VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - El hombre es señor de la eternidad

miércoles, 19 noviembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – ¡Nadie puede calcular la cantidad de talentos que ha recibido y recibe del Señor! A partir del don de la vida, nuestra existencia en esta tierra está repleta de “dones-talentos”, naturales y sobrenaturales, que el buen Dios nos confía para que, ante todo por nuestro bien, los hagamos fructificar viviéndolos y poniéndolos al servicio de Quien nos los ha dado y del prójimo.
Como ha afirmado el Santo Padre Benedicto XVI, los talentos se multiplican en el momento en que se comparten con los demás: “¡sí, lo que Cristo nos ha dado se multiplica donándolo! Es un tesoro hecho para ser invertido y compartido con todos, como nos lo enseña Aquel gran administrador de talentos de Jesús que es el apóstol Pablo” (Benedicto XVI, Ángelus del 16 de noviembre de 2008).
Se multiplica el talento: de la “oración” si se ora; de la “fe” si se da testimonio; del “amor” si se ama; del “consuelo” si se consuela; de la “misericordia” si se perdona... El elenco podría continuar y volverse interminable, ya que el Señor no ha “medido”, como nosotros sí solemos hacer, al momento de dar y, sobre todo, al momento de donarse. Su única medida es la de no tener medida alguna. Son sus criaturas las que, con sus elecciones libres, deciden multiplicar o enterrar los talentos-dones que Él les regala con inmensa longanimidad y magnanimidad.
“Señor, ¿qué quieres que haga?” ¡Cuánto discernimiento es necesario para descubrir el talento de la propia “vocación”! Este talento, luego del talento de la vida, es el más precioso, ya que si se emprende el camino recto, aquel por el cual el Señor me creó y me llamó, entonces los dones que Él tiene reservados para mí, los que han sido inscritos en la historia de mi propia vocación, se podrán desarrollar a la medida de dicho llamado. Si un joven percibe en su corazón que el Señor lo está llamado al sacerdocio y, luego de mucha oración, llega a descubrir que ése es el “talento” central de su vida y se decide por Jesús, sólo en el caminar podrá ver con sus propios ojos el fruto que podrá producir aquel talento, para sí mismo y para los demás. ¿Y cuál es el fruto más hermoso, el premio más deseado? ¡Jesús mismo! Él es el objeto de nuestros talentos. Tanto si estamos llamados al sacerdocio, como a cualquier otra vocación, todos los cristianos deberíamos tener como meta final, absoluta, al Señor Jesús.
Benedicto XVI, siempre comentando la parábola de los talentos en el citado Ángelus, afirmó: “la Palabra de Dios de este domingo... habla de ‘un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda’ (Mt 25,14). El hombre de la parábola representa al mismo Cristo, los siervos son los discípulos y los talentos son los dones que Jesús les confía. Por ello tales dones, además de las cualidades naturales, representan las riquezas que el Señor Jesús nos ha dejado como herencia, para que las hagamos fructificar: su Palabra, depositada en los santos Evangelios; el Bautismo, que nos renueva en el Espíritu Santo; la oración –el ‘Padre Nuestro’– que elevamos a Dios como hijos unidos en el Hijo; su perdón, que nos ha mandado vivirlo con todos; el sacramento de su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada. En una palabra: el Reino de Dios, que es Él mismo, presente y vivo en medio de nosotros”.
Jesús es el Talento por excelencia. Él se entrega a cada uno de nosotros, a partir del bautismo, y nosotros tomamos la decisión de dejarlo crecer en nuestra vida, como la vid unida al sarmiento: “como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15,4). El secreto para hacer fructificar el Talento y los talentos, lo enseña siempre Jesús: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23). Si queremos pasar desapercibidos en este camino, o vivirlo sólo en apariencia, entonces sucederá que: no veremos y no se verán los frutos; nuestra amistad con Jesús no florecerá; no seremos “conquistados” por Cristo, y más bien trataremos nosotros de “conquistarlo” a Él; no estaremos entre los “siervos”, sino que tomaremos, tal vez, el puesto de patrones, patrones de nuestra vida y de la vida de los demás... Con una lógica egoísta se termina necesariamente fuera del camino, ya que nadie puede engañar a Dios.
El Evangelio da testimonio de que en varias ocasiones, escribas y fariseos, intentaron engañar a Jesús, pensando que era un hombre falible como ellos. Se equivocaron terriblemente. Se puede engañar a los demás y hasta a uno mismo, pero no al Señor. Es la vida que habla y al final de nuestra existencia serán nuestras obras las que juzgarán: si hemos donado la vida, la vocación y los talentos a Jesús, para nuestra salvación y la de las almas, entonces de Él recibiremos el premio eterno; si hemos sido avaros, con nosotros mismos y los dones recibidos, si hemos enterrado nuestra vocación, entonces viviremos en tormentos como el rico epulón (cfr. Lc 16, 19-31).
¡Cuántas palabras de Jesús nos hablan de la recompensa dada a los justos y de la pena reservada a los malvados! No nos podemos ilusionar en modo alguno: Dios es misericordioso, y también justo: “con la medida con que medís, seréis medidos vosotros” (Lc 6, 38). Además de esta cita, sobre la justicia divina se podrían citar muchas otras, al punto que uno se quedaría sin aliento al darse realmente cuenta de cómo seremos juzgados.
La verdadera medida del cristiano, de sus opciones y sus deseos, es la vida eterna, que ya comienza acá en la tierra. Son las cosas de arriba las que deben ser fundamento de las cosas de abajo, porque son ellas las que deciden la bondad de estas y no viceversa. Es Dios quien al final de los tiempos juzgará a los hombres, incluso si acá en el tiempo son los hombres los que juzgan a Dios. Por ello el cristiano no puede no invocar, cada día, para sí y para todos, la clemencia divina, dirigiéndose a la mediadora del género humano, la Virgen Santísima, con las palabras del Ave María: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte amén”. (Agencia Fides 19/11/2008)


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