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Intención Misionera

2009-12-28

“Para que todos los creyentes en Cristo tomen conciencia de que la unidad entre todos los cristianos constituye una condición para hacer más eficaz el anuncio del Evangelio” - Comentario a la Intención Misionera del mes de enero del 2010

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La unidad de todos los discípulos de Cristo, es uno de los deseos más profundos de su corazón. Ya en la Última Cena, el Señor manifiesta a sus Apóstoles, en ese ambiente de intimidad y confidencia, su deseo de unidad. Ese deseo se transforma en súplica confiada al Padre: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21). Nosotros debemos unirnos a la oración de Cristo, y rogar intensamente por la unidad. Todo el misterio pascual de Jesús está dirigido a ese fin. Él va a morir, como profetizó Caifás incluso sin saberlo, para “reunir a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52).
El 25 de enero de 2007, afirmaba Benedicto XVI: “Al concluir la Semana de oración por la unidad de los cristianos, somos aún más conscientes de que la obra del restablecimiento de la unidad, que requiere nuestra energía y nuestro esfuerzo, es en cualquier caso infinitamente superior a nuestras posibilidades. La unidad con Dios y con nuestros hermanos y hermanas es un don que viene de lo alto, que brota de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que en ella se incrementa y se perfecciona”. Al tomar conciencia de que la unidad es un don que sólo Dios puede conceder, debe acrecentarse nuestra oración pidiendo esa gracia.
La unidad tiene una fuerza apostólica imparable. En las primeras comunidades cristianas que nos describe Tertuliano, el amor entre los creyentes era su fuerza de conquista: “Mirad cómo se aman”. La división produce ante los ojos de los que observan, una gran desconfianza. No pueden sentir atracción a participar en la vida y en la fe de aquellos que están divididos. La unidad procede del amor y es manifestación de éste, y el amor siempre cautiva. La caridad es el vínculo de la unidad consumada. La falta de unidad debilita inmensamente el anuncio del Evangelio.
Por eso, ante la división, debemos ser conscientes de que la unidad requiere una conversión. Hablando de esta conversión, explica el Santo Padre: “La conversión implica dos dimensiones. En el primer paso se conocen y reconocen a la luz de Cristo las culpas, y este reconocimiento se transforma en dolor y arrepentimiento, en deseo de volver a empezar. En el segundo paso se reconoce que este nuevo camino no puede venir de nosotros mismos. Consiste en dejarse conquistar por Cristo” (25-1-2009). En el caso de S. Pablo, su conversión no fue el paso de una vida inmoral a una moralidad cabal, sino que consistió en ser conquistado por el amor de Cristo, renunciar a la propia perfección. «Sólo en la renuncia a nosotros mismos, en esta conformidad con Cristo podemos estar unidos también entre nosotros, podemos llegar a ser “uno” en Cristo. La comunión con Cristo resucitado es lo que nos da la unidad» (25-1-2009).
La Iglesia nació como fruto del misterio pascual de Cristo, por la acción del Espíritu Santo. Los Apóstoles estaban en oración con María, reunidos junto a Ella. Aquella que era el recuerdo vivo de Jesús, se convierte en vínculo de unidad para los que le aman. Pidámosle a Ella, Madre de la unidad, que interceda ante su Hijo para conseguir la anhelada unidad entre los miembros de Cristo.

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