VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - El milagro de la fe en Él

viernes, 13 febrero 2009

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El Evangelio de Marcos, que es proclamado en nuestras iglesias en este tiempo del año, nos invita a contemplar la belleza extraordinaria de la obra de Jesús Redentor que sana a los enfermos de todo tipo de enfermedades, libera a los endemoniados, pacifica con su palabra las mentes y los corazones, infundiendo en las almas ríos de amor con su presencia salvífica.
La existencia humana está llena de pruebas, entre las cuales están las enfermedades físicas, psíquicas, morales y espirituales. Así, el Señor, recorre también hoy los caminos del mundo para “imponer” sus manos y sanarnos, para “proclamar” la Buena Nueva e instruirnos, para “expulsar” al Maligno y liberarnos, para “interceder” en favor nuestro y escucharnos... Jesús es siempre el mismo: ayer, hoy y siempre. No hace acepción de personas, no necesita favores de la gente, sólo pide un acto de fe en su omnipotencia para luego intervenir.
No debemos olvidar que junto con las curaciones físicas hay otros tipos de milagros que el Señor realiza en aquellos que recurren a Él; hay otros modos de intervención divina que, aunque no cambian la situación de dolor, la hacen más soportable y, además, la transforman en un bien superior para las personas involucradas que, en su profunda fe, han aprendido a unir su dolor al de Jesús en la Cruz. Él tomó sobre sí todos nuestros sufrimientos para arrancarlos del dominio del mal y sumergirlos en el océano del Amor de Dios. Es el Amor divino que los transforma y nos transforma. Quien sufre y se ofrece a Jesucristo en el amor, se verá a sí mismo en el centro de la Redención universal y gozará del consuelo de vivir una especial comunión con el Redentor del mundo en beneficio de propia salvación y de la de los demás, pudiendo afirmar con San Pablo: “hora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
Jesús, en su Iglesia, está vivo y actúa, en primer lugar mediante los sacramentos administrados por los sacerdotes que, en virtud de la ordenación sacerdotal “actúan In Persona Christi”. Esta acción sacramental de Cristo, mediante la Iglesia, culmina en la Sagrada Eucaristía. ¡Cuántos milagros visibles e invisibles se realizan durante la Santa Misa o durante una bendición Eucarística o durante una oración ferviente frente al Tabernáculo!
Qué gran misterio es la Iglesia, en la que todos los bautizados forman un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, como nos lo describe el Apóstol Pablo en sus cartas: “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,4-6).
Jesús, como testimonia el Evangelio, realiza el milagro allí donde está presente el acto de fe en Él, donde el hombre le abre su corazón con humildad y fe. Cuántas veces el mismo Evangelio de Marcos narra los milagros de Jesús describiendo simplemente cuanto acontecía en aquel entonces:
“Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados” (Mc 6,53-56).
Todos buscan a Jesús (Mc 1,37) y Él se deja encontrar, ayer como hoy, por aquellos que creen en Él. Quienes no se interesan por Él, no son “obligados” por el Señor, pues no es insistente y menos aún invasivo, ni arisco o huraño como nosotros, cuando nos sentimos rechazados o rodeados de indiferencia. El Señor es “lemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor; bueno es Yahveh para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” (Sal 144,8-9).
Quien lo busca lo encuentra, y con frecuencia el hombre lo busca inconscientemente. El Señor se deja encontrar con facilidad. A veces este “encuentro” con Él se realiza de manera “casual”, aunque “lo casual” en realidad no existe, porque hay una Providencia; otras veces se da después de un largo camino de búsqueda, como sucedió con los Reyes Magos.
Con la luz de una fe madurada con el tiempo, el creyente que mira en retrospectiva su vida y determinados eventos, incluso dolorosos, que la han la caracterizado, encuentra, mucho más reconocible que en el pasado, la inconfundible presencia de Jesús que ha guiado los acontecimientos. Un canto espontáneo sale del corazón, un himno de alabanza se eleva a Dios por los beneficios recibidos que se descubren cada vez más numerosos, mientras se avanza poco a poco en el peregrinar de la fe. Mientras más se cree, más se ama, y más se conoce y se reconoce la obra de Dios en la propia vida:
“Bendice a Yahveh, alma mía, del fondo de mi ser, su santo nombre, bendice a Yahveh, alma mía, no olvides sus muchos beneficios. El, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura, satura de bienes tu existencia, mientras tu juventud se renueva como el águila” (Sal 102,1-5). (Agencia Fides 13/2/2009; líneas 61, palabras 921)


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