad, despliega toda la potencia de la pregunta del corazón humano. El método de Cristo es y debe ser entonces el método de la Tradición, el método de la Comunión eclesial cargada de razones, el método de la comunicación del Evangelio viviente, el método de toda acción “pastoral” que no quiera autocondenarse a la ineficacia.
Cómo está lejos una tal perspectiva de aquella indulgencia infinita sobre preámbulos o sobre un “diálogo artificial de valores”, que no ponen en juego jamás a la persona, al yo, con sus preguntas. Cuánto dista un tal reclamo de la realidad y de la indispensable relación con ella, desde esas posiciones que confunden el fin (el anuncio de Cristo) con los medios (el diálogo), y saltan inevitablemente el yo.
Los actuales debates sobre la laicidad del estado, sobre la presunta incompatibilidad entre monoteísmo y democracia, sobre la necesidad de un “sano” relativismo (alguno habla incluso de un relativismo cristiano) que impida los enfrentamientos, sobre la legitimidad de la Iglesia a intervenir públicamente, incluso de manera puntual, en cuestiones relevancia ética y civil, arriesgan en realidad frecuentemente con caer en una autolimitación ilegítima e injustificada de la dimensión de verdad universal del Acontecimiento cristiano. Tales debates, además de mostrar en su concreta realización una incapacidad de ver la realidad, porque muy frecuentemente a las “cátedras de los no creyentes” sponsorizados desde una cierta “pastoral del diálogo” participan multitudes de religiosas y fieles laicos que salen de esos debates confusos y desorientados, mientras que tales cátedras vienen sistemáticamente abandonadas por los destinatarios originales (los no creyente precisamente), son signo preocupante de la profunda falta de comprensión del método de la Tradición.
Cristo se comunica hoy exactamente como Él mismo eligió comunicarse hace dos mil años: entrando en la realidad, despertando en el hombre sus preguntas últimas y ofreciéndose como compañía, experiencia humanamente convincente, inicio de una comunión nueva que, cargada de afecto y racionalidad, libera al hombre. Sólo si se comprende con fuerza una tal perspectiva de método y se tiene la valentía de indicar a Cristo y a la Iglesia, y no la vía de la duda y del relativismo, como la respuesta adecuada al corazón del hombre, que es despertado por el encuentro con la humanidad cambiada de los creyentes, se podrá afirmar que se es auténticamente misioneros y de haber comprendido el método de la Tradición. (Agencia Fides 18/5/2006 Líneas: 77 Palabras: 1081)


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