VATICANO - “AVE MARÍA” por Mons. Luciano Alimandi - Convertirse es creer en Jesús

miércoles, 28 enero 2009

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – La fiesta de la conversión del Apóstol Pablo, en este año dedicado a él, celebrada el domingo pasado, ha sido una gracia inmensa para los cristianos, unidos a la Sagrada Liturgia, “fuente” de vida. Y ha sido también un momento de reflexión y de oración para renovar nuestro más importante propósito: ¡la conversión!
Sí, la conversión es algo que compromete todo nuestro empeño, pero al mismo tiempo es una de las cosas más hermosas que forman parte de la vida de fe. En efecto, el auténtico cristiano es un convertido a Jesús que cada vez se convierte más, un creyente en Él que cree cada vez más, un conquistado por Él que cada vez se deja conquistar más por el Evangelio. No hay una santidad de vida sin una conversión permanente, ya que es imposible seguir a Jesús sin tener en el corazón, de manera estable, la disposición de la conversión, es decir de renunciar al propio egoísmo, de vaciarse de sí, para darle lugar a Él.
El Señor lo afirma con palabras inequívocas: “yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3). La conversión es, pues, un hacerse como niño, un empequeñecerse y volverse sencillo frente a uno mismo, frente a los demás y, ante todo, frente a Dios.
La conversión nos hace capaces de asumir las disposiciones del Corazón de Jesús: sus virtudes. Estas, a causa del pecado, no las podemos ejercitar sin un verdadero esfuerzo. Estamos llamados a conquistarlas con la ayuda de la gracia y con un esfuerzo interior, día a día.
La conversión cristiana, que también S. Pablo vivió y testimonió en tudas sus cartas, es dinámica por esencia. Es un continuo “hacerse” como niños, es decir mansos y humildes, sencillos y transparentes, para ser cada vez más semejantes a Jesús: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).
Esta escuela de conversión, que el cristiano ha de frecuentar cada día, tiene como libro fundamental el Evangelio de Jesús. Sus maestros, que representan al único Maestro universal, son los Apóstoles con sus sucesores, los Obispos con el Papa a la cabeza: Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, Obispo de roma. Ellos nos transmiten lo que a su vez han ido recibiendo a lo largo de una continua Tradición custodiada por la Iglesia. Los estudiantes ya “promovidos” son los santos que, desde el Cielo, están siempre listos para ayudarnos, para darnos lecciones suplementarias para vivir aquello que ellos mismos han vivido, comenzando por el más grande mandamiento, el del Amor a Dios y al prójimo.
En esta escuela todos formamos parte de la misma clase, ya que no existen preferencias, la Verdad es una sola. El Evangelio, en efecto, es igual para todos y quien verdaderamente quiere aprenderlo lo debe practicar. Nadie puede hacer valer delante de Dios títulos o condiciones sociales especiales, para obtener un “descuento”, o un tratamiento particular. El Nuevo Testamento lo afirma claramente, precisamente por boca del primer Papa: “Dios no hace acepción de personas” (Hch 10,34). Todos, sobre estos “bancos” de la escuela del Evangelio”, somos hermanos, pues uno sólo es su Señor y Maestro: Jesús de Nazaret. Él da a cada uno los necesarios talentos para aprender a vivir la comunión con Él en la Iglesia. Luego, terminado el tiempo de la escuela, habrá un examen final, que tendrá lugar en el momento de nuestra muerte, cuando cada uno deberá responder a Dios por sí mismo: “Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado” (Mt 25,20) y el señor le dará la recompensa prometida: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21).
De esta manera el cristiano, en la escuela del Evangelio, se muestra como un discípulo siempre dispuesto a aprender cosas nuevas, a volver al inicio, a comenzar nuevamente a partir de la Palabra de Jesús que la Iglesia, como Madre y Maestra, nos anuncia incesantemente. ¡Cuánta gratitud lleva en el corazón para su Señor y Maestro quien, como Buen Pastor, “le conforta el alma; lo guía por senderos de justicia, en gracia de su nombre y le da como compañeras felicidad y gracia, todos los días de su vida” (Sal 22,3.6)!
La conversión es el primer anuncio de la Iglesia, ya que es el primer anuncio del Evangelio y debe ser el primer compromiso del cristiano. Que San Pablo Apóstol nos ayude a convertirnos, a encarnar en nuestra vida el Evangelio de Jesús, como nos lo ha enseñado el Santo Padre Benedicto XVI: “La experiencia del Apóstol puede ser modelo de toda auténtica conversión cristiana. La de Pablo maduró en el encuentro con Cristo Resucitado; fue dicho encuentro el que cambió radicalmente su existencia. En el camino de Damasco sucedió para él aquello que Cristo pide en el Evangelio de hoy: Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, ‘creyó en el Evangelio’. En esto consiste su conversión y la nuestra: en creer en Jesús muerto y resucitado y en abrirse a la iluminación de su gracia divina. En aquel momento Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas en favor de la ley, sino del hecho que Jesús había muerto también por él –el perseguidor– y había resucitado. Esta verdad, que gracias al Bautismo ilumina la existencia de todo cristiano, cambia radicalmente nuestro modo de vivir. Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús ‘se ha dado a sí mismo por mí’, muriendo en la Cruz (cf. Gal 2,20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiándome al poder de su perdón, dejándome tomar de su mano, puede salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y de toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor” (Benedicto XVI, Angelus del 25 de enero de 2009). (Agencia Fides 28/1/2009; líneas 67, palabras 1017)


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