VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - Marx, libertad y Palabra de Dios

jueves, 20 noviembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En la parte de la encíclica Spe salvi dedicada a “La transformación de la fe-esperanza cristiana en el tiempo moderno”, el Papa Benedicto XVI observa que “el error de Marx no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables” (n. 21).
Dicha ideología es posible solamente si se ignora a la Sagrada Escritura: por esto en los siglos también ciertos católicos han cedido a ella, considerándola incluso compatible con la fe y la esperanza enseñadas por Cristo. Por lo tanto, el Papa deduce que “nos encontramos de nuevo ante la pregunta: ¿Qué podemos esperar? Es necesaria una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza. En este diálogo, los cristianos, en el contexto de sus conocimientos y experiencias, tienen también que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecerle. Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces” (n. 22).
Los católicos saben que esta autocrítica es posible si uno se compara con la palabra de Jesús que ha justamente revelado el misterio de Dios que es Padre, y del hombre que es su hijo. Ciertamente después del Concilio Vaticano II debía ser revalorada y convertida en el eje de la evaluación permanente de nuestra vida. Esto ha sido reafirmado también por el reciente Sínodo. Así pues, escuchar la Palabra, leerla, meditarla, significa convertirse día a día.
Lamentablemente, la conversión como resultado final del confrontarse con la Biblia es una rara mercancía, frente a tanto intelectualismo y espiritualismo, que florecen en las numerosas ‘escuelas de la Palabra’ y ‘lectiones divinae’. Entonces, hagamos la autocrítica sobre el modo en que se ha llegado a comprender la Sagrada Escritura según la visión protestante que ve la Palabra de Dios separada de la Iglesia, de su tradición viva en el magisterio, como el Concilio ha definido una vez más en la Dei Verbum.
Por ejemplo, la insistencia con la que algunos biblistas y pastores quisieran que todos los cristianos lean la Biblia, ignora el hecho de que la lectura en general en estos tiempos informáticos se ha convertido en algo cada vez más raro, y que no pocas páginas son difíciles y necesitan contexto y comentario. Con un poco de realismo bastaría recurrir a la bimilenaria tradición de la Iglesia católica que ha privilegiado la lectura ‘litúrgica’, es decir en la Misa: se piense a los Capitulares con las epístolas escogidas preparadas por San Jerónimo, que sabía de Escritura y al Ordo lectionum de la liturgia actual.
Y hay más. Los Padres se habían preguntado sobre la lectura de la Escritura por parte de los catecúmenos y de los fieles y la resolvieron. ¿Cómo? Tomemos el ejemplo de San Cirilo – gran catequista (así es, porque la Escritura tiene necesidad de catequesis) – que observa: “Aprendiendo y profesando la fe, abraza y mantén solamente aquella que ahora te es propuesta por la Iglesia y está garantizada por todas las Escrituras. Pero no todos están en la capacidad de leer las Escrituras. Algunos están impedidos por la incapacidad, otros de ocupaciones varias. Es por esto, para impedir que el alma reciba daño de esta ignorancia, que todo el dogma de nuestra fe sea sintetizado en pocas frases […] Trata de retener bien en la memoria el símbolo de la fe. Éste no ha sido hecho según caprichos humanos, sino que es el resultado de la opción de los puntos más importantes de toda la Escritura […] toda la suma de doctrina que se encuentra tanto en el Antiguo cuanto en el Nuevo Testamento” (Catequesis 5 sobre la fe y el símbolo, 12: PG 33, 519-520). ¡Qué ejemplo de realismo!
Así, después de haber escuchado la Palabra de Dios en la Misa, el rezo del Símbolo constituye casi un repaso sintético. Es con dicho método ‘patrístico’ que se han movido el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, que ameritarían ser finalmente asumidos como “el” instrumento más adecuado para leer y entender la Sagrada Escritura y para preparar las homilías, con el auxilio – ¿por qué no? – de las imágenes que el arte sagrado ha producido, auténtica catequesis y ‘Biblia de los pobres?’ (Agencia Fides 20/11/2008; líneas 56 palabras 840)


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