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Intención Misionera

2011-05-31

“Para que el Espíritu Santo haga surgir de nuestras comunidades numerosas vocaciones misioneras, dispuestas a consagrarse plenamente a la difusión del Reino de Dios” - Comentario a la Intención Misionera de junio del 2011

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El decreto conciliar Ad gentes, afirma que la Iglesia peregrina es misionera por naturaleza,  puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio del Padre, que es el amor fontal (cfr. AG, 2). Creándonos libremente Él nos ha llamado, sin interés alguno, a participar en su vida divina, procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad.
Gracias  al misterio pascual de Cristo se ha difundido sobre el mundo el don del Espíritu Santo. Su cuerpo, como el vaso de alabastro, se ha roto en su Pasión para derramar sobre la Iglesia el perfume suavísimo del Espíritu. Este Espíritu, Santificador y Dador de Vida, es el alma de la misión de la Iglesia. Desde Pentecostés, llena de fuerza a los testigos del amor de Cristo en el mundo, y al mismo tiempo, prepara los corazones de los que reciben el anuncio para que puedan acoger el don de la Palabra de la Vida, que se ha hecho visible en Cristo.
Es también el Espíritu quien suscita en el corazón de los hombres el deseo de adherirse a Cristo, de compartir su misión, de ser enviado por todo el mundo a predicar la buena noticia. La Iglesia no es una empresa humana, que deba su éxito a la capacidad organizativa de quienes la dirigen. Es una obra toda divina donde, a pesar de las limitaciones de los hombres que la componemos, Dios realiza su obra de santificación. Es cierto, sin embargo, que algunas dificultades internas a la Iglesia, constituyen un obstáculo no pequeño para la vitalidad misionera.
El Beato Juan Pablo II señalaba con tristeza que a veces se percibe  una falta de fervor en los fieles y en los ministros que se manifiesta en la fatiga y en la desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo, en la falta de alegría y de esperanza (cfr. RM, 36).
También presentaba como una de las razones más graves de la falta de celo misionero, una mentalidad indiferentista que está ampliamente difundida, por desgracia incluso entre los cristianos. Esta mentalidad está enraizada en posiciones teológicas no correctas y, marcada por un relativismo religioso lleva a pensar que da lo mismo una religión que otra.
Ante esta situación, es necesaria la oración ferviente de la Iglesia. Las vocaciones misioneras, como toda vocación, son don gratuito de Dios. Es necesario rogar al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.  Es necesario crear  una atmósfera de apertura al Espíritu Santo que confiera un nuevo dinamismo a la Iglesia, basado en el amor universal de Dios por todos los hombres. Tenemos que volver a reunirnos en oración con María, como los Apóstoles en Pentecostés, para aprender de Ella la docilidad al Espíritu Santo.
Muchos jóvenes sienten el miedo ante la llamada de Dios, ante una representación del seguimiento de Cristo como pérdida de sí mismo, y de cosas. El hombre actual, por una parte desea a Dios, pero por otra se aterroriza ante las exigencias del amor verdadero, el único que permite encontrar y gozar de Dios. Tenemos que hacer comprender a nuestros hermanos, sobre todo con nuestra vida, que el fuego de Dios no destruye, sino que genera vida.
Benedicto XVI afirmaba en la homilía de Pentecostés del año pasado: “Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo. El dolor que nos produce es necesario para nuestra transformación". (Homilía, 23/5/2010).
Pidamos la gracia de no tener miedo a ser tocados por el fuego. Pidamos que muchos jóvenes sean tocados por ese fuego de Dios, para que por su vida entregada por la Iglesia, se renueve la faz de la tierra con el amor de Cristo, vivo en sus misioneros. (Agencia Fides 31/05/2011)

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