VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - Los Santos: ¡obra maestra del Espíritu Santo!

miércoles, 18 febrero 2009

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Los Santos y las Santas que nos acompañan a lo largo del Año litúrgico y cuya memoria celebramos, nos dicen claramente que el Evangelio que proclaman, no sólo con los labios sino también con el testimonio de su vida, que llega en los mártires hasta la efusión de sangre, ha tenido el poder de transformar esa vida en una existencia llena de Dios.
Toda promesa evangélica se realiza porque Quien la ha hecho es Dios y quienes corresponden a sus deseos, manifestados plenamente por el Señor Jesús, llegan a ser realmente sus hijos, ciudadanos de su Reino y participan en la vida de gracia que vivifica su Iglesia que es en la tierra el signo visible de este Reino. Como las promesas contenidas en las Bienaventuranzas, que en los Santos se ven realizadas espléndidamente, así también toda palabra del Señor, que encuentra eco en la vida del discípulo, da frutos abundantes, a veces el treinta, a veces sesenta, a veces cien (cf. Mt 13, 8). Todo depende de cuan adherente es el comportamiento del creyente, tanto interior como exterior, a la palabra del Evangelio. La semejanza con Jesús es, en efecto, santidad: cuanto mayor imitación de Cristo tanto mayor santidad. Es por esto que la Iglesia, antes de proclamar la heroicidad de las virtudes de un siervo o de una sierva de Dios, estudia a fondo su comportamiento, escrutando su testimonio integral. La santidad evangélica, en efecto, está totalmente encarnada en la vida, no es teórica sino práctica, genera obras de santidad, más o menos escondidas, pero reales, como son reales las virtudes. Estas obras justas de los santos forman la vestimenta brillante de lino puro que adorna a la Iglesia, Esposa del Cordero (cf. Ap 19, 8-9).
Sólo quienes ponen en práctica el Evangelio son reconocidos como verdaderos discípulos del Cordero y se sientan en su banquete de bodas, es decir, comparten con Él, en el Cielo, la gloria, el honor y el poder que el Padre le ha dado. Son estos los “Siervos de Dios” que iluminan el mundo como las estrellas iluminan la noche, son ellos los más grandes benefactores de la humanidad, porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Ellos, los Santos, eran amigos de todos los hombres, sin distinción de ningún tipo. Que hermoso saber que en Jesús, un San Francisco, un Santo Domingo, una Santa Teresa del Niño Jesús… han dado la vida también por nosotros, para que podamos tener el coraje de hacer como ellos, de llegar a ser auténticos amigos de Jesús: sin ninguna reserva por Él, con un amor incondicionado que se dona sin reservarse nada para sí no para el mundo. ¿Quién más, sino Dios mismo, en Jesucristo, es digno de este amor?
El camino de la santidad cristiana es posible, sin embargo, sólo cuando se instaura con el Espíritu Santo una relación tan esencial que Él se convierte verdaderamente, en modo permanente, el Huésped dulce del alma.
San Pablo nos recuerda que sólo por medio del Espíritu de Jesús es posible invocar a Dios como nuestro Padre (cf. Rm 8, 15; Gal 4, 6). La invocación al Espíritu Santo debería impregnar la vida de todo auténtico discípulo del Señor que anhele la santidad. El Espíritu Santo, en efecto, ilumina nuestra mente e infunde fuerza a nuestra voluntad para discernir el bien del mal y escoger siempre aquello que es agradable a Dios. Para cada uno de nosotros es imposible vencer esta batalla espiritual que atraviesa completamente nuestra existencia humana, sin el apoyo buscado y acogido por la Fuerza que viene de lo Alto.
Cuando, en la Secuencia de Pentecostés, invocamos “lava lo que es sórdido, riega lo que es árido, sana lo que está enfermo, dobla lo que está rígido, calienta lo que está helado, endereza lo que está desviado”, le pedimos al Espíritu Santo que nos sane, nos libere, nos convierta, nos transforme. ¿Dónde, en efecto, hay que lavar, sanar, doblar, calentar, enderezar, si no en lo íntimo de nuestros corazones, allí donde se basa la verdadera vida del hombre, justamente en su alma? El Santo Padre, en modo magistral, ha indicado a los jóvenes reunidos en Sydney esta acción maravillosa del Espíritu Santo, al Que ha dedicado todo el encuentro mundial de la juventud 2008:
“La fuerza del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de vida a la Iglesia. A través de la gracia de los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza fluye también en nuestro interior, como un río subterráneo que nutre el espíritu y nos atrae cada vez más cerca de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo. San Ignacio de Antioquía (...) ha hablado del Espíritu como de una fuente de agua viva que surge en su corazón y susurra: ‘Ven, ven al Padre’ (cf. A los Romanos, 6,1-9). Sin embargo, esta fuerza, la gracia del Espíritu Santo, no es algo que podamos merecer o conquistar; podemos sólo recibirla como puro don. El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces podemos permitirle encender nuestra imaginación y modelar nuestros deseos más profundos. Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia.
Ésta es pura receptividad de la gracia de Dios, amor en acción, comunión con el Espíritu que habita en nosotros y nos lleva, por Jesús y en la Iglesia, a nuestro Padre celestial. En la potencia de su Espíritu, Jesús está siempre presente en nuestros corazones, esperando serenamente que nos dispongamos en el silencio junto a Él para sentir su voz, permanecer en su amor y recibir ‘la fuerza que proviene de lo alto’, una fuerza que nos permite ser sal y luz para nuestro mundo” (Benedicto XVI, Homilía en Sydney del 20 de julio del 2008). (Agencia Fides 18/2/2009; líneas 64, palabras 1016)


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