Enero de 2006: " Para que los cristianos acojan con respeto y caridad a los emigrantes reconociendo en ellos la imagen de Dios" Comentario de la intención Misionera indicada por el Santo Padre a cargo de Su Exc. Mons. Silvano M. Tomasi C.S., Nuncio Apostólico-Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas y Organizaciones Internacionales en Ginebra

jueves, 15 diciembre 2005

Ginebra (Agencia Fides) - Son más de 200 millones las personas que viven y trabajan en la actualidad en un país distinto del que nacieron, un signo de los tiempos y un fenómeno que transforma a países enteros. A estos emigrantes se dirigió el Santo Padre Benedicto XVI en el ángelus del pasado 5 junio, conmemorando el primer centenario de la muerte del Beato Giovanni Baptista Scalabrini (1839-1905), definido por Juan Pablo II como "Padre de los emigrantes”: “deseo que encuentren siempre en su camino rostros amigos y corazones acogedores, que puedan sostenerlos en las dificultades de cada día". En estas palabras el Papa acogía la tradición de amor a los emigrantes de los santos de la Iglesia como la Madre Francesca Javier Cabrini, John Neuman, Scalabrini, e indicaba el camino hacia el futuro: la acogida,
EI Evangelio describe la acogida como una característica del modo de ser de Jesús, de su relación con los otros: acoge a las muchedumbres y les habla del Reino de Dios y cura a cuantos tiene necesidad de ello (Lc 9,11); acoge a los pecadores y come con ellos, (Lc 15.1-2); se hace presente en la acogida alentando a los discípulos: "quien os acoge a vosotros, me acoge a mí, y quién me acoge a mí, acoge a quien me ha enviado" (Mt 10, 40). Acogiendo la enseñanza del Maestro, el apóstol Pablo instruye a los cristianos de las primeras comunidades diciendo: "acogeos los unos a los otros como Cristo os ha acogido" (Rm 15,7). La acogida cristiana no tiene límites ni perjuicios de raza, color, cultura, antes bien, es un test para el día del juicio. Bendito y salvado es quien ha acogido, porque detrás de todo rostro necesitado estaba escondido el Hijo de Dios: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35).
El encuentro con el otro no puede dejar indiferentes a quien se abre al mensaje evangélico. El amor, que debe ser la divisa del cristiano, exige una actitud de positiva apertura, que, posteriormente, deberá también concretarse en comportamientos de disponibilidad operativa frente al extranjero, que abandona su propia tierra para buscar en un nuevo País un futuro mejor para si y para sus seres queridos. Políticas y leyes ecuánimes, estructuras dignas, procedimientos transparentes, apertura a la convivencia constructiva se convierten en la expresión visible del amor, que se extiende también al intercambio de valores y bienes que edifican la comunión en el aprecio de las diversidad en un intercambio recíproco y armónico que abraza los derechos y los deberes de todos y en el respeto de la dignidad y de la libertad de cada individuo.
No hay pues, lugar para la segregación territorial y social, elegida o impuesta, como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, en particular en los documentos referentes a los emigrantes como “Erga Migrantes Caritas Christi". La buena acogida abre a la integración y hace de las migraciones, a menudo marcadas por injustos desequilibrios económicos y difíciles desarraigos, una fuerza para el desarrollo de los países de origen y de llegada. Por tanto, la acogida es una dimensión del amor al prójimo y se convierte, pues, en un auténtico "testimonio cristiano". Supera la simple aceptación de la diversidad cultural, por el hecho de que sella la disponibilidad a construir juntos un futuro de paz y de mutuo enriquecimiento, tomando como fundamento la revelación bíblica sobre la unidad de la familia humana que emerge de la fraternidad universal, caracterizada por la común "imagen y semejanza" con el Creador (Gen 1,26-27).
Pero la acogida no es sólo un deber cristiano para el éxito económico y para una buena integración socio-política. De algún modo, ella nos hace ver las migraciones como un fuerte momento de reflexión, de diálogo religioso y de misión. Los emigrantes, en efecto, afectados por el fuerte cambio que su experiencia comporta, deben asumir nuevos papeles, nuevas mentalidades, la soledad, y preguntarse de nuevo cuál es el sentido de su existencia y la respuesta que la religión le puede ofrecer. Está claro que las misiones nos han venido en las nuevas poblaciones llegadas de lejos que nos interpelan respecto al anuncio explícito del mensaje evangélico, el mayor acto de caridad que podemos ejercer con ellos. Por último, los emigrantes católicos, que son a menudo una parte consistente de los nuevos flujos migratorios, pueden convertirse en testigos de vida cristiana en el entorno que los acoge. He aquí por lo tanto, las migraciones como un nuevo areópago en la misión de la comunidad cristiana, dónde la "buena acogida" es lo clave inicial para superar las dificultades y para ampliar las dimensiones de la caridad. (+ Silvano M. Tomasi, c.s.) (Agencia Fides 15/12/2005; Líneas: 57 Palabras: 839)


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